Por cada crítico vacunado, hay millones de espectadores (Parte 2 y final)

Segunda entrega de una serie de entrevistas con críticos cubanos de cine. Ahora, se dialoga con José Alberto Lezcano.

José Alberto Lezcano, crítico de cine

Foto: Cortesía del autor

DANIEL CÉSPEDES: ¿Ensayista, crítico o escritor sobre cine?

JOSÉ ALBERTO LEZCANO: Respeto demasiado la palabra “ensayista” para pretender mi inclusión en esta categoría. Creo que soy un crítico, con momentos de lucidez y ataques de incompetencia, como la mayoría de los críticos que conozco. Por supuesto, he leído a ensayistas cinematográficos de estirpe gloriosa y críticos de cine de indudable fuerza.

DC: ¿Estás contento con lo que has publicado?

JAL: No estoy contento con lo que he publicado, pero debo señalar que mi primer libro, La magia del laberinto, tiene para mí un significado especial, ya que me valió el acercamiento, la amistad y el apoyo entusiasta de quien fuera una de las personas más cultas y sensibles que haya conocido hasta hoy: Rufo Caballero.

DC: Te menciono ahora nombres o designaciones para saber qué piensas. Para empezar: el cine mudo.

JAL: El cine mudo poseía un encanto muy marcado y sus obras más representativas son maestras sin discusión posible. Pienso en El acorazado Potemkin, La quimera del oro, La pasión de Juana de Arco y muchas otras. Chaplin fue un creador relevante en su filmografía silente pero, en mi opinión, sus experiencias con el sonido fueron, en gran medida, desafortunadas.

DC: El cine sonoro.

JAL: ¿El cine sonoro? Abarca todos los extremos: hay películas que jamás debieron ser realizadas, aunque fuera por simple respeto al arte en general y a la inteligencia de sus espectadores. Con el nacimiento del sonido hubo una auténtica invasión de verborrea inclasificable, que solo era detenida por cineastas muy capaces. La sucesión de escuelas y movimientos (Neorrealismo, Nueva Ola francesa, Nuevo Cine inglés, la mirada surrealista, etc.) fue prueba elocuente de que las cámaras de cine sabían crecer con talento y diversidad. Dicen que todo lo genuinamente grande del cine hablado está más o menos disperso en El ciudadano Kane. Tal vez se trate de una frase echada a rodar por Orson Welles, pero pienso que, en su desarrollo, el cine rompió barreras, cubrió distancias, enfrentó desafíos, forjó expectativas, alcanzó metas y hechizó a las multitudes. ¿Qué más le pediremos?

DC: ¿Charles Chaplin o Cantinflas?

JAL: La elección entre Chaplin y Cantinflas es posiblemente la pregunta más fácil de todo el cuestionario. Chaplin –entre cuyos adversarios figura un artista de ciertos valores, Woody Allen– fue un maestro de la comedia, pero con un añadido que raras veces muestran sus colegas: la poesía. Fue capaz de descubrir la risa dentro del llanto y el dolor dentro del humorismo. Su vagabundo soñador y solitario, pícaro y conmovedor, enamorado y quijotesco, fue un logro monumental para todos los tiempos. Mario Moreno (Cantinflas) fue un gran clown” y con esa palabra lo definió el propio Chaplin. Su personaje, de extracción popular, tenía limitaciones que, con el tiempo, se convirtieron en un peso muerto. Sí he leído sobre valoraciones posmodernas que prefieren a Buster Keaton sobre Chaplin. Este tema es terreno abonado para tremendos debates.

DC: Orson Welles.

JAL: Orson Welles fue un todopoderoso realizador cinematográfico, no solo por la imprescindible obra El ciudadano Kane, sino también por piezas de infinitas virtudes como Soberbia, La dama de Shanghai y Sombras del mal. El actor, aunque eficiente, nunca estuvo a la misma altura del director. Sus incursiones al teatro de Shakespeare, en versiones para la pantalla grande, muestran zonas de mucho interés, pero el balance general no provoca entusiasmo.

DC: Laurence Olivier.

JAL: Cuando Olivier falleció en 1989, un crítico comparó el suceso con “el hundimiento de un continente”. Muchos lo consideraban el “mejor actor del siglo veinte” y no hay dudas de que su grandeza de actor en el teatro y el cine fue demostrada hasta la saciedad. Fue grande en lo clásico y en lo moderno. Su prestigio como realizador de puestas teatrales se extendió por el planeta y de sus éxitos como intérprete dan fe Edipo rey, Hamlet, el personaje central de El comediante y Otelo (los tres últimos, asumidos en las tablas y ante las cámaras). Estudioso de la sicología de sus personajes de manera realmente asombrosa, lo ayudaban con relieve una voz capaz de transmitir una compleja gama de emociones, una presencia escénica importante y una imaginación sin fronteras a la hora de perfilar sutilezas, percepciones, matices y remembranzas. Actuaba con el rostro y con el cuerpo, con las manos y con el torso, todo ajustado a una precisión y a un sentimiento que transmitían al espectador toda su carga artística y humana. Marlon Brando lo calificó de “arquitecto de actores”.

DC: Vivien Leigh.

JAL: Conocí a Vivien Leigh en una película inglesa (La jornada heroica), cuando acababa de cumplir mis 12 años. Caí en sus redes. Ya sabes, esa mezcla de fascinación, sorpresa y consternación que impulsa a la construcción de un ídolo. Me pareció adecuada en su papel, un tiempo después la vi desplegar enormes aptitudes en la personificación de la Scarlett, rebelde y atormentada, enamorada y valiente, en el clásico Lo que el viento se llevó. Ya por entonces desarrollaba conmigo mismo algunas discusiones. ¿Quién la superaba en belleza física? Nadie. ¿Qué actriz estadounidense habría podido igualar lo alcanzado por esta inglesa, con acento sureño para su personaje? ¿Bette Davis, talentosa pero carente de atractivos? ¿Katharine Hepburn, con firme oficio, pero incompatible con la clase de magnetismo que requería la heroína creada por Margaret Mitchell? Conclusión: tenía toda la razón el crítico de aquella época que escribió: “Vivien Leigh ha interpretado a Scarlett O´Hara como posiblemente no lo habría hecho ninguna otra actriz de Hollywood”. La seguí en El puente de Waterloo, fue insustituible en Lady Hamilton, me dejó insatisfecho en Anna Karenina (que ella reconoció como un fracaso suyo, aunque no le faltaron admiradores, como los escritores Marta Traba y Carlos Fuentes), la adoré en El mar profundo y azul y la elevé a los altares con su profunda, emotiva y proteica caracterización de Blanche en Un tranvía llamado deseo de Elia Kazan, donde impuso su visión del personaje contra los criterios carcomidos del realizador. Años después, La primavera de la señora Stone y El barco de los locos (su último filme) me dieron la oportunidad de descubrir otros ángulos del don creativo de esta mujer que, en uno de sus arranques de impotencia y envidia, fue calificada por la Davis, según me cuentas, como actriz “sobrevalorada”. ¿Tendré que atribuir a la congénita maldad de la Davis lo experta que fue en personajes malvados, destructivos y, sobre todo, acosadores?

DC: ¿Marlon Brando o Montgomery Clift?

JAL: Los actores de talento en la pantalla grande forman un calidoscopio sujeto a ciertos elementos de tiempo y espacio, a fenómenos de apreciación que pueden confundir lo legítimo con lo aparentemente “más moderno”; o a ciertas concepciones de escuela y estilo que se desvían sin tregua a la zona del gusto personal, antes que al rigor de juicio imparcial. El paralelo Brando-Clift muestra detalles confusos y derivaciones sorprendentes. Brando no inventó su “forma de actuar”. Esta tiene precedentes en un actor de poca historia, John Garfield, que fue víctima del macartismo; toca fondo en los recursos de Clift esa impresión de abatimiento, informalidad, desgano en muchos diálogos, sicología más “física” que verbalizada y desplazamientos a veces tan impulsivos que parecen indicar un desahogo momentáneo frente a los conflictos internos. Brando heredó y pulió estas estrategias a partir de su debut cinematográfico en el papel de un parapléjico de la guerra en Vivirás tu vida. La imagen brandoísta se impuso en poco tiempo y su físico le abrió puertas importantes. Clift —cuyo aparato expresivo chocó más tarde con algo tan imprevisible como un accidente automovilístico que dio a su rostro una expresión casi siniestra, apenas disimulada por las cirugías plásticas— se vio alejado de su ruta de “estrella” y tuvo que conformarse en ocasiones con papeles de dudosa calidad. Brando, que al final de su carrera tuvo algunas actuaciones lamentables (pura exageración, un maquillaje disparatado, etc.), y el ejemplo capital es La isla del doctor Moreau, no contaba con un accidente que lo justificara. Lo que sí resulta muy interesante es comprobar que, en la etapa final, con un breve tiempo ante las cámaras, Clift se anotaba en Juicio de Nuremberg una labor de tan esmerado diseño al encarnar una desequilibrada víctima de la barbarie nazi, que la decisión de la Academia de Hollywood de negarle el Oscar en su cuarta nominación al trofeo tiene un poco de surrealismo, algo de flojera mental y mucho de injusticia. Conclusión: un Clift destrozado tuvo esta prueba de maestría cuando solo faltaban cinco años para su adiós a la vida, mientras que el aplaudido intérprete de Nido de ratas y El padrino ofrecía en una de sus últimas cintas, La isla del doctor Moreau (1996), una actuación abiertamente falsa, estridente y aparatosa, que ni sus más fervientes admiradores podían justificar. Si agregamos a esto la poca ética de las palabras que le dedica a Clift en su autobiografía, reitero mi poco respeto por Brando, quien no vaciló en confesar varias veces que su principal objetivo en el cine era… ganar dinero.

DC: Un maestro del cine clásico hollywoodense.

JAL: Entre los maestros de cine clásico hollywoodense recuerdo siempre con cierta nostalgia a Hitchcock. La Academia jamás le entregó el premio al “mejor director” y lo mereció especialmente por Vértigo y Psicosis, dos filmes rotundos e imperecederos, entre una docena de perlas legitimas como las que ya no pueden verse (Pacto siniestro, La sombra de la duda, Rebeca, Los pájaros). En la Nueva Ola francesa (que destruyó tantos altares), el gran Truffaut supo rendirle culto al maestro inglés y contribuyó notablemente al posterior reconocimiento del “mago del suspenso”. John Ford fue uno de los grandes, pero a veces me dejaba con un saborcito agrio. Me atraían Otto Preminger, Howard Hawks y, en gran medida, Billy Wilder, que nos dio ese monumento titulado El ocaso de una vida. Nunca entendí bien por qué Joseph L. Mankiewicz era alabado por tantos críticos (su filme La malvada me pareció exagerado y, en muchos pasajes, más efectista que efectivo, y su Julio César fue un alarde shakesperiano de tercer nivel). William Wyler era competente, pero a veces confundía lo denotativo con lo connotativo. Welles, ya lo dije, fue un gigante, si ignoramos ciertos rasgos epatantes en cintas de su última etapa.

DC: Un director contemporáneo que te llame la atención.

JAL: Que yo pueda asociar con los grandes de otra época, no hay directores en el cine actual. Algunos muestran lucidez y dominio. Son los casos de Sam Mendes, los hermanos Coen, Tarantino y una docena más de cineastas dotados de inspiración y fuerza, pese a la lucha eventual con argumentos de poca monta. El problema de estos directores radica en que no sostienen el peso de los temas de modo regular. Confiemos en que sus trayectos ganen en consistencia y rigor.

DC: El Premio Oscar.

JAL: El Oscar puede ser carnavalesco, frívolo, coquetón y maldito. Se ha equivocado en muchas cosas y ha acertado en otras. Creo que acertó al negarle sus favores a Greta Garbo, Barbara Stanwyck, Deboran Kerr y otras figuras que tuvieron que conformarse con el llamado “Oscar especial”, hipócrita y tardío. No les perdono el olvido de Richard Burton, de Dick Bogarde, Hitchcock, y sobre todo, Chaplin. Le regaló una estatuilla (la primera) a Bette Davis y también la primera a la insufrible Elizabeth Taylor. Fue débil al abrumar con nominaciones en cantidades industriales a artistas que no merecían tal distinción. Dicen que “hacer reír es más difícil que hacer llorar”, pero la Academia ha tratado casi siempre como a leprosos los intérpretes cómicos. En 1952, tocó el cielo la actriz de reparto Jean Hagen con su perfecta caricatura de una “diva” del cine mudo en Cantando bajo la lluvia, y el Oscar fue a manos de Gloria Grahame, por un trabajo correctico en Cautivos del mal.

DC: ¿Meryl Streep, Glenn Close o Jessica Lange?

JAL: Eso de formar un trío con Meryl, Glenn y Jessica es algo diabólico, pero seré sincero. Para mí, Meryl Streep es más calculadora que un buen meteorólogo. Su colección de tics, caritas y gestos seudoespontáneos, que ella traslada de una película a otra sin el menor pudor, me producen una sensación de vértigo. Hace un tiempo me obsequiaron un número de Vanity Fair dedicado íntegramente a ella por sus 40 años de “inolvidables interpretaciones”, según frase muy visible en la portada. Resulta que ella ha adoptado 13 acentos con sus personajes fílmicos (desde danés e italiano hasta irlandés y polaco), lo que incluye varios acentos de distintos estados de su país. Me gusta imaginar que filman un corto de cinco minutos en su fiesta de cumpleaños —por el que será de nuevo nominada para el Oscar— y el afán con que ella buscará en la letra C de su diccionario particular la palabra CUCHILLO para recordar qué cara debe mostrar cuando descubra que no tiene forma de picar el cake por falta de eso… de cuchillo, que escondió su vieja criada (actuada por Kathy Bates). Glenn Close es otra cosa. Mostró verdadero talento en casi todo lo que hizo hace tiempo, pero no creo que se le presenten nuevas oportunidades de brillar ante las cámaras de cine. Ella se queja de que todos los papeles que le vienen como anillo al dedo se los arrebata Meryl. ¡Qué crimen! Jessica Lange es la que más me atrae del trío. Está dentro de mis favoritas, aunque participara en aquella basura de King Kong, pero después halló su camino propio. Es creativa, sugerente y versátil. No comulga con la vida atrofiante de Hollywood y sabe discutir sus papeles con los directores mongólicos.

DC: Tu película favorita.

JAL: Mi película favorita, lo grito a los cuatro vientos, es El ángel exterminador, realizada por mi ídolo, Luis Buñuel, en 1962. Ignoro si los mexicanos han tenido el bonito gesto de elevarle una tremenda escultura en un sitio céntrico de la capital a este monstruo que les regaló al país azteca y su colonia fílmica las películas de mayor trascendencia artísticas que registra esa nación. He visto El ángel… en cinco ocasiones y siempre me parece acabada de realizar. Es cine surreal pero también filosófico, poético, satírico, revolucionario, polisémico, con una fuerza a la vez centrípeta y centrífuga. Los cineastas que han imitado esta obra solo pudieron copiar lo más fácil: la situación. Olvidaron que Buñuel, único en su clase, hacía que la situación bailara, gimiera, adoptara muecas, rugiera por dentro, se deslizara por sótanos profundos, arrasara con los convencionalismos y enarbolara bandera blanca en su momento de asfixia. Nada de esto puede imitarse.

DC: Alguna propuesta reciente que recomiendes.

JAL: Nada que recomendar entre las cintas recientes.

DC: En estos tiempos, cuando la visualidad eclipsa lo conceptual, ¿cuál es el mayor consejo que les darías a los críticos cinematográficos en formación?

JAL: Un solo consejo, ni mayor ni menor. Descubre por ti mismo la visualidad que implica lo conceptual. Busca, explora, penetra, llega al fondo. Hay que bucear sin descanso, perseguir los duendes que nadan entre simples ideas, capturar la verdad.

DC: A pesar de todos los pesares, preferiste quedarte en Pinar del Río. Desde allí, con tremenda voluntad, te atreviste a ver y a escribir asiduamente sobre cine. Tal vez amor a tu ciudad, comodidad o cuestiones familiares. ¿Qué significó tomar esa decisión?

JAL: Siento, Daniel, que limitó muchas oportunidades. La capital garantizaba y garantiza tal vez hacerte más visible. No obstante, ello no supone validez en cuanto hagas. Conocí a muchos que marcharon hacia La Habana y allí fueron esfumados ante experiencias ajenas a su vocación. O sea: ni siquiera pudieron intentarlo. Además, olvidaron que las oportunidades no se fabrican. Aunque algunos no piensen así, lo provincial a veces es propicio para crear con una calma y claridad oportunas. Pinar del Río ofrece ese ambiente idóneo, si bien te puede desvincular de cuanto sucede en materia artística tanto local, nacional e internacionalmente. La capital no está ajena, asimismo, a entretenerte con más vivencias frívolas que espirituales. De alguna manera, sin visitarla tanto, logré estar presente en La Habana, gracias a muchas colaboraciones con revistas como Revolución y Cultura, Cine Cubano… También estuvo la cuestión de que yo vivía con mi madre, quien, por fortuna, murió a una edad avanzada. Luego no tuve ya el brío para emprender aventuras en La Habana. Cuando miro hacia atrás, lo he confirmado para mis adentros y ahora te lo confieso: no me arrepiento nunca de haberme quedado. Dondequiera que uno esté, tiene que aprender a discernir lo bueno de lo malo. Después, insistir en lo que te gusta y no sacrificar tanto para el porvenir, de lo contrario no vives a plenitud. Por eso no me obsesiono con la trascendencia. Que el tiempo se encargue de estimar mi trabajo, si lo merezco en verdad. (2019)

Un comentario

  1. Esther Suárez Durán

    Agradezco a Daniel Céspedes esta entrevista publicada en dos entregas con José Alberto Lezcano. Valiosísima, excelente. Gracias a ambos y, una vez más, a IPS.

    Cordialmente,

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