Gibara pronto dejará de ser una niña…

Quince encuentros, tres muestras temáticas y múltiples acciones y muestras catapultan al Festival Internacional de Cine de Gibara hacia la adultez.

Esta cita cinematográfica fue fundada por el cineasta cubano Humberto Solás (1941-2008).

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Se inicia el siglo XXI con nuevos bríos para apostar por una nueva etapa en la democratización del cine, una profesión históricamente elitista. Durante el quinquenio precedente, los directores nucleados alrededor de Dogma 95 han llevado a las selecciones oficiales de los festivales clase A de Europa filmes realizados con cámaras muy imperfectas, han arrasado con palmarés e impacto de crítica; mientras, en Estados Unidos, el cine independiente está en pleno apogeo.

Humberto Solás enunciaba en 2001 su Manifiesto del Cine Pobre, que deviene mezcla de proyecto social humanista y ventana de discusión y difusión de las alternativas para la producción audiovisual del tercer mundo. Su proyecto brota en medio de las dificultades propias de la cinematografía cubana de finales de la década de los noventa, con una producción que bordeaba la extinción e intentaba sobrevivir. El surgimiento del Festival Internacional del Cine Pobre, en abril de 2003, convoca además a cineastas del primer mundo que, igualmente, se ven excluidos o invisibilizados.  En esa primera edición los ganadores, un estadounidense y un iraní, unen simbólicamente a dos mundos aparentemente irreconciliables.

El surgimiento de Cine Pobre, avalado y subvencionado por la institucionalidad cubana (Ministerio de Cultura e Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos), resultó una excelente práctica que exploraba un nuevo diseño en los imperiosos cambios institucionales para reformular las estructuras y formas de producción audiovisual del país, algo que gracias a las nuevas tecnologías digitales ya estaba a mano.

Por otra parte, todo esto representaba un reto conceptual en el ámbito de los cineastas, porque implicaría iniciar la despedida al celuloide y no todos estarían listos para ello; y se complejizaba porque, para el mundo de la producción, representaría igual trabajo con menos recursos. Planteaba Solás en su manifiesto: “Ello repercute en una gradual democratización de la profesión, al desequilibrar el carácter elitista que ha caracterizado a este arte vinculado inexorablemente a la industria”.

Humberto Solás entiende muy bien aquel contexto nacional y sus conexiones planetarias, cuando dice: “Una gradual desalienación del público solo será fecunda si los diferentes gobiernos implantan acciones legales que apoyen la producción y la distribución de sus obras cinematográficas autóctonas”. Se daba una coyuntura para actuar y convertir la pausa personal de casi una década sin filmar,  cuando impartió -y de ellos se realimentó- numerosos talleres y charlas en varios países. Posteriormente, entre 1999 y 2008, Solás supo aprovechar la fortaleza y autoridad que le confería su precedente pasión por filmes costosos, plasmada magistralmente en sus grandes puestas en escena, para volcar su creatividad como cineasta y hombre de ideas en un proyecto de futuro, su Cine Pobre.

Quince festivales, tres muestras temáticas, así como una multiplicidad de eventos, acciones y muestras realizadas en el extranjero y en Cuba catapultan en 2019 hacia la adultez al 15 Festival Internacional de Cine de Gibara, considera el actor cubano Jorge Perugorría. El FIC Gibara habrá de recorrer, lidiando con las libertades y desafíos que el contexto le imponga, su propio camino.

El Festival Cine Pobre pronto se universalizó. El proyecto multicultural y cinematográfico era una picardía artística o gran puesta en escena solasiana que cubría un vacío conceptual imperante en un mundo donde, como anunciaba entonces Humberto -y hoy sigue estando vigente-, “el intento de globalización acentúa el abismo entre el cine pobre y un cine rico. Ello comporta, definitivamente, el peligro de la implantación de un modelo único de pensamiento, sacrificando a su paso la diversidad y la legitimidad del resto de las identidades nacionales y culturales”.

Gibara, la villa blanca,  aportaba a los cineastas un espacio comunitario virgen, un caldo de cultivo perfecto para provocar el debate pausado y límpido. Hoy la villa es un pueblo revitalizado y sigue teniendo un atractivo de fondo social, algo que nos condiciona emocionalmente cuando cada año el arranque de un descomunal desfile popular avanza con su colorido humano, mientras su banda está tocando una partitura del filme 8 ½  de Federico Fellini –elegida por Solás.  Esta clásica apertura deviene embrujo que enlaza a gibareños con figuras internacionales y nacionales, quienes deciden retornar una y otra vez  de manera casi sacra al certamen en el que, durante una semana, la virginidad neoclásica y la pureza del mar propician la calma para la reflexión y el disfrute de su imponente multiculturalidad.

En Gibara, muchísimos debates y textos brotaron de sus dinámicas, se planificaron estrategias, se organizaron rodajes, alianzas, se creó una solidaridad que permitió al Festival rebasar la muerte de Humberto y la destrucción simultánea de la ciudad por dos huracanes.

Si a inicios de la segunda década de este siglo el certamen declinaba, se gestó en ese periodo una conciencia general alrededor de su importancia y misión, de su ejemplo como apuesta cimera de comunidad-proyecto cultural con impacto en el desarrollo local. Afortunadamente, se dieron las condiciones para que estemos celebrando, al finalizar esta década, su nuevo resurgir, un arribo a los 15 en medio de un visible progreso de la comunidad que acompañó al Festival y le entregó sus máximos encantos desde su exitoso debut en 2003. Años de esfuerzos y vaivenes que, afortunadamente, consumaron la visionaria tesis de  su fundador e impulsaron a Gibara a recobrar su lugar privilegiado en la nación cubana.

El reto de FIC Gibara ante su evidente resurgir está en su capacidad de nuclear pensamiento y arte, de resguardar la organicidad contenido-despliegue cultural -dicotomía que ha acompañado a este evento peculiar del oriente del país-, único en su diversidad temática y variedad cultural. Al mismo tiempo, se busca consolidar un crecimiento sostenido, multiplicar el impacto internacional y preservar una estabilidad que le permita, gradualmente, un posicionamiento internacional creciente y oportuno. Es esta la nueva espiral creciente en la que Cine Pobre y FIC Gibara se funden y se desmarcan continuamente, propiciando así el escenario para que logremos una continua evolución de una cita de Gibara que pertenece a su tiempo.

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