Con Leonardo Padura y Mario Conde en una isla desierta (I)

Lecturas para la cuarentena.

Propuestas a tener en cuenta para estos días de obligatorio aislamiento.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

La frase “qué libros te llevarías a una isla desierta” pasó a ser un lugar común en las entrevistas a escritores años atrás, pero ya no aparece tanto en los cuestionarios de los periodistas; sin embargo, por estos días, cuando no pocos quisiéramos estar en una isla desierta –aunque metafóricamente lo estemos–, la lista de los libros que nos gustaría tener con nosotros vuelve a tomar actualidad.

Cada quien tiene su lista, acomodada a sus gustos y preferencias, por autores, géneros, temas, asuntos; pero imaginemos que solo podemos escoger los libros de un solo autor para llevar con nosotros. Como hay tantos escritores con cuya obra podríamos cubrir un tiempo largo de lectura, cualquier enumeración sonará pedante, restringida, personal; por tanto, el elegido nuestro será el que da nombre a este espacio, el Premio princesa de Asturias de las letras 2015.

La obra de Leonardo Padura es bien voluminosa, entre novelas, cuentos, ensayos, artículos, crónicas, reportajes, entrevistas, y guiones. Su novelística, por sí sola, también lo es. Suma una docena de títulos. Luego, seremos más específicos, vamos a llevar en la mochila, para esa hipotética estancia, solamente la saga de Mario Conde.

El investigador policial Mario Conde salió al mundo de la literatura en las páginas de Pasado perfecto en 1991, hace casi treinta años, y en esas tres décadas se ha relacionado con lectores de casi todo el mundo. Su vigor como personaje lo ha situado en un lugar muy especial, como si tuviera vida propia y existiera más allá de la voluntad de su creador.

En todos esos años hemos seguido la trayectoria de Conde por la ciudad, desde que era el joven policía treintañero de la tetralogía Las Cuatro Estaciones hasta el vendedor de libros de uso –e investigador por cuenta propia– que arriba a los sesenta años en La transparencia del tiempo. Sus lectores hemos envejecido con él, pero hemos disfrutado el viaje. Vamos a recordarlo.

Padura se encuentra entre los autores favoritos de incontables lectores.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Las Cuatro Estaciones

“No necesitó pensarlo para comprender que lo más difícil sería abrir los ojos. Aceptar en las pupilas la claridad de la mañana que resplandecía en los cristales de las ventanas y pintaba con su iluminación gloriosa toda la habitación, y saber entonces que el acto esencial de levantar los párpados es admitir que dentro del cráneo se asienta una masa resbaladiza, dispuesta a emprender un baile doloroso al menor movimiento de su cuerpo. Dormir, tal vez soñar, se dijo, recuperando la frase machacona que lo acompañó cinco horas antes, cuando cayó en la cama, mientras respiraba el aroma profundo y oscuro de su soledad”. (Pasado perfecto, 1991).

Esas son las primeras líneas de Pasado perfecto, el comienzo de un cambio esencial en la literatura cubana, la entrada plena de un novelista que llega por la puerta grande al género policial. Aquí está ya el discurso narrativo que lo caracterizará, la tercera persona instalada en la conciencia del personaje, la voz que nos irá contando cada detalle, cada plano de realidad que se muestra a su ojo crítico.

Esas líneas, y las que siguen del primer párrafo, surgidas en medio de una resaca alcohólica del protagonista, revelan el estado mental, las primeras imágenes que percibe del amanecer, quien, luego sabremos, es un teniente de la policía muy singular, solitario y culto: “dormir, tal vez soñar”, es la frase –intertexto– que lo acompaña al deslizarse en la penumbra.

El resto del párrafo termina de dibujar esa imagen post noche de tragos con una expresión magistral y adelanta un elemento significativo en la construcción de esta novela y de la saga: la lucha del personaje entre sus deseos y el imperativo laboral como policía, esa parte del contrato social que lo disgusta.

Los argumentos de Las Cuatro Estaciones son conocidos por millones de lectores. La desaparición de un alto empresario en Pasado Perfecto; la muerte de una profesora en Vientos de cuaresma; el asesinato de un joven en Máscaras; la aparición del cadáver de un exfuncionario en Paisaje de otoño, son apenas los motivos que impulsan las investigaciones del teniente Mario Conde, que lo lanzan a tratar de responder las disímiles cuestiones que lo inquietan más allá de encontrar a los asesinos.

Rescatamos ahora, en este apretado recuento, un fragmento del final de Paisaje de otoño, cuando Mario Conde, después de cerrar el último caso como policía, luego de un encuentro fugaz pero intenso con Tamara, siente la presencia inefable de la lluvia como metáfora de su renacimiento, de haber alcanzado un estado superior de realización espiritual al dejar atrás un trabajo que realizaba contra su voluntad.

“Con todo el cuerpo mojado por una lluvia que le hería los brazos y la cara con la fuerza de la caída, el Conde corrió por el centro de la calle, sintiendo cómo el agua y el aire lo purificaban en la madrugada ciclónica que debía dar inicio al primer día de su nueva vida. Corrió, percibiendo cómo la velocidad hacía que su cuerpo dejara atrás a su alma, siempre pesada y pretenciosa, que ahora lo perseguía sin poder darle alcance. Una sensación desconocida de pureza y libertad total empezó a colmarlo, después de tantos actos, ideas, planes y deseos de sentirse libre. […] (Paisaje de otoño, 1998).

Otras propuestas interesantes de Padura.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

La cola de la serpiente

En sus tiempos como periodista en Juventud Rebelde, Leonardo Padura escribió, en 1987, un reportaje que luego daría nombre al libro que contiene una selección de aquellos trabajos, El viaje más largo (Ediciones Unión, 1994). Centrado en el barrio chino de La Habana, el texto se acerca, con rigor investigativo, a los orígenes, avatares y destinos de esos inmigrantes asiáticos.

Seducido por las historias de los residentes en esa zona de la capital, y con el impulso que le proporcionara aquella investigación, el autor de El hombre que amaba a los perros escribió La cola de la serpiente,¹ una noveleta que, además de la resolución de un crimen, se interesa por el intrincado relato identitario de los chinos en Cuba. Dicho en la propia voz del autor:

“Aquí, detrás de la aventura policiaca que arrastra a Mario Conde hacia el Barrio Chino de La Habana, está la historia de un desarraigo que siempre me ha conmovido: el de los chinos que vinieron a Cuba (originalmente con contratos de trabajo que casi los dejaban en condiciones de esclavitud), similar al de tantos emigrantes económicos, tan comunes en el mundo de hoy. La soledad, el desprecio y el desarraigo son, pues, los temas de esta historia que no ocurrió en la realidad, aunque bien pudo haber ocurrido”. (La cola de la serpiente, 2011).

Notas

¹ Esta noveleta, publicada originalmente por Ediciones Unión en 2001, tiene una segunda versión, ampliada y más completa en la edición de 2011 en Tusquets, de donde procede la cita. (2020)

(Continuará…)

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.