La Habana desde sus símbolos (IV)

La ciudad profunda.

La Habana hospeda una diversidad de emblemas construidos a lo largo del tiempo.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Toda ciudad tiene símbolos universalmente conocidos; otros, más locales; y otros, personales. La Habana, la urbe más cosmopolita de Cuba, hospeda una diversidad de emblemas construidos a lo largo del tiempo y cada morador de la polis conserva su propia colección de afectos.

Para alguien que no residía en la capital, sino que se trasladaba hacia ella de manera cotidiana, la ciudad era como un puerto vislumbrado a lo lejos, un destino deseado y una ilusión siempre renovada en cada travesía.

Con los años, los recuerdos del viajero que fui se confundieron con las vivencias del morador perpetuo, porque al final lo que importa es la luz que irradian desde el pasado esos lugares, pasajes, momentos, alojados en la memoria hasta que tengamos acceso a ellos, mientras conservemos la contraseña.

Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque […], pero estos trueques no son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.

Italo Calvino

En mi niñez La Habana era algo enorme en el horizonte. Desde que montaba en la guagua la iba imaginando; me acercaba a sus predios por la Carretera Central y cuando sobrepasaba San José de las Lajas, como quien llega a un oasis, hacíamos escala en Jamaica para comer panqué. Quien no haya paladeado esa ambrosía no sabe lo que se ha perdido.

El panqué de Jamaica forma parte de un linaje gastronómico —extraviado en el tiempo— en el que figuran también las croquetas de La Dominica, en Santiago de las Vegas, y las butifarras de El Congo, en Catalina de Güines.

Retomado el camino, la Carretera Central te sumergía en una monotonía de árboles, autos, casas, fábricas, poblaciones —Loma de Tierra, Cuatro Caminos, El Cotorro, San Francisco de Paula, El Diezmero— que solo se interrumpía al llegar a La Virgen del Camino, esa encrucijada en San Miguel del Padrón que se bifurca hacia Lawton, Luyanó, Jacomino, o La Vía Blanca.

Vía Blanca, cerca de la playa Guanabo.

Foto: Tomada de norfipc.com

Hace rato que ya estamos en La Habana, pero en la ciudad profunda, que algunos llaman la periferia; sin embargo, tan legítima como el centro o cualquier otro territorio de la capital.

En El Cotorro estaba la cervecería Modelo, donde se fabricaba la cerveza Hatuey, “la gran cerveza de Cuba”, según el slogan publicitario. Cuando pasabas cerca, por la Central, sentías su aroma inconfundible. La Hatuey era parte de la santísima trinidad cervecera cubana junto a la Cristal y la Polar.

En San Miguel del Padrón plantó su casa cubana, en finca Vigía, Ernest Hemingway; y allí vivió casi toda su vida, en el reparto Juanelo, la pintora y profesora Antonia Eiriz. El museo Hemingway, en el poblado de San Francisco de Paula, es mundialmente conocido, pero la humilde casa museo de Antonia Eiriz tiene un bajo perfil de promoción, a pesar de que visitarla y ver una muestra de la obra de esa artista excepcional resulta una vivencia inefable.

Finca Vigía, la casa cubana de Ernest Hemingway.

Foto: Tomada de Cubahora

En Jacomino, un barrio de San Miguel, muy cerca del cine Continental, pasé algunas vacaciones, en la lejana infancia. Con mi tía Avelina y su esposo iba a la Plaza de Cuatro Caminos a comprar carnes y pescados. Inolvidables los olores de aquel mercado emblemático y la cantidad de cosas que se podían adquirir.

Otro destino, desde La Virgen del Camino, tomando por la Calzada de Luyanó y torciendo por la Avenida de Porvenir, es la esquina de La Palma, un enlace de rutas en Arroyo Naranjo. Hasta allí llegan Porvenir y Diez de Octubre y comienzan las Calzadas de Managua y de Bejucal.

Arroyo Naranjo es campo y ciudad. En su geografía están el Parque Lenin y el Jardín Botánico Nacional, dos parajes para respirar la naturaleza y escapar del tedio urbano. En sus barrios entramos en La Habana profunda: Apolo, Víbora Park, Santa Amalia, Poey, Los Pinos, Párraga, Mantilla, El Calvario, Managua, La Güinera, Alkázar, El Capri.

Mantilla tiene dos construcciones singulares: El Castillo de Avheroff y El Tótem. Mencionadas ocasionalmente por el periodismo cultural, su ubicación periférica las priva de una mayor visibilización. El castillo inglés, símbolo del poder de la burguesía, ha sido utilizado en múltiples funciones administrativas, mientras El Tótem alberga un pujante proyecto cultural.

Menos pretenciosa que el castillo inglés, en el comienzo de Párraga, es la casa museo Hurón Azul, otrora vivienda del pintor y escritor Carlos Enríquez. El sitio donde el autor de El rapto de las mulatas vivió los últimos dieciocho años de su vida está declarado Monumento Nacional, pero sus especialistas deben lidiar con la desidia municipal para conservar ese patrimonio de la nación.

Ya en el centro de Párraga está el lugar más visitado del barrio, la parroquia de Santa Bárbara. Durante todo el año, pero especialmente el 4 de diciembre, el templo recibe una multitud de creyentes de la santa católica y del oricha Changó.

La parroquia de Santa Bárbara.

Foto: Tomado de todocuba.org

En Arroyo Naranjo han tenido asiento notables centros de reunión de amantes del arte. Aunque son muchos más mencionaremos solo dos: la tertulia de Jhonny Ibáñez, en La Lira, y la peña del Jazz, en Santa Amalia, también conocida como La esquina del Jazz, sede de los famosos Bailadores de Jazz de Santa Amalia.

Por la tertulia de Johnny –nieto del patriota Juan Gualberto Gómez–, llamada la Ciudad Celeste, pasaron numerosos poetas, novelistas, dramaturgos, pintores, músicos, actores. Fue muy frecuentada por el escritor Virgilio Piñera en los años setenta.

Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia gozan de tanta celebridad que es imposible resumir su historia sin maltratarla. Hasta ese pequeño reparto, marcado por la música, llegó cuanto jazzista de culto pasó por La Habana, incluyendo al mismísimo Dizzy Gillespie.

La Habana es mucho más que el casco histórico, el centro, El Vedado y Miramar. Cada barrio tiene personajes, lugares, sucesos, mitos, leyendas, inscriptos en el imaginario colectivo. Las ciudades son sus espacios, sus gentes, sus credos, su lenguaje, sus maneras de ser y sentir.

La Habana es un canto de quinientos años que sale del mar y es escuchado en todo su dominio; es una ola gigantesca que salta el malecón una y otra vez, para empaparnos de su historia, hermosa, fascinante. (2019)

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