Padura, la salsa y el azar concurrente

¿Qué era la salsa? ¿Por qué unos decían que se trataba de un nuevo género musical cuando otros la descalificaban al considerarla música cubana reciclada por el mercado? Estas fueron las razones que motivaron al destacado escritor para recopilar en el libro Los rostros de la salsa, las entrevistas que realizó a reconocidos músicos cubanos y extranjeros y que contribuye a reservar la memoria de un género, patrimonio del Caribe hispano y Latinoamérica.

Leonardo Padura junto a Rubén Blades, una de las figuras más reconocidas de la Salsa, también incluido en el libro publicado en 1997 por Ediciones Unión.

Foto: Cortesía de la autora

A estas alturas no es un secreto para nadie: Leonardo Padura no sabe bailar. El escritor cubano reconoció hace tiempo que hasta su adolescencia —cuando empezó a sospechar que el baile era un buen pretexto para acercarse a las muchachas—, solo le interesaba jugar al béisbol todas las horas posibles. Nunca fue capaz de dominar las enrevesadas vueltas del “casino”, ni las imaginativas  contorsiones de otros bailes modernos. Sin embargo, solía disfrutar de la música popular como cualquier joven de su época, persiguió los discos piratas de aquellos míticos muchachos de Liverpool, sospechosos de difundir la ideología enemiga, y recitó de memoria las hermosas canciones de un joven y también melenudo Joan Manuel Serrat.

Padura tampoco aprendió a bailar salsa cuando finalmente se coló en la isla ese fenómeno musical que revolucionó América y el Caribe en los años 1970 y 1980 del pasado siglo, aunque disfrutó como tantos cubanos de las actuaciones en la isla de Óscar D’ León en 1983. Pero mientras el entonces periodista del vespertino Juventud Rebelde redescubría con el salsero venezolano aquella música cubana arrinconada por décadas y que ahora regresaba con aires renovados, no podía imaginar que años después podría entrevistar al autor de la incomparable “Pedro Navaja”, ni que sería uno de los muchos padrinos que tuvo Willie Colón en su boda celebrada en el balneario de Cancún en 1991. Ni que terminaría armando un libro que se llamaría Los rostros de la salsa.

No fue algo planificado de antemano, porque hay libros que nacen como resultado del azar concurrente. Simplemente Padura estaba en el momento preciso y el lugar adecuado y como buen periodista aprovechó la oportunidad de entrevistar nada menos que a Rubén Blades en 1989 (mientras lo acompañaba a comprar un par de zapatos) durante la Semana Negra de Gijón, o a Wilfrido Vargas en el Festival Cervantino de Guanajuato, un año antes.

Poco después Padura tuvo la posibilidad de entrevistar a Juan Formell y, en 1992, a Adalberto Álvarez, dos de los creadores más auténticos y renovadores de la música bailable cubana de esos años. Lo curioso en ambos casos es que, aunque estos músicos no podían ser clasificados estrictamente como salseros y a pesar del aislamiento de esa época, habían logrado que su trabajo trascendiera las fronteras de la isla y llamara la atención de algunos de los más reconocidos intérpretes de la salsa.

Juan Formell -el primero de derecha a izquierda- fundó en 1969, en Cuba, la exitosa orquesta Los Van Van, con una sonoridad muy peculiar.

Foto: Tomada de Habana Radio

En 1991 Padura vuelve a cubrir el Festival de Cancún y se pone en contacto con Johnny Ventura y Willie Colón. Ya para entonces su olfato le decía que estaba reuniendo un material que quizá valdría la pena rescatar más allá de las efímeras páginas de un diario o una revista, por lo que continuó investigando sobre la Salsa desde otros puntos de vistas. Así nacen las entrevistas al musicólogo cubano Radamés Giro y a Nelson Rodríguez, gerente de la ya desaparecida Compañía Ralph Mercado Management, que durante los años 1990 fue considerada el mayor emporio salsero del mundo.

Diversas ediciones de Los rostros de la salsa.

Foto: Cortesía de la autora del presente artículo

Al mismo tiempo se irían acumulando más entrevistas. Algunas no planificadas de antemano, como los de como Papo Lucca, Cachao López y Johnny Pacheco, y otras propiciadas por el propio autor, como las del maestro Mario Bauzá o Juan Luis Guerra.

Cuando se sintió en posesión de un material suficientemente sólido, Padura decidió conformar un libro que, además de reunir aquellos valiosos testimonios de primera mano obtenido a lo largo de varios años, debía responder a varias preguntas que le parecían cruciales al acucioso periodista: ¿qué era la salsa? ¿Por qué unos decían que se trataba de un nuevo género musical cuando otros la descalificaban al considerarla música cubana reciclada por el mercado?

Los rostros de la salsa se publicó en Cuba por Ediciones Unión (1997), luego por Planeta México en 1998 y en 2003 fue traducida al inglés y publicada por el Smithonian Institution. Y ahora la rescata Tusquets Editores para contribuir a preservar la memoria de un género que marcó toda una época de la música y que indudablemente forma parte de la historia cultural del Caribe hispano y de América Latina.

Decir que Los rostros de la salsa es un libro de excelentes entrevistas sería justo pero insuficiente para valorar su verdadero alcance. Porque aquí no sólo se relatan algunas de las apasionantes experiencias de vida de aquellos músicos que pusieron a cantar y bailar a varias generaciones de latinos. Se trata también de caracterizar desde un punto de vista teórico un fenómeno como la salsa, tan rica y controvertida, que aún hoy algunos especialistas se niegan a reconocerla como un género musical.

En su presentación a la nueva edición de Tusquets, enriquecida con una segunda entrevista a Rubén Blades, el musicógrafo Raúl Fernández asegura que Los rostros de la salsa “…es una contribución a la bibliografía salsera…”, que aporta “…una amplia perspectiva histórica sobre el desarrollo de la Salsa…”.

El también Profesor Emérito de la Universidad de California y asesor de Latin Jazz y música cubana de la Smithsonian Institution concluye que justo ahora, cuando “se goza (o se padece) de una supremacía reguetonera por todo el Caribe, resulta pertinente y oportuno que con la ayuda de esta nueva edición de Los rostros… meditemos sobre el significado contemporáneo de la gloriosa, indefinible y clásica Salsa…”

Y para quien lo dude, al final del volumen Padura incluyó una “Discografía básica de la salsa”. Tres páginas bailables y disfrutables de una punta a la otra, al igual que este libro.

Presentación de Los rostros de la salsa en Cali, Colombia. Al fondo, mural con los «Apóstoles» de la Salsa, algunos de ellos entrevistados por Padura para su libro.

Foto: Cortesía de la autora

 

Diez razones y cinco opiniones para creer (o no) en la existencia de la salsa*

(A manera de epílogo)

«Tú eres mi razón primera»
Juan Luis Guerra

UNO: «Que yo me defiendo como puedo…»

Hacia mediados de la década de 1970 un fantasma sandunguero y bailador —otro más—empezó a recorrer América, desde Nueva York a Buenos Aires. Cargado con una fuerza de penetración inusitada, salta por los más diversos rincones del Caribe robándose todos los espacios disponibles, pegándose a los oídos y los pies de las gentes, de millones de gentes. Desde los años 1940 y 1950, cuando el mambo que el cubano Dámaso Pérez Prado lanzó al mundo desde sus cuarteles de México D.F., y el cha-cha-chá, del también cubano Enrique Jorrín, cautivaron a media humanidad, ningún movimiento musical latinoamericano había logrado tal grado de aceptación. La década de 1960, dominada por Los Beatles y el pop, habían sido años de repliegue musical para los ritmos latinos que, en desventaja promocional, cedían su patrimonio a la balada cantada en inglés y a un rock irreverente que trataba de aclimatarse sin mucha fortuna. Mas el recién llegado de ahora, bautizado con el pegajoso y comestible apelativo de «salsa», volvía por los fueros y territorios que desde el siglo XIX le habían pertenecido a los ritmos y bailes caribes: a la vieja contradanza y a su hijo el danzón, al indetenible son, y al mismo mambo y al cha-cha-chá.

La llegada y difusión de aquello llamado «salsa», sin embargo, provocó las reacciones más encontradas y rápidamente —como suele sucedernos— dividió en bandos opuestos a todos los interesados en el caso: músicos, promotores, musicólogos y hasta melómanos y bailadores. La primera de las discusiones se desarrollaba en el nivel de la cáscara: ¿quién le puso «salsa» a esa música?, ¿a qué se le llama «salsa»?, para, a partir de ahí, tocar la fibra más profunda de la cuestión: ¿existe la salsa?…

Mientras un bando sostenía que la salsa era un fenómeno musical novedoso, fruto de la existencia de diferentes condiciones económicas y sociales en el Caribe que propiciaban un nuevo amulatamiento cultural —mestizaje del  ya mestizo son cubano, patrón indiscutido del movimiento, con otros ritmos caribeños, brasileños y norteamericanos—, los detractores de la «salsa» negaban de plano su posible existencia apoyados en una misma bandera que, sin embargo, tenía connotaciones diferentes: para los cubanos se trataba de un saqueo, por parte de los músicos latinos de Nueva York, del patrimonio que les pertenecía por el indudable origen «sonero» de la llamada salsa, mientras en otras tierras —es el caso de Venezuela— se le consideraba, por la misma razón —su filiación al son cubano y la mayoritaria participación neoyorquina y puertorriqueña en el movimiento—, como música extranjera, y por lo tanto su cultivo era punto menos que una traición al acervo musical del país. Pero, al margen de la discusión, se seguía haciendo música bajo el apelativo de «salsa», se la vendía como «salsa» y, lo que es más importante, se la escuchaba y se la bailaba cada vez más, pues se sentía que en ella había algo nuevo. Pero, ¿había en verdad algo nuevo? […]

DIEZ: «Toma chocolate, paga lo que debes…»

¿Un juicio definitivo? La salsa existe. Existe, como queda dicho, en una nueva forma de expresar una nueva realidad, en una apropiación creativa de todo el acervo musical del Caribe, y, por supuesto, en la obra de músicos «distintos», como Willie Colón, Eddie Palmieri, Papo Lucca, Rubén Blades y muchos otros. Existe —por fin— en la aceptación e incorporación de una nueva generación de músicos cubanos de sobrado talento que luego de introducir sus obras, han logrado materializar su presencia en el ámbito del Caribe. Existe, como afirma Willie Colón, en tanto idea, concepto, perspectiva.

Pero también ha existido, a pesar de los lamentos, como moda, como gran negocio, capaz de rebautizar toda una larga tradición musical con el apelativo de «salsa», como se ha presentado durante estos años a viejos sones, bombas y cumbias.

Sin nomenclatura, la salsa tiene sin embargo una literatura; sin ser un ritmo nuevo, la salsa tiene, sin duda, una sonoridad diferente; sin poseer una fórmula única y abarcadora, la salsa tiene la propiedad camaleónica de la trasfiguración de toda una tradición, y la capacidad de englobarla, de aclimatarla en una perspectiva contemporánea.

Por eso hay, al fin y al cabo, más de diez razones y muchísimas opiniones para creer o no, veinticinco años después, en la existencia de la salsa. Según lo crédulo o incrédulo que sea uno.

Leonardo Padura Fuentes,
La Habana, enero de 1993.

*Fragmentos de Los rostros de la salsa, Ediciones Unión, 1997.

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