Ricardo Porro: ¿nadie es profeta en su tierra?

Muere en París el importante arquitecto cubano.

He revisado la lista de premios otorgados al arquitecto cubano Ricardo Porro, nacido en Camagüey en 1925 y fallecido en París el pasado 24 de diciembre, y me ha sorprendido la cantidad e importancia de los reconocimientos internacionales obtenidos a lo largo de su carrera, desarrollada fundamentalmente fuera de Cuba. Al morir, Porro era miembro de la Orden de arquitectos Franceses y por el conjunto de su obra desarrollada en Francia ese país le otorgó los títulos de Chevalier des Arts et des Lettres, Chevalier de la Légion d’honneur y Commandeur des Arts et des Lettres. En el año 1994 fue nominado al Pritzker Architecture Prize, el más prestigioso premio de Arquitectura que se otorga anualmente, considerado una especie de Nobel de arquitectura. Y apenas dos años atrás, Porro recibió de manos del presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, el Premio “Vittorio De Sica” de Arquitectura 2012, por el proyecto de las Escuelas de Arte de La Habana, en el cual trabajó junto a los italianos Roberto Gottardi y Vittorio Garatti, también premiados. Pero lo más curioso para mí, fue descubrir que en toda esa lista no hay un solo reconocimiento concedido por Cuba, que no sólo fue el país de origen de Porro, sino también el lugar donde se encuentra la obra de mayor trascendencia para su propia carrera y el patrimonio constructivo de la isla.

Lamentablemente esa circunstancia en la que la obra de un artista o un creador cubano ha sido mucho más valorada en otros ámbitos que en su propia tierra, se ha repetido con demasiada frecuencia desde que el triunfo revolucionario de 1959 polarizó la sociedad cubana de manera irremediable, atendiendo a razones políticas e ideológicas. En la década de 1970 incluso se llegó al extremo –a partir del proceso conocido como parametración-, de apartar del gremio a un grupo de intelectuales que, como en el caso de José Lezama Lima o Virgilio Piñera, se cuentan entre los escritores más notorios de la pasada centuria cubana. Para ellos la reivindicación y el reconocimiento de sus contemporáneos llegó demasiado tarde, aunque para consuelo de muchos, según el antiguo refrán español, es mejor tarde que nunca.

En el caso de Ricardo Porro hubo un poco más de suerte y aunque su partida de la isla parecía marcar una ruptura definitiva -y de hecho lo fue-, cambios de rumbo en la política cultural cubana propiciaron el reencuentro del arquitecto con su país y con antiguos colegas, una circunstancia que también le permitió acercarse a las nuevas generaciones de profesionales, y más tarde involucrarse en el rescate del proyecto inacabado de las cinco Escuelas Nacionales de Arte de Cubanacán.

A diferencia de un notable número de arquitectos y otro profesionales, que muy al principio de la Revolución marcharon al exilio porque estaban en franco desacuerdo con los cambios que estaban ocurriendo en el país, Porro regresó de su estancia en Venezuela donde impartía clases de urbanismo y arquitectura en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Caracas, precisamente para sumarse al proceso y contribuir a los cambios anunciados.

Ricardo Porro había cursado sus estudios en la Escuela de Arquitectura de La Habana, y había consolidado su formación en becas obtenidas en diversos países de Europa. Asistió a la Sorbona, matriculó en el Instituto de Urbanismo de París y recibió la influencia que emanaba de los diferentes Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM), que desde su primera convocatoria en 1928, y hasta su último encuentro celebrado en 1956, habían marcado de una forma u otra las principales tendencias de la arquitectura mundial.

Luego de su regreso de Europa, Porro recibe y realiza diversos proyectos de residencias particulares, entre los que se destaca especialmente la casa encargada por Timothy James Ennis, en Nuevo Vedado, y que ha sido recogida en el libro La Arquitectura del Movimiento Moderno (Unión 2011), que constituye una selección de obras incluidas en el Registro Nacional del Comité Cubano para la Documentación y Conservación de los edificios, sitios y barrios el Movimiento Moderno (Docomomo Cuba). Pero fue el nuevo gobierno revolucionario quien puso en sus manos una encomienda cuya complejidad y envergadura demandaría todo su esfuerzo y la mayor entrega de su talento. Se trataba de realizar la coordinación general del proyecto de las Escuelas Nacionales de Arte, de las cuales proyectó las escuelas de Danza Moderna y de Artes Plásticas. Para secundarlo en este trabajo, Porro invitó a los arquitectos italianos Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, a quienes había conocido en Caracas.

Desde su génesis, en 1961, hasta su paralización en 1965, las Escuelas de Arte provocaron la crítica o la admiración dentro y fuera de Cuba, y ese fue uno de los factores que quizá contribuyó a que su realización siempre estuviera signada por la polémica. Otros factores, incluso más determinantes en la suerte posterior del proyecto y del mismo Porro, fueron las consideraciones críticas sobre el costo de la obra, y la cada vez más acentuada confrontación ideológica que caracterizó esos años. Para sus críticos más acérrimos, esta obra no era representativa de la arquitectura de la Revolución, e incluso fue calificada de arquitectura individualista, elitista, burguesa. Esa descalificación, y la falta real de presupuesto para culminar la obra, determinaron su paralización, aunque ello no impidió que una parte de sus instalaciones ejerciera las funciones para las que fueron concebidas originalmente. Desde 1963 radica allí la Escuela Nacional de Arte y cuando se creó el Instituto Superior de Arte (ISA), en 1976, también se integró a los espacios utilizables, aunque el abandono, la falta de mantenimiento, la irrupción de la naturaleza y el vandalismo, provocó grandes daños en una buena parte de las edificaciones.

La posterior reivindicación de las Escuelas de Arte y la decisión de recuperar el proyecto casi cuarenta años después de que se detuviera su construcción, fue el resultado de un largo proceso en el que tuvo un importante papel la valoración de arquitectos y especialistas, tanto dentro como fuera del país. Mientras la World Monument Fund incluía el conjunto en la lista de los cien monumentos más importantes de todo el mundo en peligro de destrucción, la Comisión Nacional de Monumentos de Cuba lo declaraba Zona de Protección. Asimismo a finales de 1990 aparece el libro Revolution of forms. Cuba´s forgotten Art Schools, del historiador de arquitectura John Loomis, que también contribuyó a cambiar la percepción del conjunto de las escuelas.

En 1996 Porro realiza su primer viaje a Cuba después de treinta años de ausencia. En una entrevista concedida posteriormente se refirió al impacto que le provocó ver como las Escuelas estaban “muriendo”. En esa ocasión impartió un ciclo de conferencias en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (ISPJAE), titulado “Cinco Sesiones de Arquitectura”. En el 2008 imparte el Taller “Urbanismo de la Comunicación” y dicta conferencias para estudiantes de la Facultad de Arquitectura.

Durante el Consejo Nacional de la UNEAC de 1999 se debatió ampliamente la pertinencia de concluir las Escuelas Nacionales de Arte y finalmente se tomó la decisión de retomar el proyecto, para lo cual fueron convocados sus autores originales, Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi. Todos acudieron al nuevo llamado, dejando atrás posibles agravios o frustraciones, para retomar un obra que nuevamente exigía de sus autores grandes dosis de creatividad y profesionalismo. Para Ricardo Porro fue además la oportunidad de reencontrarse con su propia obra, adecuarla en cierta medida a las nuevas condiciones, e intentar salvarla del desastre. Y aunque mucho se logró rescatar y preservar de las estructuras inconclusas o semiderruidas, otra vez el factor económico, agravado por el interés de asociar el programa de las Escuelas al del Instituto Superior de Arte, que lógicamente implicaba un alto costo por su complejo programa, ha impedido culminar la obra.

Finalmente las escuelas de Cubanacán fueron declaradas en el 2010 Monumento Nacional, en tanto constituían “uno de los ejemplos más sobresalientes de la arquitectura cubana del Movimiento Moderno y un hito de la arquitectura de la Revolución”, según expresa la Declaratoria que acredita esta condición. Pero aún entonces se le negó a Ricardo Porro el reconocimiento oficial que se le debía y que merecía como creador y en gran medida responsable del conjunto arquitectónico más emblemático y sobresaliente construido en Cuba después de 1959. (2015)

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