Eliseo teje una calle y un taller con el mismo hilo

El poeta cubano cumple cien años.

El poeta cubano cumple cien años convertido en un icono de las letras cubanas en un sentido amplio.

Foto: Tomada de Cubadebate

Las razones por las que preferimos a unos escritores sobre otros, más que a conjeturas estrictamente literarias, hay que buscarlas en esa zona de la conciencia donde se alojan nuestros gustos esenciales, los que reconocemos por la conexión con nuestro ser; porque esos autores nos han regocijado como nadie al referirse a determinados temas y asuntos que nos son muy cercanos, entrañables.

Tal es el caso de la obra de Eliseo Diego y, específicamente, algunos pasajes de su poesía. Se me hospedaron en la memoria porque exploraron en sitios de íntima afinidad, y lo hizo con las palabras justas para atraparlos y nombrarlos como un descubridor que se apropia de un territorio y lo marca para siempre.

Una calzada enorme y bien amada

El linaje de la Calzada de Jesús del Monte viene de su importancia como vía de enlace para la expansión de La Habana. Su travesía por varios municipios no es solo espacial, es también un viaje por el tiempo. La ciudad fue penetrando lo rural por ese camino, abriendo el compás urbano, trazando nuevas coordenadas.

Hace setenta y un años la calzada agregó una perla a su estandarte con la publicación del poemario de Eliseo Diego que toma su nombre como título. El poeta la conocía bien desde su infancia. Que la escogiera para nominar su primer libro de versos es muy significativo de lo que representó para él. En sus páginas escribió: “Por la Calzada de Jesús del Monte transcurrió mi infancia, de la tiniebla húmeda que era el vientre de mi campo al gran cráneo ahumado de alucinaciones que es la ciudad”.

La calle que vemos en el libro como Calzada de Jesús del Monte es ese extenso camino de asfalto que nace en La Esquina de Tejas con el nombre de Calzada de Diez de Octubre y luego, en la esquina de La Palma, toma la nominación de Calzada de Bejucal hasta Boyeros. En su extenso recorrido toca o atraviesa una multitud de barrios y pueblos de La Habana profunda como ninguna otra calle lo hace:

“Luyanó y Jesús del Monte resplandeciendo sus torsos como si fuesen dos ríos jóvenes crueles de transparencia y ruido, el más pequeño cubierto del rocío dorado en las albas a la intemperie de la Isla pero el otro con sombras aún en los ojos, sombras de los recodos más que remotos de la provincia, sombras del rincón de Apolo o de Santiago el de las Vegas, donde los cielos son la fronda de un gran álamo o framboyán que los cobija”.

Eliseo resulta una especie de unicornio extraviado en el tiempo.

Foto: Diseño publicado en Radio Angulo

Eliseo expresa, desde un soplo feliz de la memoria, el pálpito de cada sitio en la calzada: “voy figurándome que soy algún portón insomne que fijamente mira el ruido suave de las sombras alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma”, lo enhebra con el canto de su casa en Arroyo Naranjo, y se confunden “el jardín de la quinta donde termina la Calzada y comienza el nacimiento silencioso del campo y de la noche”.

La estancia de Eliseo Diego en la quinta de Arroyo Naranjo tuvo lugar en dos períodos: 1920-1929, y 1953-1969. O sea, desde su nacimiento hasta una edad de la niñez en que tiene acumuladas una cantidad de vivencias, y desde la plenitud de los treinta hasta la madurez que frisa los cincuenta. En esos veinticinco años, y sobre todo en los últimos dieciséis, las idas y venidas por la calzada formaron parte de su vida tanto como los árboles sembrados por su padre en la finca.

Pero en el canto del poeta no solo está el tránsito, el ir y venir por la calzada, también está el transcurso vital, la mudanza de un espacio a otro (del campo a la ciudad) en un momento temprano de su vida, y su inconformidad, su malestar por el suceso: “tendrán que oírme decir no me conozco, aquí en el patio, junto a las columnas que toco provincianas”.

En la Calzada de Jesús del Monte contiene, entonces, el inquieto palpitar de esa arteria de la polis como centro irradiante y el fluir del tiempo, que es decir la vida, el latir de los días y las noches; y los nombres de las cosas salvadas del olvido, preservadas en un cofre sagrado de la memoria, para que “cuando pierda el Paraíso de mi calle y mis olvidos me la vuelvan sueño, pueda llamarlas de pronto con el alba”.

Eliseo es considerado uno de los más grandes poetas de Latinoamérica.

Foto: Tomada de ACN

La celebración de la imprenta y la poesía como juego

Si las sucesivas lecturas de En la Calzada de Jesús del Monte me han acompañado durante muchos años de tránsito y bregar por esa calle, lo propio me ha sucedido con Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña por el homenaje a un universo que conocí muy bien desde mi niñez –la imprenta– y al oficio que practiqué en mi juventud temprana, el de impresor y tipógrafo.

Ese libro de Eliseo Diego es un juego de espejos con Muestras de los caracteres de letras de la imprenta de Marina de la propiedad de Don José Severino Boloña, establecida en la casa número noventa y cinco calle de Villegas, volumen icónico de la imprenta en Cuba, publicado en 1836, del cual expresa el autor de Nombrar las cosas: “Más que muestrario sin duda, Don Severino, amigo de los juegos, ha impreso una Obra sobre las artimañas del Tresillo, y juega a la criptografía con sus tipos de letras mientras simula relatar la Historia de la Imprenta. Mucho más que muestrario, por supuesto”.

En ese juego entre poetas, la muestra inefable que es todo el catálogo de tipos y viñetas de Don José Severino Boloña es refractada en la magia de los textos de Diego para crear otro icono de las letras cubanas en un sentido amplio, como literatura y como libro.

Cincuenta y dos años después de su publicación esta joya impar de Eliseo resulta una especie de unicornio extraviado en el tiempo. Remite a un brumoso pasado donde quedaron las máquinas Chandler, las ramas, los chibaletes, los caracteres de madera, los tipos sueltos, los componedores, los lingotes, las interlíneas, los cubos, las maderas, los linotipos, las viñetas.

La lectura de Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña, de Eliseo Diego, es mucho más rica si se conoce el libro de Don José Severino, el cual está estructurado en dos grandes bloques: el catálogo de tipos; y el catálogo de signos, abrazaderas, bigotes, rayas y viñetas. Si la muestra de letras es perfecta, la de viñetas es definitivamente maravillosa. Es el ingrediente que quintaesencia el libro, el que lo convirtió en objeto de culto, como también lo es el de Diego. (2020)

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