La Habana desde sus símbolos (II)

Mirando el nuevo milenio.

La Habana desde el Morro, antigua fortaleza con la cual suele identificarse usualmente la capital.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Los símbolos que identifican a las ciudades suelen ser múltiples y variados, pero siempre hay uno esencial. En Londres es el Big Ben; en París, la torre Eiffel; en Nueva York, la Estatua de la Libertad; en La Habana, la tríada que forman la bahía, El Morro y el Malecón.

La capital cubana tiene muchos otros símbolos (arquitectónicos, urbanísticos, patrióticos, religiosos, deportivos, artísticos, literarios…) de gran arraigo, mas no alcanzan la dimensión de los citados.

La bahía estuvo siempre ahí, ella es la matriz, el comienzo de todo; el Morro se construyó en el siglo xvii para la defensa contra corsarios y piratas; luego, cuando dejó de cumplir esa función, siguió siendo el centinela insomne; el Malecón es enlace entre dos espacios (la ciudad antigua y la moderna), dos elementos (mar y tierra) y dos tiempos: el siglo xvi y el siglo xx, como también es la conexión entre todos los estratos sociales –y hasta extraterritoriales– en su recorrido por tres municipios.

Para encontrar un paralelo vial a esta alameda sui géneris (el Malecón) habría que pensar en la Calzada de Jesús del Monte, la cual, bajo distintos nombres (Monte, Diez de Octubre, Calzada de Bejucal), nos conduce desde el extremo este de la Habana del centro hasta Santiago de las Vegas. La Calzada de Jesús del Monte también es un símbolo de la ciudad. Tanto es así que un poeta mayor, Eliseo Diego, le dedicó un libro medular, la inscribió para la eternidad en las letras cubanas.

La calles de Prado, Monte, Reina, Belascoaín, Galiano, Carlos III, Infanta, configuraron el entramado de crecimiento de la ciudad hacia el oeste en el siglo xix, reforzado después de derribadas las murallas –a partir de 1863– y que cobró mayor ímpetu en la centuria siguiente, cuando, durante las primeras tres décadas, termina de forjarse el núcleo cenital del centro con la construcción del Capitolio (1929), el mayor símbolo de la opulencia y el poder gubernamental.

Ya para entonces, La Habana era la ciudad de las columnas, como la nombrara Alejo Carpentier. Sus principales avenidas permitían al caminante estar siempre al resguardo de la lluvia o el sol en los amplios portales de edificaciones sostenidas por columnas adornadas con motivos dóricos, jónicos, corintios, toscanos.

Esos signos neoclásicos en la arquitectura luego incorporaron el art noveau y el art decó para dar lugar a un eclecticismo que el autor de El siglo de las luces llamó el estilo de las cosas sin estilo.

En las siguientes décadas del período republicano La Habana del centro apenas cambió. Después de la expansión hacia Jesús del Monte, El Cerro y Marianao, el gran foco de crecimiento urbano se desplazó en dirección a El Vedado, Miramar, y el extremo noroeste de la ciudad, hacia donde se movió la alta burguesía.

El Capitolio Nacional, uno de los símbolos de la ciudad que está siendo restaurado.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El mayor símbolo arquitectónico de los cincuenta es el edificio Focsa. Su imagen se ha integrado a una imagen mayor, esa composición en perspectiva del litoral vista desde la fortaleza de La Punta.

Los últimos sesenta años han generado pocos símbolos arquitectónicos y urbanísticos en la capital. Las Escuelas Nacionales de Artes –esa maravilla inconclusa– y el Parque Lenin, son los más excelsos, remarcados.

Las ENA han quedado como referencia de lujo de los sesenta, mientras el Parque Lenin ha ido rodando hacia el abandono y el olvido. Es una lástima porque la ciudad lo necesita a gritos. Esa enorme extensión de área verde, diversión, esparcimiento, arte, cultura en su sentido más amplio, está entre los mejores recuerdos que nos dejaron los setenta y los ochenta.

El parque de diversiones, la peña de los juglares, la casa del té, la colina de los muñecos, el anfiteatro, el taller de cerámica, la galería, el acuario, el picadero, los restaurantes, las cafeterías, hicieron del Parque Lenin un sitio único, emblemático, de La Habana.

Compartiendo espacio geográfico con el parque, la Escuela Vocacional Lenin tiene una fuerte connotación sociocultural. Ella forma parte de un esquema de educación (las escuelas en el campo) y un esquema constructivo (las edificaciones de prefabricado).

La mayor marca urbanística del prefabricado es Alamar, una extensión de la ciudad cuyos orígenes datan de los años cincuenta, como parte de la expansión hacia el nordeste que incluía más de una decena de repartos. Pero en la década siguiente el gobierno revolucionario cambió “su objeto social”: Alamar se convirtió en sitio de hospedaje para colaboradores militares, ingenieros y técnicos procedentes de las repúblicas soviéticas y varios países de Europa del Este.

En los setenta, Alamar vuelve a estar en el centro de otro proyecto: se convierte en una extensa zona de crecimiento, el sitio donde se ejecuta la mayor cantidad de edificios para viviendas multifamiliares, construidos con la fuerza de trabajo de los futuros residentes (microbrigadistas).

En Alamar conviven personas procedentes de todos los municipios habaneros y de todas las provincias del país porque las microbrigadas fueron un experimento de ingeniería social: en los edificios se mezclaron el médico, el ingeniero, el obrero, el artista, el asere, el militante comunista, el babalao, el cristiano, y el testigo de Jehová.

Pero, a diferencia de otras comunidades de viviendas prefabricadas, como las de San Agustín (La Lisa), Alberro (El Cotorro), el reparto Guiteras (Habana del Este), o el Eléctrico y Managua (Arroyo Naranjo), Alamar es, más que un dormitorio gigante, un macrorreparto con atributos de ciudad. Tiene (o tuvo) cine, casa de cultura, biblioteca, anfiteatro, correo, bancos, mercados, panaderías, y otros servicios.

Por eso, quienes han nacido o vivido largo tiempo en Alamar han adquirido sentido de identidad, sienten que su comunidad es especial, distinta, a lo que contribuye la cercanía del mar, el aire con olor a salitre y a marisco que está en la marca fundacional de La Habana desde hace cinco siglos.

Continuaremos hablando de los símbolos de la ciudad más cosmopolita de Cuba.

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