La Habana desde sus símbolos

Mirando el medio milenio.

El Malecón, uno de los símbolos más queridos de La Habana, aparece en poesías, novelas, canciones, cuadros, fuente de inspiración infinita.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Toda ciudad —grande, mediana, pequeña— tiene sus símbolos. Ellos representan su carácter, su estilo, su cultura; ellos la definen y expresan su alma. Unos, más universales; otros, más locales, se inscriben en la trama del tiempo, a través de los tiempos, porque cada época nos deja sus símbolos como parte de su legado.

La Habana, sin tener la antigüedad o la extensión de otras urbes europeas, asiáticas, africanas, americanas posee una enorme variedad de símbolos: artísticos, religiosos, urbanísticos, deportivos, políticos, patrióticos, geográficos, sociológicos, lingüísticos…

En cinco siglos de andar, La Habana ha visto nacer y perdurar sus emblemas, así como sucesivas generaciones los han asumido, valorado, reinterpretado, y también han dejado huellas, marcas, que luego han devenido símbolos. Los más antiguos son los que están ligados a su nacimiento y formación.

No contentos los colonizadores con los primeros sitios elegidos para establecerse, encontraron lo buscado en el que Sebastián de Ocampo llamara Puerto de Carenas: la bahía de La Habana. En su entorno se asentaron los primeros pobladores y comenzó a crecer la villa. En la medida en que la villa crecía iba generando nuevos espacios: para la fe, para el gobierno, para el esparcimiento.

La Plaza de Armas, una de las más antiguas de la capital cubana.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Así se construyeron parroquias, plazas, parques, edificaciones; y cuando ya era una auténtica ciudad, podía blasonar de los símbolos que creó y aún conserva: la Catedral y su plaza, el Templete, la Plaza de Armas, la Plaza Vieja, la Plaza de San Francisco, la Alameda de Paula. Todos cerca del sitio de fundación.

Hacia la cuarta década del siglo XVI, convertido el puerto de La Habana en lugar importante para la estadía de las naves que transportaban tesoros a España, comenzaron a llegar los corsarios y piratas que asolaban el mar Caribe. Entonces la metrópoli española construyó fortalezas que devendrían símbolos de la ciudad: los castillos y torreones encargados de protegerla. Uno de ellos ocupa el lugar más relevante entre todos: el Castillo de los Tres Reyes del Morro.

Y es que como ciudad marinera, los símbolos más queridos de La Habana están ligados a su litoral: El Malecón y El Morro. El primero es el espacio de mayor socialización de la urbe, el más democrático; cumple funciones de playa, pesquero, parque, paseo, plaza, tribuna, galería; pero igualmente es frontera: marca el kilómetro 0 de dos universos, el acuático y el terrestre. El Malecón es una criatura que mira en dos direcciones a la vez.

El Morro, por su parte, es el eterno vigía que avisa y despide a los navegantes. Su faro es la primera y la última señal de La Habana. Construido para ser un guardián y frenar a los invasores, después pasó a representar la bienvenida y el adiós, la primera señal de la nostalgia. ¿Y qué habanero no ha sentido, al regreso de un viaje al interior de la isla, la inefable sensación de llegar a casa, luego de pasar el túnel y avistar El Morro y la bahía?

En su expansión hacia el oeste, en la multiplicidad de espacios construidos, la ciudad incorporó nuevos símbolos; entre ellos, la emblemática tríada que conforman el Parque Central, el Paseo del Prado y el Capitolio.

La zona enmarcada en la calle Prado, rodeada de edificaciones significativas, ha sido escenario de sucesos históricos y eventos sociales que refuerzan su importancia, su vigencia simbólica para la polis; pero además, esa área central, en una época, también tuvo el comercio más pujante de la urbe.

Vista de la ciudad desde La Cabaña.

Foto: Archivo IPS_Cuba

Las tiendas, almacenes, joyerías, peleterías, ferreterías, de Galiano, Reina, Belascoaín, Neptuno, San Rafael, Monte, Infanta… acaparaban a la mayoría de los compradores y, sobre todo, las compradoras. Para las mujeres era una fiesta “ir de tiendas”, a visitar El Encanto, Fin de Siglo, Flogar, La Época, El Ten Cent, Ultra… Esa pujanza comercial constituyó un símbolo para La Habana del centro.

La primera mitad del siglo XX dejó huellas que han devenido símbolos de La Habana, y varias de ellas, por extensión, de Cuba. No siempre son esencias, algunas son arquetipos. La multitud de cabarets, clubes, bares, casinos, que había en la década de 1950, convirtió a la capital cubana en una de las ciudades con mayor vida nocturna en el mundo. Tropicana y los bares de Playa, con su desfile de visitantes famosos, reforzaron una imagen que ya existía: la de la gozadera infinita. “Botella de ron, tabaco habano, chicas por doquier, no te alcanza el guano”.

La década de 1950 posicionó a El Vedado como sitio imantador en la urbe. El edificio Focsa; los hoteles Habana-Hilton, Capri, Vedado, Saint John, Nacional; el cabaret Montmartre, la red de clubes, cafeterías, restaurantes, las agencias publicitarias, el cine Radiocentro, los estudios de televisión, integraron un espacio muy atractivo que mantuvo su vigencia en la década siguiente.

La época que se abre en 1959 reafirma el posicionamiento de la zona. Las aperturas del Pabellón Cuba, la heladería Coppelia, la Casa de la Cultura Checa, el centro cultural que (por breve tiempo) se instaló en la desaparecida funeraria Rivero, junto al resto de las cafeterías, restaurantes, cines y centros nocturnos de la calle 23, entre Malecón y K, dan lugar al espacio social prefrerido, venerado, por la juventud, de 1960 a 1980: La Rampa.

La Rampa es un símbolo sociocultural, sobre todo en los primeros años, de la euforia y el espíritu de la época. Desde Malecón hasta Coppelia multitud de jóvenes deambulaban con libros bajo el brazo —de literatura, filosofía, historia, economía política—, y conversaban de Camus, Sartre, Marx, Rimbaud. Eran estudiantes, profesores, artistas, obreros, intelectuales, diletantes, snobs… La Rampa era una fiesta: éramos jóvenes, indocumentados y [nos creíamos] felices, Hemingway dixit.

Los últimos cincuenta años han producido símbolos políticos, sociales, culturales, pero muy pocos símbolos arquitectónicos, que son los más perdurables. Volveremos al tema en una próxima crónica. (2019)

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