Anna Lidia Vega Serova: ¿Una nueva femenidad?

Algunas reflexiones en torno al “discurso femenino” en la novela Ánima Fatua.

Anna Lidia Vega Serova, desde el principio, se caracterizó por una escritura desinhibida enfocada hacia temas relacionados con la marginación entendida mucho más allá de la discriminación de género.

Foto: Tomado del sitio de la Uneac

En los últimos años el panorama de la narrativa cubana ha visto crecer el número de novelas publicadas, y premiadas en los más prestigiosos concursos de nuestro país, que deben su autoría a las mujeres.

Cuando en 1996, Mirta Yáñez y yo recogimos en un panorama crítico una muestra de cuentistas cubanas contemporáneas, todavía era evidente la marginación de género, sufrida por nuestras escritoras: menospreciadas, olvidadas y subestimadas especialmente cuando de prosa de ficción se trataba.

Entonces era posible hablar de un discurso alternativo de impronta femenina, identificable en algunas características como cierta tendencia a la subjetividad o a las temáticas referidas al espacio privado, la recurrencia a una literatura fantástica o una preponderancia de lo íntimo o lo confesional, que indicaban un proceso de empoderamiento a través de la palabra cuya inmadurez parecía corroborar la existencia de lo que se ha dado en llamar un “discurso femenino”.

 

De la autora:

Anna Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968), poeta y narradora, ha publicado los volúmenes de relatos Bad painting (1998), Catálogo de mascotas (1999), Limpiando ventanas y espejos (2001), Imperio doméstico (2005), El día de cada día (2006) y Tres pasos para un pez (2014), además de las novelas Noche de ronda (2002) y Anima fatua (2007)

 

Pasados muchos años desde la publicación de aquellas Estatuas de sal, las obras escritas por mujeres en Cuba parecen asumir un grado de neutralidad con respecto a los tópicos anteriormente mencionados que elude las clasificaciones simplistas y las coloca en el corpus de esa Literatura (con mayúsculas). Huidiza en cuanto a su diferenciación genérica, tal vez porque separarla del resto de la producción circundante podría conducirla a una automarginación si negáramos también la existencia de un discurso opuesto, es decir, el hipotético discurso de una masculinidad.

Difícil sería establecer conclusiones sobre la existencia o no de una escritura definida a través de filiaciones sexuales.

En más de una ocasión he escuchado a una colega escritora afirmar que ella escribe como mujer en tanto escribe también como un individuo con una historia de vida a la que se suma, entre otras muchas definiciones, la de pertenecer al género femenino. Lo mismo debe ocurrir con los escritores hombres.

Esta asunción no sexista de la literatura es, en mi opinión, el giro que marca en la actualidad las novelas y relatos escritos por las mujeres cubanas, donde muchas veces lo autobiográfico es el punto de referencia que pudiera encontrar la crítica para demostrar la existencia de ese tan traído y llevado “discurso femenino”.

El espacio que ocupan estas reflexiones resultaría insuficiente para reseñar, aunque fuera someramente, las novelas donde ya es apreciable ese empoderamiento que ha convertido a las escritoras cubanas en parte de un corpus ya imposible de ser relegado al ghetto de “literatura femenina” (aun cuando todo espacio que sirva para destacar la obra de las escritoras mujeres no deba ser desaprovechado en virtud de cierto complejo de inferioridad que a veces nos asalta cuando se nos estudia en capítulos aparte).

Es por eso que he escogido la novela Ánima Fatua, de Anna Lidia Vega Serova, para meditar acerca de lo que se me ocurre llamar “una nueva femenidad” en la que los recursos tradicionalmente empleados en las “ficciones masculinas” son también asumidos por la narradora sin limitaciones pudorosas ni estereotipos obsoletos (si bien es cierto que  las experiencias relatadas se diferencian —y no— de las que pudiera reflejar un autor hombre en su escritura).

En este punto justo es también señalar que la literatura escrita por hombres en Cuba en la última década ha sufrido procesos de transformación que no obedecen por completo a los modelos imperantes en épocas pasadas y asumen casi inconscientemente la necesidad de cambios de los patrones patriarcales a otros más libres y menos atados al sistema sexista, incluyendo rasgos que, por general, suelen asociarse al “discurso femenino”. Pero este sería tema para otros artículos e investigaciones.

Anna Lidia Vega Serova no está incluida en el panorama Estatuas de sal. Su obra empezó a ser conocida poco tiempo después de la publicación de ese volumen y, desde el principio, se caracterizó por una escritura desinhibida enfocada hacia temas relacionados con la marginación entendida mucho más allá de la discriminación de género.

Sus cuentos tratan de la vida cubana en el período especial y enfocan los personajes femeninos en su interrelación con la vida que les rodea no sólo en el entrono doméstico (del que es una peculiar indagadora) sino también como parte de una sociedad  a la que sus protagonistas no se sienten totalmente integrados.

En su primera novela Noche de Ronda mantiene estos presupuestos además de una audaz experimentación con la forma que, en ocasiones, lastra el argumento sin que éste deje de resultar interesante en las múltiples posibilidades de situaciones ubicuas que se presentan al lector.

Sin embargo, Anima Fatua sobresale por presentársenos como una novela de aprendizaje que es, al mismo tiempo, una búsqueda de identidad a través de los escenarios y del cuerpo, de las realizaciones y frustraciones de un personaje femenino desdoblado en una especie de esquizofrenia y que no logra reconciliarse con la realidad que se le impone por razones ajenas a su voluntad.

La tan recurrida escritura de novelas de aprendizaje de autores masculinos pudiera ser ya una osadía para alguien que, como Anna Lidia, tiene desafiantes asuntos que resolver con sus lectores en su calidad de mujer.

Las experiencias sexuales de Alia y de Alfa (un mismo personaje despersonalizado en dos) pudieran ser demasiado sorprendentes por sus audacias adolescentes que transgreden todos los modelos adjudicados a lo femenino.

Anima Fatua sobresale por presentársenos como una novela de aprendizaje que es, al mismo tiempo, una búsqueda de identidad a través de los escenarios y del cuerpo, de las realizaciones y frustraciones de un personaje femenino desdoblado en una especie de esquizofrenia y que no logra reconciliarse con la realidad que se le impone por razones ajenas a su voluntad.

Foto: Tomado del sitio de la Uneac

La amiga mayor de la protagonista, Tania, ofrece un consejo a su compañera que es ya todo un símbolo de toma de conciencia en cuanto a una nueva manera de ser mujer:

Para comenzar, le dice, “mírate en los espejos. Contémplate mucho, todo lo que puedas, apréciate, deléitate, ámate. Si una mujer no se ama, nadie la amará; peor que eso: no sabrá amar a nadie”.

Y es a partir de estas palabras que debemos entender el aprendizaje de Alfa-Alia en sus intentos tantas veces fallidos de amarse a sí misma para aprender a amar a los demás.

Axiomas como los que preconiza el personaje de Tania develarían la presencia de un “discurso femenino” pero siempre asumido desde la perspectiva de la experiencia individual; porque si se analiza a fondo el hecho de aprender a estar de acuerdo con nosotros mismos es tan válido para las mujeres como para los hombres.

En Ánima Fatua es notorio que todas las experiencias referidas al personaje principal y a los secundarios pudieran ser válidas para ambos sexos y, sin embargo, hay una insistencia en el acercamiento sicológico más pronunciado hacia las criaturas de ficción que pertenecen al mal llamado “sexo débil” lo que hace de esta novela un verdadero fresco para la visibilidad de la presencia de las mujeres en el mundo.

Los hippies de la obra pudieran también representar un símbolo de esa liberación sexual iniciada en el mundo en la década de los sesenta y que permite a una autora nacida a finales de la misma un grado de evolución que se manifiesta en su libertad (a veces verdadero desorden) y en su disposición para vivir todas las experiencias sin que el final de la novela nos conduzca a ninguna toma de conciencia, siquiera aquella que tendría que ver con la propia identidad.

Esta manera de ser mujer que se asume desde una total carencia de esquemas y hasta de valores pudiera ser un modo de asumir lo femenino a través de una neutralidad a la que al principio de estas líneas hicimos ya referencia.

Hay cierto travestismo en la novela que nos impide descubrir con ojos convencionales la feminidad del discurso. Sin embargo el protagonismo otorgado a los personajes mujeres y sus diferencias filosóficas y existenciales permiten hablar de las diferentes maneras de asumir el género en la época contemporánea y postmoderna donde coinciden divergentes y hasta antagónicos puntos de vista sobre el asunto.

Otras novelas escritas en los últimos años pudieran confirmar este cada vez más frágil límite genérico en la prosa de ficción actual. Pero Ánima Fatua es sin duda uno de los mejores ejemplos de cuánto ha avanzado la mujer en su afán de tomar por los cuernos a la palabra de la que, sin duda, ya se siente dueña a pesar de los pesares. (2020)

Un comentario

  1. Yoel

    Gracias por recordar a esta autora, una de mis preferidas. sus libros «vuelan» en las ferias del libro. ¿Cuándo pensarán hacer nuevas reediciones de sus libros?

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