Con Leonardo Padura y Mario Conde en una isla desierta (III)

Lecturas para la cuarentena.

En Herejes, Padura funde la novela de indagación histórica con la de intriga criminal.

Foto: Cortesía de Lucía López Coll

Luego de haber leído en a(isla)miento la tetralogía Las cuatro estaciones (Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño), además de La cola de la serpiente, Adiós, Hemingway, y La neblina del ayer, le llegó el turno a la siguiente novela en la que Mario Conde ejerce como detective por cuenta propia.

Herejes

Después de publicar tres novelas en las que sobresalientes figuras de la historia (de la literatura: Ernest Hemingway, José María Heredia; y de la política: León Trotski) tienen el papel central, y después del éxito alcanzado en El hombre que amaba a los perros, en su siguiente obra —Herejes— Leonardo Padura funde la novela de indagación histórica con la de intriga criminal, dos vertientes de su narrativa que habían estado separadas.

La tarea novelística que llevó adelante el escritor en Herejes fue en extremo compleja, porque los universos del contenido son muy exigentes: el vía crucis del pueblo judío, la vida y la obra de Rembrandt, y el complicado panorama social de las tribus urbanas en la capital cubana.

En su urdimbre, Herejes entrelaza diversas historias, personajes y épocas de los siglos xvii, xx y xxi y el elemento principal del tejido, el foco del relato, es una pieza de Rembrandt extraviada en La Habana en 1939 y sacada a subasta en Londres en 2007.

Para saber qué pasó con el cuadro, cómo llegó a ese destino, es contratado Mario Conde, quien también se hizo cargo de investigar la desaparición de una joven vinculada a las tribus urbanas, un escenario neblinoso y raro para el exteniente de la policía, ahora acompañado en sus incursiones por Yoyi el Palomo, cuyo pragmatismo y mayor cercanía generacional le permite conducirse mejor en ese contexto. Véase la explicación de Yoyi a Conde:

“—Estos muchachos lo único que quieren es estar tranquilos y hablar mierda sin que nadie los moleste. Según la tribu, así es el tema de conversación. Los rockeros hablan de rock; los rastas, de cómo hacerse trenzas de negro; los frikis, de cómo vestirse más extravagantes; los milds, de teléfonos celulares y marcas de ropas…”

“—Temas elevados… […]”

“—Lo que pasa con todos esos muchachos es que no quieren parecerse a la gente como tú, Conde. Ni siquiera a la gente como yo. Tratan de ser distintos, pero, sobre todo, quieren ser como ellos decidieron ser y no como les dicen que tienen que ser, como hace rato pasa en este país, donde siempre están mandando a la gente. Ellos nacieron cuando todo estaba más jodido y no se creen ningún cuento chino y no tienen la menor intención de ser obedientes… Su aspiración es estar out, fuera. Ellos pertenecen a una tribu porque no quieren pertenecer a la masa. Porque la tribu es de ellos y no de los que lo organizan y lo planifican todo. —Y Yoyi apuntó hacia las alturas.” (Herejes, p. 323).

La investigación de la muchacha perdida le permite al autor una exploración dentro de un espacio de la sociedad cubana en la primera década del siglo xxi, tal como había hecho en otros espacios y tiempos en novelas anteriores, acercamiento al latir de la vida en la isla que siempre está presente en su obra literaria y periodística.

Mucho más trabajosa, compleja, elaborada, es la trama sobre la persecución del cuadro de Rembrandt y los avatares de los judíos, y en su recorrido por varios siglos, el autor exhibe un arsenal de recursos diversos en cuanto a estructura, lenguaje, discurso, personajes, asuntos, motivos, y modos de representación.

Como explica el autor en su nota introductoria, muchos de los episodios narrados en el libro parten de una exhaustiva investigación histórica, e incluso están escritos sobre documentos históricos, como es el caso de Javein mesoula (Le fond de rabime), de N.N. Hannover, un impresionante y vívido testimonio de los horrores de la matanza de judíos en Polonia entre 1648 y 1653.

Al representar el testimonio, Padura se toma las licencias que permite la literatura y ofrece un relato que actualiza ese drama de horror del siglo xvii y traslada la lectura de los sucesos sin alterar la capacidad de conmoción del texto original:

“[…] Fue entonces cuando, todos a una, los cosacos, los tártaros y los habitantes de Nemirov liberaron su odio y sed de botín y entraron en pos de los judíos con todas las armas posibles. De inmediato masacraron a gran cantidad de los hombres hebreos y violaron a las mujeres, sin importar la edad. Dicen que muchas jóvenes, para evitar la deshonra, saltaron a la cisterna que provee de agua a la ciudadela y allí murieron ahogadas. Pero cuando los atacantes se hicieron con la plaza, muertos ya muchos hombres y violadas las mujeres, fue cuando comenzó el verdadero horror: el horror frío y perverso del crimen sin humanidad…” (p. 496).

Muchos de los episodios narrados en el libro parten de una exhaustiva investigación histórica.

Foto: Tomada de Cubasi

Si conmociona y estremece ese pasaje de la historia, una experiencia de lectura diferente proporciona el relato que se adentra en la vida de Rembrandt, así como las descripciones que se internan en su obra. Como se sabe, para ofrecer una mirada auténtica del escenario narrado, Padura se trasladó a Amsterdan, pudo respirar el ambiente del genio holandés, y se atrevió, incluso, a representar la voz del Maestro:

«»Pon ocre, amarillo, bermellón, blanco y siena en tu paleta. Con esos colores Apeles pudo pintar a Alejandro tomando un rayo con la mano frente al templo de Artemisa. Con esos colores se puede pintar todo”, dijo el Maestro y, luego de indicarle los potes de porcelana con los pigmentos ya diluidos, se volvió hacia la tela y la observó, como si la interrogara. Elías, en silencio, esperó una nueva orden y solo entonces tuvo la lucidez suficiente para vencer la conmoción y preguntarse qué iban a pintar» (p. 223).

En materia de recursos lingüísticos la novela cautiva desde el comienzo, cuando el autor ofrece ese fresco de La Habana de 1939 con un lenguaje barroco que se percibe como homenaje a Carpentier:

«Muy pronto había descubierto que allí todo se trataba y se resolvía a gritos, todo rechinaba por el óxido y la humedad, los autos avanzaban entre explosiones y ronquidos de motores o largos bramidos de claxon, los perros ladraban con o sin motivo y los gallos cantaban incluso a medianoche, mientras cada vendedor se anunciaba con un pito, una campana, una trompeta, un silbido, una matraca, un caramillo, una copla bien timbrada o un simple alarido. Había encallado en una ciudad en la que, para colmo, cada noche, a las nueve en punto, retumbaba un cañonazo sin que hubiese guerra declarada ni murallas para cerrar y donde siempre, siempre, en épocas de bonanza y en momentos de aprieto, alguien oía música y, además, la cantaba» (p. 3).

Como auténtica novela postmoderna, Herejes es un palimpsesto: está escrita sobre un corpus narrativo muy diverso; y es, además, una novela trasatlántica: La Habana, Cracovia, Amsterdan, Miami, están conectadas en su tejido narrativo. Mientras que en el sustrato ideológico, el fundamentalismo religioso y otros excesos son contrastados con el ejercicio de la rebeldía y el supremo concepto de libertad. Es una obra dulce et utile, como pedía Horacio, el poeta latino. (2020)

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