Con Leonardo Padura y Mario Conde en una isla desierta (IV)

Lecturas para la nueva cuarentena.

Padura figura entre los novelistas más importantes de la narrativa latinoamericana.

Foto: Tomada de dcubanos.com

Cuando ya el lector pensaba que había vencido la ansiedad de la cuarentena, con la ayuda de ocho novelas de Leonardo Padura pertenecientes a la saga de Mario Conde, aparece una nueva cuarentena, otro tiempo de confinamiento que genera nuevos capítulos de ansiedad y la demanda de seguir leyendo.

Por suerte para ese lector, todavía tiene pendiente, en su biblioteca, una novela de Leonardo Padura de la serie de Conde, aquella en la que el exteniente de la policía se mete en aguas profundas de la marginalidad y el comercio de obras de arte.

La transparencia del tiempo

En la penúltima novela de Padura,¹ Mario Conde recibe la encomienda de una investigación de la cual desconoce sus proporciones, lo intrincado, difícil y peligroso que será, los sitios a los que remite, la diversidad de personas que encontrará en esos lugares, y los rostros de la ciudad –y la sociedad– que se le van a mostrar.

El expolicía ignora también, inicialmente, el tipo de persona en que se ha convertido su excompañero de estudios preuniversitarios Roberto Roque, quien lo contrata para la investigación, porque Roque no solo salió del closet, cambió de militancia política, e ingresó en el mercado subterráneo de obras de arte.

Mucho menos conoce, al comienzo de la investigación, que la pieza sustraída de la casa de Roque, objeto de la pesquisa –una escultura tallada en madera que representa a una virgen morena–, tiene una larga historia que atraviesa los siglos y no se detiene hasta la Edad Media.

Tal como lo ha practicado antes en su novelística, el autor elabora una estructura narrativa con dos relatos independientes, uno de los cuales cuenta la historia del objeto buscado, sepultado en un pasado remoto, pero solo para consumo del lector, una trama en reversa llena de avatares, especie de viaje a la semilla protagonizado por un personaje nombrado Antoni Barral que es la personificación de un soldado en la guerra del tiempo.

En otro tiempo, en el año 2014, en Cuba, Mario Conde se afana por encontrar la talla de la virgen morena, que parece una representación de la Virgen de Regla, pero una cosa son las apariencias y otra es la realidad. Como la duda es el soporte energético de un investigador, el exteniente se lanza tras de esa y otras muchas interrogantes que provoca la escultura.

La variedad de pistas conducen a Conde a espacios de la ciudad y contextos sociales cuyos interiores y detalles lo asombran, universos muy distantes entre sí de los cuales no tiene noticias el ciudadano común.

No quiere decir que el autor haya pasado por alto, con anterioridad, esas enormes brechas sociales, pues ya hay observaciones muy puntuales en su novelistica desde la tretralogía Las cuatro estaciones, como puede verse en esta cita de Paisaje de otoño: «…con gentes así había convivido […] en la misma ciudad, en el mismo tiempo, en la misma vida, viendo a los Forcade, los Gómez, los Bodes, desde la perspectiva diminuta a la cual los habían confinado a él y a tantos otros tipos como él, ellos arriba, los otros abajo».

La transparencia del tiempo es un cofre en cuyo interior hay historias en las que intervienen múltiples actores.

Foto: Tomada de infoLibre.com

Una incursión a los márgenes de la ciudad por poco le cuesta la vida a Conde mientras desarrollaba una investigación en La neblina del ayer. Allí se topó de frente con la precariedad en que malvive un numeroso grupo de inmigrantes, la mayoría de los cuales está al margen del contrato social; gente sin techo, ni documentos.

Ahora, en La Transparencia… paisanos de esos migrantes son mostrados en un asentamiento de la periferia capitalina, en un lugar que Conde llamó el mundo de los invisibles y que la voz del narrador describe como otro universo, “como si hubieran atravesado un hoyo negro hacia una dimensión diferente del tiempo y el espacio”, donde “las leyes del urbanismo, la arquitectura y hasta la de la gravedad resultaban desconocidas en aquel enjambre de aposentos emergentes y miserables, creando una distribución caótica y asfixiante”.

En contraste con esa infravida, las páginas de la novela exponen nuevos grupos sociales que habitan al otro lado de un muro invisible que ha ido creciendo en la ciudad, un espacio de opulencia, merced al mercado de obras de arte y otros rubros, donde anidan los personajes hacia los que también conduce la investigación. Al respecto, Conde hace esta reflexión:

“[r]ecordó por un instante los círculos del infierno habanero que había recorrido durante los últimos días. Se tocó la herida todavía doliente en la parte posterior de la cabeza y se dijo que en realidad aquel infierno existía, tanto como este paraíso bajo las estrellas donde bebía un trago de coñac francés, cuyo precio podía garantizar la alimentación de un día de toda una familia. Dos mundos colindantes entre los cuales iba levantándose una muralla”.

Mientras que la investigación criminal se mueve entre esos mundos contrastantes, la historia de la virgen morena nos lleva por escenarios tan diversos y dilatados como la Guerra Civil Española y las Cruzadas, un arco espacio-temporal que muestra las luchas por imponer un credo, una religión, una idea, que luego es suplantada por otra, arrasada por otra, y así sucesivamente.

La transparencia del tiempo es un cofre en cuyo interior hay historias en las que intervienen múltiples actores: sacerdotes, caballeros de capa y espada, defensores de la fe, marinos legendarios, mercaderes, asesinos, impostores, policías, ladrones, hipócritas, mentirosos profesionales; un mosaico de lo humano y lo divino, de guerras santas y no santas, sueños y pesadillas, vírgenes y milagros, mitos y leyendas, en un relato que recorre los tiempos y atraviesa la Historia.

 

Nota:

¹Que en realidad es la última publicada hasta hoy, pero próximamente debe salir “Polvo en el viento”, la última novela que ha escrito Leonardo Padura.

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