Cultura del detalle, ¿qué significa para la Cuba de hoy?

La frase ha sido reiteradamente usada por el presidente cubano, Miguel Díaz- Canel, como un llamado a que cubanas y cubanos obren concienzudamente por sí mismos, sin necesidad, ni del “látigo”, ni de premios, con cuidado y hasta con amor.

La Revolución Cubana ha privilegiado políticas y obras que han apuntado a lo macro, como la construcción de escuelas, hospitales e industrias.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Uno de los rasgos que distingue el discurso del presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez es colocar en el centro al ser humano, cuya suma —como es obvio— es igual a la totalidad. Esa mirada enfocada con cristal de aumento hacia el ser humano, no ignora a la masa: “Somos Cuba”, reitera, en tanto llama a la unidad, “tenemos que pensar como país”. Es, sin dudas, el discurso inteligente que toca en esta hora. En sus palabras casi siempre hay un llamado a ser cuidadoso en el trato hacia todas y entre todas las personas. Una intención que se inscribe en cierto modo en la ética del cuidado.

Como dice el teólogo, sacerdote y profesor brasileño, Leonardo Boff: “Cuidar significa entretejer una relación amorosa con la realidad y con cada ser de la creación. Es investir corazón, afecto y subjetividad de esta sensibilidad. Las cosas son más que cosas que podemos usar, son valores que podemos apreciar, son símbolos que podemos descifrar. Cuidar significa implicarse con las personas y las cosas, darles sentido, colocarse junto a ellas, sentirlas dentro del corazón, entrar en comunión con ellas, valorizarlas y comprenderlas en su interioridad. […] El nuevo milenio solamente será inaugurado cuando triunfe la ética del cuidado esencial”. (“Ética del nuevo milenio: justa medida y cuidado esencial”, Revista Envío, Universidad Centroamericana).

Si bien durante sesenta años la Revolución Cubana ha trabajado en favor de cubanas y cubanos, ha privilegiado políticas y obras que han apuntado a lo macro, por así decirlo, como la construcción de escuelas, hospitales e industrias. También viviendas, un empeño que estuvo entre las prioridades desde el Moncada. Tras el triunfo, de inmediato hubo rebaja de alquileres y Ley de Reforma Urbana que convertía en propietaria de sus casas a la mayoría. Algo sin precedentes, y aún hoy sin similares en el mundo. Se levantaron por los propios trabajadores y trabajadoras edificios con los cuales se fundaron nuevos asentamientos, como el reparto Alamar, al este de La Habana.

Sin ignorar al individuo o precisamente en función de él los mayores esfuerzos se concentraron en planes para el desarrollo agroindustrial de la nación.

Inversiones de incuestionable necesidad en el país que era Cuba en 1959, sin grandes riquezas naturales, subdesarrollado y monoproductor con una población mayoritariamente analfabeta. Obras llamadas a provocar la emancipación, el desarrollo, la suficiencia y soberanía económica, y con ello la ampliación de oportunidades y el nivel de vida de la población, desde temprano atenazada por el bloqueo estadounidense.

Sin dudas, el bloqueo estadounidense ha golpeado el nivel de vida de la población en Cuba y limitado las relaciones económicas del archipiélago caribeño con otros países del mundo.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Ante la magna obra las personas (protagonistas, creadoras, y beneficiarias al mismo tiempo) quedaban enmascaradas en apariencia. Un fenómeno (¿sicológico?) interesante, acompañado por una igualdad que devino a la postre nocivo igualitarismo.

Consignas y metas enaltecidas con bombo y platillo, no pocas veces sin la mediación del juicio crítico, concentradas en la cantidad (el logro) y no en la calidad, fueron disimulando deficiencias y dieron lugar a una oculta pero existente doble moral. La empresa, el central, la escuela…, habían no solo cumplido sino sobrecumplido sus planes. El “deber ser” en lugar del resultado en sí.

El invisible, pero existente y lesivo enemigo interno, ha hecho tanto daño como el bloqueo yanqui. El bloqueo interno no ha sido fruto de la contrarrevolución, es hijo del mal trabajo, la falta de exigencia, el ocultamiento de deficiencias y de la existencia de adulteraciones de resultados productivos (los popularmente llamados “globos”) por parte de los revolucionarios.

Es a luchar contra ese depredador que llama el presidente desde una acción firme y decente de las personas como entes individuales y masa que conforma el pueblo de Cuba. Una convocatoria que no es nueva por parte del Partido y el Gobierno, y resulta inexcusable en esta hora.

Examinar las deficiencias y exponerlas no entraña desconocimiento de lo mucho y bueno construido.

El presidente en aras de la síntesis (ajena al discurso regañón) ha usado una frase-concepto: “cultura del detalle”. Un llamado a poner los cinco sentidos en aquello que se haga, sea estudiar, producir bienes de consumo o servicio. A obrar concienzudamente por sí mismos, sin necesidad, ni del “látigo”, ni de premios, con cuidado y hasta con amor, como hacen aquellas y aquellos que ejercen un oficio o profesión con preciosismo, al estilo de las y los artistas, o quienes son creativos en lo suyo. ¿Una utopía? Probablemente.

Díaz-Canel es un hombre de la peculiar generación de los 80 del pasado siglo, que hizo lo suyo sin dejar de calibrar con los ojos abiertos aciertos y errores; que gozó de excelente instrucción académica. Un revolucionario de la generación nacida con la Revolución, comprometida e identificada con ella, que la proveyó de alas, pero hubo de batallar para aportar lo suyo porque la generación precedente y la llamada histórica estaban emponderadas. Es además un hombre de provincia, de Santa Clara, una suerte de cruce de caminos, pero sobre todo productora de inteligencia, una de las tres ciudades cubanas donde había una Universidad antes de 1959. Dice ser continuidad, y lo es. Fruto y encadenamiento con voz y estilo propios.

En medio de un mundo que cada vez se aleja más de la relación directa, constructiva  y afectuosa entre las personas, reconcentradas en su sobrevivencia  y presas del individualismo más feroz, cautivas para mal en cuantía alarmante de la Internet, el presidente  convoca a cubanas y cubanos a cuidarse y a cuidar. A producir con conciencia y con amor. (Algo que pudiera recordar la secuencia del filme Hombre mirando al sudeste, del cineasta argentino Eliseo Subiela,  en la que en medio de la locura  generalizada se escucha una paradójica calmante “ Oda a la Alegría”. )

Díaz-Canel emplea una frase-concepto: “cultura del detalle”, un modo de llamar a poner los cinco sentidos en aquello que se haga.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Díaz- Canel, llama al cuidado del detalle. Al rigor y la calidad. Trump aprieta, bloquea con saña y asesina niñas y niños migrantes.

Fue Martí quien nos enseñó a tener “fe en el hombre” (el ser humano), “en el mejoramiento humano” y “la utilidad de la virtud.

Ahora que las autoridades y el pueblo de Cuba cuentan con una nueva Constitución que complementarán nuevas leyes, habrán de aplicarse con rigor en virtud del progreso, el decoro y la fraternidad ciudadana.

Es muy triste que nuestros pillos, chapuceros y gritones, se establezcan en otros lares y vengan de visita convertidos en personas  muy esforzadas y trabajadoras, que cumplen las leyes de los nuevos países de residencia, que trabajan durísimo allí, sin descuido, que no gritan e incluso no fuman en lugares cerrados. ¿Por qué? Porque tienen que conservar sus puestos de trabajo para poder vivir mejor (materialmente) y pagar las cuentas, porque quien infringe las leyes es objeto de multas elevadas (por no cruzar por la esquina, coger un poco de tierra del parterre o tomar una planta; por no retirar de las aceras las heces de sus perros). Son en algunos casos las cubanas y cubanos que no trabajaban o lo hacían mal, que ponían el audio de su equipo de música para todo el barrio a cualquier hora y que aprendieron en los nuevos países de asentamiento por la fuerza, no solo de la razón sino de la coerción jurídica, la explotación aceptada y premiada con la posibilidad de adquirir deseados bienes de consumo, tanto necesarios como superfluos.

El presidente Díaz-Canel convoca a cada cubana y cubano a fomentar la “cultura del detalle” para seguir siendo Cuba y continuidad de una obra que atraviesa un nuevo siglo y un nuevo milenio en medio de circunstancias adversas en lo externo e interno. No ofrece recompensas. Invita a continuar apostando por un país mejor cuando el año estaría (y está) preñado de “grandes desafíos” (carencias y otros problemas perceptibles). Dura tarea para quienes dirigen los destinos de la isla y para las cubanas y cubanos que viven esta hora difícil, muy difícil, una vez más.

El reto está lanzado, corresponderá a las personas asumirlo; y a la autoridades coadyuvar en el empeño. De ello depende que el llamado no quede en las palabras. Sería deseable que no se vulgarice la convocatoria y se cree por abuso indiferencia y rechazo. Será menester llamar y evaluar las cosas por su nombre: productividad, calidad…

Comienza a provocar náuseas la manera en que algunos repiten o entreveran sus discursos con la frase “cultura del detalle” que mal usada deja de ser un concepto y deviene ritornelo vacuo.  A los papagallos nadie los escucha. Sus chillidos molestan. (2019)

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