Habane(ser)es

Mirando el medio milenio.

La bahía de La Habana, muy querida por todos los habitantes de la capital.

Foto: IPS_Cuba

La Habana, como gran ciudad, es un espacio diverso que cada cual siente de manera diferente, donde cada cual escoge sus sitios de preferencia, los lugares con los que sintoniza mejor, los de mayor empatía con su ser, adonde siempre regresa, de manera real, o en la imaginación.

Por una parte, están los grandes iconos de la ciudad: el Capitolio, el Malecón, el Paseo del Prado, el Parque Central, las plazas de La Habana Vieja, la Catedral, la Alameda de Paula, La Rampa, el Cristo de Casablanca, el Gran Teatro, el cabaret Tropicana, el Estadio Latinoamericano…

Por otra, están los lugares con los que tenemos una relación especial, los que guardan un significado para nosotros. Pueden ser una calle, un parque, una plaza, un bar, un restaurante, un cine, un teatro, un edificio público, un medio natural… los que nos hicieron esa marca indeleble.

Solo que, con el paso del tiempo, el implacable puede mostrarnos que ese lugar únicamente existe —en la forma que lo recordamos— en nuestra memoria, como alimento de la nostalgia. Son, como esos amores de juventud, que dejamos de ver, que idealizamos, y cuando los topamos un día, es como si despertáramos de un sueño bruscamente.

El malecón de La Habana, un sitio entrañable no sólo para cubanas y cubanos.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Desde la primera juventud, La Habana para mí eran los cines, la enorme red de cines de la capital. No uno u otro, cualquier cine donde exhibieran una película atractiva. Desde el Carral de Guanabacoa, hasta el Irene, en Los Pinos; desde el Alameda, en La Víbora, hasta el Continental, en Jacomino, ninguno estaba excluido.

Por supuesto, tenía preferencias: Payret, América, Yara, Chaplin, Rialto, La Rampa, Rex, Duplex. Pero no discriminaba a los cines de barrio, incluso los más alejados. Hasta que, en un momento determinado, la sala de la Cinemateca tuvo el mayor imán, se convirtió en la más absorvente, sin abandonar el resto.

No vamos a repetir lo que todos saben. Esos amores están muertos. Sus cadáveres, en ocasiones, nos emiten señales desde el más allá, desde otra época cada vez más lejana. En ellas identificamos el rostro de una novia, o de Kim Novak, o de Gina Lollobrígida; o la espada de Kirk Douglas (Espartaco), o el trapecio de Tony Curtis y Burt Lancaster (Trapecio), o el sobretodo de Alain Delón (El samurai), o el brindis de Cybulski (Cenizas y Diamantes).

Otra obsesión juvenil fue la playa de Santa María del Mar. Allí estaba la gran fiesta del verano. Las muchachas más hermosas y más pepillas de la ciudad iban a Santa María. Los jóvenes universitarios íbamos a Santa María. Los fines de semana, entre El Caribe y El Atlántico, principalmente, casi no se podía andar sobre la arena. Era como caminar por La Rampa un sábado.

El popular cine Yara.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Caminar por La Rampa, desde el Malecón hasta Coppelia es uno de los relatos que acompañaron nuestra juventud, pero esa narrativa debe atemperarse a los tiempos. Cuando en 1965, en un pase del Servicio Militar Obligatorio, caminé por La Rampa, quedé deslumbrado. Fue su gran apogeo, estaba en efervescencia. En la década siguiente, la de la intolerancia como marca, ya no era lo mismo.

Aunque la fiesta continuaba, en la calle 23 y en los alrededores. Entre mis sitios preferidos, en los setenta, estaban el bar Las Cañitas, del Habana Libre, El Polinesio, en los bajos del propio edificio, y el restaurante-bar La Carreta, en 21 y K, lugares encantados que hace mucho perdieron su magia y algo más.

Salir de la Escuela de Letras y llegar hasta Las Cañitas a beber un coctel, era una aventura setentera que podía continuar en El Polinesio para comer arroz frito y pollo a la barbacoa, o llegar hasta La Carreta, saludar a Eddy, el barman, tomar cerveza, y paladear un congrí con lechón asado.

Un poco más abajo, en el piso 33 del Focsa, en el bar de La Torre, adonde iba en ocasiones muy especiales, creía estar en el paraíso mientras miraba el mar en lontananza. ¿Todavía existe ese lugar o es un sueño?

La red de clubes también me emite señas desde el pasado, de manera particular el Sherezada, donde, desde un pullman o desde la barra, en buena compañía, varias veces oí cantar a José Antonio Méndez y César Portillo de la Luz. Nada se compara con eso. Los sigo escuchando en la distancia, en mi tristeza, o en mi alegría, o en mi delirio.

Imagen del desaparecido restaurante Moscú, que era un lugar hecho a la medida rusa: gigantesco.

Foto: Tomada de www.thecubanhistory.com

En la década siguiente me conquistó el restaurante Moscú, ubicado en la edificación que ocupara el cabaret Montmartre, a unos pocos metros de La Rampa. Ambientado al estilo ruso, en su gigantesco salón, conformado por el bar, el restaurante y la pista de baile, emanaba una alegría contagiosa. La comida —que incluía cocina rusa e internacional— era muy variada, abundante, excelente, y barata. En otro texto hemos dicho que en el fuego donde se consumió el Moscú, ardió una época.

El parque Lenin fue otra zona de fuerte atracción. La peña de Los Juglares, La Casa del té, El Anfiteatro, La colina de los muñecos, El Rodeo, el parque de diversiones, el restaurante Las Ruinas, el acuario…, formaban un universo de maravillas que todavía respiraba en los ochenta, aunque con notables ausencias. Cuando mi hijo dejó de acompañarnos al parque y comenzó a asistir al preuniversitario del mismo nombre, se cerró un período de mi vida.

En los últimos años, las limitaciones que impone la crisis del transporte, la desaparición de los lugares amados, su sustitución por otros, costosos, distantes en más de un sentido, han instalado una ciudad que desconozco, que ignoro.

Y, ¿qué puede hacer un sagitariano, que ama el movimiento, que lo necesita como el aire, en una urbe donde los sitios venerados ya no existen, o no existe su alma que es lo mismo? Como viajero inmóvil, visitar esos lugares en la memoria, recrearlos desde la nostalgia, y recordar, y recordar, y recordar. (2019)

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