Hablemos de pelota: mucho más que un juego

Para el cubano el juego de pelota es mucho más que un juego: constituye una expresión arraigada de su cultura

Foto: Archivo IPS Cuba

Pocas actividades sociales y culturales mueven tanto al cubano como la pelota

La certeza de que pocas actividades sociales y culturales mueven tanto al cubano como la pelota, volvió a quedar demostrada en los días finales de la campaña nacional recién finalizada, en la que, casi por obra de un milagro, el equipo Industriales, el más emblemático, amado y odiado del beisbol cubano en el último medio siglo, se alzó con el gallardete de la 49 Serie Nacional.

Para el cubano, siempre es bueno decirlo, el juego de pelota resulta mucho más que un juego: constituye una expresión arraigada y dilecta de su cultura y temperamento, una enrevesada manifestación de su idiosincrasia, capaz de identificarse y definirse incluso a través de un deporte lento, cerebral, imprevisible, de origen y ritmo decimonónico.

La pelota forma parte del sentido cubano de la vida, su importación y práctica está íntimamente relacionada a la formación de la identidad nacional y sus hechos y figuras forman parte de la memoria colectiva del país. Por eso al “juego” de pelota debe tomársele siempre en serio, pues en un estadio se suele dirimir algo más que una supremacía de capacidades físicas o regionales: a veces se va tan lejos que se convierte en una cuestión de honor.

Si estamos o estuviésemos de acuerdo con la existencia y peso de ese arraigo espiritual e histórico de la pelota en el alma cubana, no nos extrañaría comprender los niveles de pasión que se desataron en los días finales de abril, cuando, como colofón a un campeonato mediocremente jugado, mal divulgado (no se televisaron varios partidos, la prensa plana le dedica un mínimo espacio y en muchas ocasiones se jugó de día), lastrado por demasiados errores de arbitraje y por la misma falta de autoridad de los jueces, por la lamentable inteligencia de varios directores de equipo y las actitudes a veces hasta displicentes o violentas de algunos jugadores, el país en pleno hirvió de pasión con la espiral de los cruces finales de los ocho equipos clasificados, que terminaron con una inesperada disputa del título entre un equipo favorito (Villa Clara) y un conjunto que llegó a las finales sin aliento y en el último instante (Industriales).

Como lo ocurrido es historia reciente y más que conocida, no me detendré a comentarlo. Solo acotaré que quizás lo que más sabor puso en la fiesta apasionada que se vivió en esas semanas, fue precisamente el hecho de que el equipo menos esperado se llevara las palmas en una serie en la cual (creo que ni ellos mismos) se daban oportunidades ganadoras. Y debo añadir de que la coyuntura de que ese equipo fuese precisamente los Industriales de la capital del país puso el punto definitorio de la sazón con que se jugó, se disfrutó por unos y se sufrió por otros la serie final y su resultado favorable al team capitalino.

No obstante esa emoción y las estadísticas del campeonato que muestran actuaciones brillantes de ciertos jugadores, parece evidente que el nivel de la pelota que hoy se juega en Cuba ha bajado ostensiblemente. Para tener una idea de lo visible que esta afirmación puede resultar, bastaría con la simple comparación entre los cuatro equipos de mayor tradición en las últimas décadas –Industriales, Villa Clara, Santiago de Cuba y Pinar del Río- tomando como patrón sus plantillas del 2010 y enfrentándolas con los nombres que las integraban en el 2000, o en 1995, en pleno período especial: estoy convencido de que ninguno de los planteles de hoy le ganaría a lo que ellos mismos fueron hace 10, 15 años…

A nivel internacional esta merma de calidad se ha hecho manifiesta en las sucesivas derrotas sufridas por las escuadras nacionales en campeonatos como el Clásico, la Olimpiada o la Copa Mundial, donde han debido topar con equipos que son cada vez de más alto nivel pero que nunca, en ningún caso, han sido el o los equipos de mayor calidad que podrían presentar los adversarios ganadores –Japón, Corea, Estados Unidos- habida cuenta de los problemas de representatividad que tienen esos países por los compromisos y contratos de sus mejores jugadores en el circuito de las Grandes Ligas norteamericanas (el mismo problema lo sufren escuadras como las de Puerto Rico, Venezuela, República Dominicana o Panamá, con las que Cuba ha ganado y perdido). En cambio, la representación nacional cubana a esos eventos se ha hecho con lo mejor que se tiene a mano, es decir, con los mejores peloteros que juegan en la Serie Nacional de la isla.

Pero se debe admitir que tampoco Cuba ha ido con todos sus jugadores más dotados: las decenas de deserciones que se han sucedido desde la década de 1990, entre los que se suman ya varios nombres de atletas que estaban o habrían podido estar en la selección nacional, ha bajado (en el caso del picheo diría que sensiblemente) la calidad de los equipos conformados.

La ausencia de estas varias decenas de peloteros, sumado a una dispersión del talento en demasiados equipos y al poco tiempo que permanecen en activo muchos jugadores –existe un enorme por ciento de jugadores que participan solo en dos o tres series nacionales y luego se esfuman, con 22, 23 años- ha reducido los niveles competitivos en el juego. Añádase a esto la falta de pensamiento táctico de muchos atletas y el dudoso nivel de algunos directores de equipo, aferrados a estrategias arbitrarias –un par de ejemplos muy visibles serían el abuso que hoy se le da al toque de bola en la pelota cubana, algo estadísticamente comprobable, o a la deficiente rotación y especialización de los lanzadores- y se tendrá algunas de las razones de cómo y por qué ha descendido el nivel del beisbol cubano que se practica en la isla.

Las soluciones para elevar la calidad de este deporte son mucho más complicadas que la celebración de un torneo selectivo –este año pospuesta por razones económicas y, pienso, por su posible coincidencia con un muy atractivo mundial de fútbol-, en donde participen menos equipos y se concentre, por tanto, la fuerza. Esa competencia es necesaria, quizás, incluso, debería ser la más prolongada, como también es precisa la recuperación de las otras categorías de la pelota cubana, que van desde el juego infantil de placer o manigua (los terrenos de los barrios, al menos en la ciudad de La Habana, prácticamente han desaparecido) hasta la atención y publicitación de campeonatos juveniles, de segunda categoría y provinciales (que vivieron años ha una época dorada, como recordarán la gente de mi generación -y más hacía arriba- que ocurría en las “provinciales” de La Habana), la mejoría de los estadios y terrenos a todos los niveles, entre otras cuestiones. Pero ni aún así se habría tocado el fondo de la cuestión, por ejemplo, en cuanto a la salida de jugadores, a veces por las vías más rocambolescas, hacia los circuitos profesionales (realidad que ha afectado también la calidad del baloncesto, el boxeo, el fútbol, el volleyball y hasta el atletismo cubanos).

Este último fenómeno, en el que confluyen dolorosamente la política, la economía y el deporte es ciertamente álgido y espinoso, pero no hablar de él, no buscarle posibles soluciones, no hará que desaparezca, como tampoco se resolverá por la vía de la retórica y el orgullo. El deporte cubano, y en especial la pelota, están viviendo una compleja encrucijada –que no es privativa de Cuba- cuyos resultados se ven a simple vista y sobre cuyas causas se debe pensar y hablar. Creo que se impone hablar en serio de pelota. Es mucho más que un juego lo que está en juego.

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