La capital cubana en la obra de Leonardo Padura

Narrativas para entender La Habana.

La Habana, con todos sus contrastes sociales ha estado siempre presente en la obra de Leonardo Padura.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

[c]iudad nueva y rozagante,
que sale del fondo del mar,
a la manera que la diosa de la belleza
de los fanáticos griegos.
Cirilo Villaverde.

 

Desde su primer esplendor, en el siglo XIX, el periodismo y la literatura en Cuba fueron pródigos en ofrecer a sus lectores la imagen de La Habana. Ya fuera en las crónicas y artículos de costumbres como en las novelas, se mostraban espacios representativos de la mayor urbe de la isla.

En las épocas posteriores no ha sido diferente. Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Lino Novás Calvo, entre muchos, dieron continuidad a esa práctica; captaron presencias y esencias de la ciudad próxima a cumplir medio milenio. En esa tradición se integra, de manera relevante, Leonardo Padura.

Estábamos en la penúltima década del siglo XX cuando Padura comienza a recorrer la geografía insular en búsqueda de leyendas, lugares y personajes para desarrollar en las crónicas, artículos y reportajes que publicaría en el periódico Juventud Rebelde.

En aquellos trabajos periodísticos de los ochenta, el incipiente novelista mostró zonas de la sociedad y la cultura cubanas con una expresión narrativa que atrajo, conquistó, a una gran masa de lectores que se convertirían en seguidores de su columna en el diario; y, no pocos de ellos, después lo fueron de su novelística.

Una selección de esos textos integró el volumen titulado El viaje más largo (1994). Aquí, junto a relatos que acontecen en otros entornos de la isla, conviven zonas del ámbito habanero: solares y barrios capitalinos por donde transitaron leyendas de la música popular (Manengue, El Chori, Chano Pozo), o mitos urbanos (Yarini).

Esta es la primera de una serie de postales que IPS Cuba ha comenzado a circular por las redes sociales con el título de La Habana en Leonardo Padura para homenajear los 500 años de la fundación de la capital cubana.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS, con diseño de Lissette Batista.

En ocasiones, los propios espacios fueron protagonistas. Así sucede en “Los dos tiempos de San José de Bellavista”, “El Calvario, memorias del olvido”, “Casablanca según pasan los años”, o “El viaje más largo”, esa incursión al barrio chino que es retomada por el autor años más tarde en La cola de la serpiente.

Ya en su novela inicial, Padura incluye un fragmento, con transcurso en La Habana Vieja, donde el narrador anticipa el tono evocativo de un espacio-tiempo esencial en la vida del protagonista, como veremos en la novelística posterior:

Se sorprendió cuando notó que había llegado a La Avenida del Puerto. Entonces lo atrapó una desconocida e inesperada felicidad. […] Andrés sintió que había llegado a la aldea intrincada donde arrancaban sus ancestros, al lugar construido de sucesivos relatos. (Fiebre de caballos, 1988)

La narración sigue al protagonista por esa zona fundacional de la ciudad: la bahía, la Alameda de Paula, el embarcadero a Regla y Casablanca, hasta recalar en el bar Two Brothers, el cual será revisitado por el autor en la década siguiente, en Paisaje de otoño.

Pero es a partir de su saga policial que La Habana se instala como elemento central de la estructura narrativa. Desde Las Cuatro Estaciones: Pasado Perfecto (1991), Vientos de Cuaresma (1994), Máscaras (1997), Paisaje de otoño (1998), hasta La transparencia del tiempo (2018), Mario Conde la desanda en todas direcciones y lleva al lector una percepción esencial de la ciudad y sus habitantes.

Con epicentros en El Barrio (la innombrada Mantilla); la casa de Carlos el Flaco y Josefina, en La Víbora; la mansión de Tamara, en Santos Suárez; o la Central policíaca, en el desarrollo de las distintas tramas se nos van mostrando los rostros de la capital, con una marca de empatía del escritor hacia los poblados, repartos, solares, ciudadelas, del centro o la periferia, en los que habita La Habana profunda, como señala en una crónica:

En los viejos barrios de la ciudad alejados del tráfico perturbador y salvador de los turistas, se vive una vida no menos dramática pero más esencial, que es la de La Habana verdadera. Desde Guanabacoa a Mantilla, desde Luyanó a Buenavista, desde Santos Suárez a Santiago de las Vegas, vive una humanidad que se empecina en tener una vida lógica y digna. (Entre dos siglos, 2006).

Cuando los sitios de la urbe, citados o descritos en las novelas, hospedan la escena del crimen, el foco de atención es mayor. Ejemplos: el Bosque de La Habana, donde aparece el cadáver de Alexis Arayán (Máscaras); el Barrio Chino, donde fue ultimado Pedro Cuang (La cola de la serpiente); Finca Vigía, donde son encontrados los restos de un agente del FBI (Adiós, Hemingway); o el cinturón marginal de San Miguel del Padrón, donde vivía Ramiro la manta (La transparencia del tiempo).

Eventualmente, la investigación conduce a Conde a sitios de la ciudad que desatan su nostalgia, como sucede en el proceso por el asesinato de la profesora del preuniversitario de La Víbora:

Sí, puedo resistirla [la nostalgia], pensó al contemplar las columnatas cuadradas que sostenían el altísimo portal del viejo Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora. […] Entre aquellas columnas, por aquellas aulas, tras esa escalinata y sobre esa plaza ilógicamente bautizada como Roja […] había terminado la niñez y […] se hicieron adultos. (Vientos de Cuaresma, 1994).

La conexión del espacio con su memoria afectiva, igual está presente en el encuentro con la viuda de Miguel Forcade, en La Rampa:

Llegaron a creer que todas las fronteras hacia la adultez estaban marcadas por aquella avenida prometedora, levemente pecaminosa para su mística adolescencia […], la única avenida de la ciudad con las aceras alfombradas de granito pulido, donde hollaban sin conciencia estética mosaicos irrepetibles de Wifredo Lam, de Amelia Peláez, de Rene Portocarrero, de Mariano Rodríguez y de Martínez Pedro. (Paisaje de Otoño, 1998)

Pero también el lugar puede tener un marcado interés social en el momento de las pesquisas, como acontece con la emblemática Avenida de los Presidentes cuando Conde estaba en la búsqueda de una muchacha que frecuentaba esa popular arteria del Vedado, la calle G, donde pernoctaban los miembros de las tribus urbanas a la sombra de las estatuas presidenciales: “en la calle G se reúnen todos esos personajes: los emos pero también los rockeros, los frikis, los rastas, metaleros, hiphoperos…, ah, y los mikis”. (Herejes, 2013)

El trabajo periodístico desarrollado por Leonardo Padura en las últimas tres décadas (a partir de su éxito como novelista) es menos conocido, menos visible, que su obra narrativa, pero no por eso dejar de ser importante. Hablamos, sobre todo, de su colaboración con la agencia Inter Press Service (IPS), primero en la revista Cultura y Sociedad y después en el sitio La esquina de Padura.

En las crónicas publicadas en IPS, La Habana tiene un marcado protagonismo. En esos textos podemos hacer una penetrante lectura de la capital. Una selección de ese periodismo es recogida en los libros Entre dos siglos (2006), La memoria y el olvido (2011), y El alma de las cosas (2017).

Justamente de ese último volumen es esta reflexión acerca de los espacios simbólicos de La Habana:

Más que cualquier edificio, más que cualquier plaza antigua o moderna, más que cualquier parque público, el Malecón es el símbolo que mejor caracteriza a La Habana, el que la sintetiza y define como ciudad marítima para la cual esa condición costera es un alivio y una condena. (El alma de las cosas, 2017)

Tan esencial es el Malecón, para el escritor, que llega a trazar una ecuación con los elementos de ciudad y nación conjugados con esa frontera entre el mar y la tierra:

Si alguien quiere tener una idea de qué cosa es Cuba, un principio inevitable resulta tratar de ver qué cosa es La Habana: porque aunque La Habana no es Cuba, de muchas formas en esa ciudad radica su corazón. Y el motor que impulsa al músculo vital es ni más ni menos ese Malecón. (Ibídem)

Parafraseando al Premio Princesa de Asturias 2015, podríamos decir que si alguien quiere tener una idea de qué cosa es La Habana en las últimas cuatro décadas, cómo ha transcurrido la vida en esa ciudad; si quiere escuchar el latido de su corazón; y conocer su gente, su lenguaje, su manera de ser y sentir, debe leer la obra literaria y periodística de Leonardo Padura. (2019)

3 comentarios

  1. Abilio

    Cómo, con qué, para quién, por qué y para qué, Padura, escribió y cómo escribió sobre Trotski, a quién le benefició ese libro. Si Mella también murió en México y escribir sobre eso le daría más derecho a la pretendida idea de ser cronista de nuestra bella ciudad.

    • Josè Antonio Michelena

      Pregúntele a los millones de lectores de “El hombre que amaba a los perros”, la utilidad de ese libro que usted seguramente no leyò. Ningùn escritor pretende ser cronista de nada. La literatura es un ejercicio de libertad espiritual.

  2. Ruben Bello

    Distinguido Sr. Michelena, al final de este magnífico artículo que sigue los pasos de Padura por la Habana, usted dice que para conocer la Habana es necesario leer la obra literaria y periodística de este gran intelectual.
    Yo no estoy en contra de ese planteamiento, sin embargo para nosotros los simples mortales de este mundo leer a Padura es un ferviente deseo incumplido. Ud. debe saber que lo que se edita y se vende en este país de su obra es un eufemismo ya que no alcanza a casi nadie.
    Como yo soy de los que nada alcanza nunca sabré qué es la Habana, ni siquiera habiendo vivido largamente en ella, porque una cosa es vivir en la Habana y otra la Habana literaria que te hace entenderla mejor. Le saludo respetuosamente, suyo.

    Ruben Bello

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