La Habana: ¿ruralización e indisciplina social?

Es una paradoja que se destinen recursos, esfuerzos e inteligencia a la restauración de la capital cubana, próxima a cumplir 500 años, y en la mayoría de sus barrios prevalezcan la suciedad, los salideros de agua, el desorden, el ruido enloquecedor y la indisciplina social.

En muchas esquinas de La Habana se acumula fuera de los contenedores de basura una gran cantidad de los eufemísticamente llamados "desechos sólidos".

Foto: Tomada de islalocal.com

La migración interna de personas desde las provincias hacia las urbes es una práctica internacional de muy vieja data. La Habana (“capital de todos los cubanos”) no es una excepción. Los migrantes, algunos de zonas muy apartadas de la isla se establecen con sus costumbres, modismos y formas de relación humana y medioambiental. Poseen un domicilio por diferentes vías: compra-venta; residencia en casa de algún pariente, muchas veces hacinados, con autorización de “permanencia transitoria”; asentamiento en un cuarto o apartamento de una propiedad particular, sin documentos ni la llamada libreta de abastecimientos para la compra de alimentos de la canasta básica subvencionada por el Gobierno, y escasas o ninguna posibilidad de trabajar legalmente. En una palabra, indocumentados.

No pocos migrantes reproducen e imponen sin el menor juicio crítico conductas impropias de la ciudad como la tenencia de gallos (incluso de lidia), crías de gallinas, palomas, cerdos, perros y gatos. Gallos y gallinas pueden estar en espacios adecuados; en jaulas o no. Muchos dejan las gallinas y gallos con sus correspondientes polluelos en las aceras hasta de arterias principales como la Calzada de 10 de Octubre, para que se alimenten en los parterre.

Esta conducta rural no es privativa de los migrantes, no pocos habaneros “de pura cepa” la imitan para mal.

Las colas y los colados, otro de los males sociales que afectan la vida cotidiana en la Ciudad Maravilla.

Foto: Tomada de cubahora.cu

Los perros pueden deambular –y de hecho deambulan libremente–, o son sacados a la acera a hacer “sus necesidades”, que quedan en las veredas hasta desintegrarse con el paso de los días, en el mejor de los casos, o son pisadas por descuido del transeúnte.

Entre los baches, las heces perrunas y otros desperdicios, andar por las aceras de la Ciudad Maravilla supone un desplazamiento atento, en zig zag, con sumo cuidado, sobre todo para las personas adultas mayores. Los niños pequeños deben ir de la mano de los padres quienes caminan alertas a los obstáculos.

Si a ello se suma que en la mayoría de las esquinas se acumula fuera de los contenedores de basura una gran cantidad de los eufemísticamente llamados “desechos sólidos”, ¿qué paisaje prevalece en cualquier barrio residencial de La Habana como El Sevillano, El Vedado o Playa?

En los últimos años hay un aumento de las mascotas callejeras en la ciudad.

Foto: Tomada de islalocal.com

Por si fuera poco, se observa cierto enrarecimiento del paisaje debido a la flagrante violación de las reglamentaciones urbanísticas: escaleras o garajes que comienzan en la acera; apartamentos de edificios pintados de distintos colores hasta de los nombrados chillones; construcciones kitch por completo que nada tienen que ver con la arquitectura de ciudades reconocidas a nivel mundial como de gran valor por su diseño y calidad constructiva.

Para una persona sensata, “nacida y criada” en la que fue La Habana, estos monumentos a la anarquía devienen agresiones que le provocan, cuando menos, extrañamiento. La descolocan e irritan; para los transgresores es algo normal y para las niñas y los niños pueden resultar imágenes muy feas, pero naturales. Por ese camino el joven y adulto que serán reproducirá el patrón nefasto del desbarajuste, la ilegalidad, el desorden.

¿Más de lo mismo? Algunas personas opinan

Rosa Amelia Valdés, adulta mayor nacida en La Habana Vieja, hoy vecina de la Habana del Este, dice: “Me encanta ir con mi nieto al Casco Histórico, aunque hace años que vivo en la Habana del Este pertenezco a la calle Muralla donde nací y crecí. Ahora es otra, se han caído algunas casas. Me duelen la suciedad y el descuido. En Muralla siempre hubo mucho ruido. Hablo de los años 50, porque había almacenes y pasaban camiones que apenas cabían por la estrechez de las calles, cargados con rollos de telas y encajes, pero había educación y la basura se botaba cuando pasaban a recogerla muy tempranito. Ahora parte el alma”.

Por su parte, Amalia D. Rodríguez, residente en la Víbora, expone: Estoy viendo lo que jamás imaginé. Hace poco hablé con el vecino del edifico de al lado, ¿se da cuenta?, un edificio, yo vivo en una casa. Tiene un montón de gallos de pelea que no me dejan dormir con sus cantos durante toda la madrugada. Me contestó que a él le gustan los gallos. Los suelta todas las mañanas en el parterre, y Avenida de Acosta es una calle principal, bonita, bastante limpia para como está La Habana, de grandes casas. Como tengo que dormir y no pasa nada, ahora estoy aprendiendo a dormir con tapones en los oídos”.

No pocos recursos y esfuerzos se destinan a la urbanización e higiene de La Habana, pero la ciudadanía y los encargados de hacer valer la ley, deben tener un rol más activo.

Foto: Tomada de cubahora.cu

Ramón Estupiñán, exfotógrafo de prensa, vecino de San Agustín. “En la acera del Palacio de Pioneros, frente a mi casa, parquea un bicitaxi y el tipo mientras espera por clientes pone música a todo meter. Música horrible. No puedo ver la televisión ni hablar por teléfono. Ya he hablado con él y nada ¿La policía? Sí, vino una vez, le puso una multa, pero él continúa. Como no logro que el tipo se comporte como Dios manda, cierro las ventanas”.

Hay de parte y parte: infractores impunes; perjudicados que no actúan mediante la policía, el Poder Popular o la Fiscalía. Organismos del Estado que no cumplen con su encargo social. Ausencia de inspectores conscientes e incorruptibles y policías en las calles atentos a las contravenciones.

Influye en alguna medida un factor de orden sicológico, conductual, común en la actualidad a muchos países del mundo, desarrollados o no, del que Cuba no escapa: la indiferencia, el individualismo, la falta de compromiso con la otra persona y la sociedad en su conjunto.  Hecho que constituye un desafío que a decir de la reconocida psicóloga cubana Patricia Arés coloca a los psicólogos ante el reto de nuevos abordajes y obliga a la familia a actuar más en función de ser que de tener; más intercambio y afecto y menos cosificación, consumismo y ensimismamiento. Más socialización y menos dependencia de la vida virtual, de las pantallas. Más cercanía humana, interacción en la familia, la vecindad, el medio y un uso menos enajenante de la Internet.

Las leyes

Durante el reciente proceso de discusión del proyecto de Constitución (aprobada el 24 de febrero último), muchas personas se pronunciaron por la promulgación de leyes en defensa y protección de los animales. Un tema humano y necesario, que tiene un lado de deber ciudadano de parte de los dueños de mascotas, que abordan los diferentes proyectos de protección animal. Es probable que una buena parte de la población cubana cuyos hijos y nietos han emigrado hacia otros países, los “sustituyan” por otras personas y por mascotas. Ello pudiera explicar –tal vez– el aumento evidente de individuos con perros y gatos, a los que prodigan un trato cariñoso de ser humano, no de persona a mascota. Esa pudiera ser una explicación del aumento de la posesión de animales afectivos (en especial perros). La otra, la soledad de no pocos adultos mayores en medio de una sociedad tan envejecida como la cubana. Sería no solo interesante, sino importante el estudio que al respecto pudieran hacer las Ciencias Sociales en la isla. Estas no suelen ser las personas que abandonan los animales a su suerte y ensucian la ciudad, aunque los pasean por las aceras para que hagan sus deposiciones. Hay muchos perros abandonados en las calles.

En ese sentido, se abren varias preguntas: ¿Contemplará la ley que los dueños coloquen bozales a sus perros, los mantengan en sus casas y recojan sus excrementos? ¿Qué hacer con los incontrolables gatos y las crías callejeras de gallinas? ¿Y las palomas, trasmisoras de enfermedad mortal?

Es una paradoja que se destinen recursos, esfuerzos e inteligencia a la restauración de La Habana y en la mayoría de sus barrios prevalezcan la suciedad, los salideros de agua, el desorden, el ruido enloquecedor y la indisciplina social.

El ruido: un mal que vivimos los cubanos a toda hora y en cualquier lugar. Caricatura de Lázaro D. Najarro Pujol.

Foto: Tomada de uneac.cu

La Habana es mucho más que el Centro Histórico del que tanto nos enorgullecemos. Después del fatídico tornado del pasado 27 de enero –que asoló algunos barrios de la capital cubana– se construye y reconstruye de manera admirable en las zonas devastadas. Vale preguntar, ¿si en lugares como “la Calzada más bien enrome de Jesús del Monte” se colocará una tarja de merecido y perpetuo homenaje al poeta Eliseo Diego? La iglesia aún está sin su cruz y algunas casas sin techo. ¿Será debido a que la restauración va, pero demora un poco por ser una labor compleja? La Habana es todos sus municipios (de Miramar a Regla), con sus características de toda índole. Es o debería de ser un deber ciudadano y tarea de las instituciones gubernamentales acompañar con hechos en su grande obra de salvamento a Eusebio Leal.

Quinientos años después de fundada, La Habana se proyecta desde conductas impropias de las personas, la ausencia de regulaciones, pero sobre todo, de la falta de rigor de las autoridades y organismos encargados de mantener el orden y la limpieza (El urbanismo y las reglas de urbanidad.). La solución le corresponde principalmente al Estado, aunque se sigan haciendo llamados –hasta ahora inútiles– a la conciencia. Es hora de hacer a un lado el paternalismo, de cumplir y hacer cumplir las leyes. De exigir, que así lo hagan quienes tienen ese mandato y reciben un salario por ese concepto, de la ciudadanía.

Aprobada la nueva Constitución resta reajustar leyes y promulgar otras. Hoy el país funciona de manera extraordinaria, ente las “viejas” leyes y las que habrá de redactarse. Promulgar las que sean necesarias es tarea de primer orden.

Es de esperar que La Habana sea en verdad la Ciudad Maravilla, donde vivir sea motivo de satisfacción y orgullo de pertenencia para quienes migraron una vez y para los oriundos. (2019)

Un comentario

  1. Reyma Cuetú

    Creo que ya es hora de apelar a otras medidas.
    La suciedad de las calles de la Habana no es algo que tiene muchas aristas. Falta sentido de pertenencia por la ciudad.
    Yo palmera de pura cepa camino cuadra y media para dejar mi jaba de basura dentro de un contenedor, mientras que veo a diario a habaneros de pura cepa dejar su jaba en la esquina de Oficios y Jesús María donde antes habían contenedores de basura y que fueron trasladados, supongo que temporalmente, por trabajos en la Avenida del Puerto. En la última Asamblea de Rendición de Cuentas hice un planteamiento al respecto, aplaudo la libertad de creencias religiosas pero muchas veces las ofrendas se colocan en parques y sitios que cuando los animales sacrificados comienzan a descomponerse es imposible respirar como sucede en parque ubicado en Ave. del Puerto y Jesús María sitio que además es baño público.
    Yo espero que la ley sea que quien tire basura en la calle lo sancionen con descuento de cuotas de su salario y que además tenga que trabajar algún tiempo en Servicios Comunales.
    La educación viene de la cuna, a mí me enseñaron que no se camina por el césped, que no se tira basura en la calle que se pide permiso y se dice buenos días, es lo que le enseñé a mi hija, y más de una vez cuando ven su comprtamiento le han preguntado que si es extranjera. ¿¡!?

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