La responsabilidad del editor

La labor de quienes están al cuidado de una obra editorial todavía no es lo suficientemente valorada tanto por los escritores como por la sociedad en general.

La Feria Internacional del Libro realizada en Cuba atrae cada año a este país a cientos de editores, escritores y personalidades de disímiles ámbitos de la cultura.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Mi participación como Jurado del Premio de la Crítica 2009 me hizo reflexionar sobre la responsabilidad que tiene la figura del editor en el resultado final de ese hecho literario llamado libro.

No es frecuente que en Cuba ese oficio se valore en la medida de su verdadero significado pero también es verdad que muchas veces las personas que ejercen esa profesión se limitan a meros correctores de estilo cuando virtualmente su labor pudiera ser un ejercicio de perfeccionamiento del trabajo de los autores.

Cuando en sus palabras conclusivas durante la ceremonia de la entrega de los Premios de la Crítica 2009, el escritor Arturo Arango —también jurado del Premio— se lamentaba de algunos aspectos de la edición en nuestro país que deben ser mejorados, una colega de Ediciones Unión me señalaba en voz baja que no toda la culpa es de los editores pues muchas veces los autores se niegan a aceptar las sugerencias que se les hacen con vistas a perfeccionar sus textos.

El editor es el socio, el ayudante del autor y su más alto sirviente o consejero ante la gente… Y el hombre o la mujer capaz de escribir un buen libro son una forma de capital infinitamente más atractivo que una enorme cuenta bancaria o una “maquinaria” editorial. Pero si consideramos al autor como mero “capital” no merecemos servirle.

Walter Hines Page (1855-1918), periodista, editor y diplomático estadounidense.

No deja de tener razón mi colega. En mi oficio de editora me he tropezado con muchos escritores que insisten en no permitir que siquiera se les señalen y enmienden cuestiones de estilo tales como el exceso de gerundios o los errores de sintaxis. ¿Cómo entonces corregir problemas de contenido o estructura de las obras?

En este sentido se manifiesta también el poco poder que tienen los editores para hacer valer sus derechos como los profesionales encargados de que un sello de publicaciones sea el que decide, en última instancia, si acepta o no que una obra determinada vea la luz sin tener en cuenta los presupuestos de calidad que en todas partes del mundo una editorial exige, en ocasiones, debido a estimaciones extraliterarias como el éxito en ventas.

Confesiones del editor de Cien años de soledad

¿Le hizo a García Márquez sugerencias o correcciones para mejorar Cien años de soledad?

“No, ninguna. Generalmente, yo como editor trataba de evitar las sugerencias, salvo en una charla informal en la que podía decir algo de la obra. Pero no. Sentí que ese libro tal como estaba escrito era la obra literaria que mucha gente estimaría durante muchos años.

Se trata, ante todo, de ser sensible a la lectura. Aunque uno tenga gustos literarios diferentes, si uno siente amor por la literatura reconoce inmediatamente el valor de un libro. Un solo párrafo a veces ilumina toda la obra y basta para comprender que se trata de algo diferente.

Tampoco le hice ninguna corrección. No era mi estilo ni me parecía que tuviera yo que hacerlas. Por otra parte, en mi primera lectura nunca vi la necesidad de cambiar algo, como tampoco me había ocurrido con los libros anteriores de García Márquez”.

(Tomada de la entrevista realizada por el periodista de BBC Mundo, Max Seitz, al editor de Cien años de soledad, Francisco Porrúa, publicada el 17 de abril de 2014 a propósito de los 40 años de la aparición del célebre libro)

 

En Cuba la edición no tiene esos handicaps. Por lo tanto las editoriales deberían tener absoluta potestad para decidir si un texto será publicado cuando su autor se niega a realizar las correcciones que la edición requiere para su total eficiencia artística.

Quizás esta circunstancia y la falta de verdadera preparación en muchas de las personas que ejercen la labor de editores haya contribuido a que no existan —con excepciones— en nuestro país editores como Max Perkins que contribuyó a la grandeza de Ernest Hemingway o Gordon Lish que hizo de Raymond Carver el innovador que todos admiramos hoy.

Es sabido que Carver tenía el defecto original de extenderse demasiado y dotar a sus narraciones de una sentimentalidad que Lish refrenó hasta conseguir esa dureza y esa precisión que hacen de Carver un maestro de las narraciones breves. En Cuba un Lish parecería impensable.

Otro de los aspectos que lastran entre nosotros la edición final de un libro son las pobres y a veces totalmente equivocadas notas de contracubierta que resultan o demasiado apologéticas o meras agrupaciones de palabras que en nada descubren la esencia del texto que se va a ofrecer al lector.

Finalmente habría que hablar de la poca rigurosidad de nuestras casas editoriales para elegir los títulos que anualmente se presentan como candidatos a recibir el Premio de la Crítica y la exclusión de otros que, por sus valores, serían dignos de recibirlos. En la ocasión en que formé parte de él, fue el propio Jurado el que solicitó la inclusión de dos títulos omitidos y que, al final, recibieron premios.

En definitiva que nuestros editores y las instituciones que rigen la publicación de libros en Cuba tienen ante sí el reto de convertir a la literatura cubana en un hecho totalizador del que no solo participen los escritores sino también aquellos que deben asumir sus responsabilidades en el proceso final de la elaboración de una obra, que no es un trabajo exclusivo de quienes escriben sino también de aquellos que deciden publicarlo. (2019)

 

 

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