La XIII Bienal de La Habana intramuros

Recorriendo museos.

Taller de reparaciones (versión actualizada), de René Francisco Rodríguez.

Foto: Cortesía del autor.

La mayor cita de las artes visuales en Cuba se tomó, para esta edición, cuatro años en ofrecerse al público. Desperdigada en varias decenas de instituciones y galerías, entre muestras principales y colaterales, la Bienal de La Habana también incluyó la exposición de obras situadas en espacios públicos, como el Malecón y la calle Línea.

Entre muchas cuestiones que le inquietan, este redactor se pregunta para qué esperar tanto tiempo si la mayoría de las exposiciones solo podrían ser vistas entre abril y mayo. ¿Cómo puede un espectador encontrar tiempo para visitar tantos espacios? ¿Acaso no podían haberlas realizado de manera escalonada a lo largo del año (o del ciclo)?

Arte cubano en el Museo Nacional

Si la Bienal fue un megaevento de artes visuales (siguiendo la costumbre del Ministerio de Cultura), el edificio de arte cubano del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) brinda una megaexposición –en consonancia con el programa general, diseñado a gran escala– que permanecerá abierta cuando el resto haya concluido.

Bajo la nominación temática La posibilidad infinita. Pensar la nación, el MNBA construyó una antología de antologías, el ensamblaje de cinco exposiciones que persiguen el propósito de hacer un relato de nación, según el director de la institución, Jorge Fernández Torres.

La regata recarcagada, 1993 ̶ 2019, de Alexis Leyva Machado, Kcho.

Foto: Cortesía del autor

La posibilidad infinita… contiene, en su estructura, las exposiciones Isla de azúcar; Más allá de la utopía. Las relecturas de la historia; El espejo de los enigmas. Apuntes sobre la cubanidad; Nada personal; y Museos interiores. Las muestras estuvieron al cuidado de varios equipos de trabajo conformados por curadores, consultantes y colaboradores.

Las obras que las integran, salvo excepciones, forman parte de las colecciones del museo, pero en función de las ideas rectoras del relato: “Hacer un recorrido de carácter etnográfico, antropológico e histórico por las disímiles acepciones que puede tener el objeto como valor simbólico”, al decir de Fernández Torres.

La narrativa que conduce el discurso se expresa en diferentes formas, técnicas y soportes: pintura, grabado, escultura, fotografía, serigrafía, instalaciones, videos, música, literatura, además de objetos y documentos múltiples. El resultado puede ser conceptualmente correcto, pero apabullante, sobre todo si el espectador quiere ver las cinco muestras en una jornada.

Por lo general, quien asiste a la Bienal busca algo distinto, va con el afán de encontrar lo novedoso. En ese sentido, Museos interiores, situada en la planta baja del edificio, está en sintonía con esa búsqueda: en “Partitura”, de Carlos Garaicoa; “Alacenas”, de Los Carpinteros; “Las materias”, de José Manuel Fors; “Regata”, de Kcho; “Taller de reparaciones”, de René Francisco; y “Arpegio”, de José Villa, hallamos esa sustancia artística inefable que nos sorprende, nos provoca, nos seduce, nos estimula, nos divierte, nos hace pensar.

Experiencias diversas en el Centro Wilfredo Lam

El Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam acogió en su sede varias exposiciones muy atractivas y en conexión con lo novedoso y desconocido aludido antes. En primer lugar, estaban los tapices de AbdoulayeKonaté, de Mali.

Alep, 2017, de Abdoulaye Konaté.

Foto: Cortesía del autor.

Las obras del artista africano conjugan belleza, creatividad, inteligencia, profundidad de ideas. El trabajo sobre soporte textil destaca por el empleo de varias técnicas, diseño y representación de los temas, y es de tan compleja laboriosidad que exige un equipo de colaboradores.

Luego estaban, la videoproyección Del sonido de la labor: cantos de trabajo, de Tania Candiani (México); el performance Transferencia, de Clemens Krauss (Austria); el video con esculturas, Evidencias, de Fernando Foglino (Uruguay); el video Stasis, de Maya Watanabe; la instalación Blanco, de Tamara Campo; y los óleos de David Beltrán, ambos de Cuba.

En la obra de Candiani se entrecruzan diversas disciplinas del arte y los estudios culturales. La fusión de la palabra, el sonido y las imágenes de los escenarios investigados crea su propio lenguaje, su propio modo de expresión. Cantos de trabajo fue filmado en El Valle de los Ingenios.

Video, escultura y discurso oral también se conjugan en la obra de Fernando Foglino, pero con mayor protagonismo visual del autor. Bajo el presupuesto de contraponer los términos Vandalismo –utilizado por la prensa– y Manifestación –el que le parece correcto–, el uruguayo aborda “el complejo tema de la destrucción del arte desde la ficción y el arte contemporáneo”, según sus palabras.

La representación de piezas escultóricas –las evidencias– que han sido robadas de diferentes obras de arte es acompañada por un video en el que Foglino desarrolla su tesis, hace un relato de la historia de cada pieza, a las que califica de trofeos de guerra.

La parte menos sólida en el trabajo del uruguayo es la referida a los sustraídos espejuelos de la escultura de John Lennon en El Vedado. Exhibida en un video aparte, la filmación solo recoge las palabras del custodio, que son una versión ingenua del discurso oficial, justamente lo contrario de lo que propone Candiani ya que, expresa, “los monumentos públicos cuentan el relato oficial de los países”.

Las obras de Maya Watanabe, Tamara Campo y David Beltrán, desde sus expresiones respectivas, nos sumergen en un espacio de reflexión, meditación, recogimiento, bienestar, contemplación, de acuerdo con la experiencia y la respuesta de cada cual.

Finalmente, para ver los resultados de las sesiones de psicoanálisis de Clemens Krauss debemos esperar por la realización del mural que hará el artista-terapeuta en el patio del Centro Wilfredo Lam: “un correlato físico de la experiencia personal de Krauss y de una externalización emergente colectiva e inconsciente”, de acuerdo con el texto promocional. (2019)

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