Las frutas de la memoria (I)

A propósito de la covid-19 y los impactos que está dejando en la sociedad cubana, el autor de La novela de mi vida, se acerca a este tema con el ojo aguzado del cronista que siempre le acompaña y que mucho agradecen sus lectores. En la primera de estas entregas, se inspira en la experiencia vital de su abuelo paterno.

Juan Padura trepaba y recogía las frutas en los árboles o las lanzaba a la persona que lo acompañaba en el momento.

Juan Padura nació en un caserío de las afueras de La Habana justo en los días en que Valeriano Weyler dictaba la política conocida como la “reconcentración”. Aquella drástica disposición militar que decretaba un encierro de civiles, a medio camino entre el gueto y el campo de concentración, tenía como propósito cortar los suministros y apoyos que podía recibir de sus compatriotas el Ejército Libertador que libraba con esfuerzos, pero con éxito, la guerra que debió conducir a la independencia de Cuba del colonialismo español. Como resultado de la “reconcentración” murieron miles de cubanos, pero Juan Padura sobrevivió.

A sus veinte y tantos años Juan Padura se casó con Juana Fernández y tendría de ella diez hijos, cuatro varones y seis hembras. A sus diez hijos y a su mujer, Juan Padura los sostuvo y alimentó incluso en épocas tan difíciles como los años de hambre de las “vacas flacas”, primero, y del machadato, después.

Uno de sus hijos, Leonardo Fortunato, siempre recordó con gratitud que ni él ni sus hermanos ni su madre fueron nunca a la cama sin haber comido. Y, lo más importante, ninguno de ellos tuvo que andar descalzo por las calles de aquel caserío casi rural que, mientras nacían los hijos de Juan Padura, comenzó a convertirse en un barrio urbano.

Para lograr que su familia comiera y calzara, en una época en que el  hecho de estar calzado entrañaba toda una reafirmación de la dignidad, Juan Padura trabajó con sus manos y con su inteligencia práctica de semianalfabeto. En diversos momentos de su vida fue albañil, chofer, agricultor, pero el oficio que más años practicó fue el de recolector y vendedor de frutas.

Dedicado a esa labor, Juan Padura se trasladaba en su carretón de mulos hacia las fincas del sur de La Habana —La Chorrera, Las Guásimas, Managua, Menocal— y pactaba la compra de las arboledas de frutas[1] que existían en las fincas y terrenos de esos predios. Se trataba de un negocio rudimentario y sin intermediarios. El dueño de la finca le vendía la arboleda por un precio, Juan Padura le pagaba en el acto o se comprometía a hacerlo en una fecha concreta (entonces solía bastar la palabra empeñada), y luego se encargaba de recolectar las frutas, envasarlas y trasladarlas en su carretón de mulos al Mercado Único de La Habana, donde ofrecía las cajas, sacos, canastas a los dueños de puestos de venta. Las sumas de dinero con que operaban Juan Padura y sus relaciones comerciales eran de centavos, reales, algunos pocos pesos.

Juan Padura tuvo algún éxito en sus tratos mercantiles sobre todo porque era un artista de la recolección de frutos y un sabio de las cualidades de cada especie. La mayoría de las diversas variedades las recogía directamente del árbol, gracias a su habilidad para trepar por troncos y ramas y alcanzar las frutas con la mano. Cosechar por este método mangos, chrimoyas o mameyes es relativamente fácil si eres un hábil trepador de árboles, pues también se sabe que estos suelen ser árboles resistentes. Un poco más arriesgado es esa práctica con el aguacate (y algunas variedades de mango), pues, como se decía, “es falso”, o sea, sus ramas tienden a quebrarse con facilidad. Lograrlo con los zapotes (o nísperos), los caimitos, los mamoncillos o las guanábanas, requiere de una habilidad superior, pues suelen estar a grandes alturas y en ramas muy finas, por lo que resulta más habitual utilizar una vara con jamo o incluso con una cuchilla curva muy afilada en el extremo. En cambio, los anones por lo general se recolectan desde el suelo y las guayabas sacudiendo el árbol…

El oficio que más años practicó Juan Padura fue el de recolector y vendedor de frutas.

Cuando trepaba y recogía las frutas en los árboles, Juan Padura las lanzaba a la persona que lo acompañaba —su hermano Tomás, luego alguno de sus hijos, en especial Leonardo Fortunato, el más dócil y trabajador de sus vástagos— que las recibía en un cesto de saco de yute para que no se lastimaran. Había otras especies, como las ciruelas, que tenían un método peculiar de recolección: desde el suelo, con una finísima vara de caña brava, Juan Padura iba tocando las ciruelas pintonas para que su auxiliar, con el saco extendido entre los brazos, fuera haciendo la recolección.

Las frutas cosechadas viajaban entonces desde la arboleda hasta la casa de Juan, donde en un sótano bajo se procedía a su clasificación y limpieza. Entonces se volvían a renvasar. Las que estuvieran dañadas quedaban para el consumo familiar; las muy maduras o con algún pequeño defecto, iban al pequeño puesto que Juan había abierto frente a su casa, donde trabajaba su hijo mayor, Juan Manuel, y a veces también el pequeño Leonardo Fortunato. Las mejores se colocaban en las cajas, cestas o sacos que, en la madrugada, se trasladarían en el mismo carretón de mulos hacia el Mercado Único, en el centro de la ciudad, donde comenzaban a ser vendidas en la mañana. De ese modo, entre la recolección de la fruta y su puesta en venta, transcurrían, como máximo, cuarenta y ocho horas, a veces menos.

Juan Padura, por supuesto, nunca se hizo rico recolectando y vendiendo frutas. Crió y alimentó a sus hijos y fue uno de los muchos trabajadores que mantuvieron la oferta de frutos frescos y bien presentados que se consumían en la ciudad. Cada fruto, luego de tanto trabajo, se vendía por unos pocos centavos.

La relación de este hombre con las frutas que le dieron trabajo y vida, llegó a ser tan íntima que, ya en su vejez, si alguien le daba una fruta de alguna de las antiguas arboledas en las que laboró por décadas, Juan Padura era capaz de distinguir de cuál de ellas procedía. Este hombre, que como ya se podrán imaginar era mi abuelo Juan, me permitió ser testigo de esa y otras capacidades suyas, adquiridas en las largas décadas que pasó entre las más diversas frutas que nos regala el trópico.

Gracias a mi abuelo Juan, por supuesto, en la casa de mi niñez nunca faltaron las frutas propias de cada estación: desde los comunes aguacates, guayabas y mangos (de los cuales existían casi infinitas variedades: mango macho, manga blanca, filipino, chupeta, huevo de toro, Toledo, Jay…) hasta las delicadas guanábanas, los anones y los exquisitos caimitos. Sin olvidar, por supuesto, las ciruelas, las cerezas, los tamarindos y los zapotes.

Muchas de esas arboledas que laboreó por mucho tiempo mi abuelo, hace décadas ya no existen. La mayoría fueron taladas para utilizar sus terrenos en la siembra del café caturra que iba a inundar de granos al país.

Las frutas entre las que vivió mi abuelo y llegaron en su mejor estado a los mercados de la ciudad, hoy apenas existen fuera de mi memoria. Algunas de ellas incluso se extinguirán, quizás definitivamente, cuando no haya nadie capaz de recordar el modo en que hombres como Juan Padura alimentaron y calzaron a su familia, con mucho esfuerzo pero con la sabiduría ancestral del hombre que sabe interpretar el lenguaje de la tierra, los árboles y sus frutos y vivir con ellos y para ellos. (2020)

(Continuará la próxima semana…)

 

Nota:

[1] Se le llamaba “arboleda” a un pequeño bosque de una determinada fruta compuesto, como se sobrentiende, por varios ejemplares de una especie.

3 comentarios

  1. Osvaldo

    Mucha verdad. Como el abuelo Juan había muchas personas que cultivaban su pedacito de tierra y asi alimentaban a su familia y ganaban su sustento, pero esa es harina de otro costal. Es bueno saber que una persona como Ud. de preocupa de estas cosas. Espero la próxima crónica.

  2. Frank

    Es un relato enternecedor.
    Irremisiblemente me acercó al recuerdo de mi abuelo, español laborioso, persistente y cascarrabias que por alguna razón, prodigaba a su nuera (mi madre) y a mí, su primer nieto un cálido afecto, sin mimos ni ternuras, pero con mirada amorosa. También yo conocí por él el oloroso gusto de las frutas sin bañadas por rocío, recién tomadas del árbol que años atrás sembrarán sus manos de Leonés batallador. Gracias Padura por mostrarme la virtud que tan cerca he tenido.

  3. Andrés Dovale Borjas

    Padura, soy, como millones de cubanos, un admirador de su obra literaria y también de sus acertadas opiniones sobre la realidad de nuestro país. Acabo de leer las dos partes de su escrito «Las frutas de la memoria (I) y (II)», ambos tan cercanos a mi porque nací en plena campiña cubana y trabajé la tierra con mis manos en la finca de mi padre, en lo que hoy es el municipio «Calixto García» en la Provincia de Holguín, hasta que los estudios universitarios me lo impidieron.
    Durante mis dos primeros años en la Universidad de Oriente pasé 45 días de mis vacaciones trabajando en la agricultura estatal y luego, como estudiante y como profesor universitario muchos domingos realizando trabajo voluntario en el campo, en varias ocasiones, ya en La Habana, fui a trabajar al «Cordón de La Habana» recogiendo las magras cosechas del café caturra que desplazó, como Ud. menciona, a las riquísimas arboledas de frutales que abastecían a La Habana. También a las lecherías, la floricultura y las hortalizas.
    Le felicito doblemente por sus comentarios sobre el desabastecimiento de alimentos, las colas, la doble moneda, la «liberación de las fuerzas productivas», etc., como siempre de una manera excelente a pesar de reconocer, varias veces, que no es un economista.
    Como Ud. sabe, durante muchos años he sido el responsable de hacerle llegar nuestro Boletín SPD, que hace más de dos años no le envío, porque fui advertido por la Decana de mi Facultad sobre «la inconveniencia» de seguir haciéndolo.
    Yo le saludé en un «Último Jueves» de la revista Temas, encuentro semanal al que asisto puntualmente, porque considero que es el único lugar en Cuba donde uno puede expresar sus opiniones sin ser perseguido por ello, aunque varias veces he sido «presionado» por Rafael para que modere mis comentarios.
    Me he enterado recientemente que ha sido Ud. propuesto para el Premio Nobel de Literatura, al que considero, desde hace muchos años, es Ud. merecedor. Le deseo suerte en esa selección y mucha salud y felicidad junto a toda su familia.
    Un abrazo, Andrés Dovale Borjas

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