Los altos muros de la incomunicación

Una parábola sobre el dolor y el sacrificio humanos.

El desafío y la provocación que deja el filme de Fernando Pérez La pared de las palabras son tan fuertes que cuando concluye seguimos atrapados en la intrincada lectura de su propuesta y toda la narración queda reverberando en nuestra conciencia para que sigamos buscando los significados, las interpretaciones, la salida del laberinto.

Pero no hay salida, no hay llaves –porque no hay puertas–, solo lecturas individuales, interpretaciones individuales, respuestas individuales, desde la experiencia y la capacidad de cada cual: experiencias de vida y experiencias culturales.

El realizador ha construido su película sobre el muro de la incomunicación y las consecuencias de la misma entre los seres humanos, en primer lugar el dolor; mas no todos lo sienten de la misma forma, como muchos no entienden el sacrificio.

En tanto La pared de las palabras se escribe sobre esos conceptos, es un relato desde el cual escuchamos, en el fondo, las obras de los Maestros que nos han hablado sobre el dolor y el sacrificio, es decir, una diversidad que enlaza religión, filosofía, psicología, arte y literatura.

El sacrificio tiene seis acepciones en el Diccionario de la Real Academia; según la quinta, es “acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño”. Y ese calificativo, ¿no introduce cierta sospecha en el acto? Porque el vehemente “tiene una fuerza impetuosa” (DRAE) pero también “dícese de la persona que obra de forma irreflexiva, dejándose llevar por los impulsos” (Ibíd.).

Elena, la protagonista de La pared…, sufre por la enfermedad de su hijo Luis y este sufre la imposibilidad de comunicarse; Elena no encuentra comprensión en su madre, ni en su otro hijo, por su sacrificio hacia Luis, pero ¿acaso tiene elección?, ¿acaso puede dejarlo al cuidado de un hospital que carece de condiciones para atender y proteger a esos pacientes?

La representación del drama de Elena reproduce una realidad local de la que no se quiere hablar: la difícil situación de las familias que enfrentan circunstancias similares, endurecidas por las insuficiencias hospitalarias. El drama de Elena es el de los cuidadores y solo quienes lo han sufrido pueden entenderlo. Aquí no valen las lecturas, ni Dostoievski, ni Kafka, ni Bergman, solo quien ha vivido esa experiencia sabe lo que significa tal desamparo.

Cuando la cámara sale del sombrío entorno del hospital nos muestra una ciudad cayéndose a pedazos, una avenida de construcciones en ruinas, acorde con la crudeza del tema. Pero en ambos sitios encontramos personas solidarias –el chofer, la enfermera–, capaces de jugarse hasta el puesto de trabajo, capaces del sacrificio, acciones en contraposición a la del pasajero que impide a Elena tomar un taxi, o a la detestable conducta de los encargados de recoger la basura.

Justamente alrededor de los tanques de basura depositados a la entrada del hospital acontece una escena surrealista, cuando, en medio de un aguacero, los enfermos abren la verja y en lugar de fugarse, establecer el caos, todos proceden a recoger la basura y ordenar el espacio, emitiendo señales que acaso solo ellos entienden.

La escena concluyente del filme conecta nuevamente con esa atmósfera simbólica: el cuadro donado al hospital por el hermano de Luis se muestra por primera vez al espectador, quien recibe, al mismo tiempo, las imágenes del mismo, la visión de los pacientes arrobados con la obra y la voz de Luis atravesando todos los muros, comunicándose por fin desde un plano espiritual donde no existe el dolor. Convergen entonces, se armonizan, mediante el arte –la pintura– las ideas que han estado latiendo en la película.

La pared de las palabras tiene la capacidad de emocionarnos/sacudirnos con un intenso drama humano de alcance universal, pero afincado en la realidad nacional. Su propuesta es de una belleza lacerante, inquietante, incómoda, mas necesaria, terapéutica, como ese mar con anzuelos de Joan Capote, el cuadro que tan bien entendieron los enfermos, los “no cuerdos”.

En un fragmento de sus Cuadernos, Franz Kafka nos dejó dicho: “El arte aletea alrededor de la verdad, pero con el propósito decidido de no quemarse. Su capacidad consiste en encontrar en el oscuro vacío el rayo de luz que pueda captarse plenamente, en un lugar donde no había podido percibirse antes”.

La expresión de La pared… es coherente con su universo temático: la actuación contenida de Isabel Santos, la ausencia de música, mostrar el dolor, las heridas –de la protagonista, de su familia, de los enfermos, de la ciudad.

Como anotamos al inicio, la fuerza de esta obra nos deja pensando: en los enigmas del cerebro, en las Elenas que sufren y se sacrifican en silencio, que llevan su dolor por dentro, mientras seguimos escuchando las clamantes voces del epílogo. (2014)

Un comentario

  1. César

    Espero ver esa película que según la excelente descripción es inteligente y bien realizada. Gracias.

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