Un libro para Bola de Nieve

En el centenario de Ignacio Villa.

Tomada del sitio De Cubanos

Ignacio Villa nos ha acompañado, en las buenas y en las malas, desde la época de nuestros abuelos

La biografía no es un género bien representado en las letras cubanas; mientras las deportivas son recopilaciones estadísticas, escasean las dedicadas a figuras del arte y la literatura, como si solo la vida de los militares y los políticos valieran la pena de contarse. Afortunadamente hay excepciones de mérito.

Entre esas excepciones están los libros que Ramón Fajardo Estrada ha escrito sobre Rita Montaner, María de los Ángeles Santana y Bola de Nieve, publicados entre 1993 y 2005. Ahora en 2011, a propósito del centenario de Ignacio Villa, se reedita el último, agotado desde hace mucho en su primera edición.¹

¿Qué vamos a buscar los lectores en una obra biográfica? Obviamente, la historia de una vida, con todo lo que encierra ese enunciado. Queremos saberlo todo, o casi todo, del biografiado, un retrato a trasluz que nos ofrezca el relato de sus días. Y no hay lectura más apasionante que aquella que nos sumerge en las vidas ajenas.

Deja que te cuente de Bola, dice el biógrafo como un narrador oral que nos invita a escuchar, con el fondo sonoro que brinda la canción eterna de Chabuca Granda, “…déjame que te diga la gloria del ensueño que evoca la memoria”. Es una oración mágica, de conjuro, como decir “había una vez”, como la invitación del conejo en Alicia… Es el mejor de los comienzos narrativos.

“Había una vez en Guanabacoa” pudiera ser el arranque de la historia de ese músico-actor que paseó su arte por todo el mundo, cuya voz ha acompañado a cinco generaciones de latinoamericanos al expresar como nadie los estados de ánimo que provocan el olvido, la soledad, o el desamor, junto a la alegría y el placer de vivir.

Deja que te cuente de Bola narra prolijamente el tránsito desde la niñez hasta la gloria de Ignacio Jacinto Villa Fernández (Guanabacoa, 1911-México D.F., 1971); nos enteramos de sus orígenes, estudios de Pedagogía, el cultivo constante de su educación artística y cultural, el rigor profesional y la voluntad que modelaron su personalidad irrepetible.

Esa trama diversa por la cual se movió el artista es desentrañada por una enorme cantidad de referencias y testimonios. Resulta, indudablemente, una de las marcas que avalan la profundidad de la investigación realizada por el biógrafo. Pero no es un libro hecho solamente en archivos, aunque el peso bibliográfico sea importante: las voces de los entrevistados refuerzan el dato libresco; las anécdotas vitales apoyan las citas periodísticas.

En el mar de opiniones y criterios recogidos sobre Ignacio Villa hay una concordancia total, una especie de juicio coral que Alejo Carpentier describió así: “Bola de Nieve nos pone a todos de acuerdo, evidentemente. Pero ha tenido, por encima de eso, el talento necesario para ponerse de acuerdo con todos los pueblos del mundo”.

La virtud del autor de este libro es haber sabido disponer, de manera coherente, esa cantidad de información acopiada en la cual vamos descubriendo los avatares de Bola sin que resulte un informe de eventos, sin descuidar el discurso narrativo, pecado capital de no pocos libros de historia y memoria que son documentos sin vida, no vida documentada.

El relato biográfico nos informa del proceso evolutivo de un artista que fue creciendo con su piano desde la presencia anónima en los cines de su pueblo, el acompañamiento de grandes figuras y el desarrollo como compositor, músico, actor, en escenarios de América, Europa, Asia, y señaladamente sus grandes actuaciones en Cuba y México, sin olvidar los triunfos en Argentina, Chile, Francia y Estados Unidos a los que agregaría, por último, las giras de los años sesenta por Europa del Este, China y Corea del Norte.

Importante es también el espacio dedicado a reseñar su presencia en el restaurante Monseigneur, a partir de 1964 (Chez Bola desde el año siguiente), una experiencia sin par en el ámbito de la vida nocturna habanera.

Las conmemoraciones sirven para movilizar recursos en cuanto a publicaciones, ediciones, filmes; obligan a sanos ejercicios de revisitación del pasado y la memoria. Es muy válido, muy útil siempre que no se quede en el marco de lo conmemorativo. Una figura de la envergadura de Bola merece un homenaje perenne, es decir: constantes ediciones de sus obras musicales, recopilación de sus actuaciones televisivas y cinematográficas y programas radiales que difundan sus canciones en espacios fijos.

Porque Ignacio Villa nos ha acompañado, en las buenas y en las malas, desde la época de nuestros abuelos. Hemos acudido a sus canciones para aliviarnos la herida de una separación, pero también para alegrarnos con su piano y su risa perpetua, icono del arte cubano, una risa dulce y triste como un verso de Vallejo: “Yo soy un hombre triste que me paso la vida alegre”, diría, no hay que olvidar que también fue un poeta.

El libro de Fajardo Estrada logra acercarnos en primera fila a la estela luminosa de Bola y es una manera de decirle a Ignacio Villa: esperando siempre tus palabras he de estar, no dejes que te olvide, por favor.

¹Ramón Fajardo Estrada: Déjame que te cuente de Bola. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011

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