Con Leonardo Padura y Mario Conde en una isla desierta (II)

Lecturas para la cuarentena.

El culto de los libros es una constante en las obras de Padura. En esta foto, Padura aparece en una firma de libros en una librería en Brasil.

Foto: Lucía López Coll

Repasando las novelas de la saga de Mario Conde que nos llevaríamos a una isla desierta, después de haber comentado la tetralogía Las Cuatro estaciones (Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño), y La cola de la serpiente, llegamos a la nueva vida del exteniente, ahora vendedor de libros de uso.

Adiós, Hemingway

Cuando se encontraba enfrascado en la escritura de la que resultó ser una de sus obras fundamentales, La novela de mi vida, dedicada al poeta José María Heredia, Leonardo Padura recibió (y aceptó) la solicitud de participar en la serie literatura o muerte, para lo cual debía elegir un escritor como centro del relato. Seleccionó, para ese fin, a Ernest Hemingway, y le pasó a Mario Conde, no solo un caso criminal, sino también sus particulares obsesiones, su relación de amor-odio con el autor de El viejo y el mar.

La novela hace un repaso crítico y documentado de la obra de Hemingway.

Foto: Tomado del blog Basurde Xiao Long

Adiós, Hemingway se convirtió, bajo esas circunstancias, en una novela muy especial dentro de la obra de Padura. Ante los ojos del lector se van a desarrollar dos tramas de fabulación: en una, Mario Conde intenta develar la identidad de los restos de un hombre baleado cuarenta años atrás, y en otra, se muestran los (posibles) eventos transcurridos en Finca Vigía, entre la noche del 2 de diciembre de 1958 y las primeras horas del siguiente día.

La obsesión de Conde por desentrañar el mito de Hemingway, integrada en la resolución del caso, sumergen la investigación en la biografía del escritor norteamericano. Según el narrador del relato: “Buscaba algo […] ya perseguido por él [Conde] alguna vez y que, unos años atrás, había dejado de buscar: la verdad –o quizás la mentira verdadera– de un hombre llamado Ernest Miller Hemingway”.

En una de las líneas narrativas vamos con Mario Conde a la casa museo habanera del Premio Nobel de Literatura 1954, a Cojímar, y a otros sitios, explorando cada detalle que lo ayude a responder sus inquietantes preguntas sobre Hemingway; él piensa que si puede desentrañar su polémica existencia, sobre todo en su periodo final, tal vez pueda también saber qué pasó con el hombre baleado, quién lo mató, cómo, y por qué.

En la otra, donde se fabula una reconstrucción de los hechos, actúan todos los personajes que supuestamente participaron en el asesinato y/o enterramiento de un miembro del FBI: Hemingway; Calixto, el custodio; Ruperto, capitán del Pilar; Raúl Villarroy, ayudante todoterreno; y Toribio, el gallero.

La novela hace un repaso crítico y documentado de la obra de Hemingway, y el propio lenguaje narrativo que la expresa –intertextos incluidos– es un homenaje al autor bajo escrutinio. Sus diálogos cortados, sintéticos, nos recuerdan las conversaciones de los personajes del autor de Fiesta. Al terminar la lectura, no solo estamos en posesión de un mayor conocimiento del universo hemingwayano, sino que sabemos más del caso criminal que el propio Mario Conde.

La neblina del ayer

De acuerdo con su biografía literaria, al abandonar la policía, luego de cerrar su último caso, en el año 1989, Mario Conde reaparece ocho años después, en las páginas de Adiós, Hemingway, ahora como mercader de libros de uso. Pero el nuevo oficio apenas ocupaba unas líneas de esa novela. Sin embargo, cinco años más tarde, los libros serán el centro de La neblina del ayer, obra ambiciosa y singular, otra vuelta de tuerca de un novelista que no le satisface lo alcanzado.

La neblina del ayer es una muy peculiar novela negra montada sobre dos símbolos de la cultura popular: el bolero y el melodrama típico de la radionovela; de este último toma sus contenidos y los envuelve en otro género, el epistolar.

Apenas vencidas las primeras páginas, el lector ya está atrapado en una trama que se va mostrando por capas, como una serie de tapices que se despliegan, uno tras otro. Mario Conde entra a una mansión venida a menos y descubre una biblioteca que contiene libros que remiten a historias que ocultan otras historias laberínticas, intrigantes, misteriosas.

Para descubrir el misterio de la bolerista Violeta del Río, Conde desanda los espacios más diversos de una ciudad enrarecida que no muestra fácilmente sus secretos, y debe ir descubriéndolos en los relatos de las personas que conocieron a La Dama de la noche.

La neblina del ayer, obra ambiciosa y singular, otra vuelta de tuerca de un novelista que no le satisface lo alcanzado.

Foto: Tomada del Blog de la revista Lecturas Tu Red

Tras la historia soterrada de la bolerista surge la vida nocturna de La Habana de 1950, evocada en los testimonios de personajes atrapados en ese pasado neblinoso que evocan con nostalgia desde sus desechas existencias en el presente.

Las historias que desentierra Conde, brotan de la memoria de esos zombis, y revuelven a vivos y a muertos, como también sale a flote el extraño relato epistolar que estará vedado al investigador, un auténtico melodrama con todos sus ingredientes que bien pudo haber firmado Félix B. Caignet.

No olvidemos que la novela comienza con el descubrimiento de una biblioteca fabulosa, plena de joyas bibliográficas, escenario principal del relato, el cofre que guarda páginas relevantes de la cultura cubana y, al mismo tiempo, la memoria de un crimen.

El bolero, el melodrama, el culto de los libros, como también las nuevas relaciones mercantiles surgidas en la Cuba del nuevo milenio alrededor de ese objeto cultural, en el contexto de una ciudad –La Habana– evocada desde el ayer, pero mostrada en los espacios sombríos de hoy, son los ingredientes de alta cocina de La neblina del ayer. (2020)

 

Notas:

 

Padura, Leonardo: Adiós, Hemingway, Ediciones Unión, La Habana, 2001; Tusquets editores, Barcelona, 2006.

——————–: La neblina del ayer, Tusquets editores, Barcelona, 2005.

 

(Continuará…)

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