La ciudad y el escritor* (Fragmentos)

La Habana está presente de muchas maneras en la obra del escritor cubano Leonardo Padura. La crónica que comparte IPS Cuba, incluida en los libros Agua por todas partes, Tusquets Editores, 2019; y La Habana nuestra de cada día, Ediciones Aurelia, 2019, es un homenaje a la ciudad a propósito de su 500 aniversario.

"El Malecón no es solo la marca física o arquitectónica más distintiva de la capital de la isla de Cuba", asegura Leonardo Padura

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

1. El Malecón de La Habana es un parapeto de bloques de concreto y hormigón que corre por el borde norte de la ciudad, frente a la corriente cálida del Golfo de México y extiende su sólida estructura desde los territorios de la protectora bahía donde se fundó la villa en 1519, hasta el final del antes aristocrático barrio de El Vedado, al oeste, justo donde terminaba la ciudad cuando nació el siglo XX y se comenzó la construcción de la barrera marina. A la vera del muro del Malecón hay una generosa acera, una y otra vez masticada por el salitre y las olas. Más allá, corre una cinta de asfalto de hasta seis carriles, por donde habaneros y forasteros se desviven por dar un paseo en un auto descapotable, a la velocidad máxima permitida, tragando a partes iguales el escape de otros carros y la brisa llegada del mar.

Pero el Malecón no es solo la marca física o arquitectónica más distintiva de la capital de la isla de Cuba: también es, sobre todo, la línea que marca el principio o el fin de la ciudad (y para muchos del país), según se mire: para los que sueñan con irse a otro lugar del mundo ancho y ajeno, es el principio; para los que hemos nacido en estos sitios y, por la razón que fuere, decidido permanecer aquí, es el final de lo propio, la última frontera. Porque el muro del Malecón habanero constituye la evidencia más palpable de nuestra insularidad geográfica y existencial: en esa larga serpiente pétrea se siente, como desde ningún otro sitio, la evidencia de que vivimos rodeados de agua, encerrados por el agua, esa condición que nadie ha definido mejor que el poeta Virgilio Piñera: “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.

 

El libro-catálogo La Habana nuestra de cada día, de los autores Leonardo Padura y Carlos Torres Cairo se presenta hoy en la Biblioteca Nacional José Martí.

La publicación de este volumen —que es también un homenaje a los 500 años de fundación de La Habana— fue posible gracias a Aurelia Ediciones, fundada en 1996 y especializada en literatura cubana.

Esta editorial, cuyo nombre está inspirado en la célebre vía Aurelia de Roma, a causa del estrecho nexo que une a la cultura hispánica, y occidental en general, con la cultura clásica romana, cuenta, en la actualidad, con dos colecciones principales: la Guerriller, surgida desde 1997, en la que se publican volúmenes de fotografía en torno a figuras históricas vinculadas a procesos sociales y culturales; y la Iroko, que nace en 2012 con el objetivo de investigar sobre la influencia de la cultura africana en América Latina, especialmente en Cuba. A partir de 2016 esta editorial ha abierto también una línea de publicación dedicada al género narrativo y otra a la historia de la arquitectura cubana.

Para hoy, día 15, también está prevista la inauguración de la exposición Renuencias, del fotógrafo Carlos Torres Cairo, en el estudio taller Cairo.

En esta muestra personal el lente del fotógrafo de acerca “a un acontecimiento complejo, cargado de referencia y fuentes diversas: los quinientos años de la villa de San Cristóbal, donde objetos, escenarios y personajes encarnan la voluntad de sobrevivir al caos y preservar sus historias”.

 

  1. Mantilla es un barrio que comenzó a formarse a finales del siglo XIX en la periferia de La Habana, lejos del mar, a la vera del viejo camino real. Como mi padre, como mi abuelo, como mi bisabuelo Padura, yo nací en Mantilla y en este barrio cada vez más deteriorado y despersonalizado por la modernidad y una larga desidia, he invertido toda mi vida. Más aún: milito en esa rara especie de las personas que siempre han vivido en la casa en que nacieron, la casa que mis padres construyeron en 1954 y donde estoy, desde hace sesenta y dos años. Mi casa.

Creo que el hecho de haber nacido y vivido en un barrio de la periferia en el que tres o cuatro generaciones antes de la mía se asentó un antecesor con mi apellido vasco (pero llegado solo Dios sabe de dónde), y en el que desde entonces palpitó el corazón de una estirpe empecinada (lo que reafirma el remoto origen vasco de la familia), contribuyó en buena medida a forjarme un carácter y sobre todo, un sentido de pertenencia. Porque más que cubano, más que habanero, siempre me he sentido mantillero y desde esa cualidad, que para otros puede resultar insignificante, he mirado la vida y la ciudad, he sentido eso que solemos llamar la patria y hecho mi literatura. Desde esa empecinada pertenencia he decidido quedarme, en mi circunstancia, y escribir en ella y sobre ella.

  1. Escribir nunca es fácil. Pretender ser escritor resulta casi una locura. O una condena. Ser un escritor habanero implica, además, un reto.

La Habana es una ciudad que se construyó con piedras y con palabras. Pocas urbes del mundo pueden exhibir un origen tan literario como la capital cubana. Fue en las primeras décadas del siglo XIX, cuando Cuba aún era una colonia del desvencijado imperio español de ultramar, el momento mágico en que un grupo de escritores decidieron crear una imagen del país posible y se empeñaron en el diseño espiritual de la ciudad de La Habana: para ellos era necesario tener una imagen de la nación que ya comenzábamos a ser y esa imagen tendría como escenario una ciudad. Entre el mar impenetrable y los edificios levantados por los hombres, aquellos escritores liminares, fundadores conscientes de la espiritualidad habanera y cubana, colocaron a unos personajes, criollos y forasteros, blancos y negros, ricos y pobres, buenos y malos que empezaron a dar forma singular y modos de expresión a un ser nacional que entre sus peculiaridades y estigmas, tuvo la condición de la insularidad y el espacio urbano habanero como territorio cabal de las confluencias físicas y existenciales.

Desde aquellos tiempos de fundación la literatura, en especial la novela, se ha encargado de ir conformando y fijando la imagen y la espiritualidad de la ciudad y, por extensión, del país. Personajes, conflictos, escenarios se fueron mezclando y solidificando en busca de una identidad propia que se ha ido haciendo densa e intensa con el paso del tiempo. Durante siglo y medio los novelistas cubanos se empeñaron en esa construcción que sintieron imprescindible.

En los últimos treinta años, en cambio, los escritores trabajan en la deconstrucción de la ciudad: las ruinas físicas y las pérdidas morales de la urbe han tenido su reflejo en la arquitectura y su expresión verbal en la literatura y se han hecho aún más indelebles gracias a ella, a la literatura que hemos escrito, como un desgarramiento. Y como peso específico decisivo, siempre ha aparecido la condición insular: el territorio limitado, el sentido del enclaustramiento. No es casual, por ello, que un escritor cubano, Reinaldo Arenas, haya soñado en una de sus novelas con destrabar a la isla de su plataforma y ponerla a flotar en busca de otras geografías y circunstancias. Tampoco que tantos personajes de novelas y cuentos cubanos busquen una vía de escape más allá del mar. Menos inexplicable que muchos escritores hayan hecho sus maletas y buscado otra vida en otra parte, más allá del Malecón, más allá de la maldita circunstancia que siente un personaje de Alejo Carpentier: “Carlos pensaba, acongojado, en la vida rutinaria que ahora lo esperaba […], condenado a vivir en aquella urbe ultramarina, ínsula dentro de la ínsula, con barreras de océano cerradas sobre toda aventura posible […]. El adolescente padecía como nunca, en aquel momento, la sensación de encierro que produce vivir en una isla; estar en una tierra sin caminos hacía otras tierras a donde se pudiera llegar rodando, cabalgando, caminando, pasando fronteras…”.

Con dolorosa frecuencia los periodistas me preguntan por qué yo me he quedado en la ciudad, en la ínsula, quizás en el encierro. Y mi respuesta siempre es la misma: a pesar de los pesares, yo no soy otra cosa que un escritor cubano y necesito a Cuba para escribir. Así de sencillo. (…)

6. Un escritor es un almacén de memorias. Se escribe hurgando en la memoria propia y en las memorias ajenas, adquiridas por las más diversas estrategias de apropiación. A partir de ahí, el novelista crea un mundo. “…Construir un mundo quiere decir construir las ramificaciones de complicidad que existen entre los personajes que utilizas, las citas, los mitos, las referencias, los lugares simbólicos, los lugares de la memoria”, según dijo Manuel Vázquez Montalbán, quien a propósito pensaba que, como escritor, un novelista no es de un país, sino de una ciudad.

La ciudad es entonces el mercado libre del que se nutre el almacén de memorias y de lugares simbólicos del escritor, muchas de sus referencias, el sitio material del cual no puede alejarse (y no hablo de cercanías o distancias solo físicas) a riesgo de perder la memoria y perderlo todo. O casi todo.

7. La Habana es mi ciudad y por eso puede provocarme una mezcla de pertenencia y ajenitud viscerales. Me identifico y comulgo con lugares por alguna razón entrañables –empezando por el Malecón y por mi barrio anodino de la periferia, a los que puedo sumar el Paseo del Prado, la zona antes aristocrática de El Vedado, las calles umbrías y a veces fétidas de la Habana Vieja (colonial), los parques del barrio de La Víbora, el gran estadio de béisbol. Arquitecturas que se remiten a épocas, economías, estilos, funciones diversas aunque todas cargadas de unos valores simbólicos quizás generales, sin duda alguna individuales. Son las columnas de mi ciudad de las entrañas, entrañable por ello.

Más que cubano, más que habanero, siempre me he sentido mantillero y desde esa cualidad, que para otros puede resultar insignificante, he mirado la vida y la ciudad, he sentido eso que solemos llamar la patria y hecho mi literatura.

Dramáticamente y al mismo tiempo, siento la artera evidencia que esa ciudad en la que nací y vivo, a la que pertenezco y de la cual escribo, comienza a ser un sitio ajeno, que me repele y al que repelo, que se empeña en maltratar mis recuerdos y nostalgias. Tal vez porque envejecemos y nuestras percepciones físicas y espirituales cambian. Tal vez porque mi ciudad se va convirtiendo en otra ciudad dentro de la misma ciudad.

La Rampa, uno de los más emblemáticos sitios de La Habana.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

Antes dije que soy un escritor cubano y tal afirmación es una verdad y una mentira. Porque desde la percepción de otro escritor que acato, de la que me apropio y vuelvo a citar, más que a un país, el novelista pertenece a una ciudad. Una ciudad que es física pero también, y sobre todo, un estado de espíritu y un reservorio de historias, propias por vividas o por haber sido adquiridas gracias a lecturas y confidencias. Un cofre abierto en el que se conservan pertenencias y del que desaparecen o donde se pudren propiedades de las que procuramos no desprendernos.

8. Una ciudad son también sus sonidos, olores y colores: Jerusalén es del color del desierto y huele a especias. Amos Oz lo sabe. El sonido de Nueva York es la sirena de una ambulancia, un carro de bomberos, una patrulla policial. John Dos Passos lo sufrió, Paul Auster lo sufre. El barrio español de Nápoles huele a café recién hecho. Roberto Saviano lo ha disfrutado.

Mi Habana suena a música y autos viejos, huele a gas y a mar, y su color es el azul. (…)

10. Mis personajes, como yo, son habaneros. Algunos, aunque no lo confiesen, son en realidad mantilleros. Y casi siempre son gentes aferradas a su origen, a su circunstancia, a su tiempo, a su ciudad. Tipos que padecen la insularidad pero que, a la vez, se revuelcan en ella y que, si deben partir, se sienten partidos: una de sus mitades se va, otra se queda.

Como yo, muchos de ellos han vivido mi experiencia generacional y han tenido ganancias y pérdidas comunes. Con ellos he recorrido la ciudad, la he sentido y la he descrito. A través de ellos he fijado mis nostalgias y frustraciones citadinas. Con sus ojos he visto la ciudad más histórica, la más rutilante, pero también los he llevado a caminar por los barrios más deteriorados de la capital, enfermos de un pasado difuso, con un mal presente, con un futuro incierto. Los he puesto a ver el ancho mundo desde una esquina de mi barrio.

La Habana es una ciudad que se construyó con piedras y con palabras. Pocas urbes del mundo pueden exhibir un origen tan literario como la capital cubana.

A mi personaje fetiche, Mario Conde, lo he condenado, sin posibles apelaciones, a vivir de sus nostalgias habaneras, metido en un barrio que se parece demasiado a Mantilla y desde la azotea de su casa de siempre o desde una esquina de su barrio ancestral lo he impulsado a describir lo que se ve y a lamentar lo que se perdió de ese lugar entrañable. Le he trasmitido mi sentido de pertenencia y lo he hecho irremediablemente habanero, porque yo, su creador, no soy otra cosa que eso, un habanero que escribe. (…)

La Habana se va llenando de turistas y se pone en función de ellos.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

 

12. La Habana se va llenando de turistas y se pone en función de ellos. A la ciudad le nacen restaurantes estatales y privados con menús de platos y precios internacionales. Viejos hoteles y edificios renacen de sus ruinas y sus mugres y alcanzan categoría de cinco estrellas plus que solo pueden pagar gentes que vengan de otros lugares, de otras economías. A los viejos autos norteamericanos que han dado carácter a la urbe, sus propietarios los someten a la cirugía radical que cortarles el techo y convertirlos en descapotables dedicados a pasear a los visitantes por el Malecón y la Quinta Avenida de Miramar, como si en la ciudad se hubiera producido un lazo del tiempo y en sus calles emblemáticas se escenificara un insólito déjà vu. Algunos palacetes de El Vedado se anuncian ahora como hostales. La Habana Vieja adquiere unos colores de Beneton que nunca tuvo y funciona como un parque temático de lo que fue la Cuba colonial y es la Cuba socialista de la postmodernidad, la postsovieticidad y quizás de otras posterioridades. La ciudad muestra sus riquezas y, a la vez, se me hace ajena, lejana, como las ofertas de Louis Voiton y Armani que hoy exhiben las vitrinas de algunos de sus renacidos comercios empeñados en cazar (supongo que sin mucho éxito) a opulentos y desprevenidos burgueses quizás llegados de un Moscú que antes no solía creer en lágrimas. Y ahora tampoco.

A pesar de los pesares, yo no soy otra cosa que un escritor cubano y necesito a Cuba para escribir.

Pero otra Habana, más grande y popular, en ocasiones metida dentro de la ciudad muestrario, vive con sus eternas angustias y esperanzas pospuestas, en su cotidianidad difícil, sin duda más real, más cubana. Es la ciudad de la periferia, de Mantilla y otros barrios similares, donde se encalla o crece incluso una pobreza que la hace dolorosamente entrañable, pero a la vez, también, ajena y hostil. Esa Habana es más la Cuba de los cubanos.

13. La Habana vive hoy su historia y su drama y yo trato de escribirlos. El Malecón y el mar, como siempre, marcan el principio y el fin de la ciudad en la que vivo y escribo, sueño y me desvelo, sufro e incluso, hasta odio, porque puedo odiar lo que es mío y a veces deja de serlo, porque puedo odiar lo que más amo y luego escribir, en mi casa de Mantilla, sobre esos tremendos sentimientos y confesar mis amores y dolores. Y, a pesar de los pesares, mientras escribo y vivo, sigo siendo y perteneciendo. (2019)

* Este fragmento, cedido por Leonardo Padura para La Esquina…, espacio de IPS Cuba, fue tomado de Agua por todas partes, Tusquets Editores, 2019; y está también incluido en La Habana nuestra de cada día, Ediciones Aurelia, 2019.

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