Malecón: del reflejo social a la utopía del viaje

La ópera prima del cineasta Carlos Larrazabal fue estrenada en las salas de cine a inicios de septiembre y motivó a espectadores por el reflejo de los conflictos sociales y la emigración.

Una tragedia familiar marca el destino de Elvis, joven protagonista de Malecón.

Foto: Tomada de Cubacine

Escrita a cuatro manos entre su director, el cineasta español Carlos Larrazabal, y el también cineasta cubano Fabián Suárez, el filme es una coproducción con España y Estados Unidos. Malecón muestra los conflictos del joven Elvis, quien nace en un ambiente de violencia y tiene que enfrentarse a los abusos del esposo de su madre. Eso marcará por siempre su vida. En medio de una discusión, su padrastro lo reta y estrangula a su madre frente a sus ojos, lo que provoca la respuesta de Elvis de apuñalarlo por la espalda.

La escena, tomada desde un plano cenital, muestra los dos cuerpos y el piso lleno de sangre. La cárcel será su nueva casa durante diez años, la condena lo alejará de su entorno anterior. Al regresar, esa vivienda se soporta por piezas que apuntalan la estructura, como su propia vida.

Un filme que problematiza la realidad, la muestra cruda y colmada de verdades. Profundiza en la vida de aquellos a quienes los hechos y circunstancias han llevado a situaciones límites. Donde han probado sus fuerzas, sus miedos y también sus instintos. De todo ello da fe Malecón, con ese entramado social que aborda.

Protagonizada por César Domínguez (Elvis), el elenco de Malecón está integrado también por Camila Rodhe (Yuli) y Omar Rolando (Martín); junto a Yordanka Ariosa y Luis Alberto García (los padres de Elvis).

Estrenada en los cines cubanos a comienzos de septiembre de 2026, la ópera prima de Larrazabal generó interés entre los espectadores por su propuesta estética y narrativa.

Conflictos sociales y el reflejo de un contexto

Malecón podría sostener algún grado de relación con el filme Conducta (Ernesto Daranas, 2014). Ambas cintas muestran a niños o jóvenes en situaciones de violencia, que los han llevado a instituciones reformatorias o penitenciarias. Los puntos de contacto entre las historias se asientan en sucesos alrededor de la familia, el contexto social y los ambientes urbanos que frecuentan.

Desde esta arista, el acercamiento al personaje nos lleva a entender sus acciones no como hechos aislados, sino como parte de un proceso donde intervienen los factores sociales, el ambiente familiar y la marginalidad del contexto. No pretende el filme ser un acercamiento sociológico a estos hechos, pero sí estos elementos matizan el recorrido temporal de Elvis que la trama propone.

Las decisiones, el lugar del sujeto/protagonista/víctima en la sociedad y las maneras para salir del círculo vicioso son otros de los derroteros que expone la película. Sin embargo, a Elvis le resulta imposible salir ileso de esa marca de su identidad, un estigma que lo acompaña, y encuentra como modo de vida el trabajo de chofer en un club dedicado a la prostitución.

Un posible resorte para hacerlo pudiera ser el hecho de que el esposo de la atractiva Yuli es el dueño del negocio y eso le permite de alguna manera estar cerca de ella. Aunque su principal propósito es reunir el dinero suficiente para montarse en una lancha y salir de Cuba.

Cartel internacional de la película dirigida por el español Carlos Larrazabal, con participación en el guión del cineasta de Caballos (2015), el cubano Fabián Suarez (Tomada de Cubacine).

La amistad y el amor: dos verdades

En Malecón sobresalen dos aspectos que resultan bien logrados a nivel narrativo: el poder de la amistad y el amor verdadero. Desde el inicio del filme se muestran las situaciones que afrontaban juntos los tres adolescentes (Elvis, Yuli y Martín) y el lazo de apego que se sella entre ellos y los mantiene unidos en la vida.

La relación entre los tres se sostendrá en el tiempo, más allá de los rumbos distintos de cada uno de ellos y de que se hayan convertido en un ex convicto, un chico de compañía para hombres y una mujer de porcelana para un elegante proxeneta.

Aunque en algunos momentos surjan reclamos, aflora siempre el deseo de protegerse entre ellos del mal; entiéndase este como el turbio ambiente de la calle, el negocio, los bares, que los rodea y les hace caminar sobre filo de cuchillas todo el tiempo, sabiendo que se juegan la vida en ello.

Elvis y Yuli expresan deseos de una vida mejor, otra a la que tenían derecho, pero nunca supieron cómo podría habría sido. A ambos les tocó llevar el odio, la frustración y el amor imposible entre ambos como otra carga sobre sus hombros, dejando que su contexto los lleve de la mano hacia el peligro.

El amor de Elvis (César Domínguez) y Yuli (Camila Rodhe) es un rayo de luz en medio del sombrío ambiente que rodea a la pareja protagónica (Tomada de Cubacine).

Emigración: ¿la salida?

Un amplio número de obras del cine cubano han abordado el tema migratorio con distintas perspectivas. Desde las separaciones amorosas, familiares, profesionales, hasta las salidas ilegales y las profundas huellas de ese suceso en el interior de una sociedad que alberga el sufrimiento de perder a sus hijos. Todo ello ha quedado reflejado en el cine nuestro.

Un fenómeno tan complejo, pero tan real y doloroso, que no deja de estar presente en nuestra cinematografía nacional, empeñada en revelar los conflictos de la época. Malecón toma esa matriz para enfrentar a Elvis ante su propio destino: tiene dos posibilidades: quedarse y asumir para siempre sus errores o lanzarse a una aventura ante lo desconocido.

La encrucijada en la que se encuentra, sus deseos de juntar el dinero suficiente para el viaje y montarse, por fin, en una lancha, toman un giro inusitado cuando el protagonista decide dejarla ir y quedarse en la orilla viendo cómo se desvanece una esperanza de bienestar.

El filme no juzga al personaje. Lo muestra seguro en su decisión de permanecer en su lugar de nacimiento, más allá de que lo desborden las circunstancias sociales y económicas. Afronta Elvis el reto de reinventarse y sostener para el futuro la capacidad de redimirse de su pasado y pasar por encima de los errores.

La ciudad y el mar

Volviendo con las generalidades, la ciudad y el mar ocupan una parte considerable en el imaginario del cine cubano. En una isla, esa proximidad de lo humano y las aguas, que son frontera, y a la vez posibilidad de un olvido, de otra realidad, de una separación, tiene una carga demasiada tentadora como para ser eludida por la cinematografía nacional.

Que la cinta de Larrazabal, español pero formado como cineasta en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, haya escogido como título precisamente Malecón, nos habla de ese lugar donde se condensan los sueños, donde el mar marca un límite y también azuza el deseo de traspasar esa frontera. El malecón es también lugar de encuentros y rincón de soledad, de echar promesas a las deidades e invocar por el bienestar, la paz, el amor.

El muro del Malecón simboliza ese espacio transitorio entre mar y tierra, entre verdad y sueño, entre realidad y deseo. La solución arquitectónica diseñada para proteger a la ciudad de un mar que se enfrenta constantemente a ella, es el lugar más imaginado del cine. Más allá de su imagen en formato de postal turística, esa armazón condensa las huellas del tiempo, los olvidos, los amores, las despedidas y las promesas.

La condición de insularidad no deja de manifestarse en el cine cubano como otra marca de identidad. Dónde comienza la ciudad y acaba el mar, o viceversa, tiene lugar el encuentro, la vida, la realidad que se expresa ferozmente sobre nosotros, para que siempre carguemos con ese sabor a salitre en los labios.

Al final, Elvis puede ser cualquiera de nosotros, ¿o acaso todos somos Elvis? (2026)

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