Veo cambios bajo el sol

La vida cambia en Cuba con medidas de índole económica y social y alcance político, que implicarán forzosamente hasta una reforma de la Constitución.

Jorge Luis Baños - IPS

Soplan otros aires en Cuba

La nueva ley migratoria es apenas el suceso más reciente en la ruta de cambios profundos emprendida por Cuba. Para la mayoría de los cubanos, las novedades no pasan inadvertidas, aunque generan reacciones disímiles: unos sacan cuentas en pesos tradicionales o en pesos convertibles para reconstruir proyectos personales, y se lanzan a retar los límites a bordo de una carretilla o de ideas más osadas; otros solo intentan, como primer paso, apuntalar sus esperanzas mientras otean pasivamente el horizonte; y los terceros dudan de la intención de las medidas y del beneficio que podrían cosechar.

No faltan también quienes desconocen, niegan o no perciben las transformaciones que asoman en el escenario insular. Sus miras y discernimiento permanecen atrapados en viejos avatares y estrecheces del comercio, y hasta se emocionan en una cola para comprar frazadas de piso.

Pero la vida cambia, por más que no lo vean. Aunque a un ritmo que siento lento, la llamada actualización del modelo económico cubano apunta hacia metas que creo tentadoras. Es una reforma que trasciende a la economía y alcanza, incluso, a ámbitos sociales históricamente comprometidos.

Cuando el gobierno destapó hace unos días la muy anunciada renovación de la Ley de Migración, con reglas más flexibles para salir del país, puso sobre el tapete uno de los asuntos más peliagudos en el transitar político, social y económico del país: la posibilidad de normalizar las relaciones entre Cuba y su emigración. Pero no será fácil por constituir uno de los objetivos más bombardeados por Estados Unidos desde que decidió, por sus santos arbitrios, que no quería revoluciones en el Caribe.

El robo abierto de cerebros ha sido una de las estrategias estadounidenses contra la economía cubana desde que los revolucionarios tomaron el poder. Washington renueva esa carta cada vez que encuentra otro filón para dañar uno de los recursos más tesoneramente desarrollados por Cuba: el capital humano.

En 2006, Estados Unidos inició un programa de visas especiales para profesionales cubanos de la salud, mediante el cual ha atraído a cientos de médicos, según estimados de medios de prensa. Intenta sabotear así la solidaridad de Cuba con el exterior y una de las actividades que mayor fortuna le aporta a la nación antillana: la exportación de servicios profesionales (médicos, ingenieros, maestros, entrenadores y otros).

De acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), unos 8.000 millones de dólares recibe la isla por ese concepto cada año.

Otros cambios tuvieron menos connotación política que la Ley de Migración -y dudosa trascendencia económica hasta el momento-, pero han revuelto la percepción diaria de los cubanos. Es el caso de la liberación de la compra-venta de autos y de viviendas a partir del octubre y noviembre del 2011, respectivamente. Pocos en la isla disponen de los fondos necesarios para operar en esos mercados, pero la medida removió y debe dinamizar un sector vital para cualquier sociedad y economía, el inmobiliario.

Efectos diferentes tuvo hace cuatro años la autorización a los hoteles de turismo para alojar también a cubanos. En ese momento, parecía que el acceso seguiría monopolizado por los extranjeros, a juzgar por la estrechez de ingresos personales en la isla. Pero la vida dio una sorpresa. La playa más famosa y concurrida de Cuba, Varadero, ha reportado aumentos notorios de huéspedes nacionales; reportes de la industria turística indican que los cubanos se han convertido en el segmento más numeroso en los meses de verano, después de Canadá, primer mercado emisor de visitantes.

No solo veo cambios bajo el sol de Varadero. Con impacto también sobre la imagen cotidiana en este archipiélago, el gobierno amplió la entrada al trabajo por cuenta propia a partir de noviembre del 2010. Esa alternativa de empleo conquistó aplausos y seguidores, pero modificó, a veces de manera inquietante, los escenarios urbanos, con la aparición de nuevos mercados, áreas de vendedores y servicios a la población.

Al inundar los portales habaneros, las huestes de buhoneros o merolicos han transfigurado el rostro citadino y el comercio minorista. A la par, probablemente han acelerado la velocidad de circulación del dinero en la economía cubana.

A la expansión del autoempleo le siguieron otros pasos no menos importantes para flexibilizar la política crediticia y los vínculos contractuales de los cuentapropistas con bancos, empresas y Estado.

El gobierno autorizó, además, la contratación de empleados por parte de esos cuentapropistas. De facto, abrió las puertas a las pequeñas empresas privadas, una evidencia de nuevas maneras de entender el modelo económico y el socialismo cubano.

Vinculado con los pasos anteriores, las autoridades han impulsado el arrendamiento de locales a trabajadores privados y la expansión de otras formas de gestión no estatal. En septiembre pasado aprobaron un paquete de medidas para dar vigor y autonomía real a las cooperativas existentes en el mundo rural, mientras cocinan la introducción de esa forma de propiedad en la economía no agropecuaria, quizás antes de que concluya el actual año.

En unos casos con más ruido que en otros, el gobierno ha emprendido transformaciones de precios y políticas en el sector agropecuario primero, y luego ha iniciado una marcha más espinosa y polémica para saldar, mediante el reordenamiento laboral, el viejo dilema del exceso de personal o plantillas infladas en empresas y otras entidades estatales.

Para ordenar toda esa actividad, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó, en julio pasado, una nueva Ley Tributaria. Aunque aún no la ha publicado, el dictamen parlamentario dejó claro el propósito de establecer con ella “un modo de funcionamiento de la economía más apoyado en principios generales de derechos y de regulación económica que en disposiciones administrativas”.

De cumplirse, esa norma soportaría una de las mutaciones más radicales previstas por los Lineamientos de la Política Económica aprobados el año pasado por el VI Congreso del Partido Comunista: la sustitución de la actual dirección centralizada, vertical, burocrática y rígida, por una conducción descentralizada, más flexible, participativa y responsable.

¿Suficientes los cambios implementados ya? ¿Muchos? Por supuesto, no. Quedan más deudas y desafíos pendientes que camino andado.

La menguada capacidad de consumo que sostiene el salario medio se suma a uno de los dilemas que más consenso motiva si de condenarlo se trata, pero menos uniformidad y claridad concita a la hora de elucubrar soluciones, la dualidad monetaria. También aguarda por una reforma profunda el sistema empresarial estatal, soporte esencial de la economía insular.

Los cambios ya iniciados demandaron importantes acciones legislativas. En esa línea, la nueva redacción será necesario llevarla hasta la Carta Magna de la nación, para responder a reglas que aparecen, se ensayan o se anuncian en materias fundamentales para la traza política de cualquier sociedad: la propiedad, el trabajo y la organización del Estado, entre otras. La actual Constitución, por ejemplo, formula las cooperativas solo para la actividad agropecuaria.

No por gusto, una reforma constitucional suele ser expresión de vastas transformaciones sociales y políticas. Definitivamente, soplan otros aires en Cuba, por más que no levanten polvaredas grandes todavía, ni sacudan follajes con agresividad mayor, ni conmuevan por igual a todos los olfatos. (2012)

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