La próxima coartada

Artículo del Premio Nacional de Ciencias Sociales en una de nuestras publicaciones de 2007.

Si las líneas que siguen resultan de alguna manera tormentosas, no me voy a excusar por ello. Asumo el riesgo de que se me juzgue superficial por no contar con suficientes datos demostrativos, o paranoico por la dimensión trágica de las concatenaciones que pueda armar; o incluso que se me acuse de provocador por dar crédito a la factibilidad de que se repita en un plazo breve otra catástrofe significativa. Siempre habrá ocasión para la ingenuidad del que no quiere ver y crea que estos escenarios no han sido manejados de sobra ya por quienes tienen el poder, el hábito y el interés de valerse de ellos.

Hace demasiado poco tiempo para olvidar que el concepto demonizado por la ideología occidental fue, a lo largo del siglo XX, el de “comunismo”. El mundo comunista definía para occidente un eje del mal, aunque aún no se le hubiera bautizado así. Hasta el papa Pío XII desestimó, muy avanzado ya el holocausto y el conflicto mundial, la condena explícita al nazismo, al amparo del pretexto de que el comunismo era el verdadero peligro, el mal mayor. La desintegración del sistema soviético acabó, entre muchas cosas, con el pretexto del comunismo.

Se concentró en Estados Unidos, desde aquel infausto episodio, un extraordinario poder. Washington quedó igualmente ante una excepcional disyuntiva histórica. La de escoger cómo conducir al mundo: ¿a la destrucción o a la salvación? Asumir con responsabilidad el excepcional liderazgo que la coyuntura había colocado en sus manos, camino que aún muchos autores proclaman como opción, hipotéticamente viable. Me cuento entre los pesimistas, aunque reconozco que las fuerzas productivas allí concentradas le asignan un papel imposible de competir. No hay cómo ignorar que una corrección en el curso de la sensatez política haría ese liderazgo inevitable.

Pero los imperios implementan siempre una ética de justificación para sus actos. No lo atribuyo a un fatum, sino a la esencia misma de la conciencia social del imperio, que se nos revela a lo largo de toda la historia. Es la misma que informa los argumentos de Ginés de Sepúlveda frente a Bartolomé de las Casas, en la justificación de la esclavitud y la masacre colonial hace medio milenio. La que siempre atribuye un sentido “civilizatorio” a la violencia del orden imperial. ¿Cómo esto podría ser cambiado?

La primera muestra de impunidad del imperio, después de la demolición del Muro de Berlín en octubre de 1989, fue la invasión a Panamá, con un saldo de unas 3.000 muertes en la población civil (estaban “en el lugar equivocado, en el momento equivocado”, se dijo), con el sólo propósito de capturar y secuestrar al jefe de gobierno, general Manuel Noriega, bajo cargos de narcotráfico. Un acto inconfundible de terror. Y ni siquiera había llegado la era de Bush Jr. Si enriqueció Noriega a costa del narcotráfico, no creo que haya sido la verdadera causa; muchos se han enriquecido así y siguen enriqueciéndose con impunidad. Pero se trataba del sucesor del general Omar Torrijos, que había logrado que el canal volviera a manos del Estado panameño, y allí hacían falta gobernantes más dóciles. Torrijos no lo fue, y pereció en un accidente de aviación nunca esclarecido satisfactoriamente. La operación posterior contra el general narcotraficante se revela, en el fondo, como una acción con el claro propósito de desacreditar al régimen y recuperar influencia sobre el istmo. La recuperaron de mala manera.

El imperio tenía, después del derrumbe del Este, que recodificar el eje del mal, y ahora la situación no tenía una realidad pura y dura de la cual partir: necesitaba un artificio ideológico. Necesitaba un concepto para demonizar y una coartada para sus nuevos códigos.

De este modo, urgidos de un nuevo fantasma para restablecer la regla de dominar por el miedo, ninguno mejor que la lucha contra el “terrorismo”, y ese paso no se hubiera podido dar sin que el terror se mostrara como un escandaloso peligro. Los artífices del terror determinarían la definición de los terroristas. Mejor argumento que el que le precedió, el del comunismo, porque no hay legitimación ética plausible para el terror. Sin embargo, había que dar una nueva connotación al terror. No sería el neonazi dentro del propio Estados Unidos, ni el del racismo del Ku Klux Klan y de sus sucedáneos; no el de los actores solitarios, fanáticos o mercenarios, como el venezolano Iván Ilich (el legendario Carlos), o los atentados domésticos, como los de “Unabomb”; no el de la organización Rifle y otros grupos que aplican por su cuenta el terror contra el terror. Mucho menos el de quienes han aplicado el terror al servicio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, como es el caso de Luis Posada Carriles, que se pasea impunemente a pesar de las pruebas que obran en su contra. Menos aún, el terror de quienes mataron a 3000 civiles en Panamá.

Es probable que John Wilkes Booth, aquel actor de 26 años que asesinó al presidente Abraham Lincoln, en 1865, haya escenificado un acto riguroso y solitario de fanatismo político, pero el asesinato del presidente John F. Kennedy, un siglo después, está probado que respondió a una minuciosa operación de ingeniería terrorista al amparo de intereses económicos y manipulaciones politiqueras. Ninguno de ellos admite paliativos jurídicos   ni justificación ética; existe, sin embargo, entre uno y otro atentado, un espacio histórico que introduce complejidades cualitativas en la aplicación del terror. Mario Puzo ganó su fama en la pasada década del sesenta novelando los circuitos de la lógica política en las estrategias de la mafia. Cuatro décadas después, nos enfrentamos a la introducción de la lógica mafiosa en las estrategias políticas.

Para el discurso en la cúpula del imperio, el terror se definirá a partir de ahora como algo que viene de fuera: del mundo islámico en primer lugar. Y que los crecientes circuitos migratorios lo   pueden insuflar, como un virus letal, en aquel tranquilo y próspero país, saturado de libertad. No solamente han de llegar desde el Islam: eventualmente nadie está a salvo de ser acusado, si cae dentro de los parámetros del clasificador, del “eje del mal”.

La coartada de despegue para una cruzada sólo podía salir de un atentado, el más escalofriante posible para una opinión pública susceptible a todo cuanto amenace su seguridad. Una catástrofe capaz de señalar sin equívocos el nuevo peligro, que permita establecer las nuevas reglas del juego desde el centro del poder mundial. Centro también del terror para el mundo de los oprimidos, para las dos terceras partes de la humanidad. Para las víctimas del hambre crónica, de la inseguridad y el desamparo.

No voy a gastar muchas palabras en lo que los cubanos conocimos a través de la voladura del acorazado Maine, en la bahía habanera, hace más de un siglo, cuyos autores directos nunca fueron identificados. Aunque la combinación de las brumas en que quedaron las causas del estallido y la dimensión de la revancha -que la historiografía “occidental” registra como la guerra hispanoamericana- dejan pocas dudas de la autoagresión como coartada. Hoy se revela como un antecedente inconfundible. Y como una prueba de la construcción de una eticidad de la ofensa dentro del sistema.

Un siglo después, el escándalo terrorista del 11 de septiembre de 2001 vuelve a levantar las mismas sospechas. La administración estadounidense ha reconocido que tenía informaciones de que algo se fraguaba y, sin embargo, no fue capaz de interceptar los vuelos “suicidas”; identificó enseguida, pocas horas después del atentado terrorista, a los presuntos culpables, pero casi seis años más tarde Osama Bin Laden se mantiene incapturable, como una amenaza que contribuiría a justificar el escalamiento de la cruzada de   represalia. Se ignora cómo es posible que, en la nómina de las víctimas que perecieron en las torres gemelas del World Trade Center , no aparezcan los nombres de   ejecutivos importantes de las transnacionales que tenían allí sus oficinas. Se ha argumentado igualmente que el desplome total de esos colosos arquitectónicos tendría que haberse provocado por una implosión y no se puede explicar por el impacto de un avión. Las incongruencias son muchas más, pero no creo necesario detenerme aquí en el recuento.

En Beirut me mostraron los edificios que habían sido arrasados por las bombas de los israelíes el año pasado, que fueron a impactar con inaudita precisión en blancos seleccionados dentro del bosque urbano. Me comentaban de dispositivos magnéticos,   colocados secretamente por agentes de Israel al interior de los inmuebles, para asegurar la dirección de los proyectiles. Mi dominio técnico para sumarme a esta afirmación es nulo, pero el sentido común me la hace aceptable. Tel Aviv ha dado sobradas muestras de irradiar el terror, en   sus acciones agresivas hacia el mundo árabe, con la misma saña con que lo hicieran los nazis con el pueblo hebreo.

El desolador paisaje de terror de Nueva York, abatida por el pánico, se convirtió en el punto de referencia de la escalada de Washington para invadir, primero, a Afganistán y después a Iraq, iniciando así una nueva etapa en la política de agresión militar del imperialismo. Y añadiendo a la nómina decenas de muertos civiles. El peligro del comunismo soviético no sólo había dejado de ser argumento de riposta, sino que tampoco estaba ya presente como factor disuasivo. Mientras las tensiones dominantes fueron “bipolares”, se usaron para enervar la retórica, pero también para contener las acciones: “disuasión”, le llamábamos, palabra casi en desuso ya, porque perdió su referente real. Después del desastre de las torres gemelas, Estados Unidos dejó de tomar en cuenta las opiniones de sus aliados y pasó por alto -pasará ya siempre que se le antoje- al hasta entonces sacrosanto Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Después de las torres, tipificaron al “eje del mal” con los Estados más incómodos para su política imperial y proclamaron su disposición de intervenir militarmente en, al menos, sesenta “oscuros rincones” del planeta y, sobre este presupuesto, montaron la ideología de un nuevo fundamentalismo: el de la cruzada contra los terroristas del mundo, los que Washington decida, repito sin cansarme, clasificar así ahora, según sus códigos.

Llamativamente, Cuba ha estado en la agenda del imperio al principio y al final de este recorrido: dilemas de la geopolítica. Primero, un siglo atrás, como víctima de una independencia duramente luchada y usurpada por la intervención militar. Ahora, acusada del imperio como el puerto occidental del “eje del mal”, por el pecado de seguir defendiendo su independencia. Este es hoy el panorama, donde se mantiene siempre latente, a ultranza, una amenaza de intervención. ¿No se le puede llamar “terror”?

Pero la historia no transita por caminos lineales. En el Oriente Medio, la resistencia iraquí, sin recursos logísticos y sin mucha organización ni liderazgo visible, impide que la ocupación y la implantación de un gobierno títere se estabilicen. Prácticamente a fuerza de coraje y voluntad. Este hecho también empieza a encontrar resonancia en la revitalización de una resistencia afgana. A esta resistencia el imperio la llama, por supuesto, “terror”. No lo hace por ignorancia, sino que es esa su definición, parte esencial de su estrategia. La decisión de continuar la escalada invasora sobre Irán se ha visto contenida, al menos con intermitencia, por la amenaza de un mayor descalabro estadounidense en el área, y esta contención prefigura el fracaso rotundo del propósito de consumar la usurpación total del petróleo de la región, en beneficio de las poderosas transnacionales, y de la concentración del dominio de Estados Unidos sobre las fuentes energéticas mundiales.

Al mismo tiempo, en la geografía latinoamericana, el modelo neoliberal muestra síntomas de agotamiento. La proyección de independencia política y económica, el cambio de diseño de la sociedad adoptada por Venezuela y, tras la marea bolivariana, el giro que los pueblos del continente comienzan a darle a la correlación que subordina a los Estados de nuestra América al dictado de Washington, introducen una dimensión occidental en el síndrome del fracaso. La imposibilidad de implantar el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) y la precariedad de los tratados bilaterales de libre comercio, más el fortalecimiento de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), como propuesta alternativa e independiente de integración económica y supraeconómica, marcan una alteración sin precedente en las tendencias que han prevalecido en el subcontinente. Por el momento se trata sólo de otro despegue: es el nuestro, el despegue de Nuestra América. No hay espacio para triunfalismos, sólo para lucidez y coherencia. Es un camino difícil y de ningún modo trillado. Se trata, además, del territorio donde las reglas de la dominación imperial parecían menos vulnerables, y la situación creada debe contrariar fuertemente a la cúpula del imperio.

El primero, el Medio Oriente, constituye hoy día el teatro de operaciones militares de intervención, como sabemos. El segundo, el latinoamericano, se encuentra cada vez más ante los signos de la intención de apertura de un segundo frente de la agresión imperialista, de no producirse a tiempo un giro que haga bascular la situación en sentido contrario. Los arreglos para la instalación de una nueva base militar estadounidense en Colombia, ante el anuncio del presidente Rafael Correa de no renovar el acuerdo sobre la base de Manta, en Ecuador, puede indicar, más que un reemplazo, una ampliación del potencial de intervención en la subregión, sugerentemente cercano a la frontera venezolana.

El síndrome del fracaso en la política latinoamericana de Washington y la política hacia los países del Tercer Mundo en general, requeriría del rechazo de la opinión pública estadounidense. Cierto disenso se hace manifiesto en lo limitado del respaldo en las encuestas, y el hecho es que este disenso comienza a crecer en el Congreso y en otras esferas de influencia. Los jerarcas del terror tratarían, por la peor de las vertientes, de evitar de alguna manera que este descrédito avance.

Por tal motivo, es difícil también que no estén ya en curso los estudios de escenarios para propiciar una nueva catástrofe de terror, con vistas a alimentar ese espíritu “justiciero” forjado desde la sangrienta conquista del Oeste, la cual arrasó prácticamente con la población autóctona en Estados Unidos. Ese espíritu que intenta encubrir la violencia del invasor -violencia terrorista- con el ropaje de una supuesta misión civilizatoria.

Creo que esto es lo menos que se podría decir como antecedente, antes de preguntar: ¿qué toca ahora? Bush querrá emplear los cien mil millones de dólares que a duras penas logró sacarle al Congreso, para rebasar los 200.000 efectivos en Iraq, cifra que los “expertos” del Pentágono habían calculado hace mucho que tendría que movilizar para hacer frente a sus propósitos allí. No sólo los tiene que armar muy bien; también los tendrá que pagar muy bien. Pero tampoco debe ignorar que este dinerito se puede   convertir en su última oportunidad. Sin anular la acción de la resistencia iraquí, parece imposible continuar más allá con sus planes de usurpación en el Medio Oriente.

Es dudoso que no haya pasado por su cabeza, o por las que piensan con él o por él, dadas al fanatismo y a las soluciones drásticas e inescrupulosas, que necesitaría ahora otras torres como en 2001 para dar un nuevo aliento a su cruzada ¿Contaría con la credibilidad necesaria para culpar a alguien de una nueva autoagresión de esas dimensiones, tan cercana a la anterior en el tiempo? ¿Los muertos, los tendría que poner otra vez la población inocente de su   país o sería igual, o mejor, si los   pone otro? Dentro de esa lógica, que tampoco Bush Jr. ha inaugurado en la historia de Estados Unidos, una nueva desgracia atribuible a la mano del terror serviría, ahora, en el corto plazo, tal vez el de este mismo verano, para apuntalar la escalada invasora.

Así debieron haberlo pensado y evaluado, él y algunos de sus colaboradores cercanos, a principios de 2001. Y, después de todo, si lo hicieron, tenían razón. No habrían podido llegar adonde han llegado en el sometimiento del Medio Oriente, ni en la sumisión de sus aliados, ni en el desprecio al sistema de Naciones Unidas, ni en el despojo petrolero, sin la tragedia del 11 de septiembre. Ni siquiera ahora les habría podido sacar los 100.000 millones al Congreso, si las torres no se hubieran derribado hace seis años ante los ojos atónitos de los newyorkinos… y de miles de cámaras de video, claro está, que llevaron al mundo el asombro despavorido y el dolor.

Las advertencias de atentado en Estados Unidos y en Europa han vuelto a aflorar sospechosamente. Un despacho reciente de la agencia española EFE, desde Abu Dhabi, difunde amenazas de un supuesto colaborador estadounidense de Al Qaeda, supuestamente declarado espía y supuestamente perseguido por las autoridades estadounidenses, en el lenguaje típico de un provocador a sueldo. Lenguaje de odio, cargado de adjetivos, concebido para generar efectos intimidatorios en los estados de ánimo. Entiendo que nada de esto indica que no vaya a suceder, más bien tiende a confirmar las probabilidades y la intencionalidad, “balón de prueba” lo llamaban, y nos obliga a orientar la mirada en busca de los verdaderos autores. No es este, por supuesto, el único ejemplo de vociferación sospechosa.

Definir el blanco para disparar, tendría que ser para los Señores del Terror el paso siguiente. Aunque no lo descartemos, debe hacerse menos probable, por segunda vez en tan corto plazo, dentro de Estados Unidos, pues no habría catástrofe que la Casa Blanca esté en disposición de prohijar, que no conlleve una coartada para restañar la herida que pueda infligir a la sensibilidad popular. Tampoco debiera ocurrir, es obvio, en uno de los “oscuros lugares del mundo”, porque estos están en rigor definidos, claramente, como los escenarios de represalia. Además, si se va a cuadricular el blanco fuera del territorio de Estados Unidos, tendría que ser un espacio no percibido como adverso y que, de una u otra manera, toque a los intereses (los elitistas) y a la sensibilidad (la popular) de sus conciudadanos. No hago una distinción retórica: las elites carecen de sensibilidad y los intereses de la población son irrelevantes en la definición de la alta política del imperio. Parece diabólico, pero estos son los resortes que realmente se mueven en la sombra: lo que no se ve.

El ejercicio que sigue corre el riesgo de devenir adivinación, y no sería lo mejor, por dos razones. La primera porque adivinar es siempre, en alguna medida, un acto superficial: deja demasiado al azar. La segunda, porque no nos toca pulsar la onda del terror. Nos toca, a quienes no lo queremos, no lo practicamos y resultamos, a la larga, sus verdaderas víctimas, socializar la alerta, denunciar sospechas, tomar precauciones.

Lo cierto es que, en rigor, el escenario elegido puede estar en cualquier lugar, incluido el propio Estados Unidos, por objetable que se presente esta probabilidad. No hay que olvidar que fue el centro de Nueva York, en 2001, y en esa elección de locaciones los “ingenieros del terror” habrán de tomar en cuenta también la relación costos/beneficios. Pero, en esta coyuntura, la inseguridad que generaría una repetición tan rápida podría volverse contraproducente. En fin, aceptemos que únicamente desde el archivo de un think tank del imperio podrían ponderarse estas opciones.

Fuera de Estados Unidos, no queda más remedio que distinguir conjuntos. Para esto servirían diversos criterios. Habría que ejercitar el ingenio y ensayar tipologías. Por el momento, prefiero atenerme al criterio que diferencia entre centro y periferia, a partir del concepto de “desarrollo”. Permítaseme ahora violentar la dicotomía consagrada y diferenciar cuatro categorías: 1) países desarrollados, 2) países en vías de desarrollo, 3) países sin desarrollo, y 4) países que el imperio no está dispuesto a permitir que se desarrollen. Aclaro que no es una definición incidental, sino que se sostiene en la división internacional del trabajo y las modalidades de la explotación dentro del orden impuesto por el capital transnacional, y la explico en detalle en un trabajo más extenso, en preparación en este momento.

Al primer grupo estamos habituados a distinguirlo bien: lo forman los miembros del G7, más el resto mayoritario de la Europa que llamábamos occidental. No digo G8 porque la inclusión de Rusia, que mantiene un estatus de potencia política, militar, demográfica y territorial, disminuida en lo económico a una condición subalterna, se manifiesta a veces como contendiente más que como aliado. Las fronteras del segundo grupo se hacen difíciles de distinguir con el primero porque aluden a países cuyas economías han logrado atravesar la actual división   internacional del trabajo y, al propio tiempo, mantienen rasgos estructurales y de dependencia propios del subdesarrollo. Para no extendernos aquí sin necesidad, lo que quiero decir es que, por ejemplo, la elección de un escenario de autoagresión, desde la cúpula del imperio, un “blanco” de la costa del Pacífico Occidental, pudiera incluir objetivos industriales, o nudos de transporte, o puertos relevantes, o rascacielos (otra vez, no es imposible), en Tokio, Hong Kong o Kuala Lumpur.

En el escenario europeo, Holanda arriesgaría, en un hipotético atentado, perder bajo el mar parte de los territorios que le ganó. París exhibe un esplendor tal que la destrucción de cualquiera de sus monumentos históricos ocasionaría un escándalo. Roma atesora reliquias incomparables de los tiempos imperiales y arruinar las ruinas que allí se conservan sería criminal. ¿No ha sido criminal también arrasar con los tesoros de Bagdad, como han hecho las tropas estadounidenses y sus cómplices en los últimos años? No obstante, el complejo y diverso escenario europeo me inclina a pensar en blancos más obvios al ingeniar una segunda provocación desde la cúpula del imperio, si tienen algún valor las consideraciones generales expuestas arriba.

La visita de Bush a Bulgaria y Albania, y su anunciada intención de apoyar la segregación de Kosovo como república independiente, es una maniobra clara que podría   aislar a Moscú del concierto europeo. Creo que también convierte a estos países, ahora bien amados, en el escenario posible de la coartada. Desde el conflicto servio-kosovar de 1999, en el cual la intervención estadounidense se impuso, manejando de manera inconsulta a sus aliados europeos -como a repúblicas bananeras, dije en aquella ocasión y repetiré siempre-,   este diferendo, inicialmente local, cobró un sentido emblemático para abrirse un enclave militar en el corazón de Europa del Este. Desde entonces se convirtió en un país intervenido por las tropas de la OTAN (Tratado del Atlántico Norte). Una catástrofe terrorista en esas latitudes, otrora sujetas a la rectoría de Moscú, podría proveer muy bien la coartada. Un supuesto castigo por el afecto y la simpatía que allí le han mostrado al jefe del imperio, en sentido opuesto a lo que le sucede en cada viaje a la América Latina.

Lo cierto es que estos países vivieron dentro de esquemas tan impositivos y represivos, tan aislados y distantes de la realidad más allá de las fronteras del Este, que los patrones de discernimiento político pudieron ser intensamente trabajados por occidente. Así nada más se explica su extraviada reacción ante el paso del más desacreditado de los presidentes estadounidenses de los últimos tiempos, y autócrata del verdadero eje del mal: el que se extiende desde la Casa Blanca hasta el Fondo Monetario Internacional.

Otros posibles blancos lo ofrecerían Suez, y sobre todo Panamá, donde la interrupción del paso por el canal provocaría más lesiones al comercio mundial que pérdidas humanas, por lo que el atentado, en una segunda edición, podría dirigirse allí. Les pido tomar en cuenta que me he limitado a seguir la lógica de quienes buscarían coartadas para sus cruzadas militares billonarias.

A quien le resulte fantasiosa mi especulación, le puedo recordar que el nivel de terrorismo, a escala mundial, que supone la negativa a comprometerse con el Protocolo de Kyoto, vista en el largo plazo, no tiene comparación posible. Tampoco la tiene el proceso creciente de deforestación de la Amazonía.

Los que llamo, en esta clasificación, países sin desarrollo, son aquellos cuyo destino económico es ajeno a los intereses imperiales. Sus dinámicas productivas difícilmente les permiten afrontar las necesidades de la subsistencia. También sufren el terror sistemático de los efectos de elevados índices de pobreza, de la desertificación, de las pandemias y las hambrunas, de las catástrofes naturales. Están fuera del mapa de las preocupaciones del imperio: condenados al terror por desamparo, pudiéramos decir. En general, estos países se me presentan como escenarios poco elegibles para un atentado terrorista, porque viven bajo un régimen de atentado permanente. Además, y perdónenme si resulta un poco cínico, porque la opinión pública estadounidense ha sido deformada demasiado como para sensibilizarse con lo que sucede en esta zona del mundo.

Finalmente, los que el imperio no está dispuesto a permitir que se desarrollen, estén en el “eje del mal” o en la cola para entrar, constituyen escenarios de invasión o de algún tipo de acción agresiva posible, el objetivo de la nueva cruzada, el paso que seguiría a   la coartada. Si un émulo de Bin Laden decidiera mañana atentar contra alguno de estos objetivos, recibiría reconocimientos, coberturas y apoyos del imperio análogos a los recibidos hoy por Posada Carriles.

Quizás me equivoque, sería incluso lo mejor, pero es el panorama que veo y que no me gustaría que quede en la vaguedad del enunciado ante los ojos del lector. Por tal motivo, voy a terminar estas líneas arriesgándome a cerrar la especulación con una apreciación más precisa. No porque cuente con criterio alguno para atribuirle rango de probabilidad, ya dije que para eso habría que evaluarlo desde un think tank, desde Washington, y de ningún modo desde mi biblioteca en La Habana.

Me voy a detener en Panamá–canal. Sin duda, porque creo verlo más de cerca que otros entornos. Y también porque conforma un triángulo geográfico (¿geoestratégico?) con Colombia y Venezuela. Con el principal blanco de una estrategia agresiva en la región y con la base desde la cual se podría desencadenar.

La primera vez que realicé un tránsito por el aeropuerto de las Américas (eso que tiene que hacer hoy casi todo viajero para desplazarse de un país a otro de nuestro continente), conté desde el aire una treintena de barcos a la espera de cruzar el Canal. Confieso que me resultó un espectáculo impresionante. No me había detenido a meditar, hasta entonces, que por esas esclusas pasa día a día cinco por ciento del comercio mundial, tal vez más.

La devolución del canal al Estado panameño fue concertada por Omar Torrijos en acuerdos firmados con James Carter, en 1977, y ejecutada en 1999, fecha a partir de la cual la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), entidad estatal creada ad hoc dos años antes, administra su propiedad y funcionamiento.

El tránsito de mercancías se elevó en 2006 en 23 por ciento en relación con 2005, lo que refleja, sobre todo, el incremento de las exportaciones chinas destinadas a los puertos de la costa oriental de Estados Unidos y, en menor medida, a la América Latina. En 2006 atravesaron el Canal 211 millones 672.000 toneladas de mercancías (casi 580.000 toneladas diarias). La construcción de una nueva vía, que debe estar en funcionamiento entre 2014 y 2015, permitiría el paso de supercargueros de contenedores de un mayor calado, generado principalmente por el comercio con China. El 51 por ciento del comercio que transita por el canal es el de Estados Unidos, incluido el interno entre costa y costa. Los cinco países que presentaron en 2006 mayor tonelaje de mercancías, en cruce por el canal, fueron, en ese orden, Estados Unidos, la República Popular China, Japón, Chile y Corea del Sur. Según mis cálculos, 64,6 por ciento de las mercancías que atraviesan el canal lo forma el intercambio de Estados Unidos con sus aliados comerciales asiáticos.

Si un portacontenedores o una cisterna de petróleo se hundiera dentro de una esclusa (mide 33,5 metros de ancho, por 305 de largo y 26 de profundidad), ¿cuál sería el saldo, visto desde las ventanas de la Oficina Oval ?

Expuesto por pasos, lo primero sería que obstruiría el tránsito por la esclusa durante muchos días, calculables en la medida del daño causado, reduciendo el movimiento de mercancías por el Canal a la mitad, en todo ese tiempo. Afectaría, como consecuencia, el comercio, principalmente el de Estados Unidos con sus socios comerciales asiáticos. El consumidor estadounidense podría afrontar carencias momentáneas en la mercadería suministrada por China, Japón y Corea del Sur. El reto para Bush y compañía sería convencer a las transnacionales que se verían afectadas, de que la relación “costos/beneficios” las favorece. La catástrofe daría lugar a un proceso de reparación mayor y de indemnizaciones en el cual las empresas afectadas agotarían los medios para hacer pagar al gobierno panameño. Proveería a Bush (a su team) de una contundente coartada para recordar a la opinión pública estadounidense que Al Qaeda sigue en pie, y revitalizar el fanatismo de cruzada que estrenó con el derrumbe de las torres (debe de lograr que la inversión de los 100.000 millones que le autorizó el Congreso le rinda al máximo: cuestión de negocios). Esta vez la coartada tendría, además, un importante valor suplementario: la “demostración” de que Panamá carece de medios para garantizar por sí misma un objetivo tan importante para el comercio mundial como la seguridad del canal y, tal vez, ni el Consejo de Seguridad dejaría de sancionar la formación de una fuerza multinacional de ocupación.

Perdóneme el lector si le parezco desatinado y fantasioso, pero simplemente me trato de introducir en la lógica de un quinquenio de desenfreno en la conducción del mundo. Si no se hace así, ¿cómo se podría pronosticar y precaver en nuestros días?

En adición a lo dicho, considérese, como sugerí antes, que ahora no costaría miles de vidas de ciudadanos estadounidenses sino, a lo sumo, de un centenar o dos entre los que tripulen el buque y los pasajeros del avión, que estarían, junto a otros, “en el momento equivocado, en el lugar equivocado”, como se suele decir en Estados Unidos. Y con seguridad ninguna personalidad de las elites, que no suelen equivocarse de lugar y de momento.

Advertí al comienzo que estas serían líneas tormentosas, y la especulación no termina aquí. Recuerdo al lector que, el 26 de abril pasado, la   Autoridad del Canal de Panamá (ACP) informó que el Gobierno de Panamá aprobó el aumento de 10 por ciento anual en las tarifas de peaje, y que esta regulación debe entrar en vigor el primero de julio de este mismo año. Esta proposición se sometió a consulta internacional y, según las informaciones que han llegado a mis manos, tuvo la oposición de los principales usuarios de la vía interoceánica. Tal aumento constituye una reivindicación totalmente legítima del Gobierno de Panamá. Se vincula a la necesidad de hacer frente al elevado costo (estimado en principio en más de 5.000 millones de dólares) de la ampliación de la construcción de una tercera vía -de mayor calado que las otras dos- para permitir el paso de supercargueros de contenedores y despejar el embotellado tráfico de las vías actuales. Si el grueso del tránsito de mercancías corresponde a Estados Unidos, el mayor monto del peaje también. Como igualmente le tocará el mayor beneficio en la ampliación de la ruta interoceánica.

Me veo, al llegar a este punto, en la necesidad de solicitar a quienes hallen cordura en estas apreciaciones, que tampoco las vean con fatalismo. No puedo ni quiero pronosticar el hundimiento de un buque dentro de una esclusa. Seguramente habría otras maneras más discretas de inutilizar una esclusa. La cuestión es que, si lo hacen, tendrán que hacerlo de manera escandalosa (“terrorífica”, creo que es la palabra correcta) para que impacte a la opinión pública. Personalmente, ni siquiera me limitaría a sostener que la opción de Washington recaería forzosamente en la obstrucción del canal. La variante de trabar el comercio debe saberle demasiado mal a las transnacionales (sobre todo las beneficiarias del comercio de granos, el de productos químicos y petroquímicos, el de fertilizantes y el de carbón mineral, que son los más abundantes).

Lo cierto es que los ingenieros del terror en Washington deben tener mucho trabajo en estos días. Evidentemente, no para prevenirlo, como pretenden ante la opinión pública, sino para utilizarlo.

Me detengo aquí, porque creo haber expresado todo lo que, en esencia, quería expresar. Es muy probable que nadie me haga caso, que quienes tengan la paciencia de leer esto encuentren cualquier cantidad de argumentos tranquilizadores que demuestren que eso no puede suceder. O que mis amigos piensen que he decidido comenzar a escribir ficción. Repito que esta es una de esas ocasiones en que me gustaría sinceramente estar equivocado.

CUBA EN LA MIRILLA

Diversos documentos oficiales de Cuba afirman que, desde 1959, grupos creados y dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos realizaron numerosos actos terroristas que han costado valiosas vidas y cuantiosos recursos al país.   A principios de la pasada década del noventa, alentados por el derrumbe del campo socialista, esos grupos   intensificaron sus acciones desde territorio estadounidense   y otras bases de operaciones con base en la región centroamericana.

En una declaración sobre el tema, la Asamblea Nacional del Poder Popular alertó en 2001 que, desde 1990 hasta ese año, las autoridades cubanas tuvieron conocimiento de 16 planes de atentados contra el presidente Fidel Castro y ocho para atentar contra otros dirigentes, además de otros 140 planes terroristas que fueron frustrados, desestimulados u   obstaculizados por el trabajo de los órganos de la Seguridad e Inteligencia cubanos.

El exiliado cubano naturalizado venezolano Luis Posada Carriles,   reclutado por la CIA en la década del sesenta del pasado siglo, organizó   varias de esas conspiraciones contra Castro en la década del noventa.

También es prófugo de la justicia venezolana por su responsabilidad en la   voladura de un avión cubano en 1976, frente a las costas de Barbados, lo que   costó la vida a sus 73 pasajeros.

El hombre entró clandestinamente en Estados Unidos, a principios de 2005. Fue arrestado en mayo de ese año y permaneció encarcelado hasta el 19 de abril de 2007, tras desestimar la jueza estadounidense Kathleen Cardone las pruebas de la fiscalía, que acusaba a Posada Carriles de delitos migratorios.

Para Cuba,   el hecho de que este hombre no sea juzgado por terrorismo significa conceder “patente de corso” para que continúen las actividades   de ese tipo, inclusive dentro de Estados Unidos. En julio de 1990, el   entonces presidente George Bush (padre del actual mandatario estadounidense) liberó a Orlando Bosch, autor principal del atentado en   Barbados.

El gobierno cubano asegura haber entregado suficiente información a Washington sobre actividades en Estados Unidos contra Cuba. Después de   varios intercambios con ese fin, el 16 de junio de 1998 viajó a La Habana una delegación oficial que incluía a dos importantes jefes del Buró Federal de Investigaciones (FBI), a los que se les entregó datos precisos, incluyendo filmaciones, grabaciones y otras pruebas materiales sobre las actividades de 40 terroristas que operan desde territorio estadounidense. (2007)

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