Vivir sin violencia

Mujeres y hombres de todas las edades se unieron para “desmitificar la violencia” en varias comunidades habaneras en el año 2007.

Archivo IPS Cuba

En el barrio habanero de Atarés surgió la iniciativa de crear un grupo de hombres contra la violencia.

Una madre casi se vuelve loca cuando, al regresar a la casa, encontró que su esposo se había llevado a sus hijos. Otra soportó maltratos durante años, perdió todo lo que quería hasta sus propios poemas, y necesitó llegar a extremos inimaginables antes de decir “basta”. Una tercera se refugió en el alcohol y sólo su hijo pudo sacarla.

Siete mujeres “sobrevivientes” de la violencia en el seno del hogar, representantes de diferentes niveles sociales y culturales de la sociedad cubana actual, cuentan su historia en el documental La deseada justicia, una obra de la realizadora Lizette Vila sobre un proyecto del no gubernamental Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero (OAR).

Ellas se han beneficiado de los talleres que, desde hace varios años, organiza el OAR en varias comunidades de Ciudad de La Habana para “desmitificar la violencia”, fomentar “el respeto a las diferencias” y potenciar la autoestima de mujeres que en algún momento han sido o son víctimas de la violencia.

Mujeres y hombres, jóvenes y personas de la tercera edad, y representantes de grupos religiosos, se han sumado al proyecto. Un proceso de sensibilización realizado en el barrio habanero de Atarés desencadenó la iniciativa, sin precedentes en el país, de crear un grupo de hombres contra la violencia. En tanto, el trabajo en El Canal, otro vecindario habanero, implicó, casi como una necesidad, la relación con el mundo abakuá, una sociedad secreta de origen africano.

Pilar-Atarés, Balcón Arimao y El Canal eran, hasta finales del pasado año, las comunidades habaneras beneficiadas por la iniciativa de OAR, conocidas por sus altos grados de vulnerabilidad y concentración de problemas sociales. Las perspectivas incluyen ampliar el trabajo a otros barrios de la ciudad capital y del interior del país que ya han sido identificados y, en algunos casos, cuentan incluso con un diagnóstico de violencia.

En la lista del OAR aparecen, entre otros, los barrios habaneros de Pogolotti, Jesús María, Libertad y La Ceiba. Además del tema de la violencia, el grupo trabaja en la formación de educadores populares, organiza talleres básicos sobre género para organizaciones sociales y tiene como eje transversal de todas sus acciones la participación ciudadana.

Reflexión y solidaridad

“Convivimos con la violencia sin percatarnos que recibimos o la ejercemos porque está muy integrada a nuestra cultura, ya sea por el machismo imperante o sea por la no aceptación de lo diverso”, aseguró a finales del pasado año Gabriel Coderch, coordinador general del OAR, durante la inauguración de un encuentro de diferentes actores de la sociedad civil con el fin de sistematizar experiencias.

El Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero se define a sí mismo como una organización de la sociedad civil cubana, de inspiración cristiana y orientación macroecuménica, sin ánimo de lucro ni proselitismo religioso, integrada por hombres y mujeres de múltiples sectores sociales, que profesan plurales expresiones de fe o variadas concepciones filosóficas.

Surgido en 1985 como un grupo de reflexión sobre el papel del cristianismo en la sociedad, a inicios de la pasada década se planteó la necesidad de empezar a contribuir en el desarrollo de la sociedad cubana, desde su especificidad cristiana, como integrante del Consejo de Iglesias de Cuba y a partir del reconocimiento de la diversidad y el respeto “al otro”.

Desde entonces, “visualizar los tipos de agresiones, las diferentes negligencias, omisiones, las ‘normas’ aprendidas y trasmitidas, el daño moral y físico, entre otros presupuestos, ha sido una constante en el actuar de la organización que tiene entre sus objetivos facilitar la capacitación sobre desafíos socioculturales actuales, en el ámbito comunitario, religioso y civil”, según fuentes de OAR.

Para Coderch, “en las condiciones de multiespacialidad social” en las que vive y desarrolla su trabajo la organización, se convierte en un imperativo “generar cambios de actitudes que sirvan para incrementar el bienestar de la sociedad”. “A primera vista, podría parecer un poco inútil debido a que siempre nos encontramos con aquellos que no tienen necesidad sentida de cambios, sin embargo, cada uno de nosotros ha tenido ricas experiencias y sabemos que sí existe un camino para crear esa cultura de diálogo reflexivo que resulta indispensable para dar atención al tema de la violencia”, añadió.

Las experiencias de Pilar-Atarés, Balcón Arimao y El Canal incluyeron la participación de las comunidades en la creación del grupo gestor y el diseño de la intervención, proceso facilitado porque “el abordaje de la temática era una necesidad sentida por cada comunidad”. Así, cada taller fue diferente porque partió de las necesidades de cada comunidad, identificadas no por un ente externo sino por sus propios integrantes.

“La violencia constituye un problema extremadamente complejo que se da en el medio familiar, donde se ven implicadas falsas percepciones y falta de comunicación entre los miembros, pero que podemos encontrarlo en el laboral, ya sea por intereses o por métodos de dirección y desigual distribución de poder, en el medio de una comunidad de fe cuando se discrimina a la mujer, y lo vivimos en la cotidianidad por esa escala de valores distintas que poseemos”, afirmó.

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