Resiliencia urbana y cambio climático: aprendiendo a convivir con los desastres

Experiencias de la Universidad Central de Las Villas para actuar proactivamente en el logro de la resiliencia urbana.

Jorge Luis Baños

La situación geográfica de Cuba expone al país a la alerta constante frente a huracanes.

El concepto de resiliencia se ha impuesto como vía efectiva para encarar la tendencia creciente de ocurrencia y efectos negativos de los desastres naturales en el medio construido. Por lo general se entiende como la habilidad de un sistema y sus componentes para anticipar, amortiguar, adaptar o recuperarse de los efectos de un desastre mayor, de forma oportuna y eficaz.

Desde una visión más global, es oportuno comprender la  resiliencia como la capacidad que tienen las personas, las comunidades, la organizaciones o los países expuestos a desastres, crisis y vulnerabilidades subyacentes de anticipar, reducir el impacto y afrontar los efectos de la adversidad, para luego recuperarse sin comprometer sus perspectivas a largo plazo.

Su fortalecimiento a partir de todas las capacidades locales constituye el enfoque más avanzado de la gestión de riesgos en el hábitat construido, con el propósito de alcanzar un desarrollo sostenible que permita enfrentar los retos del cambio climático.

Cuba, con su ubicación geográfica en el corredor de paso de huracanes y tormentas tropicales provenientes del océano Atlántico, sufre recurrentemente de severos daños y afectaciones económicas y sociales. En la atención a este problema se presentan dos opciones: gestionar el riesgo a partir de la reducción de vulnerabilidades y la respuesta posterior al impacto natural; o, en su lugar, aplicar un enfoque de resiliencia que permita desarrollar capacidades locales para reducir el desastre en las comunidades y la sociedad en su conjunto.

El Centro de Investigación y Desarrollo de Estructuras y Materiales (CIDEM) de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas desarrolla varias experiencias, con vistas a actuar proactivamente hacia el logro de la resiliencia urbana, como vía para aminorar el impacto de los desastres, sobre todo en el escenario de aumento de los efectos del cambio climático.

El medio construido, y en especial los asentamientos urbanos y las viviendas, han experimentado el impacto más severo de los desastres naturales. A la luz de este incremento de la intensidad y recurrencia de dichas catástrofes, los enfoques clásicos que interrelacionan los conceptos de vulnerabilidad, riesgo y desastre en el medio construido, pueden sintetizarse entre la interacción dialéctica entre lo que podría denominarse el estado de vulnerabilidad y el grado de resiliencia para un contexto dado y bajo un conjunto de circunstancias políticas, económicas y sociales actuantes. Los países en vías de desarrollo constituyen, con mayor frecuencia, un escenario recurrente para estas manifestaciones.

Como señala Mansilla, la ciudad como blanco de desastres y espacio propicio para la generación y agudización del riesgo se ha evidenciado ya bastante en todo el mundo y con especial énfasis en los países subdesarrollados. En un informe mundial elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se establece un claro nexo entre los procesos de desarrollo y las consecuencias de los desastres naturales. Este documento argumenta que, si bien solo 11 por ciento de las personas expuestas a peligros naturales vive en países con un bajo índice de desarrollo humano, ello representa más del 53 por ciento del total de las muertes registradas.

En el informe base para la Conferencia Mundial sobre la Reducción de Desastres, celebrada en 2005 en Hyogo, Japón, se avizora un futuro de creciente amenaza para el desarrollo sostenible de los países en desarrollo, vinculándolo con la persistencia de determinadas condiciones demográficas, tecnológicas y socioeconómicas, a la urbanización sin plan, el desarrollo en zonas de alto riesgo y a otras consecuencias del subdesarrollo.

El concepto de resiliencia se ha impuesto como vía efectiva para encarar la tendencia creciente de ocurrencia y efectos negativos de los desastres naturales en el medio construido. Por lo general se entiende como la habilidad de un sistema y sus componentes para anticipar, amortiguar, adaptar o recuperarse de los efectos de un desastre mayor, de forma oportuna y eficaz; aunque en una visión más global, es oportuno comprenderla como la capacidad que tienen las personas, las comunidades, la organizaciones o los países expuestos a desastres, crisis y vulnerabilidades subyacentes de anticipar, reducir el impacto y afrontar los efectos de la adversidad, para luego recuperarse sin comprometer sus perspectivas a largo plazo.

El fortalecimiento de la resiliencia a partir de todas las capacidades locales constituye el enfoque más avanzado de la gestión de riesgos en el hábitat construido, con el propósito de alcanzar un desarrollo sostenible que permita enfrentar los retos del cambio climático.

Por lo tanto, el fortalecimiento de la resiliencia a partir de todas las capacidades locales constituye el enfoque más avanzado de la gestión de riesgos en el hábitat construido, con el propósito de alcanzar un desarrollo sostenible que permita enfrentar los retos del cambio climático.ç

En la Conferencia Mundial sobre la Reducción de Desastres realizada en Kobe, Hyogo, Japón, se reafirmó el interés de los países en el aumento de la resiliencia ante los desastres y se incluyó explícitamente en el Marco de Acción de Hyogo 2005-2015.

Estas prioridades, además de su enfoque integral sobre el tema de la gestión del riesgo, hacen un llamado de atención a la preferencia que tiene la reducción de los desastres y la importancia que juegan los gobiernos de cada nación en la toma de decisiones y la puesta en marcha de las diferentes estrategias y medidas. Organizaciones internacionales, como la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, han establecido una estrategia a partir de su labor, orientada hacia el logro de la resiliencia, promoviendo la capacidad de las comunidades, organizaciones y países expuestos a desastres, crisis y vulnerabilidades subyacentes para que puedan anticipar, reducir el impacto y afrontar los efectos de la adversidad, para luego recuperarse sin comprometer sus perspectivas a largo plazo (PNUD, 2004).

Maturana ha precisado el concepto de resiliencia en el sentido de la habilidad para anticipar, amortiguar, adaptar o recuperarse de los efectos de un desastre mayor, de forma oportuna y eficaz. Quiere esto decir que una comunidad resiliente está bien posicionada para manejar las amenazas, minimizar sus efectos y recuperarse rápidamente de cualquier impacto negativo. Esto deriva en un estado similar o mejor en comparación con el que se tenía antes de que ocurriera la amenaza. Existen fuertes nexos entre resiliencia y capacidad de adaptación; por consiguiente, la resiliencia también puede variar significativamente entre los distintos grupos de una comunidad.

Los contextos locales desarrollan diferentes políticas invirtiendo en la formación de comunidades resilientes que se adapten a las condiciones que así las definen. Por tanto, se enfocan en la búsqueda de variantes de transformación para reducir las vulnerabilidades y dirigir su desarrollo local hacia la resiliencia que permita construir un hábitat más seguro hacia un desarrollo sostenible.

El desarrollo de tecnologías apropiadas, con un sentido local y participativo, sobre todo a nivel local y de las pequeñas comunidades, figuran en el Decálogo para las Comunidades Resilientes (UNISDR, 2011; 2012) que, a nivel de las Naciones Unidas, se trabaja para extender el enfrentamiento al cambio climático.

En los últimos diez años se han venido realizando investigaciones y aplicaciones a escala local en el Centro de Investigación y Desarrollo de Estructuras y Materiales (CIDEM) de la Universidad Central «Marta Abreu», de Las Villas, en la introducción de tecnologías apropiadas para el desarrollo de la resiliencia local. El presente artículo sintetiza los resultados obtenidos que integran parte de estos estudios y los aplica en el contexto específico del barrio El Martillo, ubicado en una pequeña ciudad cabecera de un municipio rural cubano, pero sus conclusiones tienen un potencial de replicación y adecuación metodológica en otras comunidades.

RESILIENCIA URBANA Y CAMBIO CLIMÁTICO

Los desastres naturales se han duplicado en la década 2000-2009 respecto a la de 1980-1989, con una acentuada tendencia al aumento del promedio anual de los desastres hidrometeorológicos y geológicos (257 en la década de los noventa respecto a 382 en la pasada). El cambio climático tiene una influencia clara en estas tendencias, ya que los desastres debido a huracanes, tifones, tormentas tropicales y otros afines constituyen más de 75 por ciento de los producidos en la pasada década.

En medio de la creciente urbanización prevaleciente en el planeta, el impacto se evidencia en las ciudades. En las últimas cuatro décadas, casi 8.900 desastres de origen natural causaron la muerte de tres millones de personas, afectaron a otros 2.000 millones y provocaron pérdidas por 1.800 mil millones de dólares.

El efecto adverso del cambio climático será particularmente intenso en las naciones en desarrollo, debido a sus condiciones geográficas y climáticas, a su elevada dependencia de los recursos naturales y a su limitada capacidad de adaptación a un clima cambiante.

El desarrollo de la resiliencia urbana requiere un cambio de paradigmas centrado en enfoques locales que permitan desarrollar capacidades que vayan más allá de lograr seguridad y resistencia en los elementos materiales expuestos a las amenazas, sino que interesa los aspectos políticos, económicos, sociales, institucionales y de otro tipo que tienen lugar en la sociedad y la comunidad.

En este contexto, vienen imponiéndose las denominadas eco tecnologías, como vía de alcanzar comunidades resilientes y reducir así el impacto de los desastres en las viviendas y el medio construido, a la par que se contribuye al desarrollo sostenible y la creación de entornos seguros.

ECOMATERIALES Y ECOTECNOLOGÍAS

El estado del arte en la fabricación de materiales de construcción pone en relevancia el desarrollo de modelos en los cuales los costos de capital son elevados, mientras los de elaboración se reducen al mínimo, esquema muy conveniente para países que tienen sólidas finanzas y bajos intereses de capital. En tales países, son altos los ingresos del personal experimentado y semi-experimentado, como resultado de un grado más elevado de capitalización. Cuando este modelo se aplica a los países en vías de desarrollo trae desempleo a corto plazo, al tiempo que eleva la dependencia a la tecnología extranjera y a las materias primas importadas.

El costo de los materiales de construcción representa un elevado porcentaje de la construcción total. Algunos autores lo estiman por encima del 40 por ciento para el caso de la vivienda, en los países en desarrollo . En tales estudios se ha determinado que las materias primas importadas representan una significativa parte del costo de los materiales en las edificaciones tradicionales. Ejemplos como las láminas metálicas onduladas, en las cuales es insignificante el valor local añadido, incrementa la dependencia a las importaciones. Otros materiales –como el cemento Portland, que supone alrededor del 15 por ciento del costo total de una vivienda en el mundo en vías de desarrollo– concentran la dependencia externa en aspectos de tecnología y energía, mientras el resto de las materias primas son suministradas localmente.

Si los materiales de construcción han sido producidos con materias primas disponibles en el entorno local de los talleres, los productos resultantes podrían ser económicos para un mayor sector de la población, especialmente aquellos que normalmente no tienen acceso a los materiales de construcción tradicionales. Tales producciones podrían ser capaces de competir, en calidad y precio, con los materiales tradicionales, e igualmente podrían tener un buen perfil ambiental, a partir de que las materias primas locales a menudo provienen de desechos agrícolas e industriales.

Este tipo de producción en pequeña escala estimularía la economía local mediante la creación de nuevas oportunidades de empleo. Además, se protege el ambiente de amenazas potenciales proveniente de los desechos. La cantidad de energía incorporada en los nuevos productos es más baja, comparada con los productos tradicionales, por cuanto se reducen al mínimo los costos de transporte y los procesos tecnológicos son bastante simples.

Tales actividades productivas consisten en el concepto subyacente de esta ponencia: los ecomateriales («eco» representa ecología y economía), que se han constituido en una alternativa a los materiales de construcción tradicionales. Aunque ambos son similares, sus procesos de producción son significativamente diferentes. Los ecomateriales son elaborados a pequeña escala, con tecnologías probadas y certificadas, y usan recursos locales. Se han convertido en una fuente de desarrollo descentralizado, a partir del aprovechamiento de operarios sin una elevada experticia y el uso de productos que son adquiridos en la vecindad del taller, lo cual ahorra los costos por transportación. En todos los casos, las tecnologías para la elaboración de tales materiales incluyen sistemas flexibles de aseguramiento de la calidad, basados en ensayos de campo y de laboratorio, adaptados a las posibilidades locales de los países en desarrollo. Así, se puede obtener un estándar razonablemente elevado en la fabricación de estos productos, los cuales pueden competir a escala local.

El concepto de los ecomateriales comprende una amplia variedad de materiales de construcción, con diferentes orígenes y fines de uso. Sin embargo, las mejores experiencias se han reportado en la fabricación de tejas de micro-concreto (TMC), cemento puzolánico CP-40, bloques de hormigón huecos, ladrillos de adobe no estabilizado y ladrillos cocidos de arcilla de baja energía y uso de combustibles alternativos.

Si además se propone una estrategia para la prevención del desastre o la mitigación que contemple la posibilidad de fabricación local de ecomateriales, se intensifican las condiciones para el éxito y la sostenibilidad. Se crearían las capacidades locales que permitirían a las comunidades vulnerables desarrollar sus propias capacidades de recursos generadores de recuperación de los daños causados por el desastre, o renovar y construir viviendas resistentes a las tormentas y capaces de resistir el impacto de un huracán.

En el futuro, esto se reflejaría en la reducción de la vulnerabilidad de los asentamientos habitacionales, así como en una ayuda al desarrollo de la economía local, mediante la creación de empleos y fuentes de riqueza local en tiempos de normalidad. Si los materiales de construcción tienen que ser suministrados de fuentes externas al asentamiento, la mitigación post-desastre podría resolverse, pero la sostenibilidad podría exponerse y, a la larga, también podría contribuir al aumento de la vulnerabilidad del ambiente construido ante el desastre y ampliaría su dependencia de los recursos externos para mitigarlo.

ESTUDIOS DE CASOS

En la tarde del 4 de noviembre de 2001, el huracán Michelle penetró en tierra firme al sur de la provincia de Matanzas, con vientos sostenidos de 250 kilómetros por hora. Veinte horas más tarde partió del país, por la provincia de Villa Clara, y enderezó su rumbo al norte por un punto próximo al poblado costero de Isabela de Sagua y la pequeña ciudad de Corralillo. Los fuertes vientos causaron daños en radio de aproximadamente 500 kilómetros. Las viviendas y las cosechas acusaron el peor golpe. Solamente en la provincia de Matanzas se dañaron aproximadamente 55.000 viviendas.

El mayor daño ocurrió en las cubiertas de las viviendas (75 % del total). Los fuertes vientos crearon una presión interna que empujó al exterior los tejados y los destruyó. La mayor parte de los elementos ligeros de las cubiertas no estaba en condiciones de resistir la presión y fallaron. También volaron secciones completas de algunos techos. Si las cubiertas de estas edificaciones hubieran sido construidas con elementos más pesados, el daño hubiera podido minimizarse.

A continuación se abordan proyectos de respuesta al desastre llevados a cabo en Cuba después del paso del huracán Michelle, los cuales servirán para ilustrar las ideas consideradas en este artículo. El primer estudio de casos describe una intervención específica hecha mediante una estrecha coordinación del gobierno local de Quemado de Güines y la Agencia Suiza de Cooperación para el Desarrollo (COSUDE). El segundo caso estudiado consiste en una intervención regional en la provincia de Matanzas, llevada a cabo a través del Instituto Nacional de la Vivienda, con fondos proporcionados centralmente por el Estado cubano para reparar las casas dañadas por los estragos del huracán.

En ambos casos se discuten los aspectos relativos a la estrategia implementada para la producción de materiales de construcción y su contribución a la mitigación de los daños causados por el huracán. También se abordan elementos relativos a la sostenibilidad de tales acciones.

Caso 1. Municipio de Quemado de Güines, Villa Clara

Las zonas urbanas del municipio de Quemado de Güines fueron literalmente devastadas por los fuertes vientos del huracán Michelle. Parte de la población se movió a facilidades temporales creadas en las escuelas y otros edificios oficiales. Tan pronto como el huracán dejó la isla, los órganos locales y centrales de gobierno comenzaron las actividades de respuesta al desastre para preservar lo que pudiera ser salvado y mitigar los daños causados. Con anterioridad al paso del huracán, el eficiente sistema de defensa civil había puesto a buen resguardo a los habitantes y tratado de preservar todos los recursos materiales posibles.

La agencia de cooperación Cosude ofreció apoyo financiero por concepto de ayuda humanitaria, principalmente para las acciones dirigidas a proporcionar apoyo a quienes perdieron sus casas. En este contexto, representantes de Cosude coordinaron con el CIDEM para poner a punto, rápidamente, un taller de ecomateriales y producir localmente los principales materiales de construcción necesarios para implementar un programa de respuesta al desastre.

La alternativa era utilizar los fondos aportados para adquirir medios de mejoramiento de las condiciones de vida de la población sin hogar y materiales y productos para restañar los daños materiales a las construcciones y la infraestructura. Esto podría haber implicado la movilización de recursos del extranjero, lo cual implica la organización de las importaciones, un proceso que podría ser lento y problemático, especialmente en un país como Cuba, sometido al férreo bloqueo del gobierno de los EEUU desde 1962.

Afortunadamente, Cosude se decidió por la alternativa local, dando lugar al nacimiento del proyecto de ayuda humanitaria presentado, que más adelante evolucionó en un proyecto de desarrollo local. Esto fue posible porque el gobierno local proporcionó el resguardo temporal a las familias desplazadas, con todas las condiciones higiénico-ambientales, de alimentación, atención médica, educativa y psicológica y otras facilidades, con lo cual disminuyó la presión social y humanitaria de esta difícil situación.

Doce días después de firmados los contratos oficiales, a finales de diciembre de 2001, comenzó a funcionar el taller de ecomateriales de Quemado de Güines. El CIDEM proporcionó la maquinaria, asesoría y el entrenamiento a los operarios, procedentes de la propia comunidad afectada. El taller fue equipado para producir las tejas TMC, el cemento puzolánico CP-40 y los bloques huecos de hormigón, todos altamente demandados para reparar los daños de las viviendas afectadas por el desastre.

En los primeros seis meses el taller pudo producir más de 80.000 bloques de hormigón, en los cuales la mitad de la cantidad de cemento Portland fue sustituida por el cemento puzolánico producido localmente; así como 12.000 unidades de tejas TMC. Durante 2002, 160 familias pudieron reparar sus casas con materiales producidos en la municipalidad.

Quienes dirigieron el proyecto hicieron un fuerte compromiso para emplear materiales resistentes a los fenómenos climáticos asociados al huracán, tales como el bloque hueco de hormigón y las tejas TMC estas últimas con una muy buena efectividad demostrada ante los fuertes vientos (RHYNER, 1989), probablemente porque las tejas pequeñas pueden alzarse y soltar la presión interna creada por la fuerza del viento, como una válvula. De hecho, algunos lugareños han mencionado que las tejas TMC se mueven en el lugar durante la acción de los vientos y rachas del huracán, pero no fallan.

Las tejas TMC ofrecen una mejor alternativa para los techos en zonas de riesgo ante huracanes, comparadas con las láminas o planchas de asbesto-cemento comúnmente utilizadas. Los techos de TMC son más pesados que los de planchas, tienen una mayor resistencia contra las cargas dinámicas concentradas y su reducida dimensión evita la concentración de tensiones locales.

Por otra parte, las tejas TMC se producen localmente en el taller de ecomateriales, mientras que las planchas de asbesto-cemento se producen en el extremo oriental del país, por lo que necesitan ser transportadas y recorrer de 600 a 900 kilómetros antes de colocarlas en una vivienda. Las estadísticas indican que, mediante la intervención en los techos, para sustituir materiales tradicionales por las tejas TMC, se disminuye su vulnerabilidad ante los fuertes vientos . Así mismo, las paredes construidas con bloques huecos de hormigón son más fuertes y pueden resistir mejor las cargas de viento, en comparación con las paredes de madera.

El problema de la teja TMC en Cuba es que requiere una estructura de apoyo que normalmente se construye con madera, un material muy escaso y caro en el país. Dos decisiones importantes fueron adoptadas en esta dirección: alguna madera debiera importarse para posibilitar una intervención rápida en las casas más dañadas y emprender acciones para desarrollar un sistema de apoyo de hormigón. Ambas decisiones rindieron resultados favorables: se construyeron los primeros 23 tejados reparados durante febrero y mayo de 2002, con madera importada, como soporte a las tejas TMC. Por otra parte, actualmente existen dos talleres en funcionamiento donde se fabrican elementos del denominado sistema prefabricado de hormigón SIPRET, desarrollado por el CIDEM.

Los ecomateriales producidos en el taller local durante este período representaron aproximadamente 60 por ciento de la cantidad total de materiales proporcionados para las acciones post-desastre en la municipalidad. Después de finalizadas las acciones de mitigación de desastre, el taller continuó en activo y actualmente los ecomateriales producidos están en función de los nuevos planes de construcción de viviendas que inicia el país a nivel de municipio.

Esta acción deviene un buen ejemplo de un esfuerzo integrado que involucró diferentes actores en un objetivo común: la mitigación del desastre. Todas las instituciones participantes contribuyeron con recursos, los cuales fueron administrados básicamente por el gobierno local, de una manera descentralizada.

Caso 2. Ecomateriales para la provincia de Matanzas

Este proyecto se concibió como una acción de mitigación a gran escala, organizada por el Instituto Nacional de la Vivienda en un esfuerzo para recuperar los daños causados por el huracán Michelle en la toda la provincia. El plan contempló la producción de elementos de pared, principalmente bloques huecos de hormigón, para ser distribuidos entre las municipalidades afectadas. Fuera de la provincia fue organizada la producción masiva de planchas onduladas de asbesto-cemento para reemplazar los techos que habían sido volados. Las actividades de construcción fueron asumidas por brigadas especiales creadas con tal propósito.

La idea inicial fue la de producir todos los bloques de hormigón (4 millones de unidades) en las grandes instalaciones de producción del este de La Habana, a una distancia de alrededor de 300 kilómetros de Matanzas. Se fijó la entrega de los bloques producidos durante los primeros seis meses después del desastre. Sin embargo, la escasez de recursos, sobre todo de energía, incitó a los factores de dirección a buscar alternativas locales para la fabricación de los elementos de pared. Surgió así el planteamiento al CIDEM para explorar las posibilidades de reproducir los talleres de ecomateriales en Matanzas, con el objetivo de confeccionar bloques huecos de hormigón.

Sin embargo, no existía interés en la fabricación de tejas TMC y, en cambio, se decidió utilizar las planchas de asbesto-cemento producidas en una fábrica situada en Santiago de Cuba, a unos 600-900 kilómetros de las diferentes localidades de la provincia de Matanzas. Tampoco estaba contemplada la producción de cemento puzolánico, ya que dada la situación de la emergencia, el gobierno central puso a disposición del territorio grandes cantidades de cemento Portland.

Los talleres de bloques de hormigón comenzaron a operar en las diferentes municipalidades de la provincia de Matanzas, con la idea de crear una capacidad de producción de un millón de unidades (25 % de la demanda real) en los territorios afectados por el huracán. Las municipalidades escogidas fueron: Colón, Cárdenas, Jovellanos y Perico. A finales marzo de 2002, todos los talleres estaban en total funcionamiento y en el mes de julio de 2002 la producción informada excedió las 250.000 unidades, llegando a 450.000 unidades a finales de ese propio año, con lo cual se estableció un record de producción en la provincia.

Este esfuerzo demandó de un programa logístico para organizar el suministro de áridos y cemento Portland, así como el transporte de lo fabricado hasta su destino. Los agregados se transportaron desde una cantera local por vía férrea, en una cantidad entre 2000 a 3000 metros cúbicos mensuales de áridos durante la primera mitad de 2002. El cemento Portland era suministrado desde La Habana, a 250 kilómetros. Las planchas onduladas de asbesto-cemento se transportaron desde Santiago de Cuba, en una operación costosa y complicada.

Poco después, el estado de emergencia fue levantado (otro huracán afectó al país en otra provincia), el flujo de recursos declinó y la producción disminuyó. Algunos talleres tuvieron que cerrar por no recibir ningún material y otros pudieron funcionar localmente, acorde con una reducida disponibilidad de materiales. Si la producción de cemento puzolánico hubiera sido emprendida, habría sido posible extender el empleo del cemento Portland disponible y, al mismo tiempo, continuar incluso produciendo con un pequeño apoyo externo. El sistema que inicialmente funcionó muy eficientemente, simplemente falló cuando faltaron los recursos externos. La mayoría de las costosas máquinas fueron conservadas y se almacenaron para tiempos mejores. Los productores perdieron la motivación y los elementos y materiales para paredes volvieron a escasear localmente.

Además de lo anterior, muchos de los nuevos techos no demostraron ser seguros contra los huracanes y volvieron a fallar bajo los fuertes vientos de los huracanes de 2003 a 2005. Al final de 2004, el Instituto Nacional de la Vivienda comprendió los problemas de vulnerabilidad de las planchas onduladas de asbesto-cemento ante los vientos fuertes y desestimuló su uso en proyectos de mitigación de desastres. Entre otras soluciones, las tejas TMC han surgido como una alternativa segura ante huracanes.

Este caso analizado tiene un enfoque diferente del anterior. Las acciones estaban convenidas a un nivel nacional y los recursos fueron proporcionados centralmente. Mientras muchos de los problemas creados por el huracán fueron confrontados, los recursos invertidos no contribuyeron significativamente a reducir la vulnerabilidad de la provincia ante huracanes, debido a que se dependió de fuentes externas de recursos. Esta situación arriesgó y, a la larga, afectó la sostenibilidad de las acciones.

CONCLUSIONES

Los resultados muestran la viabilidad de la aplicación práctica de los principios y métodos para el desarrollo de la resiliencia ante los desastres a escala local. La mayor parte de las pérdidas económicas, daños materiales y afectaciones humanas de los desastres naturales ocurren en el hábitat construido, en especial en los entornos urbanizados de mayor concentración, por lo que entre las medidas para la gestión de riesgos, el fomento de la resiliencia es una de las de mayor efecto a largo plazo.

Los tomadores de decisiones desempeñan un decisivo papel, tanto en la prevención como en la mitigación del desastre. Una apropiada estrategia de gestión de riesgos coadyuva a minimizar los efectos del desastre en los asentamientos humanos, al tiempo que contribuye al incremento de la eficiencia en la administración de recursos para la prevención del desastre.

Los casos de estudio presentados evidencian que la producción local de ecomateriales es una vía factible y necesaria para el logro de la resiliencia urbana en comunidades en desarrollo, como forma de que la población vulnerable esté en capacidad de crear entornos más seguros de cara al cambio climático.

Bibliografía:
Cardona, D.: Gestión integral de riesgos y desastres. Material bibliográfico del Doctorado en Ingeniería Civil. Universidad Politécnica de Cataluña, 2003.
Mansilla, E.: Riesgo y ciudad. Universidad Nacional Autónoma de México, División de Estudios de Postgrado, Facultad de Arquitectura, México, 2000.
Rhyner, K.: El Huracán «Gilbert» y la teja TMC, Boletín de FCR, No. 5, septiembre, Suiza, 1989.
*Dr. Arq. Andrés Olivera Ranero y el Dr. Cs. Ing. Fernando Martirena Hernández, Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, Santa Clara, Cuba.

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