En un rincón del alma

El camino de San Lázaro

Para muchos cubanos San Lázaro representa al santo que consuela a los enfermos.

Foto: KIKE

Y el que había muerto salió,
atadas las manos y los pies con vendas,
y el rostro envuelto en un sudario. (S. Juan, 11).

Había un mendigo llamado Lázaro,
lleno de llagas que lamían los perros (S. Lucas, 16)

Hoy es el día de San Lázaro. Hoy, millares de personas van a la iglesia de El Rincón, al sur de La Habana, para cumplir promesa al santo milagroso, para rezar, para orar y pedir por su salud, por su familia, y por la salud de la nación. Hoy es un día grande para los cubanos.

Hace dieciséis años, un diecisiete de diciembre, recorrí el último tramo del camino de los peregrinos, junto a ellos, y me sumergí en esa zona de mi país. En el trayecto obtuve testimonios y vivencias que ahora comparto.

En aquella marcha conocí a Javier, un joven veinteañero que hacía el recorrido por quinta ocasión. En el 2000, su esposa tuvo un parto muy complicado y los médicos dijeron que el niño tenía pocas posibilidades de vivir. Entonces él le formuló una petición a San Lázaro: si su hijo se salvaba, recorrería, todos los diecisiete de diciembre de su vida, a pie y descalzo, vestido con tela de saco, la ruta que va desde el parque de La Fraternidad, en el centro de La Habana, hasta la iglesia de El Rincón, una caminata de cuatro horas.

Imagino a Javier hoy, caminando junto a su hijo de veinte años este 2020, ambos con una imagen del santo protector, y tabaco y velas para ofrendar en la parroquia.

Entre las decenas de miles de fieles que se están trasladando hacia El Rincón desde ayer, el mayor por ciento viaja en ómnibus hasta Santiago de las Vegas –si pueden llegar hasta allí– y después emprende la caminata hasta el santuario. Pero una cantidad menor –aunque no pequeña– hace la ruta caminando desde puntos lejanos. Otros, eligen traslados cuyo sacrificio recuerda el vía crucis de Jesús.

En mi trayecto en 2004 conocí a Felipe, quien salió del pueblo de Regla arrastrando una piedra, cinco días antes; también vi a Francisco, un anciano que avanzaba dando vueltas sobre su cuerpo; y a Ernesto, quien viajaba en tren desde Güines hasta el apeadero de El Rincón, y una vez allí, continuaba a rastras hasta la parroquia.

Carlos era un joven que llevaba quince años transitando la ruta. A los siete comenzó a hacerlo con su abuela, y en el 2001, por un accidente, estuvo a punto de perder un pie. Aunque lo operó un eminente cirujano, él hizo una petición al santo. Su sacrificio consiste en caminar por la línea del tren, desde el pueblo de Cojímar, en la costa norte habanera –una distancia enorme–, hasta El Rincón. El tramo final lo hace a rastras.

San Lázaro es el alma de la efemérides y los peregrinos la sustancia, pero el entorno es un universo variopinto de difícil descripción.

En el santuario me encontré con dos amigas: Elina, profesora universitaria de cuarenta y cinco años, que caminó con su hija adolescente desde La Víbora, y María Isabel, de similar edad y profesión, quien viajó desde Guanabacoa para cumplirle a Lázaro. Esta última me dijo que había aprendido más de su país ese día que en diez posgrados de sociología.

Porque el diecisiete de diciembre no es solo el peregrinaje al santuario. San Lázaro es el alma de la efemérides y los peregrinos la sustancia, pero el entorno es un universo variopinto de difícil descripción.

Poco tiempo atrás, no mucho, cuando usted se bajaba de la guagua y emprendía la marcha hacia la parroquia, junto a la tupida masa humana que cubría todo el ancho de la vía, podía observar ventas de todo tipo: comestibles, jugos, refrescos y bebidas alcohólicas; velas de varios colores; imágenes de San Lázaro, La Caridad del Cobre, Santa Bárbara, casi siempre en yeso; relicarios, sombreros de guano, tabacos, cocos, y mil mercaderías más a todo lo largo del camino, ya fuera en casetas, en mesas improvisadas, o simplemente en manos de los vendedores.

Casi toda la mercancía era ofrecida por los particulares, sin intervención del estado. En el pueblo de El Rincón se veía el mismo cuadro. Algunas casas ofrecían baños para necesidades urgentes.

¿Cuánto habrá cambiado todo ese panorama hoy, ¿cuánta de esa mercadería se podrá ofrecer? Por pensar en un solo artículo, las velas, imprescindibles para la ocasión, están escasas y a un precio superior a diez pesos.

De lo que sí estamos seguros es que hoy miles de personas estarán en la ruta hacia el Santuario Nacional de San Lázaro porque 2020 ha sido un año de mucho dolor, de mucho sufrimiento, y ese peregrinaje es un ejercicio sanador que la gente necesita.

Hace unos cuantos años, un poeta que admiro me dijo que en ese vía, en el tránsito hacia el santuario, se vive una experiencia única, porque allí se acumula el dolor y el deseo de la nación, y que cuando él penetraba en la iglesia, podía sentir esa acumulación de dolor.

Una vez dentro de la iglesia, las ofrendas, las oraciones, los rezos, los cantos, las vibraciones que emanan del lugar, tienden un manto de espiritualidad que viaja hacia el interior de cada persona. Así lo he sentido en mis sucesivas visitas al santuario.

Mentalmente me traslado hasta ese sitio, me planto frente al altar mayor, y recuerdo que hace dieciséis años una hermana de la Caridad nos invitó a cantar, a rezar el Padre Nuestro, a pedir por la paz y la unión de las familias; y que nos tomamos de las manos hombres y mujeres; el blanco, el negro, el mulato; el devoto de los santos católicos y el que adora a los orichas, todos mezclados, para pedir por nosotros y por la nación cubana. Y digo ahora como entonces: San Lázaro milagroso protégenos, ampáranos. (2020)

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