Cuba en la 77º Berlinale: El paso o la infancia como lucidez

Un cortometraje del realizador español Roberto Tarazona, filmado en la isla y producido por la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños tuvo su premier mundial en la prestigiosa cita alemana.

Fotograma del corto documental El paso, filmado con niños cubanos y producido por la EICTV de San Antonio de los Baños

Foto: Cortesía del realizador.

El cortometraje El paso (2025), filmado en Cuba por el realizador español Roberto Tarazona, tuvo su premier mundial en el 75º Festival Internacional de Cine de Berlín (Internationale Filmfestspiele Berlin), que transcurrió en la capital alemana del 13 al 23 de febrero de este año.

Producida por la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV), la película integró la sección Generación KPlus, dedicada por el certamen a compilar obras que miren hacia las más nuevas generaciones de seres humanos en sus primeras interacciones e integraciones a las sociedades.

Según Sebastian Markt, al frente de este apartado, “el mundo actual puede ser un lugar desalentador, confuso e inhóspito” para la niñez y la adolescencia. Los 10 cortos y 8 largometrajes incluidos en el programa de marras ―procedentes de Cuba, Brasil, Colombia, Francia, Dinamarca, República Checa, Canadá, Alemania, Japón, Bélgica, Países Bajos, España, Indonesia, China, la India y Australia― “entienden el cine como un espacio de comunidad, un lugar donde la gente puede reunirse y encontrar sentido.

“Estas películas miran el mundo desde nuevas perspectivas, nos recuerdan el alcance de nuestras acciones y nuestra capacidad de acción, y subrayan la importancia de la imaginación y la fantasía como fuente de empoderamiento”, refirió Markt.

 

Reconstruir el mundo a cada mirada

Precisamente, El paso es cabal expresión de esta perspectiva compleja sobre la capacidad de los niños y jóvenes para reconstruir el mundo a cada mirada —y reconstruirse a cada exploración de sus entornos— que defienden los organizadores de Generación KPlus.

La historia hilvanada por Tarazona tiene como protagonistas a los niños Fabián Olmo Águila, de 11 años de edad, y Christian Águila Almeida de 9, habitantes de un espacio rural pre montañoso localizado hacia el centro de la isla. En sus 15 minutos de duración, propone una suerte de crónica de un íntimo descubrimiento, mapeo y conquista, imbuida por el misterio que implica todo para seres que aún no conocen el hastío cotidiano ni la frustración rutinaria.

A golpe de juegos y retozos, Fabián y Christian se apoderan del territorio anexo a sus viviendas. Lo reclaman por derecho legítimo como espacio de expresión y expansión. En la llanura abierta, áspera, poco transformada por la mano civilizadora, cuentan con un crisol infinito en el cual experimentar día a día la alquimia del crecimiento, cocida al fuego de sus ímpetus prístinos.

La inocencia se revela en ellos en toda su efímera pujanza. La inconsciente certeza de la inexorable finitud de esta etapa vital única, irrepetible e inmaculada, los impulsa a retozar como si sus vidas dependieran de ello.

La cinta del director español Roberto Tarazona se estrenó en la edición de 2025 del Festival Internacional de Cine de Berlín (Cortesía del realizador).

 

Los niños miran de frente a la luz

Para los niños cada jornada es el único y último día posible. Se parapetan frente al paso del tiempo y la maduración tras una trinchera de cabriolas, risas, carreras “en pelo” que parecen no llevarlos a ningún lugar; pero sus rumbos y destinos resultan más ciertos que nunca. La vida cobra un sentido inexplicable con palabras, conceptos, nociones o paradigmas. Pero se percibe de una manera rotunda.

Los niños pertenecen a la esfera de los absolutos. Miran de frente a la luz que penetra plena por la boca de la cueva platónica. No son los clásicos espectadores de sombras, que se limitan a observar el ambiguo espectáculo a través de múltiples y densos velos.

Para los niños de Tarazona, el mundo tiene más sentido que nunca. Sus esencias se les presentan relucientes, los encandilan y los propulsan a practicar sus rituales caleidoscópicos, dotados de una incoherencia muy precisa.

Como la niña que al inicio del largometraje Pos Tenebras Lux (Carlos Reygadas, 2012), desanda sin rumbo preciso por un campo ganadero, nimbada por el arribo de una noche inmisericorde que ensombrece metafóricamente su alegría primordial, las peripecias diurnas de Fabián y Christian van igualmente sumiéndose en un crepúsculo inquietante, que podría simbolizar la maduración que sobreviene con su carga de terrores, decepciones e inclemencias.

 

La aventura de crecer

Justo en el trasfondo de sus existencias despreocupadas y lúcidas se cuecen tinieblas. La cueva se empeña en dirigir sus miradas a las sombras, y negarles la luminosa verdad que entra por su boca. La aventura de crecer no tiene (no puede tener) nunca un final feliz. Los infantes filmados por Tarazona reciben el primer aviso en la forma de un misterio mortal que los enfrenta a las fauces de la noche, en la que todo lo conocido se diluye en aprensivas e indistinguibles presencias.

La noche es un lente que deforma la realidad luminosa. La fotografía y el montaje, también ejecutados por el propio Tarazona, enfatizan esto con encuadres muy cerrados, movimientos nerviosos, alternancia abrupta de planos. La vida ya no será más una carta de navegación nítida. Fabián y Christian perciben sus futuros como un laberinto fragmentario, huidizo, inundado por la oscuridad. Pero mientras tanto, el nuevo día que arriba hacia el final, les guiña un ojo cómplice, les demuestra que aun esas épocas aciagas están algo lejos. Por el momento, Carpe Diem. Los monstruos podrán esperar un poco más (2025).

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