Descargas de jazz para cine cubano

La realización en La Habana del 41 Festival Internacional Jazz Plaza, entre los días 25 de enero y el 1 de febrero, invita a recorrer la presencia de este género musical en el cine cubano.

Fotograma de Nosotros, la música (1964), documental de Rogelio París.

Foto: Tomada de Endac

En la primera mitad del siglo XX, a la par de la consolidación de géneros de la música cubana como el son, la evolución y el auge de expresiones del jazz en la isla suma al concierto internacional importantes intérpretes y agrupaciones.

En la década del veinte muchas charangas se transforman en jazz band, iniciando la “cubanización” del formato. Además, la fusión con las sonoridades cubanas da origen al llamado jazz afrocubano y al latin jazz, que incluye confluencias con la música de Puerto Rico y Brasil.

En cambio, la producción cinematográfica cubana no hizo uso del jazz: sus bandas compartían los cánones sonoros de Hollywood y priorizaban la llamada música clásica o, en los filmes musicales, temas de la llamada música popular.

Mientras que el jazz, señala la investigadora Rosa Marquetti, era “objeto de culto de una manifiesta minoría, con escasa proyección en los mass-media y, por tanto, con muy limitado poder de conexión con el gusto popular”.

La fuerza renovadora de su sonoridad se amplió a partir de la creación del Icaic en 1959 y el quehacer de un grupo de jóvenes con mayor o menor experiencia —algunos estudiaron en los estudios de Cineccittá en Roma, otros provenían de la televisión—, pero con una cultura creciente, predilección por las sonoridades modernas y deseos de renovar los discursos con criterios estéticos vanguardistas, incluida la selección de la música.

Rebeca Chávez dirigió en 1987 el documental Buscando a Chano Pozo (Foto: Tomada de Endac).

El nuevo cine” añade sonidos jazzísticos

El cine cubano se “reconstruía” (negando incluso la producción anterior al parteaguas de 1959) y con él, su música. Los jóvenes realizadores perseguían, entre tanteos e influencias, búsquedas y esfuerzos, un cine propio que bebió de diversas fuentes, hasta asimilar críticamente sus hallazgos para “insertarlos en la corriente de vanguardia de la cultura cubana”, según su director fundador, Alfredo Guevara (1925-2013).

Los directores del naciente Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) comenzaron a trabajar con músicos que eran cultores o admiradores del jazz. Varias bandas sonoras incorporarían, por tanto, el género, interpretado por exponentes foráneos y de la isla (mención aparte merece el trabajo del Grupo de Experimentación Sonora del Icaic y el Noticiero Icaic Latinoamericano).

Además, varios materiales fueron dedicados a intérpretes o agrupaciones del género. La mayoría son documentales, pues muy pocos de los músicos cubanos parecen haber motivado a guionistas y directores, dejándose de aprovechar singulares historias y sonoridades.

Si repasamos la producción inicial del Icaic, encontramos Cuba-58 (Jorge Fraga y Jomi García Ascot, 1962), que parece ser el primer ejemplo de la relación entre el jazz y el cine cubano y el único trabajo realizado directamente por Bebo Valdés para la filmografía nacional.

Bebo Valdés tendría, más de medio siglo después, una presencia significativa en filmes españoles dirigidos por Fernando Trueba (como Calle 54 y El Embrujo de Shangai), y el cubanoamericano Carlos Carcas le dedica Old Man Bebo (2008).

Nicolás Guillén Landrián, como parte del equipo del Noticiero ICAIC, incluye en Un festival (1963) fragmentos de improvisaciones sobre un standard de jazz. Intervienen el saxo alto, el drums, el contrabajo y el piano, como elementos dialogantes y no como apoyatura al discurso fílmico en la obra de uno de los grandes realizadores cubanos.

Y tenemos sabor

Rogelio París realizó su ópera prima Nosotros, la música en 1964: un documental de 66 minutos que resulta un fresco del panorama sonoro cubano. Redescubierto décadas después, ha devenido en clásico del cine documental cubano no solo por su valor testimonial, sino también por la fotografía y la realización cinematográfica.

Para la historia del jazz en Cuba, el filme es un testimonio único donde confluye una descarga del Quinteto Instrumental de Música Moderna, con Frank Emilio Flynn al piano y Tata Güines en las tumbadoras; “Gandinga, Mondongo y Sandunga”, de Frank Emilio; Papito Hernández, en el contrabajo; y Guillermo Barreto, en las pailas.

En esos años, el joven Leo Brouwer compuso una partitura jazzística para Papeles son papeles, comedia dirigida por Fausto Canel en 1966; mientras la reiterada presencia de Chucho Valdés y su música dentro de las producciones del Icaic inician en 1967.

Ese mismo año, Sara Gómez filma al Quinteto Cubano de Música Moderna, llamado entonces Jesús Valdés y su Combo, para su documental Y tenemos sabor. Estas son las primeras imágenes fílmicas de Chucho Valdés que se conservan, y quizás las únicas de un fenómeno singular en la escena jazzística cubana: el Guapachá. Pero lo más relevante es el papel que Sara le concedió a estas creaciones musicales dentro de las ricas corrientes sonoras de las postrimerías de los sesenta.

Valdés compuso ese año, además, la música para el cortometraje de animación La cocotología, del rumano-cubano Sandú Darié.

Sara Gómez volvió a recurrir al pianista para su documental Una isla para Miguel (1968), en el que podemos escuchar la sonoridad del entonces Jesús Valdés y su Combo (Descargas No. 1 y 2). Encontramos también al músico cubano ganador de múltiples Grammys en varios documentales de Oscar Valdés, como Arcaño y sus Maravillas y Rompiendo la rutina (1974) y Michel Legrand (1986). Y en Leo-Irakere (1979) de José Padrón, realizador que en el 2000 incluyó fragmentos del material en su documental Leo Brouwer.

Rigoberto López hurga en los orígenes del latin jazz en su documental de 1996 (Tomado de Endac).

Del son a la salsa y también al latin jazz

En ¿Latin Jazz o Música Cubana? (1986), a propósito de uno de los festivales Jazz Plaza, el realizador Bernabé Hernández lanza esta interrogante a músicos de generaciones diferentes, como Armando Romeu, Gonzalo Rubalcaba y Oriente López. Y además, refleja parte de la escena jazzística en el que confluyen noveles e importantes jazzistas como Ernán López-Nussa, Pablo Menéndez, Lucía Huergo y Oscarito Valdés.

Poco antes, Héctor Veitía dirigió Concierto diurno y Concierto para tres pianos (1983). Y en 1990, Melchor Casals regresa con Música Irakere a nuestra agrupación jazzística más relevante.

En esos años —para este recuento en el que nos hemos auxiliado de investigaciones de Rosa Marquetti y Leonardo Acosta—, es necesario subrayar el documental biográfico Buscando a Chano Pozo (1987), en el que Rebeca Chávez recorre los orígenes, la evolución y la impronta de uno de los más grandes percusionistas de Cuba. Entonces aún vivían varios coetáneos de Chano, lo que nos permite ver y escuchar a Niño Rivera, Tata Güines, entre otros, cuyos testimonios resultan referentes invaluables para aproximarnos a la vida del autor de “Manteca”.

En 2004, Gloria Rolando se acerca a la génesis y la vida de Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia en su documental Nosotros y el jazz, que establece vínculos entre Los Bailadores y los filmes estadounidenses que en la década del 50 llegan a los cines habaneros.

Por su parte, Rigoberto López (1947- 2019)  en su documental Yo soy, del son a la salsa (1996) hurga en los orígenes del latin jazz, sus confluencias con la salsa y en figuras de Mario Bauzá, Chano Pozo y Machito.

Fotograma de Club de Jazz, tercer largometraje de ficción de Esteban Insausti (Foto: Tomada de Internet)

Ángeles del jazz

Esteban Insausti dedica en 2002 su laureado documental Las manos y el ángel a un ícono del jazz de todos los tiempos, Emiliano Salvador, mediante un recorrido fílmico por su vida, pero sobre todo, por su obra y su importante legado. Mientras que, para el largometraje Casa vieja (2010), Léster Hamlet acudió al pianista y compositor Aldo López-Gavilán, a cuyo cargo está parte de su banda sonora de esta película.

Otros materiales encontramos en estos años de inicio de siglo: Jazz de Cuba (2003) de Rolando Almirante; Chano Pozo, la leyenda negra (2006) de Ileana Rodríguez Pelegrín y Neris González Bello, quienes vuelven al mítico tumbador; y Manteca, mondongo y bacalao con pan (2009), que Pavel Giroud filma para la serie Historias de la Música Cubana.

En ese material, dirigido por el español Manuel Gutiérrez Aragón para la Televisión Española, desfilan integrantes de al menos tres generaciones del jazz cubano: Bobby Carcassés, Chucho Valdés, Leonardo Acosta, Gonzalo Rubalcaba, Orlando Valle “Maraca” y otros protagonistas de momentos importantes del devenir del género en la isla.

Mientras que Brouwer. El origen de la sombra (2019) de Khaterine T. Gavilán y Lisandra López Fabé, resulta un viaje poético por las obsesiones de uno de los grandes creadores cubanos, no solo de la guitarra clásica, sino de la música de todos los tiempos. Este material es, además, uno de los mejores documentales cubanos del presente siglo.

Cartel de Esteban (Dir: Jonal Cosculluela, 2016), película musicalizada por Chucho Valdés (Tomado de Endac)

Historias en el club de jazz

En la ficción contemporánea aparece Esteban (2016), ópera prima de Jonal Cosculluela, con música de Chucho Valdés, que aborda la historia de un niño de nueve años y su pasión por la música. “Yo sabía que con Chucho y un piano no hacía falta una orquesta ni nada más”, dijo Cosculluela.

Antes, en 2006, Jorge Luis Sánchez encargó a Chucho Valdés uno de los temas de la banda sonora original de El Benny, interpretado parcialmente por el pianista.

Finalmente, en esta rápida revisión, encontramos Club de Jazz (2018), el tercer largometraje de ficción de Esteban Insausti. El filme, que tiene como subtexto un club, aborda sentimientos como la envidia en tres cuentos: “Saxo tenor”, “Contrabajo con arco” y “Piano solo”, ambientados, respectivamente, a fines de los años cincuenta, en la década del noventa y en la actualidad. La música es de Juan Manuel Ceruto y la banda sonora es de Osmany Olivare.

Esta película, según ha dicho Insausti, es un homenaje a tres figuras revolucionarias dentro del jazz: Emiliano Salvador, Jaco Pastorius y Charlie Parker.

Otros materiales filmados en los últimos años, pero también otros menos conocidos pero necesarios en la historia del cine cubano, aportan tanto bandas sonoras como aproximaciones a músicos, agrupaciones y fenómenos artísticos. Y vienen a darle cuerpo a la historia de las múltiples y fecundas confluencias entre el cine cubano y el jazz (2026).

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