Fin del juego, según Daniel Chile
El joven realizador apuesta por el género distópico y una historia de niños que pierden la inocencia en El último juego, corto estrenado en el pasado Festival de Cine de La Habana.
Un cuarteto de muchachos y un ambiente distópico: claves de El último juego (2025), cortometraje de Daniel Chile.
Foto: Cortesía del realizador
El último juego es, más bien, un game is over. Este “juego se ha acabado” funciona tanto para la realidad de decadencia terminal descrita en ese cortometraje, como para el drama de su protagonista, un adolescente que vive el fin de sus días de travesuras y juego inocente con su grupo de amiguitos.
Pero antes de entrar a profundidad en esta ficción de apenas 24 minutos, pero rotunda al punto de estar dando que hablar entre críticos y público, hay que presentar a Daniel Chile, su director.
Nacido en 1987 y de estirpe audiovisual, siguió en principio senda similar a la de su padre Roberto Chile, fotoperiodista y realizador de documentales como Soy Tata Nganga (2011), porque se graduó de Licenciatura en Comunicación Social y luego pasó por la Escuela Nacional de Arte (ENA) y por talleres de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.
Pero él se decantó por la actuación, la escritura de guion y la dirección; y en su carrera, todavía corta aunque fructífera, terminó orientado hacia la ficción cinematográfica. Entre 2008 y 2013 filmó los cortos Tres Puntos, Túnel y Tarde para Ramón.
Fue seleccionado para la edición de 2016 del Talents Guadalajara; y en 2017 participaría por primera vez en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, con otro corto, Atrapado, que recibió el Premio Colateral de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y llamó la atención de críticos como José Antonio García Borrero.
Después reapareció con un proyecto de cortometraje de ficción que estaría entre los seleccionados por el Fondo Noruego para el Cine Cubano de 2023. Titulado El último juego, con el experimentado Amilcar Salatti (Esteban, AM-PM, varios teleplays y series televisivas), dándole una mano con el guion, fue terminado en 2025 y se pudo incluir en la competencia del 46 Festival de La Habana y también exhibirse en el reciente 43 Festival de Cine de Miami.
En este último, al igual que en los cortos anteriores, Daniel Chile pisa terreno cercano a su experiencia vital, pues suelen girar sus argumentos alrededor de preocupaciones existenciales y deseos de la adolescencia y la época de la juventud. Y con semejante vocación de aludir al contexto de su país a la vez que impactar en asuntos universales como los dilemas éticos o la actuación en situaciones límite.
Visto desde ese ángulo, la mayor novedad de El último juego reside en su inclinación por la “distopía”, ese enfoque amargo del futuro puesto mundialmente en boga como género del cine y la literatura, pero menos abordado dentro del cine de producción nacional.

Amagos distópicos en el cine cubano
Aunque la pantalla cubana se ha caracterizado por una marcada predilección hacia el realismo y una vocación temporal enfilada sobre la historia o el presente casi en exclusiva, no puede decirse, sin embargo, que los imaginarios predictivos no hayan logrado colarse a cuentagotas.
Ya en la polémica Alicia en el pueblo de las maravillas (Daniel Díaz Torres, 1990) se ensayaba una suerte de “utopía a la inversa”, colocando a la realidad de ese momento bajo el lente corrosivo de la sátira. Por su parte, un animado como Mundo sumergido (Alien Ma, 2013) iba más por el lado de una fantasía post-apocalíptica que abarcaba al mundo entero.
La sustancia básica de una distopía ―esto es, la representación de una sociedad ficticia indeseable, donde sus habitantes subsisten en un clima de alienación, miseria, leyes absurdas o caos, del cual quisieran escapar― aparece de modo algo más explícito en El viaje extraordinario de Celeste García (Arturo Infante, 2018) y Corazón azul (Miguel Coyula, 2021).
Pero en ambos casos hay una premisa (invasión extraterrestre en la primera; experimentos genéticos en la segunda) que las enrumban hacia la ciencia ficción. En tanto, la reciente Fenómenos naturales (Marcos A. Díaz Sosa, 2024) encaja dentro de una formulación fantástica con realidades oníricas o paralelas.
El último juego es distinta de todas las anteriores. Y en ella hay muy poco de lo que en la jerga narrativa de los subgéneros cuyo relato se desenvuelve en un contexto inexistente suele llamarse world building (la construcción de ese mundo ficticio).

Una distopía cuasi real
El escenario de Daniel Chile parece limitarse a una extrapolación simple o directa de rasgos de la ciudad o país (si bien no se le da nombre) en que hoy vivimos: privaciones materiales, decadencia del entorno y vaciamiento poblacional por causa de la emigración.
El único artificio narrativo es la introducción de una lotería que decidirá azarosamente quienes son los beneficiados con la posibilidad de partir hacia una vida mejor. Lo cual para aquellos que conocieron la época del famoso “bombo” de Estados Unidos ―en los 90ʾs del pasado siglo―, tampoco es una invención y enseguida reconocen ahí una situación que ya ocurrió en la isla.
Todo esto facilita que el guion de Chile y Salatti pueda tomar vida con gran economía de medios en cuanto a los elementos (dirección de arte, decorados, vestuario) que garantizan una puesta en escena sobria, eficaz y, sobre todo, creíble.
La fotografía de Alexander González termina de redondear este acápite, con una dosis justa de carencia de contraste en el color y opacidad de la luz para configurar la atmósfera ominosa, decrépita. Mientras que su construcción de planos y dinámicas de cámara se pone en función de dar relevancia y dinamizar el drama humano que tendrá lugar dentro de ese contexto ficticio.

Humanidades en conflicto
Esto último es lo que de verdad importa en la película de Chile: ese grupo de niños con un pie en la adolescencia, conformado por Antuán (Marcelo Martín), Mulo (Alejandro Domínguez), Rizo (Daniel Leal) y Naco (Ernesto Bustamante), quienes van a compartir su último juego juntos, antes de la separación de Antuán, el favorecido por la suerte de la lotería.
Daniel Chile planta el escenario terrible como un adversario que dibuja el conflicto externo de sus personajes. Los padres de Antuán (Massiel Dueñas y Andros Perugorría) no sólo se alzan contra la penuria presente, tienen un motivo más: van a traer otro hijo al mundo y su preocupación es el futuro. Pero el muchacho protagonista, en medio de esas circunstancias duras, no ha perdido el impulso infantil y despedirse de sus amiguitos es un imperativo.
Sin embargo, el tiempo corre y esta variable también gana el significado de obstáculo, porque el momento de la partida es inminente. A Antuán solo le resta oportunidad para un último juego. Este juego, sin embargo, se complica.
Por dentro de los niños también corren demonios, que en las condiciones de la normalidad pueden disiparse, pero emergen ante una situación de cambio. De pronto, la diferencia material entre los muchachos y la constatación de las desigualdades de la fortuna, el egoísmo, la envidia, la necesidad de mostrar coraje u hombría.
Todos estos elementos aparecen, se combinan y suben la presión del drama.
La decisión final
La inocencia desaparece, la crueldad aflora y queda recreado un ambiente al estilo El Señor de las Moscas. La cámara recorre en círculos, en planos inestables, a los personajes y el perímetro cerrado donde transcurre la acción, cargándola de electricidad maligna. No cabe decir más sin robarle sorpresa al visionado de la película. Chile y Salatti apuestan por el suspense y amagan varios finales, llevando al espectador hasta creer en la posibilidad más terrible.
A la larga, tampoco la solución final es demasiado consoladora. Habrá quién recordará aquella cinta titulada La decisión de Sophie. Porque El último juego no es solo una película sobre el nexo de la amistad revelando sus lados oscuros sino, además, sobre una familia puesta a prueba en un momento crucial, cuando sobre una triste balanza hay que colocar los afectos de un lado y del otro el pragmatismo o la urgencia del instante.
Chile expone la vida, muestra alegrías y tragedias; pero no juzga, ni reparte papeles maniqueos de buenos y villanos. Si Atrapado había marcado para él un punto de madurez, en lo profesional y en su entendimiento humano, ahora sube con la nueva propuesta hasta un escalón superior. Y la ficción cubana también sale ganando un realizador que envuelve ya mucho más que promesas (2026).
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