Declaración de intención
Las posibilidades de integración son hoy más ciertas que en cual otro período histórico de América Latina.
El presidente cubano Raúl Castro conversa con Hugo Chávez durante la Cumbre del Alba en 2009.
La necesidad de unificarnos por dentro no es nueva en lo absoluto, no. Emergió hace ya cerca de dos siglos, cuando los pueblos latinoamericanos emprendimos lo que la historia ha dado en conocer como nuestro primer proyecto independentista; un proyecto que fracasó, justamente, producto de la desintegración. Desde entonces, la unidad latinoamericana permaneció siempre en el punto de mira, pero solo consiguió esbozarse en intentos loables sin alcance definitivo.
¿Qué fue la Liga de los Pueblos Libres organizada por José Artigas, si no un intento para unir a todas las provincias del Río de la Plata? ¿Qué fue la «Carta de Jamaica» de Simón Bolívar, o su discurso de Angostura, su correspondencia con José de San Martín y tantos otros documentos, si no un reclamo de alianza entre nuestros pueblos? Apenas unos años más tarde y como continuidad de este sueño bolivariano, ¿qué fue la concepción de José Martí sobre la segunda independencia (cuando todavía nadie la había identificado como tal), si no el claro llamado a una sola América Latina unida, como se lee en «Nuestra América»?
Y en el siglo siguiente, en camino a su sexta década, ¿qué significaron la Revolución Cubana y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), si no dos intentos iniciáticos claves de integración real que favorecieron la radicalización del Latinoamericanismo? Parecía ser este el momento propicio para la sedimentación de una sólida y efectiva alianza, pero una vez más quedó enervado el propósito integracionista de los hechos. Asumo que por diversas y complejas razones que no aspiro a explicar en la brevedad de estas líneas, pero que seguramente se asociaron, en el caso de la CEPAL, a su dependencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la toma de decisiones, y en cuanto a la Revolución Cubana, a la frustración por parte de las dictaduras militares en los setenta de los movimientos revolucionarios que su ejemplo inspiró.
Lo cierto es que en medio de aquel convulso panorama de golpes de estados y de perenne inestabilidad política, las estrategias de unificación por lo general anidaron en tierra de nadie, y el proceso inconcluso de la unidad latinoamericana se postergó hasta la última década del siglo XX, donde aparecen nuevas y audaces alternativas, deudoras de la mejor tradición de las luchas independentistas y por la unidad nuestramericana, y capaces de aprovechar las potencialidades de un escenario político-social diferente, caracterizado por la oleada emergente de gobiernos democrático-progresistas que, no rendidos ante la evidencia de una América históricamente dispersa e inconexa, vuelven sobre la unidad continental como necesidad primera. Tal es el caso de una entidad supranacional como el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), de un organismo de ámbito internacional como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y, más recientemente, de un mecanismo regional de integración como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y Petrocaribe, que en su II Cumbre Extraordinaria del pasado diciembre, ponderó «la importancia de la unidad a lo interno y entre los países del ALBA», en la voz del primer vicepresidente cubano, Miguel Díaz-Canel.
El espacio de la cumbre contribuyó aun más a articular el ALBA como un genuino «núcleo fundante de poder suficiente», condición indispensable que podrá asegurar la integración, según Alberto Methol Ferré. Una integración que debe ser vista desde el intercambio y la cooperación, la interconexión y el diálogo, la participación y la coexistencia, la unidad desde la diversidad y la diferencia, la inclusión de las minorías y la dialéctica de hacer de la periferia el centro. Solo así, la integración no «seguirá arando en el mar», como decía Bolívar, para intentar por fin echar raíces en tierra, en tierras de América Latina, a pesar de su atomizado contexto contemporáneo.
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