Contra mujeres

Sobre el tema de la violencia contra las mujeres, este trabajo publicado en 2006 por nuestra Revista Mensual.

Jorge Luis Baños

La violencia física, psicológica y sexual contra las mujeres en Cuba alcanzó este mes un reconocimiento sin precedentes que podría convertirse en la apertura a un debate, excluido del discurso oficial y silenciado en la mayoría de los medios de comunicación.

Programas televisivos, entrevistas a expertos, propaganda, conferencias teóricas y acciones desde la sociedad civil se sucedieron en Cuba en las vísperas del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

«Todavía queda mucho por hacer, pero podemos entusiasmarnos con lo que está por venir», dijo a IPS Norma Vasallo, presidenta de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana, institución académica que celebró sus 15 años de fundada con un panel en el Aula Magna del recinto universitario.

A juicio de Vasallo, el país empieza a vivir una apertura en el tratamiento de la violencia de género, sobre todo en espacios académicos y de toma de decisiones, pero aún hay mucha confusión.

«Se suele restringir la violencia al espacio intrafamiliar, algo que oculta su origen y limita la visión de su alcance», afirmó.

«En Cuba, todavía tenemos muchos prejuicios hacia todo aquello que pueda dañar nuestra imagen y opacar los grandes esfuerzos que hemos venido haciendo por construir una sociedad mejor», añadió una de las fundadoras de esta Cátedra que ha promovido la investigación académica del asunto.

En el panel participaron representantes de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), organización femenina que agrupa a la mayoría de las mujeres mayores de 14 años de todo el país, del Centro de Estudios de la Mujer y del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), ambos gubernamentales.

La FMC coordina desde 1997 un grupo nacional de prevención de la violencia intrafamiliar y realiza un importante trabajo de atención a las víctimas, pero nunca antes había tenido un protagonismo similar en actividades públicas dedicadas a la violencia contra las mujeres en el mundo, incluida Cuba.

Las presentaciones estuvieron matizadas por la información sobre los logros alcanzados por el país en materia de derechos y desarrollo de las mujeres, pero sin negar la existencia de violencia de género en todos los ámbitos de la vida, como era usual en décadas pasadas.

Los estudios realizados hasta ahora no permiten disponer de una visión del fenómeno en toda su dimensión cualitativa y cuantitativa, pero reflejan «resultados similares a los de otros países», indicó la experta Clotilde Proveyer, integrante de la Cátedra y del Grupo de Trabajo Nacional para la Atención y la Prevención de la Violencia Familiar.

En Cuba no se reportan casos de matrimonios forzados o explotación infantil. Desde el triunfo de la revolución cubana, en enero de 1959, las mujeres gozan de servicios de aborto legal y planificación familiar, posibilidad de divorcio sin importar la causa y acceso equitativo a la educación y al trabajo.

Como muestra de los avances, las mujeres representan hoy más de 66 por ciento de los técnicos y profesionales del país. Pero siguen siendo minoría en los puestos de dirección y, según algunas investigaciones, el propio ascenso social de la mujer se convierte en causa de «impotencia» masculina y detonante de manifestaciones violentas.

«La violencia de género puede ser menor en Cuba que en México, pero siempre es demasiada», dijo a IPS la socióloga alemana Miriam Lang, quien ha realizado investigaciones en ambos países latinoamericanos.

De acuerdo con Lang, a diferencia de las mexicanas, las cubanas «pueden ser extrovertidas y hasta agresivas sin perder la consideración de la sociedad», pero muchas aceptan que su pareja «les prohíba salir de su casa cuando quiere, encontrarse con quien quiera, incluso mirar adonde quiere o ponerse la ropa que le gusta».

«Este control permanente es visto como una prueba de amor», afirmó.

La sociedad cubana actual es heredera de una fuerte cultura patriarcal, con actitudes transmitidas de una generación a otra que reproducen en la pareja antiguos modelos de relación entre hombres y mujeres. Esos patrones colocan a los varones en una injusta posición de superioridad con respecto a las féminas.

Se considera que la violencia intrafamiliar, física, psicológica o sexual está presente en la isla sin distinción de religión, nivel cultural, situación económica, color de la piel, diferencias de edad o tiempo de relación de la pareja. «Un estudio sobre prevalencia nacional podría ofrecer un acercamiento más confiable», propuso Proveyer.

Autora de algunos de los trabajos más importantes sobre esta problemática en Cuba y profesora de la Facultad de Sociología de la Universidad de La Habana, Proveyer reconoció que se nota una «mayor preocupación de los actores sociales por la visualización» de la violencia de género «como parte de la lucha por la equidad».

Sociedad civil contra la violencia

El Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero ha ido más allá de la preocupación y en los últimos años ha organizado talleres en tres comunidades vulnerables de La Habana (Pilar-Atarés, Balcón Arimao y El Canal), con el fin de identificar «las diferentes manifestaciones de violencia que se dan en el día a día».

El Grupo, que tiene entre sus objetivos facilitar la capacitación sobre desafíos socioculturales actuales, en el ámbito comunitario, religioso y civil, realizó un encuentro para «sistematizar procesos en marcha para cambios de actitudes» y la promoción de prácticas adecuadas «que contribuyan a desnaturalizar la violencia».

«Visualizar los tipos de agresiones, las diferentes negligencias, omisiones, las ‘normas’ aprendidas y trasmitidas, el daño moral y físico, ente otros presupuestos, ha sido una constante en el actuar de la organización», indica la invitación al taller, que contó con expertos de diversos sectores y actores comunitarios.

Por su parte, el CENESEX organizó una intensa campaña por la no violencia contra las mujeres, en coordinación con otras organizaciones y redes. Entre otras actividades, se abrieron espacios al debate especializado sobre violencia intrafamiliar, los abusos durante la infancia y la adolescencia y violencia y masculinidad.

«Rompamos el silencio. Protejamos nuestra salud integral», fue el lema de la campaña que incluyó un aviso para su transmisión por la televisión nacional, la distribución de un pliego impreso con información para la prevención de la violencia contra niñas y adolescentes y divulgación de entrevistas televisivas a expertos del centro.

En tanto, una declaración conjunta de las organizaciones opositoras Arco Progresista y Coalición Diálogo Pro Derechos reconoció «el trabajo independiente que un grupo de mujeres viene realizando para detener y erradicar la violencia doméstica y la investigación y documentación que sobre este tipo de violencia desarrollan algunas instituciones oficiales».

«Todos estos esfuerzos deben converger en un punto común: hacer de Cuba un territorio libre de violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

Una tarea bien difícil en nuestro país porque la violencia entre nosotros tiene un fuerte arraigo cultural y se alimenta de múltiples fuentes: sociales, domésticas, comunicacionales, económicas y políticas», asegura la declaración.

VIOLENCIA JUSTIFICADA

Otro trabajo científico titulado «Un acercamiento a la violencia masculina desde las representaciones sociales», de la especialista Yaima Mes Fernández, indagó en las manifestaciones del maltrato entre mujeres profesionales. La mayoría de sus entrevistadas (72 por ciento) consideró que la violencia forma parte del afrontamiento cotidiano de conflictos en el contexto de las relaciones de pareja.

Al referirse a la persona que más frecuentemente acude al maltrato, el 88 por ciento señaló al hombre, sólo el seis por ciento admitió a la mujer y otro tanto consideró que podía ser cualquiera de los dos integrantes de la pareja, indistintamente. Sin embargo, en la totalidad de los casos que indican al hombre como el más violento se esgrimen argumentos que vinculan las causas con modelos estereotipados de la masculinidad.

«El hombre es más fuerte», «es el que domina», «ellos no tienen control», «son violentos por naturaleza» o, incluso, «no saben conversar como las mujeres», fueron algunas de las frases usadas por las profesionales encuestadas. «Algunas de estas expresiones también reflejan una naturalización de la violencia masculina», afirmó Mes Fernández.

Ante la posibilidad de una ruptura con el hombre que las maltrata, las mujeres encuestadas plantearon la dependencia económica y la estabilidad familiar como razones fundamentales para mantener el vínculo, a pesar de todo.

En este sentido aparecen justificaciones como: «por mantener a los hijos con su padre», «por cuidar la unidad de la familia», «por no ponerle un padrastro a los hijos». O se aprecia el amor femenino como sufrimiento, dependencia, sumisión o entrega total o incondicional.

«Cobra gran importancia la influencia de patrones socioculturales que demandan de las mujeres una renuncia a su bienestar personal y una postergación de sus necesidades propias a favor de la unidad de la familia, donde ella es considerada el eje de unión y el sostén afectivo», asegura la especialista.

Del total de consultadas, el 62 por ciento reconoció haber sido víctima al menos una vez de alguna conducta violenta por parte de su pareja, aunque la mayoría lo explicó desde factores desencadenantes como el alcohol, los celos y el estrés y no por las reales asimetrías de poder que subyacen en el fenómeno. «De forma notable se aprecia en las respuestas la influencia de aquellos mitos y estereotipos que se han legitimado a través de la educación», aseguró Mes Fernández.

Los grupos, que actúan en condiciones de ilegalidad, aprovecharon la celebración del 25 de noviembre, introducida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para convocar a «una jornada de reflexión en cada familia», con el lema de La Violencia no es la Solución.

Asimismo, pretenden abrir «un proceso de consulta» con la población e instituciones, entre este 25 de noviembre y el primero de marzo de 2007, con el fin de proponer la institución en Cuba del Día del Respeto a la Diferencia. «La violencia tiene su origen principalmente en la intolerancia en la que hemos crecido», asegura la convocatoria.

VIOLENCIA COTIDIANA

Una investigación realizada en la oriental provincia de Guantánamo a finales de la década del noventa del pasado siglo arrojó resultados inquietantes sobre la presencia cotidiana de la violencia en los hogares de esa región.

Pacientes atendidos en 12 de los 26 consultorios médicos estudiados refirieron frecuentes conductas violentas, con gritos, insultos, empujones, cachetadas y hasta machetazos, cuchilladas o muertes.

Las principales víctimas de la violencia física fueron las mujeres, secundadas por los niños, a quienes los padres suelen castigar para imponer su autoridad. «La letra con sangre, entra», dice uno de los refranes más populares de la isla, que refleja una tradición donde aprendizaje y castigo marchan juntos.

«Como aprendieron que así es como mejor se educa, entonces hay personas que recurren al castigo y hay personas que apelan al golpe», indica Ileana Artiles, vicedirectora del CENESEX. «Pero los golpes sólo enseñan a golpear», apunta.

Todas las personas interrogadas reconocieron haber pasado en algún momento de sus vidas por el maltrato físico o haber contado con algún familiar que lo ejerciera sobre otros, a la vez que coincidieron en que las mujeres no son sólo víctimas de la violencia, sino que emplean con frecuencia la agresión verbal hacia niños y cónyuges.

A los hombres les resultó incómodo hablar del tema, minimizado o negado por lo general en sus justificaciones. Para ellos, además, las víctimas visibles son los niños, no las mujeres.

«La violencia que más se practica en contra de la mujer es la psicológica», concluyó la doctora Mery Vivian, autora de la tesis de maestría, titulada «Salud mental y violencia». Es decir, se trata de aquellas conductas de imposición, presiones, incomprensión, insultos, amenazas y hasta indiferencia de los cónyuges que a muchas mujeres hace sentir molestas, desvalorizadas, incapaces, inadecuadas o con pocas posibilidades y libertad personal.

El deterioro de la autoestima, la falta de motivación, los temores y otros problemas de salud mental como ansiedad, neurosis, depresión o alteraciones del sueño vienen a ser las consecuencias finales de dichos actos.

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