A debate

Discapacidad y acceso al empleo: la punta del iceberg

Isabel Moya

Profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana y directora de la Editorial de la Mujer de la FMC.

La convivencia con la discapacidad, tanto física como mental, es aún un desafío para la sociedad contemporánea. Aunque mucho se ha avanzado desde la época en que se consideraba a las personas con discapacidad abominaciones, y de las teorías que abogaban por no dejarles vivir o por encerrarles o esconderles, aún muchas personas asumen la discapacidad como una enfermedad y no como una condición de vida. Las ven como enfermos necesitados de asistencia y no como personas con derecho a participar en la medida en que sus posibilidades y su voluntad lo decidan. Yo, por ello, prefiero otras denominaciones como personas con necesidades especiales o personas con capacidades diferentes.

Para las mujeres es aún más difícil, pues la sociedad ha anclado el éxito femenino muy vinculado con su cuerpo y con la apariencia física, por una parte, y con la maternidad, por otra.

En el caso de nuestro país, la voluntad política del Estado cubano aboga por la protección y el desarrollo pleno de las personas con discapacidad. Ello se explicita desde el sistema de educación especial, que incluye la discapacidad motora, sensorial y mental, hasta la reciente incorporación al Código del Trabajo de la no discriminación por motivos de discapacidad en el empleo. Igualmente se corrobora en la existencia de las diferentes asociaciones, según el tipo de discapacidad y en la relación que ellas tienen con los organismos de la administración central del Estado, así como en la existencia de planes nacionales para dar respuesta, de manera integral, a las diferentes problemáticas y necesidades.

Sin embargo, a pesar de ello, existen aún muchas barreras, sobre todo mentales, que derribar, y también arquitectónicas, pero estas últimas son más fáciles. En algunas personas prima el enfoque asistencialista más que el de integración, se piensa más rápido en dar una pensión que en buscar crear condiciones para que la persona con otras capacidades pueda trabajar en cualquier lugar que esté de acuerdo con su formación profesional y no solo en talleres para personas con discapacidad.

Por ejemplo, cuando los estudiantes de la educación especial llegan a la universidad se encuentran con obstáculos diversos, muchos se vencen por la solidaridad de los estudiantes o los sacrificios de los familiares, fundamentalmente las madres. Hace algún tiempo salió un reportaje en el noticiero de televisión de una invidente que estudió sicología; su madre la llevaba todos los días a la facultad, esperaba afuera a que terminara y luego volvían a casa, pues vivían en un municipio de la periferia. O en la Facultad de Derecho, donde los estudiantes cargan las sillas de ruedas, pues no hay un elevador. Pudiera argumentarse que es una construcción de principios de siglo, es cierto, pero acaba de ser remozada ¿por qué no se previó en la inversión un elevador de los que se colocan en el pasamano, con lo que no es necesario realizar ninguna intervención que modifique la arquitectura del edificio?

Somos un país con dificultades económicas, pero a veces se hace la inversión y luego se clausura la rampa, como sucede en el Hotel Telégrafo, donde han colocado macetas frente a la rampa. Existen también buenas prácticas que hay que divulgar más para que se generalicen, como la del cine Infanta, con elevador y baño para personas con discapacidad, o el teatro de Bellas Artes, que tiene una entrada preparada para silla de ruedas.

En mi caso en particular, ha sido decisiva para mi integración plena el apoyo de mi familia y la solidaridad de muchas personas a lo largo de mi vida: desde mis compañeros y compañeras de aula, mis colegas de trabajo, mis médicos y médicas, mis amistades, hasta mis estudiantes.

Tengo que decir que, en primer lugar, mi madre, padre y hermano fueron decisivos: no hubo lástima, ni sobreprotección; me dieron mucho amor y me alentaron a participar en todas las actividades extraescolares, a pesar de usar aparatos ortopédicos de hierro desde la cintura, atados con cintas de cuero a las piernas, hasta los zapatos. Ahora mi esposo e hija se suman a esa red de amor y apoyo tan necesaria.

Y otro momento crucial fue iniciar mi vida laboral en la Federación de Mujeres Cubanas, donde la no discriminación y la inclusión son fe de vida. En particular pienso en Vilma Espín, quien me apoyó en todo momento, especialmente durante mi embarazo, momento en que se agravaron mis limitaciones físicas, y así fui ocupando diferentes responsabilidades hasta la que ocupo actualmente como directora general de la Editorial de la Mujer.

Personalmente, lo que más me molesta es la discriminación que se escuda tras una supuesta protección, cuando alguien sin consultarme dice que no puedo participar en esto o aquello por “mi problema”. Por eso me gusta mucho el lema de la Convención de Naciones Unidas sobre las personas con discapacidad: “nada sobre nosotros, sin nosotros.” Recuerdo una vez que estaba en un aeropuerto en el Oriente del país e íbamos para la Habana y el sobrecargo le hablaba a mi asistente y no me hablaba a mí, como si yo fuera incapaz de tomar una decisión.

No todo es color de rosa, por supuesto; he ido en mi silla de ruedas y un chofer nos ha tocado el claxon para que nos apuremos, pero entonces yo paro la silla y le hablo. Soy una luchadora, no solo contra mi esqueleto deforme y mis dolores, sino contra la intolerancia y la discriminación. Lo hago no solo por mí, que me siento realizada, sino por las demás personas con necesidades especiales y por la sociedad toda, que será mejor mientras más inclusiva sea.