A debate

Cooperativas no agropecuarias en Cuba: ¿Ser o no ser?

Ariel Dacal

Educador Popular. Doctor en Ciencias Históricas, Universidad de la Habana (2007). Miembro del equipo de formación en Educación Popular del Centro Memorial Martin Luther King.

El desarrollo ha sido limitado. Las cooperativas han sido, dentro del abanico de formas de propiedad presentes en Cuba, la menos favorecida, la que ha nacido con más lastres. Un dato significativo es que la ley que consagra esta forma de propiedad es la única con carácter experimental. Añádase la declaración oficial aparecida en mayo de 2015 de no crear nuevas cooperativas y no encaminar el desarrollo de las de segundo grado. Lo que falta por hacer es mirar más en profundidad cuáles serán los alcances de esta forma de propiedad en el modelo económico cubano y entender qué comprensiones sobre las cooperativas en particular y sobre la economía en general están detrás de las definiciones políticas sobre las cooperativas.

Hay que diferenciar aquellas experiencias nominalmente cooperativas que surgen por decisión desde arriba y las que surgen por el empeño de personas que desean asociarse por razones diversas. Marco esta salvedad porque la cooperativa es esencialmente un espíritu asociativo y no una directiva económica. Sin reducir este asunto a esquemas rígidos, la diferencia antes dicha puede levantar respuestas diversas a la pregunta. Tendríamos que indagar entonces cuántas cooperativas fueron creadas por decreto y cuántas fueron gestadas por proyectos que atravesaron con buena ventura los entuertos burocráticos para la aprobación de cooperativas.

Al mirar la cooperativa en su alcance potencial, integrador, tanto como unidad productiva y espacio con responsabilidad social, su aporte puede ser significativo. Si miramos la cooperativa como proyecto que apunta a modificar no solo las formas sino la cultura productiva en Cuba, sin dudas el desarrollo local y territorial pudiera tener frutos más felices. Ahora, cabría preguntar qué comprensión de cooperativa es la que dialoga con estos espacios. Si como tiende a ser hoy, las cooperativas son vistas como una empresa estatal más, sujeta a rígida planificación, no creo que los resultados sean diferentes a los que están presente en el contexto territorial cubano. Si por el contrario se potencian los valores que entraña esta forma de propiedad, y esencialmente de gestión, el espacio local tendría otro significado. De todos modos ninguna forma de propiedad por si sola resolverá el problema del desarrollo local y territorial. Eso será posible con políticas integradoras que apunten a tal desarrollo y a la eliminación de los lastres burocráticos y el economicismo que limita el desarrollo local.

La respuesta es más objetiva si partimos de la pregunta ¿qué sistema económico, político y social es el referente? Las políticas al uso, es decir, las cosas concretas que se están decidiendo hoy en Cuba no tienen para las cooperativas un horizonte muy claro. Me atrevo a decir que son más nominales que reales en el entramado económico y político cubano. Con la vista puesta en una sociedad con intenciones de socializar el poder y la propiedad, las cooperativas sería una forma privilegiada pues en ella han de convivir en armonía la economía y la política, la gestión eficiente de recursos que pasa por la democratización del proceso productivos y su relación con los espacios sociales más amplios fuera de ellas, como por ejemplo, el territorio.

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