A debate

Derechos en Cuba: viejos y nuevos desafíos

Yohanka León del Río

Investigadora del Instituto de Filosofía, integrante del Grupo América Latina, Filosofía Social y Axiología (Galfisa), profesora de la Universidad de La Habana.

Con independencia de datos y otras referencias de las cuales no dispongo, quisiera explicar por qué afirmo que más que el concepto, el ejercicio de los derechos humanos en Cuba ha evolucionado en estos más de 50 años. Y es, precisamente, por la manera en que se han entendido los DDHH. No lo hago solo desde el punto de vista personal, sino que tomo como referencia los acertados análisis hechos por Franz Hinkelammert (1931-) acerca de la concepción e interpretación de los DDHH.

Como bien explica este destacado teólogo y economista alemán, todo el mundo habla de los DDHH y todo el mundo los defiende, pero hay que partir de algo tan simple pero profundo como que ellos afirman al ser humano como ser humano natural, corporal, real. Esto significa que los DDHH no se rigen por una institucionalidad o por un decreto, sino que se basan en el reconocimiento del individuo en su dignidad de ser humano, de humanidad.

Los DDHH alcanzan norma de reconocimiento de Derecho, como legalidad, en 1948, en el seno de la Organización de Naciones Unidas (ONU); sin embargo, no nacen ahí, es decir, no se constituyen a partir de esa norma que la “comunidad internacional” acepta como DDHH. Por tanto, aferrarse a la única idea de que solo esa institucionalidad y esa norma son el reconocimiento de los DDHH es algo limitado y, también, muy manipulado.

Sabemos, por ejemplo, que Cuba durante años ha sido llevada por Estados Unidos a juicio de una Comisión de DDHH en Naciones Unidas por supuestas violaciones. La propia comunidad internacional ha reconocido que, según su Carta, no existen violaciones a los DDHH en Cuba. Ahora bien, esto no dice que en Cuba no haya violación de los DDHH. Simplemente eso es una ratificación, un reconocimiento que hace la norma, pero hay que ver cómo evalúan las cubanas y los cubanos qué es lo que realmente pasa, no con los derechos humanos que afirma una Carta, sino con el reconocimiento del ser humano como individuo corporal, vivo, íntegro, digno.

Por eso afirmo, en ese sentido, que en Cuba hay una evolución de los DDHH. Y no solo porque hubo una revolución en 1959 que cambió y dignificó la vida de la mayoría de las cubanas y los cubanos, sino porque se ha sido consecuente en el seguimiento y la garantía del reconocimiento del ser humano como ser humano vivo, corporal, digno.

Independientemente de todas las crisis que hemos tenido, se ha mantenido esa consecución y, además, se ha convertido en sentido común. Tal vez sea esa la razón por la cual hemos naturalizado nuestros derechos de una manera humana, lo que no quiere decir que sean eternos. Por ejemplo, el aborto —un derecho humano privatizado en la inmensa mayoría de los países del mundo— en Cuba está plenamente garantizado para todas las mujeres. Ah, otra cosa es que los mecanismos, las formas, el modo de implementarse pueden ser mejorados, es cierto; pero las cubanas no se lo cuestionan porque el aborto es una decisión individual que se respeta y garantiza de modo gratuito y seguro. Ese no es un derecho civil dado a la ciudadana cubana, es un derecho de salud que tiene toda mujer cubana, es un derecho sexual y reproductivo y, por tanto, la sociedad garantiza ese derecho de salud.

En Cuba cada niña y niño tiene derecho a una escuela, independientemente de que viva en la ciudad o en un sitio intrincado en la montaña. Ese es también un sentido común. Igual pasa con el ejercicio del derecho a nuestra soberanía como nación o con la salud, aun cuando se pueden mejorar los servicios que se brindan en las instalaciones médicas.

A pesar de todas las críticas que se hacen al ejercicio del derecho a la libertad de expresión, de la opinión, las cubanas y los cubanos hemos aprendido a vivir —y no es una defensa apologética— con dignidad, nosotros miramos de frente; hemos acumulado una cultura de dignidad en el sentido de no sumisión que se expresa en una actuación del ser humano cubano con un reconocimiento natural de su dignidad. Tú eres un ser humano igual que yo. Yo te vendo galletas y tú me compras galletas, pero por venderme galletas no eres superior a mí. De hecho, cuando hay cierta actitud de soberbia, los cubanos nos rebelamos.

El problema de los DDHH hoy en Cuba está en que lleguemos a naturalizarlos, consideremos que están ahí desde ahora y para siempre y no reconozcamos que son una conquista heredada, no solo desde 1959, sino desde épocas anteriores, desde las constituciones, desde las luchas y procesos sociales que han llegado hasta el presente y, por consiguiente, consideremos que son inmutables, que no van a cambiar.

Todo puede cambiar y puede cambiar porque hay una dicotomía en la comprensión de los DDHH. A mi modo de ver, están los DDHH —entendidos en la significación de la dignidad del ser humano y su expresión a partir de la norma, de la institucionalidad—  que nace en el Estado burgués, por tanto, la norma es la expresión de un ser humano como un individuo propietario, ya sea dueño de alguna propiedad, ya sea de fuerza de trabajo. En este sentido, el derecho humano como derecho del individuo, como ser natural en su totalidad, y el derecho del individuo como poseedor, es una contradicción que está entronizada en la historia de los DDHH.

Y, justamente, en ese devenir lo que ha prevalecido es la idea del derecho de ese ser humano como propietario, como poseedor. Ese derecho ha absorbido al otro derecho. De modo que casi siempre se ve el derecho humano como expresión del ejercicio de una ciudadanía como miembro de un Estado. Claro, es cierto, no se puede renunciar a esto, y nuestras luchas de las constituciones de los años 40 y las luchas civiles forman parte de esos derechos, pero no podemos considerar que esos son los DDHH en sí mismos. Esto es importante aclararlo porque esa dicotomía es una relación en la cual esos derechos humanos del propietario son expresión de derechos que se van a defender en nombre de esos otros derechos humanos que están subsumidos sobre el derecho del poseedor.

Por eso es tan necesario discernir cómo se ha empleado y manipulado el concepto de derechos humanos a lo largo de la historia.

Otro aspecto que es preciso tener en cuenta es que cuando hoy se habla de DDHH en abstracto, se escamotea, se esconde el ejercicio violento de una norma de derechos humanos, de esos derechos de propiedad que están supeditados al poder del mercado y al poder de las grandes corporaciones que imponen su propia concepción y, por tanto, se erigen en defensores de los DDHH, pero los violan en nombre, precisamente, de ellos mismos. Es decir, convierten a los DDHH en el perseguidor de los DDHH. Parece una contradicción, pero no lo es.

La sociedad cubana debe avanzar en otros derechos y llegar a que muchos de esos derechos se constituyan en norma. Así, por ejemplo, está el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGTBI (lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersexuales), del matrimonio igualitario; trabajar más sobre los derechos de las niñas y los niños a una vida sin violencia. En Cuba tenemos reconocido esto en el Código de la Niñez y la Juventud, pero es preciso que esa norma se haga más vida.

La sociedad cubana tiene una potencialidad de perfeccionamiento impresionante y para eso cuenta con la posibilidad no solo de llevarlo a cabo, sino también tiene acumulados que le permite dar saltos mayores que en otras sociedades.

Otro asunto clave es el envejecimiento poblacional. Sobre esto hay que pensar y legislar. Hay que lograr el ejercicio digno, pleno, íntegro de las personas de la tercera edad como seres humanos. ¿Qué significa una vida digna, plena, para un adulto mayor en Cuba? Es cierto que tenemos los círculos de abuelos, la Universidad del Adulto Mayor, pero tenemos más potencialidades sociales para que ese derecho humano sea más y mejor ejercido.

Por otra parte, está el tema del debate público. Decir que en Cuba no se debate es mentir; sin embargo, lo importante es que el espacio público de debate sea un propulsor, un potenciador de los cambios, de las transformaciones. Lograr lo que proponía Antonio Gramsci, que el espacio público de debate, de diálogo, sea un espacio para la construcción y el cambio de la sociedad. Y para lograr eso hay que innovar, recrear, no copiar, pues el entorno de lo público y de la comunicación se ha convertido en una gran industria en el mundo.

Considero que los Estados Unidos han hecho uso y manipulación del tema de los DDHH como uno de los mecanismos para la confrontación con Cuba. Y han armado a un “cuerpo élite” que les sirve de lanza para desacreditar y manipular.

Estamos abocados a una revisión, obviamente, de nuestra Constitución. Debe ser un paso hacia adelante, una radicalidad del proceso revolucionario que llevará a la revisión y construcción de la Carta Magna a la luz de los nuevos tiempos, de las nuevas transformaciones sociales y económicas que está viviendo el país.

La sociedad cubana necesita ampliar su marco constitutivo, leerlo y plasmarlo con nuevos espejuelos, diversificarlo, profundizarlo y radicalizarlo en estos sentidos cada vez más humanos.

Sin dudas las transformaciones socioeconómicas en Cuba eran y son una necesidad imperante, pero por sí solas no son un mecanismo de facto de solución de todos los problemas. Hay que mirarlas como procesos, como medidas pero su esencia está, precisamente, en el ejercicio de la dignidad de los seres humanos. Se trata de que cubanas y cubanos vivamos más dignamente. Por tanto, un mecanismo económico por sí mismo no garantiza una vida digna. De ahí que esas transformaciones económicas deben estar perseguidas por la visión y consecución de los DDHH, que se inaugura en el proceso revolucionario de 1959, pero que recoge acumulados de procesos de lucha precedentes.

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