A debate

2008-2018: Las reformas en Cuba desde su gente

Marilín Peña Pérez

Socióloga y educadora popular. Cree, como el pacifista hindú Mahatma Gandhi (1869-1948), que para cambiar el mundo hay que cambiarse a sí mismo.

Cuando hablamos de cambios siempre hay que pensar sistémicamente, por eso tendríamos que hablar de los cambios positivos y de los negativos. Lo que sí es una verdad absoluta que Cuba ha cambiado mucho, invitaciones como estas invitan a pensar ¿en qué mucho ha cambiado en lo positivo? y ¿en qué mucho en lo negativo?

En lo positivo aprecio que se han destrabado muchos temas relacionados, sobre todo, con la propiedad (compraventa de carros/casas); el tema de poder viajar, vedado durante años; cambios en la ley migratoria; impulso al trabajo por cuenta propia, que si bien trae consecuencias positivas en relación con los ingresos familiares, trae aparejado otros fenómenos no siempre positivos. Hay una política tributaria que reconoce la responsabilidad de que mayor número de personas jurídicas o naturales participen con el aporte de una parte de sus ingresos en los presupuestos de servicios básicos a la población, como la salud y la educación. Gradualmente se va instalando el principio de subsidiar personas y no productos, lo que veo como positivo; sin embargo, esto impacta en el anterior sistema de seguridad social para sectores en vulnerabilidad, en el que aprecio algunos retrocesos.

En lo negativo también hay cambios que preocupan a no pocas personas:

En lo económico:

  • La situación económica que “mejora” en lo macro, pero no impacta la microeconomía familiar (solo en el caso de las familias que reciben remesas o tienen negocios privados).
  • La visibilización de las desigualdades sociales y su profundización si no se toman políticas a tiempo.
  • Incremento de las migraciones y comienza a instalarse, sobre todo en el sector juventud, una percepción de que el futuro no está dentro del país, sino que hay que emigrar hacia fuera.
  • Migración de fuerza calificada de sectores estratégicos como salud, educación, ciencia y otros, a otros sectores mejor remunerados dentro del país y hacia otros países, descapitalizando los recursos humanos en esferas muy importantes para el desarrollo de la nación.
  • La elevación del costo de la vida, relación salarios/precios de productos de primera necesidad.

Socialmente:

  • La despolitización y el conservadurismo se instala en amplios sectores de la sociedad.
  • Débil funcionamiento de las organizaciones sociales y de masas que, por no recontextualizar su trabajo, las personas no participan como antes de sus tareas, funciones y procesos.
  • Se reconocen sectores de pobreza.
  • Al no tener garantizadas necesidades básicas, las personas se ocupan de vivir pendientes a su solución y participan cada vez menos en la vida colectiva, comunitaria, social.

En la balanza, no sabría decir si están en el mismo nivel lo positivo y lo negativo. Humanamente siempre tendemos a ver más el vaso medio vacío y, como soy una persona optimista, me considero positiva; pero los cambios positivos no alcanzan a la mayoría de la población, todos no tenemos casa ni carro para vender, no todos tenemos dinero para viajar… Sin embargo, lo negativo sí nos impacta a todos: a quienes pueden vender y comprar, a los que tienen dinero y a los que no.

Por tanto, podríamos hablar de cambios que impactan todos los ámbitos de la vida en lo económico, político, social y subjetivo.

Las positivas que menciono en la respuesta a la pregunta anterior.

Me preocupa que los sectores más beneficiados no son precisamente los que sostienen el país (los trabajadores estatales son 70 por ciento de la fuerza laboral), no son medidas que benefician a la gran mayoría, al sector más amplio de la población. Las medidas adoptadas, que considero positivas, han servido para destrabar muchas cosas que eran grandes pendientes; sin embargo, otras muy necesarias y urgentes deberían pensarse y aprobarse, como el pendiente tema salarial, la dualidad monetaria, políticas que frenen la migración de jóvenes y otras acciones que formen parte de la política de atención a este sector, que den esperanza a la juventud de que aquí se puede vivir dignamente y ser feliz con bienestar, sin necesidad de migrar.

En lo personal y familiar esas trasformaciones impactan de manera positiva y negativa. Por ejemplo, mi esposo deja el trabajo estatal y trabaja privadamente para poder producir básicamente lo que necesitamos para vivir, criar a dos hijas y sostener una casa. Cada familia busca salidas y estrategias para enfrentar el momento. Es una especie de guerra ética. Durante años casi obligué a mi esposo a trabajar para el Estado porque siempre le decía: cómo vamos a explicar a las niñas que yo me levanto a las seis de la madrugada, salgo corriendo a firmar la entrada a las ocho, doy lo mejor de mí como socióloga urbanista, trabajando para un bien común que nos trasciende, salvar el patrimonio de Santiago de Cuba; salgo a las cinco de la tarde, aporto mucho socialmente, hago vida de militante —que implica un espíritu de participación en todo— y no tengo ningún estímulo, mi salario no llegaba a 20 CUC (moneda fuerte equivalente al dólar). Y mi esposo —que era chofer de CIMEX, sector emergente de la economía—, ganaba casi el doble de mi salario, tenía estimulación en divisa, monto de dinero para módulo de ropa… ¿Quién aportaba socialmente más? ¿Quién recibía remuneración?

Soy hija de la época en que el trabajo privado era un estigma mal visto socialmente y defendía a mis hijas de dar esas explicaciones. Por otra parte, también es cierto que el trabajo particular puede ser bueno, económicamente, pero impacta la dinámica familiar, porque no tiene horarios; rara vez se coincide para cenar, rara vez uno se levanta y duerme a la misma hora. En mi caso, esta decisión de trabajo por cuenta propia perpetuó y legitimó el papel de proveedor de la economía familiar de mi esposo. Positivo es que en esta etapa mis hijas crecieron y esa dinámica permite que ellas entiendan y valoren mejor los esfuerzos que se hacen para que vivan lo mejor posible y satisfagan básicamente las necesidades de su edad.

En sentido general, creo que muchas familias comienzan a ser conscientemente más responsables de sus proyectos de vida y menos dependientes de las políticas públicas del Estado. El peligro sigue siendo que la gente se empiece a ver más desde el “sálvese quien pueda”, desde lo individual, y no alimente ese carácter colectivo de salvarnos todos como nación.

Yo esperaría cambios que impacten favorablemente a la mayoría de las personas y no a una pequeña parte. Creo que tiene que ver con la tan reconocida y necesaria reforma de salarios. Si bien es correcto reconocer su necesidad, también lo es dar pasos concretos para hacerla posible. No creo que se deba seguir apelando a que los salarios se subirán cuando suba la productividad; hay que estudiar maneras. Las grandes mayorías no pueden esperar más una subida de salarios o hay que impulsar una baja de precios de productos de primera necesidad, y todo esto en relación con la necesidad urgente de una unificación monetaria.

Es imprescindible, además, actualizar el tema legislativo, que las leyes, normativas jurídicas acompañen los cambios que se están produciendo.

Tiene que haber una política expresada en acciones y programas concretos que devuelva la esperanza y el compromiso de la juventud de querer vivir y hacer por el desarrollo de Cuba.

Aspiro a que el impulso dado en diferentes frentes no tenga retrocesos como el caso de las cooperativas no agropecuarias, el otorgamiento de licencias para el trabajo por cuenta propia, donde se aprecia un estancamiento. Todo eso tiene costos sociales.

Aspiro a que lo plasmado en la conceptualización del modelo económico para cada esfera de la vida cubana, vaya siendo evaluado participativamente para corregir posibles desvíos que permitan afianzar el socialismo en Cuba y no lo contrario. Y para ello es muy necesario que se creen mecanismos de participación y control del pueblo en todo este nuevo momento que vivimos.