A debate

2008-2018: Las reformas en Cuba desde su gente

Teresa Diaz Canals

Doctora en Ciencias Filosóficas, profesora universitaria y ensayista. Es autora, entre otros libros, de El momento del agua. Papeles de civismo (2011)

No responderé las preguntas de una manera formal, es decir, de una en una, porque aunque tengo determinadas opiniones, el análisis que brindaré no es propiamente el de una especialista en el campo de la economía; alejada estoy de la visión experta que sí aportarán otras personas muy conocedoras del tema. Solo lo haré en función de una “observadora participante” más, que ha vivido bajo esta experiencia de ensayos —como todo el pueblo de Cuba— durante muchos años, en mi caso específico, mi vida entera. El modelo que seguimos, en definitiva, es el de ensayo-error.

Cuando nos convocaron a brindar opiniones sobre los denominados lineamientos (documento programático de las reformas emprendidas por el gobierno de Raúl Castro) que conducirían al nuevo experimento económico esbozado, varios de mis colegas expresaron sus preocupaciones porque no se contemplaba de una manera sustantiva la dimensión social de tales medidas, consideraban —con mucha razón— que no era suficiente lo que se argumentaba con tal enfoque en ese importante documento.

Por lo antes expuesto, escribo mis puntos de vista que son los de una cubana más, los de una “extraña que permanece”, como nombró el sociólogo alemán Georg Simmel (1858-1918) a los actores sociales que eran apartados y, por ese motivo, podían hacer observaciones más objetivas, pues nacían bajo esa condición. Resumiré en varios puntos lo que deseo expresar:

Se implementa en la actualidad el desarrollo económico del país como si partiéramos de cero desde el punto de vista social. Es decir, cuando se proclama el desarrollo de un modelo próspero y sustentable, muchas veces me he preguntado: ¿y qué estuvimos haciendo durante 59 largos años? Es como que lo anterior ahora es borrón y cuenta nueva; cuando también se ha proclamado que este camino tomado es sin pausa, pero sin prisa, me ha dolido en lo más profundo, porque ya mi generación tiene nietos. Hemos arribado a los 60 o más años y siempre esperamos por un futuro que nunca llegó, sin cruzarnos de brazos. Trabajamos y cumplimos con lo que nos tocó, mucho trabajo y pocos beneficios. Lo material es importante porque los seres humanos todos tenemos derecho a una vida decente, la pobreza es indigna cuando es miserable.

Observo, en este contexto, que Cuba se ha dividido entre los que tienen dinero y los que no lo tenemos. Antes de 1959 había una división entre los cubanos bichos y los sanacos. Eso también lo puedo constatar ahora, al permanecer la pirámide invertida vemos que un cantinero, por solo poner un ejemplo, puede levantar una mansión y un profesional con maestrías y doctorados, si no tiene entradas extras, termina en la extrema miseria al final de su vida laboral.

Fue una sorpresa ¿o no? enterarnos de que los trabajadores cubanos que comenzaron a reconstruir el edificio de lo que es hoy el Hotel Manzana fueron sustituidos por trabajadores indios. Es una vergüenza constatar la diferencia entre los mezquinos salarios que les otorgan a los nacionales, donde quiera que estén, y los que reciben otros trabajadores de otras nacionalidades en muchos lugares del mundo. ¿De qué socialismo estamos hablando? El comunismo científico que yo estudié afirmaba de manera rotunda esa tesis marxista de que a cada cual según su trabajo, etapa imprescindible para arribar a la ilusión de una sociedad “luminosa” y totalmente utópica, donde se recibiría de acuerdo a las necesidades. Sabemos lo absurdo de la parte segunda, pero si no se cumple la primera, eso no tiene otro nombre: explotación, fuerza de trabajo barata…

No quisiera un modelo económico-social que no incluyera a todos los cubanos, los de aquí y los de allá, no deseo una sociedad que todavía, en 2018, priva de ciudadanía a los nacidos en esta tierra por “permanecer más de dos años” fuera de su país, es abominable otorgarle visa a un cubano(a) para que entre en un territorio que también le pertenece. “Cuba no es feudo ni capellanía de nadie”, como bien dijera nuestro José Martí (Héroe Nacional de Cuba, 1853-1895). Nadie es dueño de la verdad absoluta.

Es necesaria la renovación del discurso, el chequeo de los lineamientos se hace o se puede hacer sobre la base de que la gente pueda expresar sus ideas, sus sentimientos, sus aspiraciones. Las cosas van por un lado, las palabras por otro. Hay un ultranacionalismo que cacarea el beneplácito por proclamar con mucho ruido las proezas, las hazañas, los méritos de un proyecto que todavía no ha llegado a la mesa de la familia cubana. Si esto no se cumple, es decir, el cambio de mentalidad que requiere un proyecto que asegure el desarrollo sostenible, entonces de utopía que todavía es, se puede tornar —en vez de avance económico y social— en una gran melancolía, o lo que es lo mismo, una tendencia a la tristeza por la influencia deprimente de un lugar o de un ambiente.

El modelo tiene que incluir la aceleración de una construcción que no dure más de 20 años, como ha pasado con muchos edificios. Aunque no es en esencia eso lo que quiero expresar, esta gran dificultad no es noticia para nadie que viva aquí, ¿o sí? ¿A quién le ha interesado que un edificio ha durado ese tiempo en edificarse? ¿Quién ha respondido por eso? Nadie. Debemos entender, además, la tragedia de Solness (se trata del personaje del constructor Harvard Solness del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, 1828-1906, que fue retomado como un símbolo por el escritor argentino Eduardo Mallea, 1903-1982, en su ensayo Historia de una pasión argentina, 1937), el constructor, la tragedia de la construcción, la cual se alza cuando colocamos piedra sobre piedra y, sin embargo, tenemos la sensación de que resulta una construcción no animada, estéril y triste. A veces la conformidad es asfixiante, a veces el complejo de superioridad es grande, ello unido a mucho desconocimiento de lo que pasa en el resto del mundo.

Me pregunto: ¿dónde quedarán en este esquema los sin voces, los sin casa, los viejos, los niños? El desarrollo de este proyecto requiere el acompañamiento de los denominados valores, que no son más que las virtudes. La honradez desaparece en una sociedad donde los que venden estafan de manera continuada a sus clientes, nadie se pregunta o nadie escribe ¿por qué lo hacen? ¿Porque son perversos, tránsfugas, delincuentes? Es muy fácil la solución que brinda el programa policiaco (de la televisión pública) Tras la huella: los buenos se encargan de castigar a los malos. Punto. Se requiere un análisis o un guión que complejizara más nuestra realidad a través del arte. El peligro está en que la necesidad obliga, pero es un fenómeno que amenaza en volverse costumbre, en naturalizarse. He ahí la importancia de la prisa.

Hablamos de resistencia, pero esa palabra debe ser germinativa. Hablamos de esperanza, pero no es tal, si no es creadora. Hay un refrán que todos conocemos: mucho ruido y pocas nueces. Ese es el riesgo que puede traer el “nuevo” modelo. Se dice que este pueblo habla en voz alta, aunque su rigor más pleno también ha sido silencioso. Los cubanos y cubanas saben muy bien que se puede transformar allí donde están las cosas en el plano más elemental, en las cosas mismas, a partir de las cuales nuestra patria vive.