A debate

Las religiones en Cuba durante tiempos de cambios

Amós López

Teólogo y pastor de la Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao.

Se ha incrementado la presencia de nuevos movimientos religiosos (fundamentalmente dentro del ámbito evangélico-protestante o con referencia a este campo) y de religiones tradicionales en otras partes del mundo que no habían tenido un trabajo sistemático en Cuba (como la Fe Bahai por ejemplo, y en el caso del cristianismo, las iglesias ortodoxas de Rusia y Grecia). Por otro lado, los diversos grupos religiosos vienen ganando en visibilidad y alcance en términos geográficos y de membresía, así como en infraestructura y publicaciones, lo cual incrementa su impacto social.

El catolicismo romano continúa teniendo una gran influencia en la espiritualidad general del pueblo cubano, no tanto en la vida del creyente militante comprometido con la iglesia-institución, sino en la religiosidad del día a día, en prácticas que llevan en sí la presencia de otras influencias religiosas (fundamentalmente de origen africano), que se han venido mezclando con el cristianismo católico. La Iglesia católica, a su vez, continúa incrementando su visibilidad, no solo en diversos medios, sino en espacios de formación para laicos que se diversifican y multiplican por todo el país.

Las religiones cubanas de origen africano continúan teniendo un número significativo de seguidores. Las nuevas corrientes y movimientos que se generan dentro del mundo evangélico, con acento conservador en lo político y lo moral, también ganan fuerza. Un ejemplo de esto último es el impacto que varias de las iglesias evangélicas más fundamentalistas están teniendo en el espacio público, a raíz de sus pronunciamientos y movilizaciones frente a algunos aspectos del proyecto de reforma constitucional, especialmente el referido al matrimonio igualitario.

Es un tema que genera diversidad de criterios entre los propios creyentes. Una Ley de Culto ayudaría a regular una serie de procedimientos con vistas al ordenamiento legal e institucional de las prácticas religiosas en el país (labor que en la actualidad recae sobre el Ministerio de Justicia) y en ese sentido lo considero necesario, ya que ello podría ofrecer respuesta a necesidades que tienen los grupos y organizaciones religiosas en cuanto a infraestructura, despliegue de proyectos comunitarios, etc. Por otro lado, una Ley de Culto podría también establecer límites a ciertas prácticas que hoy día desarrollan las organizaciones religiosas y que son canalizadas gracias a relaciones históricas y “actos de confianza” por parte de las autoridades, en relación a un liderazgo religioso reconocido y, justamente, confiable. Como quiera que sea, una Ley de Culto tampoco es objeto de discusión a nivel de un texto constitucional, en el cual solo se recoge el derecho de cada ciudadano a elegir y practicar la fe religiosa de su preferencia.

En un mayor apoyo a iniciativas de impacto social y comunitario provenientes de las organizaciones religiosas y en consonancia con los principios de justicia social y empoderamiento popular promovidos por el socialismo.

En una mejor regulación de los permisos para la realización de servicios religiosos, de manera especial para lograr buenas relaciones de respeto y convivencia entre diversos grupos y entre estos con el resto de la sociedad. Hay actividades de índole religiosa que contribuyen a la contaminación sonora en los barrios y causan malestar a las familias vecinas.

En una respuesta más eficaz por parte del Estado y las autoridades competentes a las necesidades (de infraestructura, autorización de eventos, acceso a la seguridad social, etc.) de las organizaciones religiosas debidamente establecidas en el país.

En una mayor consideración de los valores éticos de las religiones como contribución a los diseños de estrategias educativas y la formación cívica, lo cual no significa necesariamente abogar por la posibilidad de que la educación religiosa esté presente en nuestros sistemas de enseñanza estatal.

 

Mi experiencia ecuménica se enmarca en ese ecumenismo llamado intraeclesial, el ecumenismo desarrollado por iglesias, denominaciones cristianas e instituciones ecuménicas de inspiración cristiana como pueden ser el Consejo de Iglesias de Cuba o el Centro Martin Luther King. En esos ámbitos se hace necesario fortalecer la vocación ecuménica en su sentido más amplio: el servicio unido de las iglesias en favor del bienestar del ser humano y de la sociedad en su conjunto. Ello requiere seguir cuestionando actitudes discriminatorias y excluyentes hacia lo interno de las organizaciones así como actitudes moralistas hacia el más allá de las fronteras de las organizaciones.

Por otro lado, el movimiento ecuménico siempre ha sido un movimiento profético en el sentido bíblico y evangélico del término: la denuncia de toda forma de injusticia y atropello, tanto hacia el interior de las iglesias y de la sociedad, así como hacia afuera, en lo concerniente a las relaciones con otros pueblos y en una actitud de vigilancia por el respeto a la dignidad humana en cualquier contexto. Esta impronta profética se ha debilitado o, en el mejor de los casos, se ha limitado a determinados temas o asuntos.

El macroecumenismo, entendido como las relaciones y diálogos entre creyentes de diferentes religiones (lo cual puede o no desembocar en acciones concretas de impacto social), encuentra diversas manifestaciones en la actualidad; pero su alcance es muy limitado, ya que se articula casi siempre a partir de iniciativas de unas pocas instituciones. Hay, en cambio, un macroecumenismo que se da en los espacios más cotidianos, a nivel comunitario, donde hombres y mujeres de diversos credos o filosofías se encuentran para trabajar juntos por el bienestar común. No se trata de comulgar con una determinada idea religiosa común, sino de sentirse parte de la única humanidad que conformamos todos, reconociendo que la finalidad de toda práctica ecuménica (o macroecuménica) es la reconciliación humana, la unidad de la humanidad. Ese es el horizonte de lo ecuménico, el mundo habitado, el cuidado de la casa común donde vivimos y convivimos.