A debate

Las religiones en Cuba durante tiempos de cambios

Luis Carlos Marrero Chasbar

Teólogo, pastor de la Comunidad Bautista “La Sagrada Familia de Alamar” de la Fraternidad de Iglesias Bautistas de Cuba (FIBAC) y miembro del Centro Oscar Arnulfo Romero.

Para nadie es secreto que los años noventa del pasado siglo trajeron consigo una gran crisis política y económica en la sociedad cubana, caracterizada por el desorden, la ineficacia e incomunicabilidad de los valores, además de la falta de horizonte al carecerse de objetivos comunes, haciéndose evidentes los síntomas de varias crisis que se manifestarían en todas las instituciones de la vida del país: las familiares, las laborales, las políticas, las estatales, las educativas, las culturales, entre otras.

Pero estas crisis también trajeron consigo una nueva reconfiguración en el escenario religioso de nuestro país. En medio de anomias sociales, el fenómeno religioso se convirtió en el último peldaño de la escalera, en el cual muchas personas buscaron un hálito de esperanza y resistencia. Experiencias religiosas de todo tipo emergieron en la sociedad cubana, desde variadas manifestaciones con discursos cristianos hasta las más diversas experiencias espirituales de corte orientalista.

En este nuevo espacio cubano, según especialistas del Departamento de Estudios Sociorreligiosos en su libro “Los Nuevos Movimientos Religiosos en Cuba”, aparecieron grupos…

“…con nuevos rostros que emanaron de uniones, fragmentaciones y sincretizaciones condicionadas por la realidad social cambiante; otros llegaron desde distintos países en un escenario de mayor apertura hacia el exterior, los hay también resultantes de iglesias plantadas con intereses ideológicos. No solo se trataba de nuevos nombres y corrientes emergentes que generaban atracción, rechazo o conflictos, sino de cambios en los discursos, en los lideratos, en las liturgias, prácticas religiosas, así como nuevas propuestas para asumir la vida desde la fe” (Varios: 2013:27).

Considero que además de estas afirmaciones hay varios factores que han contribuido a esta visibilización y proliferación del fenómeno religioso en Cuba. Por ejemplo, debemos tener en cuenta el incremento en nuestro país del flujo turístico y la entrada de estudiantes de América Latina, Asia y África, ambos han aportado nuevas formas religiosas no conocidas como el caso del resurgir de las identidades indígenas tanto en el oriente del país como en el occidente.

De estos últimos tenemos cubanos que se declaran taínos, yucatecos, mixtecos, etc. En la Habana Vieja se reúnen para estudiar el Popol Vuh, se hacen celebraciones y rituales a la Pacha Mama, concepción andina que nada tiene que ver con nuestras raíces. Se realizan sanaciones con chamanes que vienen de México y otros lugares, en fin, por tan solo citar estos ejemplos. Sírvase también el incremento del Islam con todas sus escuelas, los tres tipos de budismos tibetanos, las variantes que se están dando dentro de las religiones cubanas de origen africano, nuevas iglesias como la Gnóstica y Comunidad Metropolitana, ministerios evangélicos de todo tipo. Hoy estamos asistiendo a lo que el sociólogo chileno José Bengoa ha denominado las múltiples identidades. Ese es otro de los factores, la crisis también es de identidad pero que su vez trae consigo paradójicamente un proceso de multiculturalidad.

Hoy nuestra casa común, se ha mundializado. Esta mundialización ha hecho posible que todos los seres humanos cohabitemos unos junto a otros, donde los medios de comunicación social ayudan a este conocimiento cultural del mundo, aún sin tener contacto físico los unos con los otros.

Ya es natural que desde etapas tempranas de nuestra vida, observemos y aprendamos, culturas, religiones, tradiciones, folklore, rituales de los diferentes pueblos de la tierra, provocando en nosotros un conocimiento cercano de los mismos. Por supuesto, al observar todas esas tradiciones, se hace inevitable la comparación con las nuestras y a partir de ese momento, vamos comprendiéndolas como una más entre las muchas que en la humanidad existen o incorporamos las otras en las nuestras.

Son algunos destellos, esto es un tema muy grande para tan poco espacio. Me quedarían algunas consideraciones de carácter económico, el tan abrumador tema del poder y de los ciertos beneficios que hoy tienen las religiones institucionalizadas.

Cuesta trabajo determinar cuál impacta más. Si lo hacemos por lo que vemos en las calles diríamos que las religiones cubanas de origen africano, específicamente Ocha-Ifá se muestran más visibles. Las investigaciones denotan que casi todas crecen y tienen impacto en la sociedad cubana. Sin embargo, en mi experiencia, quizás el mayor impacto hoy lo tenga el cristianismo y un determinado grupo de denominaciones más conservadoras.

Desde mi comprensión como pastor y teólogo puedo apuntar desde el cristianismo lo que está sucediendo en Cuba. Creo que existe un entramado socioteológico que debemos ver por separado.

En primer lugar, quisiera referirme a ciertas teologías que se postulan como posmodernas o que adquieren ese talante. Una de ellas es la llamada “Teología de la Prosperidad”. Esta vinculación con la posmodernidad puede ser demostrada si tomamos en cuenta algunos elementos del discurso que caracterizan esta perspectiva: solución mágica inmediata de los problemas humanos, pragmatismo, seguridad de los resultados, atractiva invitación a participar del negocio de Dios. La creatividad de la Teología de la Prosperidad, radica en los elementos que la tornan atractiva y revestida de un ropaje de infalibilidad: ley de prosperidad, ley de sembrar y cosechar, inversión en negocios altamente lucrativos y donde el riesgo del capital invertido es mínimo o inexistente, entre otras.

Esta teología modifica la comprensión de Dios, pues de un Padre/Madre solidario/a con su creación, se torna un capitalista a ultranza, que se pronuncia a favor del mercado. El elemento cristológico de un Jesús de Nazaret que nació pobre, vivió pobre y murió pobre, se muta en un Jesús rico que está a favor de la acumulación y de los poderosos. Un Evangelio de discipulado, de seguimiento riesgoso de Jesús, se convierte en un Evangelio de ofertas y esto es muy tentador en medio de una sociedad que aún está definiendo su modelo económico.

El segundo modelo de teología visible es lo que pudiéramos llamar de “Teología Simplista”. Este modelo no es nuevo, ya que siempre ha estado permeando algunos sectores de la iglesia cristiana, pero ahora se ha reinstalado en cuerpos eclesiales y denominacionales. Consiste en simplificaciones de los problemas sociales y económicos que son resultado de políticas como el llamado neoliberalismo que. en lenguaje más gráfico y rotundo, para otros es: el capitalismo salvaje.

Para esta teología, toda la realidad, incluyendo la económica y social, se reduce a cuestiones espirituales. El desempleo es cuestión de demonios, la corrupción de gobernantes —ese flagelo que pareciera no tener fin ni conocer de límites y geografías— es culpa de los cristianos, y todo el interés de Dios pasa, exclusivamente, por la Iglesia, como si Dios no fuera el Creador también de la familia, el trabajo y el Estado. Pudiera confundirse con ciertos fundamentalismos pero no lo son.

Y el tercer modelo precisamente es la que denominamos “Teología Fundamentalista”. Y aquí quiero detenerme.

No es necesario en esta entrevista hacer la historia del Fundamentalismo pues ya otros lo han hecho y sería llover sobre mojado. Lo que pretendemos mostrar es que el fundamentalismo no es solo la interpretación literal de un texto bíblico o el cumplimiento irrefutable de algún designio divino. Tampoco debe ser confundido con la Teología de la Prosperidad, aunque esta última bebe del fundamentalismo. Partimos de la premisa de que el fundamentalismo es también una condición humana, y se mueve en base a intereses y objetivos bien precisos. Por supuesto, en el caso religioso siempre buscará el basamento divino que garantice su objetivo final, y para este fin utilizará todo tipo de dispositivos con matices teológicos, convirtiéndolos en categorías sistémicas, lo que provoca la pluralización del término. Siendo así hablaríamos de Fundamentalismos.

Dos tipos de fundamentalismo se observan de manera distintiva en las iglesias cubanas. Uno, el más conocido, caracterizado por el literalismo bíblico, la separación de la iglesia como ente extraterrestre que nada tiene que ver con los asuntos de la tierra, donde el pecado sigue dominando el mundo a través de Satanás y se combate este pecado a través de guerras espirituales, cadenas de oraciones y ayunos; la iglesia como única vía verdadera para la salvación del ser humano, además el ecumenismo es visto como el gran peligro diabólico de estos tiempos y las otras religiones son falsas, entre otros.

El otro fundamentalismo, tiene su vertiente en nuestras denominaciones más históricas y viene manifestándose desde la contraofensiva teológica al primero, con propuestas teológicas más liberadoras, actualizaciones y re-lecturas bíblicas, una iglesia que acompaña los procesos sociales, comprensión del pecado como algo estructural y donde el ecumenismo tiene una lectura humanista, representado en algunos líderes y las otras religiones son destellos de la revelación de Dios pero la consumación final de esta revelación ha sido en Jesucristo. Esta postura también puede ser considerada de fundamentalista pues no admite al interior de sus elaboraciones teológicas otras posturas que diverjan de sus exclusivas verdades. Es un inclusivismo disfrazado de exclusivismo. Solo es aceptado quien cree y piensa igual, además no hay diferencias entre ambos pues usan los mismos instrumentos mediáticos: Dios, Jesús, Biblia, designios, dogmas, doctrinas, entre otros.

Estas tres dimensiones teológicas nos alertan y todas ocupan de una manera u otra, espacios, sean estos públicos o privados. Campañas, carteles, marchas, puestos en instancias políticas y de toma de decisiones, etc.

Realmente no soy muy experto en cuestiones de leyes. Toda ley surge para algo, sea para regular ciertas cosas, solucionar otras, organizar, sancionar. Lo cierto es que hay posiciones a favor y en contra de una ley de culto en nuestro país. Aún dentro de las propias religiones hay sus diferencias. Lo único que puedo plantear es que si se aprueba una ley de culto se permita la participación de personas religiosas en la conformación de la misma, que se discuta al interior de todas las experiencias religiosas cubanas y que su aprobación o no dependa de la voluntad máxima de las religiones en nuestro país.

Creo que esta pregunta está muy vinculada a la otra. Primero hay que definir y llegar a consenso de que estamos entendiendo por libertad religiosa. Considero que hay mucha confusión y mal uso del término, sobre todo cuando solamente lo leemos o interpretamos desde un cierto matiz político pues puede ser muy manipulado para bien o para mal dependiendo del lugar donde queramos ponerlo.

Cada religión tiene su propia concepción de lo que significa para ella la libertad. Aún dentro del propio cristianismo hay diferentes concepciones teológicas de libertad y por supuesto las ciencias sociales y políticas también tienen las suyas. Hay que ponerlas todas en diálogo y buscar un concepto o varios que sean más polifacéticos, también herramientas de análisis que permitan medir cuales son los impactos que tienen estas libertades religiosas. Un primer paso podría ser convocar a un verdadero encuentro interreligioso e intercultural para debatir sobre este tema. Otro paso sería profundizar desde nuestros saberes que significa la libertad religiosa (en ocasiones percato a través de nuestros estudiantes que no saben qué es) y así seguir, sin miedos a las palabras.

Son tiempos en que el país nos convoca a la unidad en la diversidad. Son tiempos en los que debemos aunar esfuerzos para progresar. La relación entonces entre cristianos debe caracterizarse por una actitud de apertura entre nosotros mismos, justamente porque el Dios de Jesús es un símbolo de apertura. Por lo tanto, no debe pensarse que el ecumenismo es algo problemático, sino que se debe acoger con alegría, como un fenómeno rico y fecundo que halla su razón de ser en la propia naturaleza del cristianismo.

Para un verdadero ecumenismo en nuestro país, donde también debemos ubicar la pluralidad de vertientes teológicas, no es correcto que una determinada denominación cristiana se quiera erigir con un imperativo categórico universalizador, sino que, su mensaje de vida, ofrezca un testimonio de unidad como un don más de Dios. Pero no solo dar testimonio y anunciar este don. También dejarse cuestionar por lo demás, acogiendo con humildad los valores que se viven y presentan en otras denominaciones.

En un mundo conflictuado y en conflictos, la desunión entre los cristianos empeora esta situación convirtiéndonos en piedras de tropiezo para el diálogo y búsqueda común de soluciones a los problemas que afligen a toda o a una parcela significativa de la aldea.

Consideramos que hay que dejar de lado la preocupación cuantitativa, de ver en el crecimiento de las iglesias la finalidad de la existencia de sus líderes. Cristianos que buscan por encima de todo el incremento de sus iglesias tampoco consiguen ver a los pobres y a las víctimas explotadas, tiradas, encubiertas en los rincones del mundo y de nuestras vidas. Están en el mismo vacío espiritual —en el sentido más profundo de la palabra— de los que están inmersos en la cultura del consumo y del contentamiento.

Entretanto, el diálogo ecuménico se ha hecho tan urgente que pide un cambio radical a la hora de afrontarlo. Para ello hay que ir a los fundamentos. Hay que revisar y renovar las actitudes, los sentimientos, los planteamientos, las categorías, los conceptos, las convenciones tenidas por universales o absolutas, etc.

En este sentido, aprender el diálogo y del diálogo constituye una necesidad prioritaria: exhortar más las actitudes que las ideas, unirnos en la praxis más allá de las teorías, amar y respetar al otro sea cual sea su confesión, centrarnos más en el Evangelio de Vida que en las oficinas de iglesias e instituciones.

Vivir en un país religiosamente plural y vivir la fe en una diversidad de cristianismos no es una desdicha, sino un llamado que no está invitando a descubrir el misterio de la gracia, de la fe y de las huellas de Dios en nuestra historia multicolor. Es también una invitación a confesar y descubrir “la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef. 3:8), que sobrepasa toda posibilidad de enunciaciones humanas.

Estos principiantes desafíos teológicos a nuestro ecumenismo nos convocan a aceptar, acoger y respetar las diversas maneras de pensar y de creer, así como a amar a los seres humanos por encima de sus ideas, principio elemental de convivencia humana y resultado fundamental del amor al prójimo.