A debate

Las religiones en Cuba durante tiempos de cambios

Tato Quiñones

Escritor e investigador de temas relacionados con las religiones y culturas de origen africano en Cuba.

Si “últimos años” se refiere al cuarto de siglo transcurrido desde 1993 —año en que el Estado cubano renunció al “ateísmo científico” hasta entonces imperante y asumió la laicidad—, yo diría que el “panorama religioso” en la ciudad de La Habana, donde vivo, trabajo y profeso, viene mostrando un crecimiento cuantitativo más que notable. Aunque, hasta donde yo sé, no existen cifras estadísticas al respecto, basta caminar por cualquier barrio de la ciudad (de los periféricos o “marginales”, y de los que no lo son) mirando en derredor, para que el ojo del buen cubero nos confirme este aserto: numerosas personas de todas las edades y colores de la piel vestidas de blanco de los pies a la cabeza, exhiben los atributos religiosos que los acreditan como iniciados en la Santería (religión cubana de origen yoruba o lucumí), o pulseras y collares que los identifican como seguidores de esta religión. Tampoco escasean a la observación atenta, los crucifijos cristianos colgando de los cuellos de creyentes evangélicos o católicos.

Más allá de La Habana, en ciudades como Santiago de Cuba, en la que la Santería apenas era conocida hace unos años, la religión lucumí hoy cuenta con decenas de miles de practicantes y cientos de sacerdotes y sacerdotisas. (Ver Hacia una historia de la santería santiaguera y otras consideraciones de Abelardo Larduet Luaces, Editorial del Caribe, Santiago de Cuba, 2014).

La Asociación Cultural Yoruba de Cuba —entidad que agrupa a miles de practicantes de la religión lucumí, aunque ni remotamente a todos— cuenta con filiales en casi todas las provincias del país y en la ciudad de Miami. Y el Cabildo Lucumí Ifá Iranlówo —de cuya dirección formo parte— congrega a seguidores con casas templos reconocidas en las provincias de Matanzas, Camagüey y Holguín.

Por otra parte, las hermandades abacuá o ñáñigas, que solo existen en las ciudades puertos de Cárdenas, Matanzas y La Habana, se han multiplicado como hongos después de la lluvia en los últimos años, sobre todo en esta última, donde crecen, no solo la cantidad de iniciados, sino la cifra de nuevas “potencias” o “juegos” que ya sobrepasan las 200 en las tres ciudades aludidas, cuando hace 20 años apenas eran poco más de 100.

He leído no hace mucho (lamento no recordar ahora dónde) que la mayoría, con mucho, de las entidades religiosas inscritas en el Registro de Asociaciones del Ministerio de Justicia, corresponden a las distintas denominaciones del espiritismo cubano.

Creo que buena parte de la respuesta a esta pregunta está contenida en la anterior. Ahora bien, según lo aprecio, y siempre atenido al “ojo del buen cubero” ante la ausencia de cifras estadísticas públicas, me atrevería a aventurar que, en la actualidad, las tradiciones religiosas más impactantes en la sociedad cubana actual —numéricamente, repito— son las de origen africano y las formas de espiritismo: kardecsiano, “cruzado” y “de cordón”.

 

Acaso para las religiones y credos con estructuras jerárquicas verticales bien definidas: evangélicas, católica, ortodoxa, etc., resulte necesaria o útil una Ley de Credos o Religiones. En el párrafo nº 16 del Mensaje Pastoral de los Obispos Católicos Cubanos, en ocasión del proceso de consulta del Proyecto de Constitución de la República de Cuba” (ver número extraordinario del tabloide Vida Cristiana, 11 de noviembre de 2018), puede leerse:

…en el Proyecto de Constitución se reconoce a los ciudadanos el derecho a profesar o no creencias religiosas, a cambiarlas y a practicar la de su preferencia, con el debido respeto a otros credos y de conformidad con la ley. Según lo anterior y en correspondencia a lo que debe ser un estado laico moderno, los obispos cubanos reafirmamos que la libertad de practicar la religión propia no es la simple libertad de tener creencias religiosas, sino la libertad de cada persona a vivir conforme a los valores de la fe que profesa, de expresarlos públicamente, teniendo por límite el respeto al otro. En nuestro caso concreto, esta libertad implica, además, el reconocimiento jurídico de la Iglesia y su identidad y misión propias, lo que incluye la posibilidad de dar a conocer su enseñanza moral de acuerdo al Evangelio, de acceder de modo sistemático a los medios de comunicación, la libertad de enseñanza y de evangelización, de construir edificios y de adquirir y poseer bienes adecuados para su actividad; y la libertad de asociarse para fines no solo estrictamente religiosos, sino también educativos, culturales, de salud y caritativos.

Resulta claro que para la implementación de tales demandas resulta imprescindible una ley que las defina y regule.

En los casos de las religiones populares de origen africano y el espiritismo cubanos, extendidas horizontalmente a todo lo largo y ancho del país y practicadas en miles de casas templos autónomas, regidas religiosa y socialmente por las tradiciones familiares heredadas de sus fundadores africanos (entre otras razones por ello, a mi juicio, lograron resistir y sobrevivir a represiones y voluntades de aniquilamiento a lo largo de su historia), resultaría prácticamente imposible concebir y redactar una ley que las regule, y aún más aplicarla.

En el supuesto de que se aprobase una Ley de Credos y Religiones que ampare y regule el funcionamiento de los credos “institucionalizados”, ¿sería esta aplicable a las religiones populares cubanas? ¿Habría que instrumentar dos cuerpos legales: uno para la religión católica, las evangélicas, etc. y otro para la santería, las hermandades abacuá, las diversas prácticas paleras de origen congo: Briyumba, Quimbisa, Mayombe y las disímiles modalidades de los espiritismos cubanos?

El epígrafe 64 del Título I, Capítulo I, Artículo 15 del Proyecto de Constitución de la República de Cuba sometido a debate, establece que En la República de Cuba las instituciones religiosas están separadas del Estado y todas tienen los mismos derechos y deberes. De establecerse, mediante la ley, el derecho de la Iglesia Católica de acceder de modo sistemático a los medios de comunicación, ¿podría ejercer ese derecho la Asociación Cultural Yoruba de Cuba para divulgar, pongo por caso entre otros muchos posibles y deseables, las profecías anuales del Oráculo de Ifá conocidas como “Letra del Año”? ¿O el “Consejo Supremo de Sociedades Abacuá” servirse de tales medios para dar a conocer sus postulados, o promover mensajes de índole ético y moral a sus asociados?

En lo que respecta a las religiones cubanas de origen africano, de las que puedo hablar con cierta propiedad, y en honor a la verdad, he de decir que nunca antes en sus casi 200 años de historia documentada han gozado de mayores libertades y reconocimientos de las que hoy disfrutan, al punto de que existen asociaciones que agrupan a santeros, ñáñigos, paleros y espiritistas, debidamente reconocidas por el Registro de Asociaciones del Ministerio de Justicia y, lo que es más importante, practican sus ritos y ceremonias sin restricciones ni condicionamientos, como no sean el respeto a la ley y a los derechos del otro, como ahora se dice.

¿Puede hablarse con propiedad, en Cuba, de la existencia de un ecumenismo o un macroecumenismo? “Ecumenismo” —según la Wikipedia— “es la tendencia o movimiento que busca la restauración de la unidad de los cristianos, es decir, la unidad de las distintas confesiones religiosas cristianas «históricas», separadas desde los grandes cismas (…) En la actualidad la palabra «ecumenismo» tiene una significación eminentemente religiosa y es usada, primordialmente, para aludir a los movimientos existentes en el seno del cristianismo, cuyo propósito consiste en la unificación de las diferentes denominaciones cristianas, separadas por cuestiones de doctrina, historia, tradición o práctica”.

Macroecumenismo vendría a ser la tendencia que procure la convivencia de diferentes denominaciones religiosas. En Cuba, a mi juicio, lo más parecido al macroecumenismo puede encontrarse, precisamente, en la pluralidad que caracteriza a las religiones populares de origen africano. Es sabido que el practicante de la Santería, sea babalawo, iyalosha, babalosha o simple iworo, podrá practicar, separadamente desde luego, otras religiones populares. Así, no es infrecuente que una misma persona iniciada en la devoción a los orishas practique, además, algún culto del llamado Palo Monte; sea espiritista (médium o que “pase muertos”) o participe activamente en sesiones o “misas” espirituales y, de ser varón, integre las filas de alguna hermandad abacuá o de la masonería. Tales filiaciones para nada impiden que esa misma persona bautice a sus hijos en la Iglesia católica (no conozco ningún caso de alguien que lo haya hecho en una ceremonia bautista), ni ofrezca misas por el eterno descanso de las almas de sus seres queridos fallecidos, no pocas veces por orientación de los oráculos de Ifá o el Diloggún.

Acaso esta pluralidad le sea dada a nuestras religiones populares por los elementos sincréticos que las componen. O por la imprescindible unidad de nuestros ancestros de diversos orígenes africanos para la resistencia frente la dominación e imposición del régimen colonial que padecimos durante más de 300 años.

Un sacerdote de Ifá o un oriaté cubanos jamás le preguntarán a  un consultante, blanco o negro, cubano o extranjero, joven, maduro o viejo, si profesa alguna otra religión, salvo que el oráculo así lo oriente, y nunca en razón de reprobar o discriminar, sino por los posibles conflictos o contradicciones espirituales que la persona pueda estar confrontando.

Las reprobaciones o discriminaciones hacia los practicantes de las religiones populares cubanas, por el contrario, provienen de los obispos, pastores y ministros evangélicos, quienes instruyen a sus feligreses en el criterio de que santeros, ñáñigos y paleros somos seres satánicos, anticristos perversos y malvados por la naturaleza, de los que hay que huir como el diablo a la cruz. Los sacerdotes católicos, por su parte, no han llegado a tanto, mastican, pero no tragan y tratan de convertir. Así te pongo por caso, en la edición la publicación católica semanal Vida Cristiana, correspondiente al domingo 9 de septiembre pasado, se incluye una hoja suelta titulada “Los santeros no pueden comulgar”, firmada por Juan Carlos Pañellas, en la que, entre otros impedimentos, se argumenta: “La comunión es lo más sagrado que tiene un cristiano porque comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (…)  Por eso se plantea que, para comulgar, la persona debe estar confesada recientemente, participar en misa todos los domingos y estar casada por la Iglesia. Un católico que no cumpla estos requisitos no debe comulgar, pues estaría cometiendo una falta.

En el caso de las personas que practican la santería, es obvio que no cumplen con estos requisitos. Por eso es un grupo que a priori no puede comulgar. No basta con estar bautizado y sentir cierta devoción.

Para mí queda muy claro que de alcanzarse algún ecumenismo, “macro” o “mini” en Cuba, santeros y paleros, espiritistas y ñáñigos quedaríamos excluidos de hecho y derecho. Y de la exclusión a la discriminación, cuando se tiene poder para ello, no hay más que un paso.

No me resisto a poner el punto final a estas respuestas sin antes citar un párrafo de “un librito inmenso”, publicado en La Habana, nada menos que en 1961, titulado Crítica. Cómo surgió la cultura nacional, cuyo autor fue el desparecido marxista negro jiguaniceño Walterio Carbonell (1920-2008).

“[…] no es que el poder revolucionario en Cuba fuera más fuerte que todos los poderes revolucionarios habidos en el mundo, sino [que] el catolicismo era mucho menos fuerte aquí que en otras partes del mundo.

[…] No es que la Revolución haya vencido la religión de los burgueses, sino que esta estaba vencida desde hacía mucho tiempo por las creencias africanas y espiritistas. […] Si la Iglesia católica no pudo mover ningún sector de las capas populares —como podría hacerlo en España, México o Colombia—, esto se debe a que la religión africana domina la vida religiosa de las clases trabajadoras del país. […] África ha facilitado el triunfo de la transformación social en Cuba.