A debate

Las familias y su reconocimiento legal en Cuba

Rosa Campoalegre Septien

Coordinadora del Grupo de Estudios sobre familia del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), de la Cátedra Nelson Mandela y del Grupo de trabajo Afrodescendencias y propuestas contra hegemónicas del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO)

Realmente coexisten no solo nuevos modelos de familias, también nuevos tipos de familias y lo más novedoso es la existencia de nuevas configuraciones familiares.

En Cuba coexisten en conflicto al menos tres modelos de familias: el patriarcal, que es el tradicional y predominante, basado en el modelo de hombre proveedor y mujer cuidadora, se distingue por una comunicación regulativa al interior de las familias. El nuevo modelo aún en construcción es democratizador, basado en relaciones familiares hacia la equidad de género y estilos dialógicos de comunicación intrafamiliar. Media entre ambos un modelo emergente en que convergen características de los precitados modelos.

En Cuba predominan las familiares de tipo nuclear diversificadas, en tanto la clásica nuclear (madre, padre y descendencia) cede paso, ante la monoparentalidad como tendencia rectora en el despliegue de la nuclearización y con énfasis en la monoparental encabezada por mujeres.

Mientras, las nuevas configuraciones familiares responden a los nuevos modos de vivir en familias, son arreglos familiares que emergen de la diversidad y complejidad familiar, que es la principal tendencia del mapa familiar cubano.

De ahí que, además de las familias nucleares (pareja solas, madres, padres y descendencia, parejas solas y una de las figuras parentales y su descendencia o parte de ella), existen además las familias reensambladas, en situación de trasnacionalidad, en patrón de diversidad sexual, de redes, en situación de vulnerabilidad, a techo abierto y en unión visitante, entre otras.

Sostenemos la tesis de las familias cubanas en transiciones, continuas, ascendentes y muchas veces encontradas.

Ante todo rescato una cuestión epistémica y política referida a qué enfoque asumir. Insisto en la necesidad de desplegar, como eje transversal y punto de partida, el enfoque de género y de derechos basado en la equidad y el respeto a la diversidad. Unido a ello, el enfoque interseccional que tome en consideración el entrecruzamiento de las variables género, “raza”, territorios, generación, clase, entre otros.

Hace poco tuvo lugar en el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), en el módulo de Familias cubanas del diplomado Sociedad cubana, el primer taller del Foro Hacia un nuevo Código de Familias. Fue un análisis muy rico acerca de qué transformaciones deberían considerarse en el nuevo Código en torno a instituciones como: el matrimonio, la guarda y cuidado, la patria potestad y la adopción. Hay mucho que de/construir desde una mirada decolonial de las relaciones familiares. En esta actividad contamos con la presencia de reconocidos juristas especializados en el Derecho de Familia, que trabajan en la redacción del nuevo Código, quienes compartieron con el equipo docente integrado por investigadoras e investigadores del Grupo de Estudios sobre Familias del CIPS y los estudiantes del diplomado.

Una de las transformaciones sustanciales del modelo patriarcal debe transitar por deconstruir, es decir, replantear sobre nuevas bases el rol de padre y de la paternidad, reconfigurarlo en función de la democratización de las relaciones familiares. Un rol que ha sido encasillado desde una visión carencial, que descalifica la potencialidad del aporte de los padres a las familias e intenta reducirlo al cada vez más tambaleante rol de proveedor. Pienso que debe ser un rol fundamental, pero al unísono catalizador para que se abran paso las nuevas realidades familiares, para subvertir la feminización de los cuidados, las violencias en el ámbito familiar, por citar solo dos problemas clave. El paso de la figura de autoridad omnímoda a un agente facilitador de las funciones familiares. Si concebimos el empoderamiento de las familias como la creación de condiciones para que pueda desarrollar coherentemente sus funciones, esa es una de las condiciones.

En 2015, con el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), iniciamos las jornadas de Paternidad y Maternidades responsables, incluso se publicó un libro con participación de representantes de la academia de diversas instituciones. Allí se trataron algunas pautas, recomendaciones, experiencias que sería muy válido socializar para avanzar en estos asuntos.

Este tema transciende a las personas LGBTI, es un asunto de justicia social, de derechos, democratización familiar. Lo considero pertinente. Los imaginarios sociales acerca de la nocividad del matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas de un mismo sexo o personas bisexuales, trans o queer, no se corresponden con los resultados de las investigaciones científicas en este campo. Lo decisivo no es el sexo, sino cómo se desarrolla la dinámica familiar, qué estrategias familiares se estructuran y, en este contexto, cómo se articulan con los modelos parentales, especialmente con los estilos de crianza familiar.

Ante todo, no debe quedar fuera la igualdad de derechos de todas las personas al constituir familias y refrendarlo legalmente en cualquier variante de matrimonio. Ahora bien, no basta un código; hay mucho que trabajar en materia de educación integral de la sexualidad y de educación familiar propiamente dicha.