A debate

Las familias y su reconocimiento legal en Cuba

Yaima Palacio Verona

Educadora popular y licenciada en Psicología. Trabaja en el Centro Memorial Martin Luther King.

Para ser honesta, este es un tema en el que no soy muy experta, por lo mismo me aventuraré a un diálogo con estas preguntas provocadoras, que a su vez me provocan otras:

¿Representativos de qué: del desarrollo sano de sus miembros, de la diversidad de configuraciones filiales que existe? ¿De qué concepción de familia partimos? ¿Valdría la pena hacer mayor énfasis en los modelos más representativos o en recrear y posicionar cada vez más la diversidad de tipos de familia que existen, en la cual algunos son invisibilizados o estigmatizados por una zona conservadora e incluso fundamentalista de la sociedad en que vivimos?

Por supuesto que no se trata de una pregunta o de la otra, sino del foco de atención y la intención que tenemos con ellas. Ahora me gustaría cambiar un poco el orden y traer a colación algunos elementos de la concepción de familia a la que más me apego, que es la que ha estado recreando y sistematizando la psicóloga y profesora Patricia Arés durante muchos años. Algunas esencias para definir familia, que esta autora ha compartido, son: la unión de personas, proyecto común, relaciones de reciprocidad, apoyo mutuo, amor, solidaridad y más recientemente la comprensión de familia como comunidad, como sistema parental que se puede reconfigurar permanentemente y que tiende a sumar, no a separar personas.

Aunque no podemos apegarnos a clasificaciones rígidas, algunos tipos de familias que hoy nos pueden hablar de mayor predominio pueden ser: las familias extensas o extendidas (si tenemos en cuenta que no hay una correlación adecuada entre la infraestructura habitacional y el crecimiento familiar, conviven varias generaciones), las familias reconstituidas o ensambladas (el matrimonio pierde su carácter obligatorio), las familias monoparentales tienen una gran expresión en el país (fundamentalmente mujeres asumiendo solas el cuidado de hijos o hijas), e incluso hogares de un solo miembro (en muchos casos, personas adultas mayores viviendo solas debido al envejecimiento poblacional y a los procesos migratorios).

Estas son algunas de las configuraciones familiares que se han identificado mayormente y que poseen mayor reconocimiento social. Por lo cual, las investigaciones han estado marcadas por estos criterios de búsqueda, pero sería interesante invitar a investigadores e investigadoras a indagar sobre la existencia de otras configuraciones con las que interactuamos cotidianamente y que no encuentran reflejo en los resultados investigativos como para definir su expresión en nuestra sociedad. Por ejemplo, familias conformadas por personas LGTBI, o por amigos y amigas, entre otras. Invitación que tiene el fin, únicamente, de reconocer su lugar, las responsabilidades que asumen en nuestra sociedad y el dato de que estas familias podrían perfectamente responder a los criterios referidos anteriormente en la concepción que defiendo y que llevarían un análisis particular, como los otros tipos mencionadas en el párrafo anterior.

Si nos preguntáramos, en cambio, sobre las familias que contribuyen más al sano desarrollo de sus miembros; aquellas en la que no es tan importante la estructura, sino su capacidad de responder a las funciones educativas, afectivas, económicas validando los seres humanos que las constituyen sin negarlos, excluirlos, maltratarlos; otro sería entonces el análisis. Seríamos probablemente menos excluyentes y más propositivos a la hora de: 1-) diseñar estrategias más abarcadoras de acompañamiento familiar al interior del país para revertir prácticas dañinas a ellas mismas y al desarrollo de la personalidad de sus miembros y 2-) en un marco más global, revertir estrategias capitalistas como la del ataque a la ideología de género en la que no importa cuánto se beneficia la sociedad de las funciones que cumplen las familias (da igual el tipo) en la gestión y recreación de la vida, sino un fin más a corto, mediano y largo plazo, que es seguir sosteniendo el orden criminal e injusto del mundo actual.

Recrear la diversidad de familias es una opción política…

Es necesario que el Código de Familias contenga una profunda coherencia con los principios del proyecto socialista y revolucionario por el que se ha apostado en Cuba y con lo expresado en la Carta Magna. Lo que implica generar condiciones para una vida plena y digna para cada persona, en este caso, desde el lugar de la familia que es una institución y grupo social esencial para la sociedad y para la vida humana.

Esto se tendría que traducir en el reconocimiento y protección de las diversas configuraciones familiares en plano de absoluta igualdad, asumirlas como comunidades que cumplen funciones económicas, educativas y afectivas fundamentales y que, así como tienen deberes, también tienen derechos y ambos deben quedar muy claros para el sano desarrollo de sus miembros. Esto último no solo en la conformación y convivencia familiar, sino en el caso de su disolución también. Es fundamental crear las condiciones para el cuidado de cada uno de sus miembros en cualquiera de estas situaciones, especialmente para las personas que quedan más vulnerables.

Debe ser un documento regulador del tipo de relaciones que se deben establecer al interior de las familias y para con ellas, sea cual sea el tipo. En un contexto donde el maltrato (según Patricia Arés) se ha instalado casi acríticamente, es urgente ofrecer desde la ley un espacio de protección real para víctimas de violencia intrafamiliar contra las familias no tradicionales por cualquier tipo de discriminación.

Se deben concebir medios más expeditos, incluyentes, no menos rigurosos, para la filiación adoptiva, de procreación asistida, entre otras; intencionando la configuración de familias de este tipo, que respondan al criterio fundamental de favorecer el desarrollo sano de sus miembros y un espacio de protección, educación, afectos, garantías económicas, entre otras.

Se debería explicitar, de la manera más clara posible, cómo cada institución de la sociedad (familiar incluida) será coherente con lo planteado en el Código, no solo en letra sino en espíritu, en práctica cotidiana desde la coherencia con el proyecto de justicia social de la Revolución Cubana.

Debe ser un código que invite al análisis por casos, más que a la generalización, con estrategias locales de fortalecimiento de esta institución que es base fundamental de las redes de apoyo que sostienen a cubanas y cubanos en cualquier lugar y situación en que se encuentran.

Ciertamente, me gustaría comenzar a responder esta pregunta partiendo de un contenido esencial, como el derecho de paternidad que se reconoce con los cambios en la ley de paternidad y que, por consiguiente, tienen incidencia en la manera en que se asume y asigna el rol de padre. Digo esto, justamente, porque aunque el proceso de reconocimiento de este derecho es reciente, ha marcado la diferencia para muchos padres y madres que han sentido su ausencia.

No obstante, hay muchas responsabilidades paternas que hoy se asumen o no en dependencia de la actitud de este miembro de la familia y no de las garantías que ofrece la ley. No es menos cierto que el sistema patriarcal ha dejado importantes aprendizajes en la manera en que se dan las relaciones al interior de las familias y de estas con el resto de la sociedad, que han conllevado la limitación de muchos derechos paternos, pero la actitud machista también ha contribuido a su legitimación y a que se obtengan beneficios a los que no es fácil renunciar.

Volviendo a la pregunta, debemos decir que estos cambios favorecen una mayor corresponsabilidad en el cuidado de los hijos e hijas. Por ejemplo, ambos, padres y madres, tienen la posibilidad de planificar un periodo tan importante como el primer año de vida de su bebé, de tal manera que el padre no resulte excluido ni se autoexcluya; un periodo en que ambos pueden estar cerca y al cuidado de esa vida que dieron juntos. Claro que esto llevaría muchos análisis y cuidados, porque no se debe tratar únicamente del derecho del padre, sino del niño o niña también, de las variables economía familiar, modos de funcionamiento, cuidado de cada miembro de la comunidad familiar, revisión de las maneras en las que las instituciones se acogen en práctica y en letra a estos cambios.

Pero, de manera general, genera cambios importantes en los derechos y responsabilidades de los padres. Más allá del rol de proveedor, el padre comienza a tener una mayor participación en asuntos antes concebidos fundamentalmente para madres y abuelas. Y lo más importante, niños y niñas tienen la posibilidad de fortalecer su relación con ambos miembros desde edades tempranas.

Luego de estas alertas, y confirmando la necesidad de seguir potenciándolo, comparto algunas ideas que podrían ayudar:

  • Que el contenido de la Constitución de la República de Cuba sobre este particular encuentre coherencia en el nuevo Código de familias.
  • Es fundamental que se eduque a cada miembro de la familia sobre el contenido de este Código y su importancia.
  • Se deben preparar a ambos, padre y madre, para la asunción en un cuidado corresponsable de los hijos e hijas y de ellos mismos a su vez.
  • Las instituciones deben ser convocadas y preparadas para asumir el espíritu y la letra de la ley simultáneamente.
  • Los procesos educativos en la infancia y adolescencia deben responder menos a los patrones tradicionales de género.
  • Que se gane cada vez más en la compresión de familia como comunidad en la que sus miembros comparten deberes y derechos, y que esto tributa a un sistema de relaciones mayor que va más allá de los seres humanos.

Totalmente de acuerdo con esta afirmación, lamentablemente lo que es diferente a lo tradicional atemoriza y más si las configuraciones familiares rompen con lo que se estableció hace muchos años como condición necesaria para perpetuar condiciones de opresión y desigualdad social para muchos en beneficio de la acumulación de capital de unos pocos.

Ojalá el Código de familias y todas las acciones comunicativas y educativas asociadas a este logren favorecer la toma de conciencia acerca de lo beneficioso de una familia amorosa, funcional, responsable, no importa cuál sea su configuración. Ojalá ayude a que cada persona tome conciencia de que puede estar siendo víctima no solo de sus aprendizajes del patriarcado y de sus prejuicios, sino de una estrategia menos visible del capitalismo. Si antes el foco de atención fue el comunismo, hoy lo es la ideología de género; pero en el fondo es lo mismo, hay quienes no quieren perder sus beneficios y algunos y algunas les hacemos el juego desde una comprensión limitada del problema.

Esto que ocurre en el plano internacional no deja de afectarnos. En Cuba, muchas de las batallas ganadas en este sentido, en el plano familiar y en las cuestiones de género, están en riesgo por la fuerte influencia (entre otras) del sector fundamentalista religioso, que inculca el odio a las personas de orientación sexual distinta de la hétero.

Por eso es urgente reconocer el matrimonio igualitario como derecho, la unión de hecho entre dos personas como alternativa para vivir en familia y todos los deberes y derechos que esto conlleva.