A debate

Fundamentalismo religioso en Cuba: aristas para un debate

Edel Rivero

Periodista, comunicador popular y miembro del Movimiento ecuménico cubano.

Más que causas, hay que hablar de condicionantes que favorecen la instalación y el auge del fundamentalismo religioso. Una de ellas tiene que ver con la necesidad humana de encontrar certezas; más en estos tiempos, cuando hay tanta incertidumbre, desigualdad, carencias, necesidades reales y otras que son construidas por elementos como el mercado, las diferencias de clases, las relaciones de inequidad y desigualdad y opresión.

Esa búsqueda de certezas y el encontrar un ABC que se instala como parte de una oferta, es la principal fuente de sentidos que tiene el atractivo del fundamentalismo religioso.

O sea, tener cosas claras, que no necesitan ser demasiado pensadas o razonadas, que no necesitan ser problematizadas y que, al mismo tiempo, ofrecen soluciones reales o aparentes, rápidas, fáciles, prácticas, a problemas cotidianos: materiales, sociales, espirituales y existenciales, sobre los cuales las personas cada vez se hacen menos preguntas, porque nuestro tiempo y sus complejas dinámicas destinan cada vez menos recursos a dialogar sobre estas cuestiones.

Otra condicionante es nuestra incapacidad para ejercer la participación activa y colectiva. Todavía vivimos en un mundo que reproduce la hegemonía, las relaciones de dominación; por tanto, seguimos viendo el liderazgo de una determinada manera. El fundamentalismo se expresa, esencialmente, en esas maneras dominadoras de concebir el liderazgo. Tiene que ver también, con esa supuesta necesidad de que haya un ser superior intermediario, la necesidad de que lo desconocido encuentre respuestas en personas ungidas, selectas, iluminadas, personas bendecidas para darnos, supuestamente, esas respuestas.

Un tercer aspecto tiene que ver con la identidad; que es de esas respuestas que buscamos como seres humanos y esa necesidad de afianzar la identidad en un mundo o en un contexto donde esta ha sido una condición tan problematizada por aquellos sectores tradicionalmente oprimidos, que buscan y pujan por un espacio real de reconocimiento. Entonces, la identidad es de esas certezas que necesitamos construir, reafirmar y tener con claridad, de modo permanente. El fundamentalismo lo que hace es afianzar una construcción única de una identidad a la cual le cuesta dialogar con otras identidades.

Por otra parte, toma a la verdad como un concepto absoluto, inamovible. Sus expresiones hoy no son las mismas de los primeros años del siglo XX, en su etapa fundacional como movimiento. En la actualidad recoge, desde una experiencia histórica, valores que fueron formados y fortalecidos en determinadas etapas, como el nacionalismo, la superioridad étnica, y que desde el punto de vista moral y ético son reconstruidos y erigidos como verdades absolutas. De modo que reafirma, legitima y pretende establecer esos como valores únicos, verdaderos, los que son bendecidos por Dios; y todo lo que se salga de ahí está en contra de Dios.

Asimismo, manipula el miedo como sentimiento: el temor a Dios, a las diferencias, a sentirse y pensar diferente.

La obediencia es otra categoría que se trabaja mucho dentro de las corrientes fundamentalistas. Si obedezco, obtengo entonces una promesa de felicidad, desde una construcción de lo que significa la felicidad: una promesa de paz, de prosperidad, casi de perfección. Sobre la base del miedo, del castigo, de la subordinación a lo superior -que no solo es Dios, sino también el líder-, se erigen estas verdades absolutas, de las cuales emana esta doctrina.

Otra de sus manifestaciones es subordinar la condición humana a la condición de lo divino. O sea, desconocer la capacidad humana de reconstruir la propia historia humana, de releer la condición divina de Dios, de reinterpretar simbólicamente a Dios en sus diversos significados o imágenes.

El fundamentalismo, sin embargo, apela a la comunidad y al mismo tiempo exacerba la condición individual de los seres humanos, la necesidad de subordinación de la individualidad a una doctrina colectiva que tiene un liderazgo, y ese liderazgo es el que se ejerce de una manera dominadora, como experiencia del control sobre la vida de las personas. De manera que otorga el control de la vida de las personas, no solamente a Dios, sino a los líderes de esas iglesias. Eso significa una pérdida en la capacidad de decidir de la gente, de actuar sobre la libertad, de entender y construir la libertad individual y rediseñar esas relaciones sobre la base de la honestidad, la franqueza y la libertad en todos los sentidos.

¿Cuáles son sus principales manifestaciones en Cuba?

Hablaría de tres expresiones fundamentales. En primer lugar, la asociación del fundamentalismo con la llamada Teología de la prosperidad (corriente de pensamiento que pone su énfasis doctrinal en enseñar a sus seguidores que el éxito y la prosperidad material son signos de la bendición divina) y todas esas promesas para la vida, de felicidad, de las que hablaba anteriormente.

La segunda tiene que ver con la negación de lo diverso. En Cuba, el fundamentalismo se está expresando en la demonización de diferentes expresiones de la diversidad. De la diversidad religiosa, o de prácticas espirituales y de fe, de la diversidad sexual, de identidades de género.

Y en tercer lugar, el uso de la lectura de la Biblia, descontextualizada y acrítica. Esa lectura e interpretación literal y su intento de traducir la Biblia tal cual, a un tiempo diferente al que fueron escritos los textos.

La cuestión del dominio que ejercen los líderes en sus denominaciones es de lo más evidente y preocupante. Ver cómo personas que han sido educadas en un sistema determinado están subordinando sus vidas y sus decisiones a los líderes de sus iglesias.

Hay cuestiones más puntuales que tocan temas como la educación, como la salud, la lucha por regresar a una educación religiosa, que no necesariamente es un planteamiento de iglesias con tendencias fundamentalistas. Lo que el fundamentalismo añade aquí es el componente de la crítica a una supuesta ideología de género, cómo convierten las teorías de género en una supuesta ideología. De ahí nace el fundamento a la defensa del retorno de una educación religiosa que se aleje de la educación institucional, negando la posibilidad de que esa educación este atravesada por una perspectiva de género, una perspectiva de lo que significa la equidad y la dignificación de las diversidades, desde un enfoque de derechos humanos.

En términos de salud, tiene también que ver con una crítica a la institucionalidad de salud. No es casual que el fundamentalismo esté atacando en Cuba, justamente, los dos sectores donde se concentran los mayores logros del proyecto social cubano. Claro que no es solo en Cuba, pero en nuestro país tiene esa particularidad.

Por otra parte, el fundamentalismo religioso en Cuba es una expresión, sobre todo, que se manifiesta más en los liderazgos de las iglesias que en las congregaciones y no son expresiones despolitizadas, sino que parten de posicionamientos políticos y articulaciones políticas claras. No es un fenómeno meramente eclesial y religioso.

Hay evidencias de que hay una agenda política que trasciende la agenda religiosa. Y esa agenda forma parte de un propósito mayor que se construye, articula, extiende y sostiene desde los Estados Unidos y ha sido fortalecido por las administraciones estadounidenses, alcanzando su mayor expresión con el gobierno de Donald Trump. Y que también ha dado sus frutos en América Latina.

Ya hoy no se puede hablar de un proyecto fundamentalista, hay que hablar de un mundo donde, si bien en política se habla de izquierdas, derechas, centros, hoy hay que hablar también del fundamentalismo evangélico como un sector de la política, a nivel mundial; y como parte de ese sector político se está expresando.

En ocasiones, hasta intenta aislarse de las agendas políticas y, en otras, se observa un relacionamiento claro de expresiones fundamentalistas con esa agenda. Para Cuba, los mayores desafíos sí tienen que ver con esos procesos de subversión política intencionada durante tantos años desde los Estados Unidos.

 

El fundamentalismo religioso y también la Teología de la prosperidad han encontrado un terreno fértil en una sociedad que hereda un país muy desgastado de los años de un período especial muy duro en los noventa. Desgastado no solo económicamente, sino también socialmente. Desgastado a nivel de valores, de las relaciones familiares: familias divididas, con componentes de migraciones muy altos, con comunidades rurales también en condiciones de precariedad, con incrementos de la pobreza urbana.

Cuando se habla de un incremento de la cantidad de iglesias y congregaciones durante los años noventa, coincide con ese período en el cual comienza a observarse la irrupción de expresiones que podemos considerar fundamentalistas. Llegan y encuentran ese caldo de cultivo en una sociedad que también necesita certezas, sosiego, después vivir, o estar viviendo, una crisis aguda, más de 50 años de bloqueo económico y financiero de los Estados Unidos.

A ello se suma que estas tendencias encuentran, a su vez, un cambio generacional en Cuba en un momento que la nación experimenta una serie de aperturas a la globalización, a las tecnologías, una cierta apertura al mercado, a nuevos consumos culturales; en fin, una generación que está mucho más expuesta a la diversidad de tendencias, incluyendo, el fundamentalismo.

Creo que ese ha sido uno de los factores que ha posibilitado su crecimiento e instalación. Por una parte –y recalco–, esto se junta a la necesidad de las personas que tejer redes de apoyo, de hacer vida comunitaria en comunidades de fe. Por otro lado, también ha habido una mayor intencionalidad, mayores apoyos desde el exterior, particularmente desde los Estados Unidos, en la formación de líderes y pastores para ese tipo de iglesias en Cuba.

No podemos caer en la trampa de las clasificaciones. Hay que partir también de nuestros acumulados culturales. Somos una sociedad que se ha configurado desde visiones patriarcales y heteronormativas, con actitudes y posicionamientos conservadores. Ha habido muchos avances, sin dudas, pero todavía hay muchas luchas pendientes.

De modo que, como concepto, el fundamentalismo religioso puede asociarse a esta actitud de no reconocer la posibilidad y la otredad. El acto de no reconocer al otro tiene que llevar implícito una conciencia de lo que significa ser el otro. Creo que todavía mucha gente no tiene suficiente información, ni hay un suficiente acumulado o sedimento social sobre esas otredades que permitan a la ciudadanía hacer un análisis crítico que trascienda lo tradicional. Es un debate que trasciende a propio fundamentalismo y leerlo solo en esta clave puede ser parcializado.

También esta concepción tiene sus raíces, sus argumentos teológicos, sus lecturas teológicas, sus propios fundamentos. Lo más preocupante para mí es cómo el fundamentalismo contribuye a los procesos de consevadurismo social, que generan este tipo de situaciones como la que vivimos con el artículo que legitimaba el matrimonio igualitario.

Pero tenemos que ser conscientes de que lo sucedido, si bien hubo una campaña muy grande desde algunas iglesias y el sector evangélico, hubo sectores de la población, alejados de las comunidades y prácticas de fe, que también se oponían a este segmento del cuerpo constitucional.

Puede llegar el momento en que “fundamentalista” sea una nueva manera de llamar a la discriminación: o sea, la raíz no es el fundamentalismo; la raíz es discriminatoria, una raíz que no respeta o desconoce la dignidad como un derecho.

Depende de los contenidos de esa ley. El fundamentalismo tiene una raíz cultural, filosófica, sistémica; una raíz espiritual que es muy difícil que una ley, por sí sola, pueda regular. En tal sentido, considero que no es suficiente una ley de culto para entender y dialogar con este fenómeno cultural que llamamos fundamentalismo.

La cultura es un conjunto de procesos que no se regulan únicamente en el ámbito jurídico. Hay determinadas cosas que se pueden limitar, regular, normar, pero otras no. Esas necesitan otro tipo de acciones. Es fundamental que el pueblo cubano conozca y sepa qué es el fundamentalismo religioso, que reconozcamos que tenemos tendencias fundamentalistas en Cuba, que sepamos caracterizarlas a un nivel popular y, muy importante, que se produzca un debate público sobre estos temas.

Hemos iniciado la etapa de reconocimiento de esta corriente del pensamiento religioso, pero no todo se limita a una ley, o a un ámbito determinado de la sociedad. No es un problema solo de las iglesias, del aparato jurídico cubano, ni siquiera de una voluntad política, si existiera. Se involucran o deberían involucrarse muchos sectores pues este es, esencialmente, un asunto de matiz ideológico, de ahí su complejidad y multisectorialidad. Una ley de culto serviría para definir mejor y regular la relación entre la Iglesia y el Estado, entre la Iglesia y la institucionalidad, entre la Iglesia y la sociedad; para regular el alcance de determinadas acciones de las iglesias que tienen que ver con su actividad económica, sus propiedades, los espacios o ámbitos donde pueden incidir, de su actuación en los espacios públicos.

Creo que una ley de culto pondría en mayor igualdad de condiciones las diferentes prácticas religiosas y espirituales que coexisten en Cuba. Normaría mejor o actualizaría la normativa respecto a muchas de estas figuras que hoy existen, legalmente, bajo la figura de asociaciones. Claro que una ley es importante, pero hay cuestiones que tienen que ver con lo teológico y lo doctrinal, que no entrarían en una ley de culto y están muy relacionadas con el fundamentalismo.

La revitalización del movimiento ecuménico cubano es hoy algo esencial. En primer lugar, por la historia de ese movimiento y su relación con el proceso social cubano; una relación que no ha estado exenta de conflictos y ha sido compleja.

El ecumenismo parte también de ese vínculo de la fe y la sociedad, entre la fe y la práctica de fe que no se desliga de un contexto donde actúan la iglesia y el pueblo de Dios. Justo el fundamentalismo intenta también encerrarse dentro de las paredes del templo como solución y desde allí enviar su propuesta política y su apuesta evangelizadora, que pone el punto de atención en una promesa de recompensa después de la existencia, del aquí y el ahora.

El ecumenismo es todo lo contrario: apuesta por una iglesia comprometida críticamente con un proyecto social. Y digo comprometida críticamente porque su relación con ese proyecto puede ser problematizada y complejizada. Pero es una relación que se reconoce, existe, tiene una historia y un acumulado.

En segundo lugar, el ecumenismo parte también de ese diálogo interdenominacional. Cuando hablamos incluso del macroecumenismo, llega a lo interreligioso y el diálogo implica el reconocimiento a la otredad, que es a su vez proximidad, que se hace prójimo en el respeto.

El ecumenismo cubano y sus principales exponentes han sido, históricamente, líderes, iglesias y centros que han apostado por el reconocimiento de las diversidades, que han sido activistas por los derechos sociales de esos sectores minoritarios, oprimidos, discriminados y periféricos de la sociedad. Todo eso tiene que ver, justamente, con las negaciones del fundamentalismo religioso.

Lo otro es que el ecumenismo cubano tiene raíces teológicas muy claras y muchas de ellas están ancladas en la teología de la liberación, en la educación popular, en la ecoteología, en la teología feminista, en las teologías queer, en las nuevas teologías que también renuevan el pensamiento de la teología ecuménica, por llamarla de alguna manera.

El ecumenismo cubano ha apostado también por construir un cuerpo teológico propio, nacional, anclado en nuestras tradiciones, en nuestra identidad. El fundamentalismo religioso, por el contrario, es resultado y expresión de penetración cultural e ideológica.

Creo que el ecumenismo cubano puede contribuir a rescatar las tradiciones, los acumulados, las raíces y esa manera cubana de entender y vivir la fe, así como de construir la unidad en la diversidad cristiana.