A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Ailynn Torres Santana

Académica y militante feminista cubana. Investigadora social y docente universitaria. Actualmente investigadora postdoctoral de la Fundación Rosa Luxemburgo, investigadora asociada de FLACSO Ecuador y parte de la red regional El Futuro es Feminista, de la Fundación Friedrich Ebert.

Hoy más que antes podemos hablar de la presencia de una agenda feminista en el país, que se concreta en feminismos, en plural, diversos. No creo que estemos frente a “la existencia de un feminismo”, sino frente a la visibilización de voces individuales y colectivas feministas, institucionales y no institucionales, que una buena parte de las veces pueden converger y, en otras ocasiones, disputar estrategias, contenidos, formas de existencias.

La historia cubana muestra un papel clave de las mujeres en las esferas públicas, la vida política, las comunidades, los espacios domésticos. Las voces de mujeres durante toda la primera mitad del siglo XX —una parte de ellas autodefinidas como feministas— están documentadas en la literatura, la academia, el cine. Contar con ese recorrido es vital. A la vez, es necesario reconocer que esas voces están menos presentes en los libros de Historia y los currículos escolares. Ese es uno de los tropiezos: el insuficiente reconocimiento informado del lugar de las mujeres en la historia social, política y cultural cubana (incluso antes de la independencia) y el insuficiente reconocimiento también de las desigualdades entre hombres y mujeres y entre las mujeres (en relación a su estatus socioeconómico, su lugar de procedencia, “raza”, etc.) en esa historia.

Por otro lado, la ampliación de derechos que tuvo lugar, muy especialmente, después de la Revolución de 1959 supuso un piso importante para pensar en los derechos de las mujeres. Ese es un pilar robusto. Al mismo tiempo, persisten desigualdades notables y eso también hay que reconocerlo porque es, de hecho, tanto contenido de las agendas feministas, como barrera para su ampliación.

Considero también que es imprescindible reconocer y acoger la diversidad de actores sociales feministas, o con sensibilidad feminista, presentes hoy en el país. Ninguna lucha social es monopolio de un actor único. Tampoco un actor es hoy lo que ha sido antes; me refiero a que quienes participan del espacio público se transforman en ese ejercicio, a veces para bien, y a veces no. Pero producir encuentros puede ser lo más provechoso. Es un ejercicio difícil pero imprescindible: plantear los diálogos y listar las posibles confluencias y alianzas para beneficio de la sociedad, todas las personas, las mujeres, las niñas. En ese proceso también quedan al descubierto los antagonismos, las incompatibilidades, las cuales son igualmente importantes de verificar. En relación con esto, creo que el principal tropiezo ha sido la ausencia de canales más fluidos, que antes podrían haber parecido evitables, pero hoy son imprescindibles. Canales entre la sociedad política y la sociedad civil, entre la Federación de Mujeres Cubanas e iniciativas no institucionales si hay convergencia en intereses y enfoques, entre la academia y las organizaciones sociales, entre el periodismo y la academia feminista, entre los feminismos y los medios, y así…

Ese es un debate, ciertamente, y creo que hoy día empieza a despejarse. Primero, hay que reconocer que no es lo mismo hablar de la presencia de voces feministas que de un movimiento feminista. Los feminismos, como cualquier movimiento social, implican la creación, coordinación y mantenimiento de la interacción social para intervenir políticamente. Implican también la creación de redes, símbolos compartidos, etc. Creo que en Cuba se avanza en ese camino. Algunos actores tienen una vía más expedita en ese esfuerzo, porque cuentan con reconocimiento institucional; y otros, no; y eso no habla directamente del alcance efectivo de unos y otros, sino de su capacidad de operar.

Hace veinte años, quienes lideraban pujas en ese sentido y se definían como feministas eran menos personas, y el debate público estaba menos instalado. A ellas debemos lo que pasa hoy. A su persistencia y lucidez.

Hoy estamos en otro punto. Temas que competen a la agenda feminista están en las esferas públicas. Son parte de los espacios donde se dirime lo político. Y voces distintas, institucionales y no institucionales, se movilizan desde ahí y se reconocen ahí. Hay, por demás, una oportunidad política para producir lenguajes y acciones feministas. No hay optimismo ingenuo en lo que digo, a lo que me refiero es que existen acciones y subjetividades alimentando el campo feminista y eso es importante reconocerlo. Habría también que aprovecharlo.

La situación que atraviesa Cuba tiene costos sociales importantes. La crisis, que antecedió la pandemia y se agravó con esta —y que tiene que ver con deformidades internas y con la asfixia externa del bloqueo estadounidense—, de seguro está ampliando las desigualdades y la pobreza, aunque no tenemos mediciones de cuánto. Y esa ampliación de las desigualdades en general también se relaciona con la expansión y agravamiento de las desigualdades de género. Eso pone en peligro todos los órdenes de la vida y, por supuesto, pone límites también a las formas en las que se produce organización social y se disputan asuntos de interés colectivo. Para los feminismos, esta situación plantea desafíos enormes.

El primero, es afrontar ese agravamiento de las desigualdades en este contexto de crisis que, por el momento, no se avizora que vaya a mejorar de forma sustantiva.

Además, afrontar los problemas preexistentes, que estaban antes de la crisis: baja participación laboral remunerada de las mujeres a pesar de nuestros altísimos niveles de instrucción educativa; violencia de género persistente en los hogares y fuera de ellos; carga enorme de trabajo de cuidados no remunerados, etc. Todo eso ya estaba antes de esta crisis, junto a indicadores positivos: garantía de servicios de interrupción voluntaria de los embarazos y la alta participación de las mujeres en el parlamento, por ejemplo.

Un tercer desafío importante es la expansión de neoconservadurismos (incluidos los religiosos) que ponen en peligro no solo derechos asegurados, sino que trabajan sistemáticamente en el campo de los sentidos comunes y las normas sociales, manifestando un programa muy seriamente conservador.

Además, un desafío de peso es la instrumentalización de la causa feminista por actores políticos no feministas. Eso último no es exclusivo de Cuba. Ha sucedido y sucede en todos los lugares del mundo. Con ello hay que lidiar. Los feminismos caen a veces en un fuego cruzado que es tremendamente difícil de sortear y la agenda puede quedar atrapada entre conservadurismos políticos, acusaciones y sospechas estériles, o instrumentalización para asegurar otras agendas políticas que nada tienen que ver con los feminismos cuando se rasca un poco la superficie.

Existen formas diversas de vivir la política feminista en la vida propia. Siempre digo que el feminismo es un devenir. No se llega a un punto y ya. Y a la vez es, sobre todo, un programa colectivo, que se realiza a muchas manos.

Una parte de los feminismos ha reiterado la idea —con la cual me identifico del todo— de que no se trata solo de que las mujeres se inserten y participen de la vida política, social, económica, laboral. Eso es importante, claro. Pero los feminismos por los que me interesa apostar son los que miran críticamente esa realidad que aparece dada y producen una crítica al orden social general —no solo el de género—, si ese orden social es desigual. Feministas marxistas han sostenido que no se trata de ser igualmente explotadas que los hombres. Se trata de construir una mejor realidad para todas las personas. No se trata entonces solo de “integrarse” a un orden dado. Sino de transformarlo en ese ejercicio.

En Cuba muchos derechos están asegurados. Otros están declarados, pero no asegurados. Y aún otros más tenemos que declararlos explícitamente, porque no lo están, y asegurarlos. Entre los segundos, pienso en la necesidad de incluir en la ley de salud pública el derecho a la interrupción voluntaria de los embarazos, por ejemplo; de contar con una ley integral contra la violencia de género que permita asegurar el artículo 43 de la Constitución y avanzar en programas más integrados y ágiles contra el problema de la violencia. En el caso de los terceros, pienso en la necesidad de reconocer el trabajo no remunerado como trabajo, que fue una oportunidad que nos perdimos con el cambio constitucional. Cada uno de esos campos es necesario analizarlos con seriedad, sosiego, buscando miradas integrales y justas. Justas para toda la sociedad.

También pienso que está pasando cada vez menos. Hoy muchas más personas se identifican con el campo de los feminismos, con la palabra, con la política feminista. Pero persisten muchos estereotipos, por supuesto. Es imprescindible ampliar el conocimiento sobre los feminismos, su historia, su agenda, su presente. Y eso es responsabilidad no solo de los medios de comunicación y las instituciones, aunque también de ellos. Igualmente es responsabilidad de las personas, las familias, los actores comunitarios. Por otro lado, hay una arremetida muy dura contra los feminismos de parte de los neoconservadurismos; que disputan y deforman el término y la existencia política que él define. Con todo eso, y con más, hay que lidiar. Nadie dijo que sería fácil.

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