A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Teresa Diaz Canals

Doctora en Ciencias Filosóficas, profesora y ensayista.

Esta pregunta, que abarca hitos y tropiezos, tiene un enfoque histórico y requiere un detenimiento, un repensar su recorrido complejo, invisibilizado muchas veces, frenado.

Habría que apuntar, primero que todo, al concepto de feminismo, que es muy fácil en un primer lugar: la lucha de las mujeres por lograr la equidad de género, la eliminación de toda discriminación y violencias sobre el sexo femenino y, a la vez, alcanzar el respeto a las diferencias, a la diversidad. Por tanto, este movimiento social y político, que surge a fines del siglo XVIII y se va extendiendo de manera paulatina a lo largo del XIX, tiene una expansión importante en el XX y el XXI.

Sus principales hitos se pueden considerar desde la entrada de las mujeres en el espacio público, en el siglo XIX, cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), con su vida y su obra, se convierte en una precursora de un pensamiento transgresor de una moral pacata y conservadora; cuando Ana Betancourt, en abril de 1969, pide igualdad para las mujeres en una actividad convocada para el pueblo de Guáimaro, ante  la Asamblea Constituyente de la Republica en Armas, y la incorporación de las mujeres a la guerra de independencia. Hay historiadores que consideran que no fueron los mambises propiamente los que hicieron la guerra de independencia, sino las familias cubanas. Hay que investigar precisamente dónde radicaron el Palenque de la Mujeres, un hospital que atendía a los soldados heridos, y los clubes de mujeres fundados para apoyar la guerra en el exilio.

Los Congresos de Mujeres que se celebraron en 1923, 1925 y 1939; las diferentes organizaciones femeninas que nacieron después de que Cuba se convirtiera en República; el importante papel desempeñado por el Lyceum de La Habana, creado en 1929 y eliminado en la década del sesenta del siglo XX, institución femenina que desempeñó un importante papel en la cultura nacional; la aprobación del sufragio universal en 1934. Todos son hitos que marcan una historia de esfuerzos y pensamiento.

Hay un feminismo que defiende los derechos de las cubanas y no está precisamente encajado o amparado por lo oficial —que yo llamaría no alternativo, sino autónomo— pues defiende un “espacio polémico de habla”, integrado y disperso a la vez, con mujeres que están en el exilio o en el país, pero que tienen posiciones diferentes a las protegidas por el manto estatal.

No, en estos momentos no creo que exista un movimiento como tal. Un movimiento jamás sería excluyente, acomodaticio a las circunstancias, conformista. Por otra parte, el feminismo autónomo ha obtenido determinadas connotaciones, como la petición de una ley integral contra la violencia de género, que produjo ciertas resonancias a nivel social y, en lo esencial, reclama el reordenamiento de una estrategia más fortalecida para accionar contra la violencia de género.

También existe un trabajo extenso que viene de años, sustentado y alentado por la cooperación internacional y que incluye, por cierto, al feminismo oficial, pero que baja más a la base, al trabajo comunitario, a proyectos de desarrollo y medioambientales que me parecen muy útiles, necesarios y transformadores, porque alientan el surgimiento de lideresas, de trabajo por cuenta propia que eleva la autoestima de muchas mujeres y su nivel de conciencia social. Pero eso queda en proyectos que expiran, por lo general, cuando se deja de apoyar materialmente la participación de las mujeres.

Habría que hacer una investigación más profunda y analizar los impactos, que son indudables, pero sus resonancias no creo que sean infinitas, excepto en el cambio subjetivo de un grupo de mujeres involucradas en estos apoyos, que son finitos.

El feminismo nuestro tendría que cambiar y no ser  tan reduccionista. La filósofa estadounidense, Martha Nussbaum (1947- ) destaca: “demasiado a menudo se trató a las mujeres como apoyo para los fines de otros más que como fines en sí mismos”, Y es que, desde la revolución francesa, las mujeres han participado en los cambios y, al mismo tiempo, han sido excluidas de estos.

A veces noto cierta reclamación de género por las denominadas expertas y no se mira para el lado, lo que está pasando alrededor nuestro. Estimo necesario una articulación del feminismo con la nación; se requiere un pronunciamiento más profundo que lo haga más participativo. Hay que incorporar derechos, no solo económicos, que apunten a una voz más libre que garantice un acceso igualitario a las funciones públicas. ¿De qué vale que seamos cuantitativamente igualitarias en la Asamblea Nacional, que tengamos ministras, que ocupen altos puestos de dirección, sin tener una visión verdaderamente de género, sin que se asuma un discurso diferente al oficial. La paridad no tiene que ver con el hecho de ser representada, como en el de ser verdaderamente representante. Por ejemplo: el feminismo, como corriente de pensamiento, jamás ha enarbolado la guerra, la violencia, el enfrentamiento.

El feminismo en Cuba pudiera ser un complejo juego entre lo excluido y lo incluido, lo particular y lo universal, en un movimiento que debe ir desde las márgenes al centro. Debe ser una zona fronteriza, intermedia, incluso mediadora; que trabaje entre la herencia del pasado y la reelaboración y el desplazamiento de la gran teoría o el gran discurso posicionado, a una mirada donde la equidad y el respeto a la diferencia no sea una simple retórica, una quimera.

Sí, sigue siendo un estigma ser o autodeclararse feminista, sobre todo por el desconocimiento de la historia de ese movimiento y de esa actitud ante la vida. Ahora recuerdo las palabras de Dulce María Loynaz (1902-1997), ante la pregunta de que si ella se consideraba feminista. “Si el feminismo es salir para la calle con un cartel a pedir  derechos para las mujeres, yo no soy feminista. Soy feminista desde el silencio”. Respuesta que me parece espectacular, porque define este pensamiento complejo, horizontal y diverso.

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