A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Daylíns Rufín

Biblista y pastora de la Fraternidad de Iglesias Bautistas de Cuba. Comparte su ministerio eclesial y docente con su trabajo como especialista en el área de Articulación ecuménica, Fe y Sociedad del Centro Oscar Arnulfo Romero.

Siendo el feminismo una convicción liberadora y una cultura de relación y participación que se verifica, por consiguiente, en una praxis particular, puede hablarse de un tipo de feminismo cubano.

El propio proceso histórico-ideológico que empezó a tener lugar a partir de 1959 deja una marca en su recorrido en nuestro contexto. La interacción y diálogo con grupos de América Latina, sobre todo, fueron configurando inevitablemente sus percepciones.  Creo que su propio tope puede haber estado en su misma condición de liberación. El hecho de que la agenda vital y la ruta social de nuestro contexto haya sido muy particular y paradigmáticamente liberadora con respecto a otros contextos, creó una especie de pausa en el abordaje, estudio y profundización de otras temáticas de corte feminista, cuyos desafíos y pertinencia lucían anacrónicos y desencontrados, al ubicarlos dentro de nuestra agenda vital.

 

Creo que personas feministas sí, transversalización de principios feministas en la praxis sí; pero no un movimiento feminista como tal, no al menos si se tiene como referencia la estética de lo que suelen ser los movimientos de este corte (y de todo tipo)

El patriarcalismo es una cultura. Como matriz cultural excluyente por naturaleza, es propensa a que germinen en ella otros «ismos» peligrosos: racismo, sexismo, fundamentalismo… Como toda cultura no equitativa, sus brechas de exclusión a razón de ciertas particularidades identitarias quedan también naturalizadas, y esto no se puede cambiar de un día para otro. Sin embargo, le tengo mucha fe a la posibilidad que da el ámbito del derecho, por ejemplo, como espacio posible y garante de que se restituyan los derechos a las personas vulneradas con justa dignidad.

Algo a lo que le tengo toda la fe del mundo es al tema educativo, a la labor en medio de la gente, a la trans-formación popular, local. Es allí, en situaciones particulares, donde puede mostrarse otra manera de abordar y sentipensar la realidad.

Es allí, en la labor educativa sostenida —que pasa por la vida, en  coherencia de una praxis justa—, donde se logra sembrar la semilla del cambio y emerge la condición de posibilidad de otros modos posibles, no violentos, empáticos e inclusivos, de actuar.

No solo como profesora, sino como pastora, tengo fe en que pueda existir un mundo más justo, donde cada persona pueda vivir de forma digna y con iguales oportunidades, el don de ser en la diversidad y riqueza de su identidad.

Estigmas, muchos. La diversificación de los feminismos no nos es ajena. La interseccionalidad propia de estos hace que se visibilicen rasgos como el color de la piel, la identidad sexual y genérica, las condiciones económicas, etarias, geográficas, religiosas y otras particularidades, muchas de las cuales constituyen obstáculos para la plena realización, al interactuar con la diversidad de imaginarios racistas, sexistas, homofóbicos y discriminatorios que, desafortunadamente, aún subsisten en personas y grupos, amén de todas las ventajas alcanzadas a nivel legal, y que confluyen a diario en nuestra cotidianidad, poniendo en jaque las propuestas y prácticas reales de la equidad social.

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