A debate

Feminismo en Cuba: el camino de la sospecha

Jesús E. Muñoz

Periodista e integrante de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades.

Este acercamiento al feminismo tiene como punto de partida el conocimiento derivado del activismo en temas de masculinidades y la práctica profesional en el ámbito de una comunicación que intenta ser emancipada del machismo, lo que permite reflexionar (y pensarme) como un hombre con el privilegio (y el compromiso) de acompañar a las feministas y sus proyectos desde los últimos años, como estudiante universitario hasta la actualidad.

Desde la apostilla inicial visibilizo lo que considero una realidad: la existencia de un feminismo cubano, diverso en prácticas, agendas y espacios desde los cuales emerge.

Prefiero hablar de feminismos, con la pluralidad de expresiones que se identifican en el país, desde las feministas académicas más asentadas y legitimadas desde hace décadas, hasta una generación de jóvenes que se articulan de forma espontánea en torno a temas específicos del momento.

El abanico de maneras de entender el feminismo en Cuba incluye a quienes se movilizan por derechos sexuales y reproductivos, las activistas antirracistas, comunicadoras y periodistas, artistas, activistas políticas, mujeres de diversas comunidades religiosas y otras quizás menos visibles, pero con presencia en el debate actual.

Hablar de hitos es complejo, en un contexto de constantes discusiones vivas sobre temas necesarios, algunos con más camino recorrido, como la lucha por los derechos de las personas de la comunidad LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales y queer), donde las feministas han ganado su espacio y protagonismo, mientras en otras cuestiones existen grandes deudas, como es el caso de la Ley Integral sobre Violencia de Género.

Lo que considero el principal hito —y no lo sitúo como un suceso concreto, sino como un proceso— es ver a las feministas cubanas profundizar el diálogo entre su realidad específica y lo que sucede en el mundo, en particular en Latinoamérica.

Hablar del #MeeToo a partir de lo que ocurre en el país, sumarse a la conversación global desde etiquetas como #YoSíTeCreo, #ElVioladorEresTú o #NiUnaMenos, entre otras, las visibiliza, fortalece la noción de sentidos y luchas compartidas e incluso genera reacciones en contra, que permiten identificar desde qué espacios de poder se apoya y sostiene el patriarcado en Cuba.

En este escenario actual, resalto el ciberfeminismo, que rompe con la lógica tradicional de usos y consumos de los contenidos generados en las plataformas virtuales, en tanto contribuye a un diálogo más diverso y plural, donde no solo están amplificadas las voces de las feministas, sino también de sus proyectos, campañas y múltiples iniciativas, que buscan subvertir la manera en que funcionan nuestras sociedades, ancladas en un patriarcado todavía con mucha vitalidad, pese a los avances de las cubanas.

Además de visibilizar la realidad de las mujeres y potenciar la generación de contenidos alejados del machismo, el feminismo en las redes usa las herramientas para la movilización. Y el feminismo necesita eso: salir de las academias, de los pequeños grupos, incluso de las mismas redes virtuales, para ganar espacios físicos donde se pueda mirar a los ojos de quienes sostienen el poder patriarcal.

 

Sobre si ha existido o no un movimiento feminista en Cuba, hay investigaciones y libros (no muchos), que demuestran que sí existió un movimiento articulado de organizaciones feministas en las primeras décadas del siglo XX, quizás sin el arraigo popular de otras naciones, pero muy potente. Incluso, si bien muchas de esas mujeres eran de “procedencia burguesa” (así le llaman quienes las critican), también hubo obreras, periodistas, escritoras con más o menos poder adquisitivo y hasta despalilladoras de tabaco, mujeres mestizas y negras, aunque estas últimas hayan sido minimizadas en muchas de las sistematizaciones de la época. Libros como En busca de un espacio. Historias de mujeres en Cuba, del historiador y antropólogo Julio César González Pagés, nos devuelven a esas feministas que lograron integrarse en un movimiento.

Después de 1959 no creo exista la noción de movimiento, ni siquiera en la actualidad, cuando hay una mayor pluralidad de voces e iniciativas. Eso sí, la efervescencia de los debates actuales y la capacidad de algunas mujeres para articularse crean, si bien no un movimiento, sí una red informal sorora que hoy gana visibilidad y les hace ganar en potencia. Y ahí, por supuesto, hay hombres que acompañan desde un compromiso sincero, que nace de las contradicciones entre los mandatos tradicionales machistas en que nos han socializado y el deseo de emanciparse, en no pocos casos transformado en acciones y actitudes.

Si miramos los cambios sociales desde los retos y desafíos a resolver, que incluyen cómo revertir la feminización de la pobreza, el número de mujeres en condiciones de precariedad, mayor desigualdad, entre otras cuestiones como el avance de corrientes fundamentalistas machistas —no solo en lo religioso—, podemos pensar que, obviamente, el feminismo tendrá que enfrentar —enfrenta ya— un contexto hostil.

Pero podemos ser optimistas si analizamos los acumulados, la mayor conexión entre “lo que se dice y lo se hace” por parte de las feministas, más claridad en los peligros y brechas existentes y la oportunidad que representa una generación de jóvenes con menos prejuicios en torno al feminismo y sus luchas.

El feminismo tiene una capacidad de resiliencia increíble y eso parte de una idea que me sedujo desde hace mucho: lo personal es político. Todo lo que nos afecte en alguna esfera de la vida generará una respuesta, una estrategia, una acción… Y debemos tener claro que si bien el feminismo se le suele identificar con la denuncia, su principal virtud es la capacidad de transformar el orden de las cosas. Y por ello es que incomoda.

La mirada desde el presente a los derechos conquistados por las mujeres en Cuba suele ir más a pensar qué espacios aún no han ganado, dónde hay retos y desafíos. Sin sustento investigativo, aprecio que hay un grupo creciente de familias integradas por hombres y mujeres jóvenes que, ante una nueva realidad económica de mayor solvencia económica y acceso a recursos (sobre todo lo apreciaba antes de la pandemia), han adoptado una forma de relacionamiento en el cual ellos proveen desde su quehacer en lo público y ellas retornan a casa para realizar el trabajo no remunerado, incluso dejando de lado carreras universitarias y técnicas. Eso contrasta con la noción de juventudes más emancipadas.

En algunos emprendimientos del sector privado es más visible la idea de una mujer como objeto para atraer a los hombres. En ese mismo espacio hay que revisar con mayor énfasis cómo se están protegiendo o violando los derechos asociados a la maternidad.

Personalmente, me preocupa también el auge de movimientos fundamentalistas que atacan derechos importantes, como el del aborto, o que accionan para impedir el matrimonio igualitario.

En algún momento, cuando no había tenido contacto con feministas de otras naciones, pensaba en lo difícil que resulta ser un hombre profeminista y una mujer feminista en Cuba. Pero luego entiendes que los estigmas, las descalificaciones, las incomprensiones y miedos forman parte de los retos que enfrentarías en cualquier lugar del mundo.

En nuestro contexto, si eres feminista o aliado probablemente recibas miradas siempre desde la sospecha. Hacen alusión de forma discriminatoria a la orientación sexual como un elemento esencial. Y cuando ese no pareciera ser un argumento, en el caso de las mujeres suelen ser tildadas de histéricas, locas, extremistas, feminazis (término de moda para descalificar a los feminismos), entre otras muchas expresiones.

Aún persiste la tendencia a equiparar el feminismo y el machismo, sin entender que este último es, por esencia, un concepto que apunta a la desigualdad e inequidad y es la expresión más visible del patriarcado; en tanto el feminismo aboga por derechos, con énfasis en revertir la situación de subordinación de las mujeres, pero con una ganancia final para toda la sociedad.

Desde que me acerco a estos temas, escucho y defiendo que para cambiar la manera en que se percibe el feminismo hay que sensibilizar, capacitar y brindar información adecuada en los medios de comunicación. A eso se le suma la labor que debemos hacer en las familias, las escuelas, las congregaciones religiosas, grupos de amistades, etc.

Pero cada vez más subrayo que todo lo anterior es inútil sin coherencia, sin que las feministas (y sus aliados), que tienen oportunidad de dialogar en espacios de poder (y en todos en general), expliciten no solo sus ideas, sino desde dónde se posicionan. Necesitamos en ocasiones “plantar bandera” al estilo de la frase ¿feminista y qué?, y luego ir de frente con los argumentos adecuados.

Share